El pasado 14 de septiembre, la Universidad Autónoma de Nuevo León galardonó a la poeta, narradora y ensayista Alicia Reyes (1940) con la medalla que lleva el nombre de su abuelo, el regiomontano universal, por su contribución a las letras mexicanas y a la difusión de la obra alfonsina. Alicia “Tikis” Reyes ha escrito más de quince libros de poesía, narrativa y ensayo. Nieta de Alfonso Reyes (1889 – 1959), fue durante más de cincuenta años directora de la Capilla Alfonsina, estudiosa de la vida y obra de su abuelo, maestra de escritores y miembro de numerosas instituciones humanísticas y culturales. El gobierno francés le otorgó en 1977 la condecoración de Caballero de la Orden de Artes y Letras. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés y portugués. Asimismo, ha traducido autores como Blaise Cendrars, Paul Valéry y Léopold Sédar Senghor, entre otros. El FCE recopiló sus poemas en Antología poética (2013) y la UANL prepara una reedición de su novela El almacén de Coyoacán (1990). Desde marzo de este año, reside en el sur de Francia. La presente entrevista fue realizada en abril de 2015.

Fabián Espejel: Querida Alicia, ¿cómo nació su pasión por la literatura?

Alicia Reyes: Pues gracias al abuelo. Mi nacimiento como poeta es muy temprano. Creo que el primer poema, que por ahí debe de estar, se lo dediqué a mi abuelito en un cumpleaños suyo, un 17 de mayo. Él me abrió las puertas de Rubén Darío, con su precioso poema “Margarita, está linda la mar…”; me lo aprendí de memoria. En otro cumpleaños de él, se lo dediqué de viva voz, y cuando terminé, estaba con las lágrimas en los ojos. Me contó de cómo quiso mucho y admiró mucho a Rubén Darío, porque el general Bernardo Reyes, su padre, fue su mecenas. Rubén Darío estaba en cierto momento en París, y tenía un magazine, una revista, —creo que se titulaba Mundial. Y, entonces, mi abuelo recibe una carta nada menos que de Rubén Darío pidiéndole un poema. Mi abuelito le hizo un bellísimo poema, porque se acercaba la Navidad, llamado “Lamentación de Navidad”. También me despertó la curiosidad de Alfonsina Storni, que él conoció ya siendo embajador, y de Juana de Ibarbourou. Allí empezó la cadenita. Por otra parte, también fue muy amigo de Pablo Neruda, entonces imagínate, todo esto fue llenando mi vida. Y no sólo eso, sino ya más tarde, por propia curiosidad, empecé a leer a César Vallejo, que tiene un poema que me encanta y que dice: “Me moriré en París con aguacero”. Mi abuelo fue también el culpable de mi gran admiración por Sor Juana Inés de la Cruz. Al paso del tiempo, por ahí se enteraron que yo adoraba a Sor Juana y me hicieron miembro de la Sociedad Sor Juana Inés de la Cruz, y di varias conferencias, sobre todo defendiendo a Sor Juana que, para mí, sí conoció el amor.

FE: ¿Cómo fue el acercamiento de Alfonso Reyes con la obra de usted?

AR: Él no conoció mucho, pero sí me daba muchos consejos. A través de Alfonso Reyes conocí la Ilíada y la Odisea y todas las explicaciones que él me daba en cuanto a la mitología. Años más tarde, me tocó colaborar con el maestro Ernesto Mejía Sánchez — el compilador de las Obras completas de mi abuelo—. El prólogo que hizo en el tomo XVI, de mitología y religión griega, más que prólogo, es una obra de arte. Yo así lo califico y se lo dije a él en persona, porque Ernesto era maestro. Era muy especial. Creo yo que, realmente, de las personas que más conoció la obra de Alfonso Reyes. Y también colaboramos mucho para reunir los cuentos de Alfonso Reyes. Tuve la suerte de tener ese gran maestro. La enseñanza de Ernesto es inolvidable. Por otra parte, quiero recordar que, si alguien aplaudió la biografía que yo hice de Alfonso Reyes, Genio y figura, fue Ernesto Mejía Sánchez. Te cuento todo esto no por adularme, sino como un agradecimiento hacia todos ellos.

