10 cuentos mexicanos para este Día de muertos

El día de muertos es una celebración que se lleva a cabo todos los 2 de noviembre de cada año aquí en nuestro país: las ofrendas, los altares, las flores de cempasúchil, las veladoras, las calaveritas de dulce, el papel picado, las catrinas y demás inundan las calles de México desde los días finales del mes anterior. Pero también esta tradición, sobretodo la muerte y el magnetismo que la rodea, es un tema recurrente en la literatura mexicana, aunque los puntos de vista son tan variados como el gusto de cada escritor.

En este artículo se recopilan algunos cuentos de narradores mexicanos que abordan la muerte desde su propia pluma. Cabe advertir que la selección no sigue una línea cronológica ni estilística sino que está más cercana a lo caprichoso pero igual de disfrutable para leer un rato en compañía de la huesuda. (Los títulos en negritas conducen al cuento en línea.)

 

  1. “¡Diles que no me maten!” —Juan Rulfo en El llano en llamas

En este relato un hombre trata de escapar de la condena de muerte que una justicia arbitraria le ha puesto. Así, Rulfo, el maestro de las letras mexicanas, nos presenta esta eterna danza con la muerte, este huir de un lugar a otro de las manos del más allá. Les dejo las primeras líneas:

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Qué por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

 

  1. “La muerte tiene permiso” —Edmundo Valadés en La muerte tiene permiso

Aquí unos campesinos y sus autoridades debaten sobre si conceden el derecho de asesinar a un presidente municipal, hombre corrupto e injusto. Valadés nos muestra como la muerte de un hombre se acuerda en una gran asamblea sin sospechar que a veces la vida tiene sus propios planes.

 

  1. “De fusilamientos” —Julio Torri en De fusilamientos y otras narraciones

Esta especie de reflexión, aborda cómo el fusilamiento ha caído en desgracia y ya no se practica con la nobleza con la que solía efectuarse. Así, el ser fusilado sin derecho a un buen tabaco o alcohol resulta una falta de respeto, irónicamente, para el condenado.

El fusilamiento es una institución que adolece de algunos inconvenientes en la actualidad. Desde luego, se practica a las primeras horas de la mañana. “Hasta para morir precisa madrugar”, me decía lúgubremente en el patíbulo un condiscípulo mío que llegó a destacarse como uno de los asesinos más notables de nuestro tiempo.

 

  1. “Las muertes” —Inés Arredondo en Río subterráneo

Un breve relato que explora lo que sufre un hombre al afrontar la muerte ajena, es decir la que vemos pero que no pasa cerca de nosotros y que a veces, como bien lo expone Arredondo en este cuento, puede ser igual de dolorosa y perturbadora, pues nos recuerda que siempre anda rondando en todos los rincones.

 

  1. “El Desencarnado” —Salvador Elizondo en El retrato de Zoe y otras mentiras 

Este es un fascinante relato sobre un hombre que burla la muerte física con ejercicios mentales que lo llevan hasta su propia perdición. Elizondo exhibe todo un mundo de fuerzas más allá de nuestro entendimiento que pueden alcanzar la tan codiciada inmortalidad porque nadie está listo para morir.

¿Por qué no agotar esa posibilidad de subsistir adentro y afuera del mundo durante algunos días, de ser como la expresión de una burla sangrienta a la continuidad de la especie, de aproximarse a todos los seres en la inteligencia de su muerte, sin que nadie más que él lo supiera?

 

  1. “Dakota’s requiem” —Anamari Gomís en La portada del Sargento Pimienta

Gomís narra la conmoción que sufrió Nueva York con el asesinato de John Lennon y cómo los admiradores vivieron el luto de una de las muertes más polémicas del mundo musical.

 

  1. El entierro” —Amparo Dávila en Música concreta

Un hombre de negocios, poderoso y rico, planea su funeral desde su lecho de muerte, en el cual hace un recuento de su vida llena de éxitos que lo llevan a desear un velorio igual de lujoso e importante, porque también la propia muerte, aunque indeseada, hay que planearla con esmero y detalle.

Después, y casi sin darse cuenta, empezó, de tanto pensar y pensar en la muerte, a familiarizarse con ella, a adaptarse a la idea. Hubo veces en que casi se sintió afortunado por conocer su próximo fin y no que le hubiera pasado como a esas pobres gentes que se mueren de pronto y no dan tiempo ni a decirles “Jesús te ayude”.

 

  1. Carta de un suicida —Manuel Gutiérrez Nájera

Y si de planeación de muerte se trata, aquí Gutiérrez Nájera presenta una carta a modo de cuento, que explica algunos motivos por los cuales a veces uno prefiere mejor adelantársele a la muerte y llamarla hasta la propia puerta.

 

  1. “Nuestras vidas son los ríos” —Elena Garro en La semana de colores

Con estos versos tan famosos de Manrique (“Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir”), Elena Garro exhibe la noticia de la muerte de un general publicada en el periódico que desencadena en una niña, la protagonista, toda una reflexión sobre la muerte de éste, de sus familiares y hasta de la suya propia.

Había días como ése, en que la muerte tocaba con sus dedos delgaditos a las calles y a los árboles, para hacernos sentir que nada de lo que encerraba este mundo era nuestro.

 

  1. “El placer de morir” —Eduardo Antonio Parra en Sombras detrás de la ventana

Aquí el asesinato se convierte en una obra de arte con el fin último del placer hedonista. Parra nos muestra otra cara perturbadora y desconocida de la muerte pero igual de válida como las otras caras más comunes y naturales.

 

Con estos diez cuentos podemos explorar muchos lados de una misma muerte que no distingue ni edad, sexo o posición social, tal como ya se expresaba en un diálogo medieval del siglo XV, La danza de la muerte, un acto por donde pasaban muchos personajes de la época y hablaban con la muerte para pedirle que los perdonara y los dejara un rato más gozando de los placeres terrenales. Así, se puede apreciar cómo desde hace muchísimo tiempo, desde que la vida misma existe como tal,  la muerte ha sido una obsesión de la humanidad no sólo plasmada en la literatura, sino en muchas disciplinas, costumbres y tradiciones más.

Y en especial, los mexicanos tenemos una relación curiosa con esa mujer llena de huesos, vestido elegante y flores en la cabeza como José Guadalupe Posada la plasmó para la inmortalidad —si se permite la redundancia— que pasea entre nosotros todos los días, porque no hay nada más conocido, común, fascinante y garantizado que la muerte.

® Pintura de Diego Rivera, Sueño de una tarde dominical en la alameda central.

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Melissa Campos (Los Mochis, Sinaloa 1994) es estudiante de Letras Hispánicas de la UNAM. Diseñadora digital en la editorial canadiense Exile Editions. Ha colaborado en la revista MilMesetas. Entre sus intereses está la narrativa, creación literaria y la moda.

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