A solas: una entrevista a Alicia Reyes (2a parte)

 

Fabián Espejel: Me llama la atención que haya escrito poemas en francés. ¿Por qué decidió también escribir en otra lengua?

Alicia Reyes: Mi papá escribió muchas cosas de medicina, porque era patólogo. Pero lo curioso es que una vez me dijo: “Yo sueño a veces que escribo. Escribo poesía y siempre mi poesía la escribo en francés”. Y yo creo que eso se me quedó grabado y dije: “Ay, bueno, yo también voy a escribir mi poesía en francés. A ver cómo sale, ¿no?” (Ríe).

FE: Retomemos un poco a su místico Armando, personaje de Fetiche. ¿Por qué narrar una novela desde la perspectiva de un esquizofrénico?

AR: Bueno, yo creo que la mejor manera de exorcizarse uno mismo es intentar volverse loco. Fetiche lo escribí un poco por mi propia salud mental. Te lo digo sinceramente. Mi vida no ha sido fácil en muchos momentos, y yo tenía que encontrar un escape. Pero, ¿cómo te puedes escapar muchas veces de los problemas cotidianos o humanos? Pues vuélvete loco.

FE: Pues sí (Alicia ríe). Marc Cheymol menciona que su secreto es mostrar la inocencia con base en el conocimiento del mal y no en la ignorancia. Me parece muy acertada esa observación. ¿Trabaja los mismos temas en un cuento y en una novela?

AR: Yo creo que el tema te lo pide. ¿Por qué le das este carácter a cierta poesía? ¿Por qué no haces un cuento? Bueno, porque te lo está pidiendo el tema mismo. Es como cuando escribí los dos poemas dramáticos. Yo creo que todo eso es qué pretendes al traer eso a colación.

FE: ¿Qué proyectos literarios tiene en mente?

AR: Estoy haciendo un poema dramático que es sobre Helena de Troya. El otro es “Casandra”. Ella es dramática —ya de por sí toda su vida. Pero lo que más me ha preocupado de su figura es, más que nada, los celos de la propia Clitemnestra.

FE: Que terminan por matarla.

AR: Exacto. Entonces, ahí está un drama que me interesa. Y, por otra parte, está también el de Helena de Troya, que yo creo que no es fácil cargar la belleza.

FE: Ahí está la guerra más grande que ha visto la literatura.

AR: Es que, ¡imagínate! ¿Qué ha de haber sentido? Claro que todo fue culpa de Eris, de la discordia, porque sin eso no hubiera existido. Todo me sugirió algo cuando en la traducción que hizo también el abuelo, algo habla de cuando está Helena en la muralla y el consejo de los viejos la está admirando, ¿te acuerdas? ¡Qué responsabilidad! ¿Cómo cargar con esa hermosura? Yo creo que tanto puede sufrir una mujer la fealdad como la belleza. Mi abuelo tiene un cuento que se llama “La fea”, es excelente. Eso me dio a mí la clave. De acuerdo, aquí está la fea. Pero es tan dramático ser feo como ser bello. ¿Qué haces tú con un Quasimodo, si en realidad así es lo bello? El centro de la literatura de los griegos es el hombre y la mujer. Y creo que eso no es perecedero, eso va a seguir vigente. Eso es lo que a través de la trayectoria del abuelo he aprendido.

FE: Recuerdo unos versos de don Alfonso que dicen: “A siglos de distancia la sangre es siempre una,/e igual es la congoja e igual es el contento”.

AR: Eso no va a morir nunca; tú como poeta me entiendes. Yo creo que la gran lección de Alfonso Reyes es eso: ¿qué es lo que realmente vale la pena rescatar? Y lo demostró desde su primer libro, Fabián, Cuestiones estéticas, y creo yo que sigue vigente: el habernos dado un estudio sobre las tres Electras del teatro ateniense ya te está dando prácticamente todo, porque demuestra, además, la diferencia de los tres trágicos. Él tan lindo muchas veces me explicaba: “es que, mira —decía—, Esquilo es dulzura. Como yo pongo ahí, me da una Electra que es un contorno de ser”. ¡Bellísimo! Y claro, luego ya viene Sófocles, que ya es una pintura más potente, y luego viene el gritón de Eurípides (Ríe).

FE: Supongo que alguno de los griegos está entre sus escritores favoritos.

AR: Hay tantos. Pero sí creo yo que la tragedia griega es lo que más me llega. Yo recuerdo que vi, hace muchos años, una película con Melina Mercouri que fue ministra de cultura de Grecia; estaba bellísima. No sé si viste esa película, Nunca en domingo. Te va a encantar. Se llama Nunca en domingo porque Melina Mercouri era prostituta en la película, pero nunca en domingo. Ella conoce, por azares del destino a un norteamericano que va a Atenas que se llama Homero. ¡Es una delicia! Y entonces, lo llega a conocer pero nunca en domingo, porque los domingos siempre iba a ver las tragedias griegas. Homero se empieza a interesar en ella, la quiere hasta cierto punto reformar, cosa que va a estar difícil, pero la película es un tesoro.

