“Infinito” de Verrept: La experiencia de un encuentro

“Infinity” (2008), Vel Verrept

Por definición, el arte no necesita dejarse guiar por las certezas. Ciertamente no el arte contemporáneo. Mejor aún, el arte no se define ya, hoy en día, por un afán cognitivo. Con éste o sin, lo del arte es la experiencia multinivel e híbrida de un encuentro.

La ciencia misma hace ya casi un siglo aprendió la existencia de la incertidumbre, e hizo de ella una de las hebras para tejer, posteriormente, conjuntamente con otras, el tejido de la complejidad del universo.

Sin embargo, la necesidad de certeza aún nos asalta por ratos, generalmente produce insomnio y atraca la tranquilidad de la conciencia y del espíritu. Debemos poder aprender, en la vida cotidiana, una parte de esa sabiduría del arte y la ciencia. Para que la vida misma se haga más grata, cada vez más posible.

Pues bien, vivimos una época en la que la ciencia y la realidad misma son alta y crecientemente contraintuitivas. Como lo es, también el arte en general. Particularmente ese arte complicado que es el actual en el que la frontera entre ciencias, artes, tecnologías, herramientas y lenguajes se hace cada vez más difusa. Verosímilmente, hacia futuro, este rasgo contraintuitivo tenderá a incrementarse en todos los planos. Todo parece indicar que las cosas verdaderamente importantes no las vemos.

En verdad, la ciencia contemporánea —como de hecho la mayor parte de la cultura nuestra— se caracteriza por el hecho de que el peso de la percepción natural es cada vez menor para ver y para entender o explicar aquello a lo cual nos referimos y de lo que hablamos en el mundo actual. Fenómenos tales como: solidaridad, genoma y proteoma, paz, investigación, entrelazamiento cuántico, partícula de Higgs, fotosíntesis, conciencia o mente, procesamiento de información, y tantos otros; más sencillamente: salud, amor, conocimiento, equidad sencillamente no los vemos: los construimos, los concebimos, los imaginamos. Pero ya no los vemos con (pleonasmo) los ojos físicos. Y sí, uno de estos fenómenos es el infinito —o los (infinitos) infinitos—.

Vel Verrept es una artista belga quese mueve entre Estados Unidos y Singapur. Sus cuadros incorporan las experiencias de diversos contextos culturales, y es sensible su acercamiento a la música a través de la pintura. Verrept ha pintado en un cuadro el infinito (o infinitud, o infinidad). Un óleo sobre lienzo.

Todo el cuadro está hecho de juegos de luces y sombras que se superponen, siempre destacándose la luz sobre el trasfondo oscuro. Sólo en dos ocasiones hay líneas, y no equivalentemente trazadas. Unas son pincelazos rojos —rojos y naranjas, blancos incluso, y alguno violeta— con su aire contingente y carente de toda necesidad ontológica. El cuadro está atravesado por líneas aleatorias rojas. Es inevitable ver en esos trazos rojos las agitaciones de Pollock, los pincelazos contingentes, caprichosos y hasta rabiosos. Otras líneas conforman un círculo exactamente sobre el ecuador del cuadro, en la primera mitad, tirando algo hacia la derecha. Ese círculo minuciosamente trazado, milimétricamente elaborado, repasado —se ve claramente— una y varias veces, y para el cual la pintora se ayudó de una fuente física (no necesariamente un compás, pues la fuerza del repisado la traiciona). El círculo es la única figura con un trazado claro, explícito, euclidiano.

La infinitud de Verrept se inscribe perfectamente en el contexto y proceso de la desaparición del objeto artístico que caracteriza, dicho ampliamente, a la estética actual. No tenemos ya una realidad material, como en la historia clásica de la pintura. Asistimos a la “presencialización” mediante la pintura de objetos tales como signos, ideas, conceptos, experiencias o proyectos, entre varios/muchos otros. De todos ellos, sugiero, tenemos aquí una experiencia: el encuentro con el infinito.

De suerte que el cuadro se compone de dos dimensiones pictóricas. Los juegos de luz y sombra, luz sobre oscuridad, en rigor, y las líneas y trazos. Trazos intrínsecamente aleatorios, excepto por el círculo: la aleatoriedad es un componente sustancial del universo y de la vida. El círculo quiere sugerir otra cosa. Y se destaca en el cuadro el reforzamiento de las capas de óleo; casi como una densidad de capas superpuestas sin que haya redundancia.

