Abelardo y Eloísa, el amor sorprendido

“Abelardo y Eloísa sorprendidos por Fulbert” (1819), Jean Vignaud

CARLOS EDUARDO MALDONADO |

Existen pocas historias de amor tan profundas y dramáticas como la de Abelardo y Eloísa. Tan auténticas y radicales, tan humanas. Pues bien, existe un momento que sirve como bisagra a esta historia. Es el instante mismo en el que el tío de Eloísa, el canónigo Fulberto, los sorprende en un acto de amor, cuando ellos que se creían solos, alejados del mundo en su romance. Varios cuadros de ese amor existen en la historia de la pintura. Pero ninguno tan oportuno y determinante como el que pinta justamente Jean Vignaud en 1819, en el corazón del Romanticismo.

Lo primero que salta a la vista es la calidez de los colores, y cierto preciosismo en los detalles sin caer jamás en algún minimalismo. La calidez de los tonos es una clara expresión del calor entre dos seres humanos. El tono que predomina en el cuadro es cobrizo y terracota con gamas de café y rojo. Abelardo consiente, mima a Eloísa. Una mano sostiene con delicadez la cabeza de la joven, mientras, presumiblemente, ella sostiene (¿ha llevado?) la otra mano sobre su pecho. Clara expresión de profundo amor, sincero sentimiento. La cabeza de Abelardo, y su rostro y su mirada, están dirigidos hacia la bella joven. Todo en Abelardo es puro arrobamiento. Nada más distrae su mente, nada distrae su atención. Todo está volcado sobre Eloísa.

Sentado, Abelardo es todo para Eloísa. La flexión de sus piernas muestra que Eloísa lo merece todo. Las rodillas de uno y otro se tocan, y entre ambos se siente incluso el aliento recíproco. La mirada de cada uno es para el otro. Eloísa, bien peinada, bien compuesta, como corresponde a una joven de su alcurnia, mira con adoración a Abelardo. Sus bocas se acercan, casi, el calor de cada uno es también el del otro.

Están sentados, cerca de una ventana, es de día. No hay ningún fuego encendido, no es necesario. La luz del día ilumina la estancia y todo el cuadro. Abelardo y Eloísa ocupan exactamente el centro del cuadro. La cabeza de Eloísa se inclina hacia el amado. Sentada, se siente su absoluta entrega. La mano derecha de Eloísa no se ve, pero cabe adivinar que se posa alrededor de la cintura de Pedro Abelardo.

Alrededor de ellos pareciera haber estudio, pero en realidad todo ha sido dejado de lado. En el suelo, a la derecha aparece un libro abierto, verosímilmente sobre un atril, y otro libro cerrado, recostado. El pintor introduce un artificio: un globo terráqueo, que a la sazón era imposible. Pero quizás, dada la altísima cultura y educación de Abelardo y Eloísa fuera un tema de estudio. Sin embargo, en la Edad Media, la imagen del mundo sigue dominada por los preceptos de Aristóteles.

Estamos alrededor del año 1115, o algo más tarde. Abelardo y Eloísa se conocen ese año, cuando ella tiene diecisiete o dieciocho años y Abelardo tiene algo más de treinta.

Nacido de una familia militar, abandona esta herencia para dedicarse a la filosofía, y con ella, también entonces a la teología. Abelardo es conocido como el filósofo por excelencia en su época. Discípulo de Guillermo de Champeaux, contra quien se disputó hondamente, será el padre de la Escolástica. Versado en cultura antigua y en las Escrituras, Abelardo es ante todo un humanista. Domina la lógica, de la que es maestro, y lo suyo es la dialéctica. Escribe a raíz de su amor por Eloísa hermosos poemas y canciones de amor. Las canciones no han llegado hasta nosotros y se perdieron en los vericuetos del tiempo, y de sus poemas sobreviven sus Planctus (“lamentos”) bíblicos. Pero durante mucho tiempo los poemas de Abelardo corrieron de boca en boca hasta que se los llevó el olvido por falta de memoria escrita.

La estancia es amplia, generosa. Como corresponde al bienestar de la casa del tío de Eloísa, Fulberto. Desde hacía poco tiempo el canónigo de la Catedral de París había querido dar la mejor educación a su sobrina y quién mejor que el más afamado profesor de la época. Abelardo ya había sabido de la inteligencia y la belleza de Eloísa y ambos se sentían atraídos en primera instancia por el buen nombre del otro, y luego, cuando se conocieron, inmediatamente cayeron cautivos.