FE: Muchas grandes personalidades, como Mejía Sánchez, han estado aquí presentes en la Capilla. ¿Quiénes le han dejado también una huella, ya sea por su trato o su lectura?

AR: Principalmente, Borges, que fue una especie de hermano literario de Alfonso Reyes. Yo así lo califico. Cuando creamos la Sociedad Alfonsina Internacional y el Premio Alfonso Reyes, yo luché para que Georgie —Borges— fuera el primer premiado. Esto fue en 1973. Entonces, pudimos traer a Borges. Creo yo que la emoción que sentí cuando se abrió la puerta del avión y sale Georgie… [Ríe] ¿Para qué te cuento? A mí me temblaban las rodillas, todo, ¡todo, todo!, porque siempre tuve el deseo de conocerlo. Mi abuelo tenía allí un retrato de Borges. Georgie me contó después cómo conoció a mi abuelo. Resulta que Borges no era conocido, y se atrevió a pedir una cita con el embajador Alfonso Reyes y llevarle su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Me contaba que de la emoción que tenía de conocer a mi abuelo, no se lo dio en la propia mano, sino que se le quedó “como olvidado” en el escritorio de Alfonso Reyes. Se quisieron muchísimo. Por otra parte, hay que hacer un agradecimiento a Rogelio Cuéllar, porque con él estuvimos en el hotel donde instalamos a Georgie, que era el Parc des Princes, que estaba en Las Lomas. Allí le rentaron un búngalo a Georgie, que estaba fascinado. Allí, Rogelio le sacó todas las fotos pero me decía: “Tú distráelo. Háblale de lo que sea y a mí déjame mi cámara”. Y así lo hicimos. Entonces yo le hablaba de las milongas y de todo lo que se me ocurría, de sus cuentos que me encantan, y estaba fascinado. Y sí funcionó.

FE: La poesía es una piedra angular en su obra. Ya Alejo Carpentier la comparó muy acertadamente con la última etapa poética de Paul Éluard. ¿Cómo definiría su poesía?

AR: Es muy difícil. Yo creo que siempre intentas ir más allá, un poquito más allá de lo que has leído o de lo que te impacta. Yo admiro profundamente a Emily Dickinson, a Walt Whitman también… En fin, por ahí va mi interés poético. Otro poeta que tuve el gran honor de tener aquí en la Capilla fue a Ferlinghetti. He tenido la ocasión de poder charlar con ellos. Otra maravilla de escritora que estuvo aquí fue Doris Lessing. Hemos tenido la suerte de tener grandes personajes, entre ellos, también, Miguel Ángel Asturias. Y luego, como tú sabes, a raíz de la Guerra Civil Española, vinieron muchísimos españoles, entre ellos Max Aub, nada menos, gran amigo de mi abuelo. A mí me divertía mucho haber descubierto que el pintor que él inventó nunca existió. Se llamaba Jusep Torres Campalans, y de hecho, la Capilla tiene un cuadro que se llama Cabeza de Juan Gris, hecho por Max Aub, pero es Jusep Torres Campalans. También venía don Pepe Gaos a hablar con mi abuelito. Yo me sentaba… Aparentemente no hacía nada, pero no me perdía palabra porque era realmente una especie de duelo de titanes. No sé si producto de mi admiración, pero es que realmente dejaban sin aliento las conversaciones de ellos.

FE: Regresemos un poco a su poesía. Usted dedica su poema “América Mía” a López Velarde. Considero que dialoga muy bien con “La suave patria”, pero su poema va más allá. ¿Por qué decidió deshacer las fronteras?