En el juego de los trazos, incluso no faltará quien con algo de acierto vea en los pincelazos el baile caótico de espermatozoides, danzando alrededor, como haciéndole un homenaje al círculo: el óvulo-fémina. Con lo cual asistiríamos a uno de muchos orígenes de ese infinito por excelencia (sí: por excelencia) que es la vida misma. Todo, en ese ajedrez maravilloso que es la morfología —la cuna donde anidan el arte, la cosmología y las matemáticas, lenguajes de la vida—.

De manera desprevenida, aparece como alguna imagen del universo. O de una de estas galaxias. Y quisiera destacar la forma. La forma, el profundo tema en el que abreva tanto el arte como la filosofía, las matemáticas y hasta la política. La forma, el nombre para: encuentro. Encuentro con lo otro o encuentro consigo-mismo-como-con-lo-otro. Y el encuentro, sin metafísica, hace distintos a los términos de lo(s) que encuentra(n).

El cuadro está pintado sobre un fondo negro. En ocasiones, el negro mismo es un color impropio para designar algo más profundo: lo oscuro. Más que negro. La inmensidad del firmamento. De él descuella un juego de luces azules, blancas, amarillas, muy tenues, unas naranja, y violetas con varias gamas, e incluso rojas. En astrofísica, estos colores designan enanas blancas, explosiones de supernovas, colisiones cósmicas, cuerpos viajeros de todo tipo —movimiento, mucho movimiento—. Nunca estuvo tan vivo Heráclito, y jamás la ficción de la Escuela Eleática resultó tan artificiosa. No existe el ser, sólo el devenir —movimiento puro—.

En efecto, sobre un trasfondo oscuro se observa un haz creciente de luz que pivota en un movimiento que parece ser a veces en el sentido de las manecillas del reloj tanto como en contra, hacia una luminosidad que atrae la mirada hacia el círculo y la luz —más clara aun— en el interior del mismo. No faltará quien vea un ojo avizor que proyecta su mirada sobre la determinación, la finitud y el límite que parecen encontrarse, según parece, por fuera del cuadro.

Si existe aquí un juego de contraste entre la oscuridad del fondo y las gamas de luces, se trata de una dimensión totalmente distinta de esos enamoramientos con la luz y las sombras que encontramos en Rembrandt y sobre todo en Caravaggio. Allí había, existía, una cualidad luminiscente.

Verrept no pinta una idea, sino, quiero pensarlo, acaso un concepto, pero definitivamente una experiencia. La experiencia del abismo, del agujero negro —el “horizonte de sucesos (o de eventos)”, se dice técnicamente—, el vértigo, la indeterminación, la indefinición. A nosotros, seres humanos atávicamente atados a nimiedades como “lo concreto”, “lo real”, “lo práctico”, “lo útil”. Hemos sido atávicamente acostumbrados a la realidad figurativa y representativa. Menos, mucho menos que hormigas ignorantes.

No. El infinito no es, en absoluto, el círculo —verosímilmente la forma perfecta—. Ello sería empobrecer la obra. El círculo aparece aquí como la única forma clásica, pero la infinitud es el cuadro mismo, como un todo. Fronteras oscuras y difusas, umbrales de luz, de oscuridad y de sombras, equilibrios inestables, formas y líneas variopintas. Hay quienes querrán entrar en el cuadro; otros salen de él o lo cruzan, acaso, de manera oblicua. Ese círculo desde luego (¡absolutamente!) no tiene por qué estar en el centro. Con algo de ingenuidad de parte de la artista —para la que la música, que es poesía del movimiento, siempre está presente en su obra—, en el segmento superior resalta un círculo, ese sí perfecto, pitagórico-platónico. Ese que tiene exactamente (?!) 6,28 radianes [2π]. (Se aprecia la ironía…).

La forma es el santo grial de las artes. Y la forma es en realidad la categoría para designar: encuentro. El estudio de las formas en estética es el estudio mismo de los tipos de encuentro. Pues bien, en el cuadro pueden adivinarse, imaginativamente, formas de galaxias: Las galaxias tienen diversas formas, en efecto: elípticas y espirales, lenticulares e irregulares, barradas y nebulosas. Las galaxias no chocan y no se aglomeran caprichosamente, pues existe una razón: la gravedad. Pero, aun más apasionante que todo, aún discutimos acerca de la geometría del universo, según si es plano, esférico o hiperbólico. Vel Verrept no toma posición (¿no le importa?), pero juega creativamente, creo, con la forma. Y el motto para ello es el infinito.