Se trata, en el cuadro, de una estancia con arcos finos, y un relieve, glifos y refinamientos en los arcos mismos, clara señal de lo pudiente que es económica y culturalmente el canónigo. La mesa que serviría de estudio está cuidadosamente cubierta por un mantel rojo bordado con figuras doradas y negras. Nada en el cuadro está fuera de su lugar. Todo es sobrio y elegante, fino y delicado, todo bien proporcionado.

Pero podemos omitir otros detalles de la estancia. Concentrémonos en las emociones.

Desde hacía tiempo todo el mundo en los alrededores hablaba de los amores entre maestro y discípula. Tan pronto se conocieron se abandonaron, enamorados, a sí mismos y al otro. El amor por el conocimiento cedió su paso —o se acompañó y se engalanó— de amor físico. Del más fuerte amor combinado y convulso. Fue la hybris hecha momento. Un largo momento que duró, en total tres años.

Fulberto no quería o no podía dar fe a las habladurías de los otros. Confiaba en su buen criterio para la escogencia del maestro, confiaba en la seriedad que hasta la fecha había mostrado su sobrina, y confiaba también en el buen nombre y en el carácter intelectual de Abelardo. Pero era el único. Todos, entre tanto, sabían de los amores abiertos y furtivos, secretos y públicos, apasionados y discretos, desenfrenados y con disimulo, que tenían los dos amantes. Antes atraídos puramente por el intelecto, se veían ahora descubridores de los mil sabores de la carne y el cuerpo. Nada hicieron que no fuera conocido, nada hicieron que no hubieran descubierto, nada hicieron que no fuera impulsado por el amor y el placer, combinados, la unión perfecta y peligrosa.

Hasta cuando Fulberto descubre el sentido romance, como en la escena que pinta Vignaud. En rigor, vemos en este cuadro un momento, un instante, que en la historia real e imaginaria de Abelardo y Eloísa hace las veces de una verdadera bisagra. Se trata del instante que une el pasado individual de cada uno, un pasado marcado por la total devoción al conocimiento y al estudio y el abandono o proscripción de cualquier otra experiencia. Hasta cuando se conocen. Y el futuro que sin ellos saberlo, se teje exactamente en el instante del cuadro, y que habrá de dar lugar a una de las historias más apasionantes y complejas que sirven para entender el espíritu humano y toda una época y cultura.

Han vivido un año largo de intenso y desenfrenado romance, o algo más, algo menos. Con el descubrimiento por parte de Fulberto su historia personal habrá de sufrir una inflexión profunda. Pero con ella, buena parte de la historia y del imaginario de Occidente. Si no es por Fulberto el amor entre Abelardo y Eloísa no habría pasado del amor entre dos personas particulares. Pero el de Eloísa y Abelardo es de esos amores que iluminan el cielo de los relatos sobre el amor, y otras cosas en el imaginario cultural, académico, científico y social de Occidente.

La mano izquierda de Fulberto es señal de sorpresa, mientras la derecha sostiene el picaporte de la puerta. Fulberto aparece congelado, frío. Su cuerpo se asoma y no entra. Petrificado, no da crédito a sus ojos. Mientras tanto, los dos amantes no se dan aún cuenta del descubrimiento de Fulberto. Dentro de una fracción de segundo escucharán, quizá, la voz atronadora del clérigo llamando a la sobrina por su nombre. E inmediatamente después recibirán gritos y vociferaciones que exigirán la expulsión de Abelardo y prohibirán cualquier nuevo encuentro. El cuadro pinta la antesala de una tragedia.

Edmund Blair Leighton ha pintado (1882) otra imagen de Eloísa y Abelardo. En ella el maestro aparece de rodillas ante la hermosa joven, absorto, tomándole una mano, y ella con la mirada distante, como ya no más dueña de sí misma. Según todos los relatos, Eloísa era sumamente atractiva y él era un hermoso hombre que también arrancaba suspiros a las jóvenes. Ninguno de los dos había querido nunca saber de nadie más, pero al saber del otro y al descubrirse habían caído derrotados mutuamente ante los efectos de esa combinación explosiva que es un hermoso intelecto, una destacada belleza y un donaire y una clase que resultan de los dos anteriores.

