Por Raúl Bravo Aduna
En la última actualización de Palabras Malditas se publicó una reseña escrita por Joaquín Guillén Márquez, a propósito de Los escritores invisibles, de Bernardo Esquinca. El textito se puede leer aquí y de él se pueden desprender tres ejes conductores, de los cuales al menos dos son contradictorios.
El primero: Guillén desea dejar en claro que Esquinca es un escritor notable dentro de la emergente tradición de literatura “joven” en México; es decir: tiene talento. En este sentido, la reseña se dedica a recalcar (repitiendo sin hartar, ingeniosamente) que hay talento en quien escribió la novela. Guillén lo valida, y valida, al mismo tiempo, el porqué de escribir una reseña a propósito del libro en cuestión.
El segundo: se habla de la trama como una de gran potencial que, sin embargo, se desmaya conforme pasan las páginas del libro. Si se desmenuza y, digamos, critica (o analiza, en su defecto, porque decir “criticar” siempre es criticable) por partes la reseña de Guillén, no es difícil asegurar que sobre este eje se encuentran los comentarios más sugerentes del joven “crítico”. Sus sentencias son propias de un lector experimentado, de aquel que no está dispuesto a desperdiciar sus dioptrías en quien no las merece. Dice claramente: “el libro falla.” Incluso, admite que “sería más fácil hablar de lo que la novela pretende a lo que la novela es.” Dice, básica pero elegantemente, que Esquinca es un escritor pretencioso y que no está a la altura de sus pretensiones, que ni siquiera puede seguirle el paso a sus propias monsergas.
El tercero: En el punto más filoso de la crítica que Guillén le revienta a Esquinca, el primero decide hacerse para atrás, retractarse y empieza a hablar de las “bondades evidentes” de Los escritores invisibles. Dice que es un libro fluido, porque no aburre. Que la gran ambición del escritor jalisquillo es la que no le permite florecer como merece. Guillén busca rescatar las garrapatas de Esquinca e intenta encontrar lo bueno en ellas. Vaya, incluso felicita al autor y sin ironía de por medio, contradiciendo y por tanto anulando, abiertamente, sus pensamientos anteriores.
A mí, en lo personal, me parece que Los escritores invisibles es un libro francamente malo y me quedaría con el segundo eje conductor de las palabras de Guillén. Es un libro que abusa de los adjetivos “chabacanos”, forzando una esfera humorística en un texto que la rechaza. La fluidez de la que habla Guillén a mí me parece que se debe, simplemente, a una falta de depuración y fineza en su elección de palabras. Salvo escasas oraciones, muy aisladas, es un libro que, pienso, Esquinca debería tratar de olvidar, tirar a la basura y dejar ahí, para continuar su carrera como escritor.
Sin embargo, más allá de expresar mis opiniones sobre el libro que Guillén reseñó, hay algo que me interesa señalar a propósito de esta reseñita: la crítica es inexistente en este país, porque nos da miedo herir susceptibilidades o hacernos de enemigos, en muchos casos “poderosos”. Como bien ha señalado Rafael Lemus, en más de una ocasión, hay una fiesta literaria a la que el crítico no fue invitado. Una reseña que no glorifique no vale la pena; pues, ya saben, el crítico es un amargado y reprimido al que, probablemente, le hicieron falta abrazos cuando niño y no puede aceptar que lo escrito por Rubén Guillermo Irigoyen Menchaca CCLVIII es no sólo comparable con Proust, sino que supera todo lo publicado en las últimas dos semanas (llevando la tésis del eunuco de Steiner al extremo, como todos parecen hacer). Así pues, entre cuates se reseñan y la panegírica se ha convertido el lugar común por excelencia entre reseñistas mexicanos, sin importar qué tan infame sea la producción editorial contemporánea. Y aquel que se atreva a decir lo contrario, pues a la fiesta no será invitado. Chín.
RL
Raúl, tampoco tu reseña de la reseña es plausible. Aún no estás a la altura de tus pretensiones.