El infinito, la indeterminación. Que no es lo mismo que la secuencia de n+1. Más bien, se trata de la indefinición de lo indeterminado. Pero si es así, que quepan tres palabras sobre el infinito: tres veces se ha descubierto o inventado el infinito: la primera, con Giordano Bruno, la segunda vez gracias a Georg Cantor, y más recientemente en los trabajos sobre politopos de Donald Coxeter.

Bruno fue el primero en la historia que descubrió o inventó el infinito. Y eso le valió ser echado en la pira por el cardenal Roberto Bellarmino, jesuita. El mismo que trató de llevar a juicio a Galileo. Bellarmino también la hubiera armado contra Vel Verrept —y contra (todos) nosotros—. Bellarmino declarado santo por el Vaticano en 1930.

En matemáticas, Cantor dejó en claro que no hay un infinito sino infinitos infinitos, y los llamó Aleph [ℵ]. El mismo sobre el que canta/escribe Borges: “Cambiará el universo, pero yo no”. Alguna conciencia cínica con negro humor ha sostenido que justamente ese descubrimiento le valió a Cantor haberse hundido, finalmente en la locura —desconociendo, por ejemplo, las difíciles circunstancias y las penurias que tuvo—.

Y en cuanto a Coxeter, que siempre fue un hombre viejo, su temperamento juvenil y juguetón resalta por sobre otros rasgos. El infinito es re-inventado por Coxeter en el desarrollo de su gran contribución a las matemáticas y el estudio de las formas: la geometría de politopos (regulares, semiregulares, demiregulares). Y con ellos y más allá de ellos, el cruce con los teselados y ese capítulo apasionante en matemáticas y filosofía que es lo cohomología, que es el estudio de formas y estructuras imposibles. En arte, entre las varias puertas, dos que abren hacia este camino son la obra de Escher y la de Vassarely.

Una aproximación espontánea al infinito (aunque quizás algo técnica) es la hipótesis del continuo. Es natural: se trata de la ausencia de rupturas, el infinito como sucesión-de-lo-mismo-que-es-otro. Sin embargo, una mirada atenta muestra que no es sostenible. Empero, una comprensión más adecuada nos pone de manifiesto que el infinito es ante todo discontinuidad, quiebre y ruptura. El universo en el que vivimos, como la vida misma, es esencialmente discreto.

Tenemos ante la mirada una visión del infinito que, sin duda alguna, se asimila al cosmos. ¿El espacio, el cosmos, el universo? Nunca existen los mismos. La apariencia de estabilidad es el resultado de lo corto de nuestro propio tiempo. Infinity es en realidad un “fotograma” en óleo, el más clásico, el más noble de los elementos de la pintura. La pintura dialoga aquí con la cosmología, esa ciencia joven que muestra que el universo que vemos es solo el 4% de la realidad. Prácticamente vemos/no vemos el infinito.

Pues bien, no vemos el infinito: esto es, no tenemos una imagen del mismo. Por eso mismo cabe pensarlo, imaginarlo, experienciarlo y pintarlo. La pintura no es imagen, es lo in/visible que se encarna sin más, más allá de representaciones. La pintura siempre, siempre atraviesa el propio cuerpo.

El locus del infinito remite a la cosmología. Esa ciencia nueva que nace propiamente a partir de los años setentas. En verdad, la cosmología nos dice (hasta ahora) que las estructuras constitutivas de la realidad son cuatro: materia, antimateria, energía y energía oscura. Ciencia, arte y filosofía confluyen en el esfuerzo por comprender y explicar las interrelaciones entre estas estructuras. ¡Vemos, tan sólo el 4% del universo! ¡Ver! Ver lo invisible. Entrar en lo infinito. El 96%, por lo pronto, lo imaginamos: lo especulamos. La especulación es siempre legítima como heurística cuando hay información que falta. La evidencia siempre avanza segura sobre la avanzadilla que le abren, osadas ellas siempre, la imaginación y la especulación: la unión cigótica primigenia de la heurística. Pero siempre queda la posibilidad de crear lo que no vemos. Y entonces la fuerza de la creatividad y la fantasía se hacen imprescindibles. En el fondo del universo y la realidad —y eso es el infinito— permanece toda la dimensión de lo ctónico y su encantamiento de diferenciación con lo olímpico.