El amor de ambos sólo durará, completo, físicamente, tres años. En esos años Eloísa quedará esperando un hijo al que llamarán Pedro Astrolabio y que Eloísa tendrá en la casa familiar de Abelardo. Entre tanto, Abelardo, traicionado, será mutilado en sus partes nobles y quedará como Orígenes quien lo hizo por voluntad propia. Eunuco, Abelardo se casa con Eloísa y ambos ingresan, cada uno a un monasterio. Y ambos, por sus méritos espirituales y liderazgo serán nombrados oportunamente abad y abadesa. En vida sólo se cruzarán cuatro cartas. De Pedro Astrolabio la historia pierde casi toda memoria, no existen datos fidedignos.

Las cuatro cartas —¡cuatro únicamente!— marcan, de manera singular, un ingrediente central en el nacimiento de una experiencia que no conoce antecedentes en la historia.

En efecto, de acuerdo con Charles Seignobos, el conspicuo historiador francés sin el cual —por lo demás sin la ayuda de Charles-Victor Langlois— no hubiera sido posible el surgimiento, posteriormente, de la Escuela de los Anales, el amor es un invento del siglo XII en Occidente. El contexto cultural está constituido por las discusiones sobre la cristología, el foco en el Cantar de los Cantares, el surgimiento del amor cortesano, el nacimiento del movimiento trovador, y sí, mil veces sí: la historia de Abelardo y Eloísa. Cabe precisarlo: el amor como una experiencia cultural (no únicamente personal) y por consiguiente, civilizatoria.

Dos cartas, sin fecha precisa, dos de cada uno. Una con fuente en el Convento del Paracleto, la otra en la Abadía de Saint-Guildas. Eloísa entrará al convento cuando tiene 20 años. (Y en su segunda y última carta aún recordará los dulces momentos del amor humano). Las cuatro cartas, antecedidas por una carta que no está dirigida a Eloísa que pero llega a sus manos, y que sirve de motivación para la primera carta escrita por la monja del convento de Argenteuil. Se trata de la Carta a un Amigo, conocida como Historia Calamitatum.

Pero en el instante en el que Fulberto descubre un amor sorprendido y sorpresivo esas cartas están lejos de ser imaginadas. Y el amor mismo, enteramente, aunque experienciado aún no será descubierto. El amor humano es una invención del siglo XII como una experiencia personal y social, individual y colectiva. El de Eloísa y Abelardo es un amor complejo precisamente por lo puro en todos los niveles y escalas en que lo vivieron. Un amor puro, es decir, complejo, es aquel en el que no somos dueños de nosotros mismos ni de los acontecimientos, pero que va tejiendo los destinos y los eventos sin que adivinemos el desenlace final de las cosas.

Abelardo, discípulo de Champeaux, y el directo antecesor, por un siglo, de Alberto Magno y Tomás de Aquino. El filósofo aristotélico de su momento, quiso siempre ser reconocido como el mejor dialéctico. La obra de Abelardo anticipa las grandes Sumas que habrán de darle un perfil propio a la Escolástica. Es, sin ambages, en cuanto al método, la antesala misma de Descartes. Profesor excelso, argumentador dilecto. Y sin embargo, será conocido en la historia no por su obra filosófica sino por su amor con Eloísa. La historia, como la vida, juzga siempre mejor que lo que hacemos nosotros mismos.

Y para otra visión sobre la mujer, Voltaire nos ofrece en La doncella de Orléans (La Pucelle, en francés), centrada en Juana de Arco, pero en cuyo trasfondo resuena, desde muy atrás también la historia de Abelardo y Eloísa. Sí: literatura políticamente muy incorrecta.

El de Abelardo y Eloísa fue un amor verdadero por una sencilla razón: fue uno de esos amores que atravesó todas las etapas. Esas que sutilmente se leen en la literatura en textos tan diversos como Dafnis y Cloe: la experiencia del descubrimiento. En Manon Lascaut, del Abate Prevost, que es la experiencia femenina por antonomasia. En los avatares del joven Werther de Goethe. O también el Adolfo de Benjamin Constant, la pasión dolorosa, el amor, ese que se extingue. Por mencionar tan sólo unos pocos.