FE: Además de la literatura, ¿qué otras cosas le apasionan?

AR: En un tiempo yo quería ser actriz. Pude actuar ciertas obras pequeñas, entre ellas unos entremeses de Cervantes y llegué a ser un hablador. ¡Un hablador, vestida de hombre! Me divertí como loca, así me gustaba. Luego, también tomé clases de ballet pero mi papá me cortó las alas, porque podía haber seguido, pero hubiera tenido que irme a Nueva York, porque gané una beca, pero no me dejó. Sin embargo, la vida es curiosa. Cuando estaba estudiando en París, yo vivía en la Casa de México y ya ves que la ciudad universitaria tiene una casa para cada país y hay una casa internacional. En esa casa está el restaurant para todos los estudiantes. El director de la casa internacional era un encanto de hombre y, cuando él se enteró que yo había tomado clases de ballet —tenía él un estudio para dar clases de ballet en la mansarde de la casa—, me dijo que si yo quería dar las clases. ¡Ah, pues claro! Haber podido ser actriz o bailarina me hubiera gustado también.

FE:¿Cuál es el mejor recuerdo que guarda con Alfonso Reyes?

AR: ¿El mejor recuerdo del abuelo? ¡Uy! Yo creo que todo se sintetiza, y tú lo puedes glosar siendo poeta, y es que yo me escondía aquí (da unos golpecitos en la parte de abajo del escritorio que alguna vez ocupó su abuelo), en este hueco. Cuando era la hora de la merienda allá en la casa de mis padres, venía y me escondía aquí. Entonces llegaba mi abuelita y le preguntaba a mi abuelo: “—Oye, ¿no has visto a Tikis? —No, para nada. No ha venido”. La abuelita se iba y yo me bajaba por allá. Ese es un recuerdo muy lindo. Una vez dijo él algo muy emotivo para mí: “Mira, yo soy tu abuelo, tu abuela, tu tío, tu tía… ¡Y hasta tu novio!” (Ríe). La verdad lo adoré con toda mi alma. Y hay otro recuerdo que tengo, muy grande, porque aquí está su flautita de Pan. Con esa flauta, él me tocaba las mañanitas el día de mi cumpleaños, que es el 13 de junio. Toda mi vida ha girado alrededor de Alfonso Reyes, por una razón o por la otra. Pero es curioso como la vida te va llevando, y eso ya estaba señalado.

FE: ¿Infancia es destino?

AR: (Ríe) Pues sí. Yo muchas veces he defendido que no te escapas, como decían los griegos. Ese dios es poderosísimo.

FE: Cuidado cuando asiente en el Olimpo, ¿verdad?

AR: ¡Claro, claro! Hubo un poco el deseo de escapar al Olimpo. Yo así lo definiría, porque sí he necesitado muchas veces, por sucesos de mi vida, un escape y, gracias a Dios, el abuelo con su obra me mostró un camino de escape. El haber tenido la suerte de poder transmitirles a ustedes un poco de toda su enseñanza es para mí un gusto, porque sigue estando conmigo.

FE: Para acabar esta entrevista, ¿qué palabra define a Alicia Reyes?

AR: La curiosidad es una que me gobierna. Por otra parte, el deseo de no quedarte con una pregunta sin respuesta. Pero, fíjate, ¡qué curioso cómo se entretejen ciertas cosas! Pero sí, realmente creo que haber tenido la suerte de haber crecido en este recinto, haber aprendido cuál es el estante de España, cuál el de Argentina, etcétera, etcétera. Para mí era un orgullo que mi abuelo me dijera, “Mira, vete al estante de España, y tráeme los libros de Valle-Inclán”. Yo no tenía edad… yo no sabía ni siquiera quién era Valle-Inclán, pero ya lo sabía buscar. Creo que la curiosidad en mí es tremenda. Así leí Santa de Gamboa, cuando no debía de haberla leído (ríe), y así descubrí yo misma a Juan Rulfo. Porque yo descubrí El llano en llamas y Pedro Páramo, nadie me lo dio. Bueno yo creo que… Sí, mi abuelo ya había muerto. Creo que él a veces hacía sobresalir algunos libros para que yo los leyera. Otro que recuerdo, que yo no sé por qué lo leí también muy chica: todo lo del divino Aretino. Es un italiano, medio pornográfico, ¡ah, pero es una delicia! (Ríe).

Fotografía: Secretaría de Cultura

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Fabián Espejel (Ciudad de México, 1995) es poeta, traductor y pasante de Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas/Universidad Veracruzana en 2017. Es colaborador permanente de la revista electrónica Página Salmón. Textos suyos han aparecido en Literal. Latin American Voices, Cuadrivio, Blanco Móvil y Literariedad.

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