La realidad parece estar constituida, por lo menos vehiculada, por evidencias contraintuitivas. Cuerdas y supercuerdas, branas, m-branas, toda una serie definitivamente poética de (nuevas) creaturas que, descubrimos, pueblan y dinamizan el universo. La extraña pareja que son los fermiones y los bosones, las partículas Kaluza-Klein, más espacios de once dimensiones expuestas en las ecuaciones Yang-Mills. Este universo, en todo caso. En el que nos tocó vivir. Definitivamente, fenómenos que no “vemos”. Justamente, como el infinito, que tampoco lo vemos, y sin embargo se ha convertido en una referencia natural incluso en el lenguaje natural de todos los días en cualquier idioma. Tal es, por definición, la esencia de la pintura: hacer visible lo invisible —que es, por lo demás, una misión de toda sabiduría—.

Pues bien, en cualquier caso, han tenido que transcurrir miles de lustros para que nos decidiéramos a pintar el infinito. Luego de las veleidades entre lo abstracto y lo figurativo (¡siempre un pseudo-problema!), confrontar un cuadro sobre el infinito. Aquí, sin embargo, la pintura ha llegado tarde —muy tarde, a cabo, en escala humana—, pues la posta la tomó hace tiempo la fotografía. Fotografía artístico-científica. Desde la Tierra o desde la luna, desde el Hubble o la Estación Espacial, incluso del arte computacional, cuyos primeros hijos fueron los fractales.

Como quiera que sea, de la infinitud no cabe tener una representación, una figuración, una imagen. Más bien, por el contrario, se trata de una experiencia-límite. Una de esas experiencias sin las cuales ya nunca seremos los mismos. (Pero hay tanta gente que por diversas razones permanecen atada a la finitud). El encuentro con el infinito supone una fortaleza del espíritu, en contraste con la noción de finitud —agotamiento, borde— que tan sólo requiere del espíritu el abandono, la pasividad y la dejadez. El infinito: la fuerza del espíritu: del espíritu propio.

No es enteramente claro cómo sucede el proceso. Pero lo sabido es que la energía se transformó en materia, y de la materia emergió la vida. Y el universo se conoció a sí mismo. Pero estamos rodeados de antimateria y sobre todo de energía oscura. Somos luz que emerge, literalmente, de las tinieblas, pero que vive rodeada de sombras. Una auténtica metáfora de la existencia. Algunos, al cabo, sin moralizar, sucumben de nuevo en el negro profundo, al final del día; otros, como pueden, dan lugar, a contracorriente, a más generación de luz y de energía.

Con respecto a la experiencia del infinito no cabe lo adentro ni cabe el afuera. No es imagen, es forma. Lugar de encuentro.

Para la conciencia espontánea, la primera imagen habitual, espontánea, del infinito es la de lo infinitamente grande. Pero no hay que olvidar, además, la de lo infinitamente pequeño. Y no son, en ciencia, como en poesía, esencialmente distintas. Algunos prefijos introducidos por la ciencia para el primero son: kilo, mega, giga, tera, peta, exa, zetta, yocta. Y en la segunda, se trata de: mili, micro, nano, pico, femto, atto, zepto, yocto, hasta el límite absoluto inferior que es la escala (o tiempo) de Planck, para este universo. Aun nos espera la poesía de estas escalas. Ernesto Cardenal, (como muy pocos) ya hizo lo que le correspondía al expresar en verso los fractales y la física cuántica en ese gran libro que es Canto cósmico (1992): “Seres esencialmente cósmicos: / No podemos excluir a la tierra de la eternidad. / Esas luces allá arriba, la Jerusalén Celestial. / Si en matemáticas son infinitos los números, / los pares y los impares / ¿por qué no una belleza infinita y un amor infinito? / Es una constante en la naturaleza/la belleza”.

Contra los Bellamino de ayer, hoy y siempre cabe decir que el infinito se ha vuelto en parte de una experiencia misma de la existencia, y que las artes, como la ciencia, se han tornado en vínculos —en un caso más a través de las formas, en otro por medio de los conceptos— de experiencias de encuentros. De encuentros reales, y virtuales; pero ante todo, siempre, de encuentros posibles. Lo posible, el gran enfatuamiento del mundo moderno, del mundo nuestro.

| RMM | CEM | @philocomplex |

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Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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