Asistimos al descubrimiento, la pasión desenfrenada, el matrimonio, lo que Stendahl, en su Teoría del amor, llamará apropiadamente incluso como las cristalizaciones, en fin, luego de la desventura que surge del cuadro que tenemos a la vista, el amor cortés, que es la expresión del amor de forma noble y caballeresca. Literalmente: no se ha inventado aún, ni la forma ni la expresión, la frase: el beso francés. Amor cortesano, amor platónico, amor místico, incluso —¡incluso!— amor sublimado. Pero no hay que perder de vista que el amor cortesano es, par excellence, un amor adúltero. El amor, una experiencia que si pasa primero como sicalíptica, se supera después, como en Eloísa y Abelardo, a experiencia espiritual y existencial. Experiencia completa.

Mientras Abelardo y Eloísa sufren sus tribulaciones, contemporáneamente, Averroes —Ibn Rushd— está dando a conocer a Occidente a Aristóteles. Con lo cual, y gracias al método introducido por Pedro Abelardo, se incuban las Sumas y se inaugura la Escolástica. Arribamos a la media Edad Media. Como se ha dicho tantas veces, es el primer Renacimiento, el del medioevo antes del más apropiado y famoso Quattrocento. Y atravesado en la médula, el descubrimiento y la conquista del amor. El descubrimiento de una dimensión entera. Para no renunciar, cultural y civilizatoriamente, nunca más, a ella.

Mientras tanto, gracias a Vignaud, tenemos una imagen púdica de un amor profundo. Un amor total que en el cuadro aparece como algo ligeramente más que amor cortesano. El pintor se sitúa exactamente a la misma altura que los dos amantes sentados. Su visión de la estancia es abierta y generosa, y Fulberto, aún en la distancia, de pie, aparece más elevado. Con respecto a la joven pareja, la distancia del pintor será de unos cinco o seis metros. Lo suficiente para escuchar el murmullo de las palabras o la respiración ampliada por la emoción sincera.

Abelardo es toda su vida un clérigo que opta por volverse canónigo, precisamente por las desventuras del amor mismo. Toma los hábitos y al cabo será nombrado abad de un monasterio. Clérigo en el medioevo es todo aquel que se encuentra bien educado, instruido, con independencia de la orden o la condición que lo caracterice. Es por ello que en el cuadro el filósofo viste con el atuendo adecuado de un clérigo. Mientras que las ropas de Eloísa, de un índigo grisáceo, siendo sencillas son expresión de elegancia no mundana.

A la postre, Abelardo será acusado de herejía por el más grande predicador de su época, Bernardo de Claraval. Juzgado, Abelardo logrará a la postre la salvación con una confesión de fe auténtica que hace en una carta a Eloísa. Y que es su salvación histórica. Eloísa habrá salvado, literalmente, su alma. Tanto es así que cuando muere, Abelardo será enterrado en el Paráclito, el convento que regenta Eloísa por petición de ella y por concesión de Pedro el Venerable. La solicitud de la monja correspondía al deseo de estar con el amado incluso más allá de la muerte. Pedro el Venerable escribe la absolución que Eloísa cuelga de la tumba de su esposo. Abelardo muere a los sesenta y tres años.

Al final, Eloísa le sobrevive casi treinta años, y coincidencialmente muere también a la edad de sesenta y tres años. Para la época, más que ancianos venerables, rompiendo todos los estándares del momento en términos demográficos y de expectativas de vida.

Como quiera que sea, la historia de Abelardo y Eloísa se sitúa exactamente en la misma longitud de onda de los grandes amores, reales o ficticios, que nutren la imaginación de Occidente. Dafnis y Cloe, Píramo y Tisbe, Romeo y Julieta, Tristán e Isolda, y sí: Abelardo y Eloísa. Al fin reposarán juntos en el cementerio de Père Lachaise. Acompañados allí por la música de Jim Morrison, las canciones y la embriaguez de Edith Piaf, La fábulas de La Fontaine, las polonesas de Chopin, el buen humor de Molière, los poemas de Gertrude Stein, las extravagancias de Balzac sobre la gran comedia humana, los análisis sociales de Pierre Bordieu, los cantos de María Callas, los escándalos candorosos de Oscar Wilde, entre muchos otros. Y con su amor, con seguridad no se aburren.

La mayoría de los seres humanos sobrevive a la experiencia del amor. Tienen, se dice, o han tenido, un amor. Un amor o varios. Como si el amor fuera algo que se tuviera. Uno cae en el amor, se dice por ejemplo, en francés o en inglés. Pero Abelardo y Eloísa fueron el amor que tuvieron, y nunca dejaron de serlo.

Abelardo y Eloísa: cuando el amor se impone y decide sobre la vida.

| RMM | CEM | @philocomplex |

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Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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