AR: Te voy a contar como nació esa idea. En primer lugar, todos los sábados, desde muy pequeña, acompañaba a mi abuelo a Sanborns, el de los azulejos, porque él se iba a desayunar allá con Torres Bodet o grandes señorones que yo admiraba y me encantaba escuchar. Y siempre en esas idas a los Azulejos, pasábamos por la estatua de Cuauhtémoc, la que está ahí en Reforma. Y entonces, mi abuelito muy lindo me decía: “Apréndete esto: Joven abuelo: escúchame loarte, único héroe a la altura del arte”. Pues me lo aprendí, y hasta la fecha yo no puedo pasar de ahí sin saludarlo. Ahí fue mi descubrimiento inicial de López Velarde. Ya después, tuve la suerte de que me encargaran un reportaje, creo que para Vida universitaria de Nuevo León en Monterrey, sobre López Velarde.  Creo que por eso me nació dedicarle ese poema. En un homenaje al abuelo vino el presidente de Senegal, Léopold Sédar Senghor, un poeta fuera de serie, es grandioso. ¡Pero grandioso, de verdad! Porque, claro, es otro aspecto de la poesía que a mí me interesó muchísimo. Haber tenido aquí a Senghor en la Capilla, y luego escucharlo en Chapultepec, donde fue el homenaje, fue algo mágico. Eso fue el descubrimiento de una poesía muy diferente porque Senghor va a la búsqueda de su raíz. Él mismo dice que su apellido, Senghor, quiere decir ‘señor’. Fueron una especie de descubrimientos que te da la vida, pero que te ayudan también para tu propia obra.

FE: Hablemos un poco sobre su novela Fetiche. Me pareció encontrar semejanza en el personaje de Armando con el Grómov de “La sala número 6”, de Chéjov.

AR: Esa misma semejanza la encontró Fernando Corona. Yo creo que muchas veces no te das cuenta de las influencias tremendas que tienes. Hasta que alguien, como ahorita tú, las descubre. Creo que eso es muy importante para un creador porque tiene que haber distía: “yo tengo la influencia de tal y tal y tal”. Pero no es lo mismo que otra persona que no eres tú lo descubra. Eso a mí me impresiona. Uno de los hijos de José Luis Martínez, Rodrigo, vino a verme y me trajo la correspondencia que preparó entre su padre y Octavio Paz. Le di mi traducción de “El cementerio marino”. Es una satisfacción muy grande, Fabián. De repente vi que se quedó hojeando la traducción y me dijo: “Alicia, me fui directo a los versos más difíciles del poema”, cuando dice “La mer, la mer, toujours recomencée!”. Traduce eso literalmente y sale un churro, ¿sí o no? Yo no sé cuánto tiempo —y eso lo comenté hasta con Borges— me tardé en eso nada más. Hasta que salió por fin: “El mar, el mar, en su vaivén inacabable”. Y te digo, francamente esa traducción sí fue imposición de Borges. “—¿Qué pasó? ¿Por qué no acabaste?” [Ríe]. No lo podía acabar yo en tres patadas, es muy intenso. Tuve también la suerte de poder ir a Sète, al cementerio marino. Es muy diferente cuando estás allí y empiezas a volver a leer el poema. Es una especie de misticismo el que te encuentres ahí porque el cementerio marino de Sète es grandioso, ¡pero hay que verlo!

FE: Usted ha hecho una admirable traducción de “El cementerio marino” que generosamente me obsequió hace no mucho, y me compartió otra, de un poema de Jacques Prévert. ¿A qué otros autores ha traducido?

AR: He traducido a bastantes autores franceses porque me encantan. La poesía francesa, sobre todo de la época de Bréton, Éluard, todos ellos, creo que a todos nos llega muy de cerca. Yo creo que en eso coincido yo mucho con el abuelo: la importancia de la palabra. Por ejemplo, él me llegaba a explicar en Mallarmé el precioso poema del golpe de dados, “Le coup de dès”. Coincido con él que la poesía no tiene por qué ser complicada, sino que, a lo mejor, la sencillez de un Mallarmé que es capaz de decir en una forma magistral: un golpe de dados nunca abolirá la suerte. ¿Qué más puedes agregar? Y eso lo siento muy unido a Jacques Prévert, en el poema de “C’est pour toi, mon amour”. Creo que eso ha sido una especie de búsqueda de la sencillez a través de la poesía.

Fotografía: UANL

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Fabián Espejel (Ciudad de México, 1995) es poeta, traductor y pasante de Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas/Universidad Veracruzana en 2017. Es colaborador permanente de la revista electrónica Página Salmón. Textos suyos han aparecido en Literal. Latin American Voices, Cuadrivio, Blanco Móvil y Literariedad.