Adán y Eva reescriben su historia

Guillén Cuervo y Milán, en 'Hoy: el diario de Adán y Eva'. / Tomada de El país.

Guillén Cuervo y Milán, en ‘Hoy: el diario de Adán y Eva’. / Tomada de El país.

 

JUAN FERNANDO ENRIQUE BARRERO |

 

Este fin de semana se estrenó en la sala Trajano de Mérida-España la obra “Hoy: El diario de Adán y Eva”, escrita por Blanca Oteyza, Miguel Ángel Solá y Manuel González, y dirigida por el propio Solá. La protagonizan Ana Milán y Fernando Guillén Cuervo.

Entre los asistentes las expectativas eran altas pues muchos eran los alicientes que precedían a esta obra: el título, que auguraba una comedia entretenida; el texto, que anunciaba un relato de Mark Twain; los actores, conocidos y apreciados por el público; y la sala, lugar donde se celebra todos los veranos el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. De dichas expectativas pocas fueron los que se mantuvieron hasta el final de la obra.

El fuelle de la ilusión se perdió con sólo entrar en la sala. Era la primera vez que yo entraba en ella. Una vez dentro, toda referencia a lo romano desapareció. La austeridad decorativa y el gris carcelario de las paredes desdibujaron esa imagen. Un gris plano y oscuro, más que anunciar una obra de teatro, hacía parecer que los asistentes nos encontrábamos reunidos para algo grotesco y desagradable. No había ningún vestigio decorativo que recordara a las ruinas romanas que se encuentran en muchos rincones de la ciudad.

Una vez comenzada la obra nos dimos cuenta de que la austeridad se extendía al escenario y a su decorado. Quizás demasiado urbano y descuidado, en el cual volvían a predominar tonos grises y negros. Aun así, mantuvimos la esperanza de que la obra mereciera la pena.

La trama se organiza en dos partes intercaladas y enlazadas. En una de ellas, el texto se compone de extractos del relato de Mark Twain; mientras que la otra se desarrolla en un tiempo mucho más cercano al presente, que claro está, no pertenece a dicho autor. Se trata, por un lado, de una representación de Adán y Eva, y por el otro, de una entrevista radiofónica al actor que encarna a Adán.

Personalmente, me interesó más la primera. La segunda se asemeja a un coloquio lleno de tangentes, extravíos y giros en torno a temas intrascendentes y sin ninguna aportación al espectador. Como una conversación de dos conocidos sobre un tiempo pasado que sólo les puede interesar a ellos mismos, a quienes lo han vivido, nada más. Diálogo en el que el personaje de Ana Milán no aporta mucho y más bien es sólo un apoyo a lo que su compañero expresa. Por ello, este pasaje de la obra se regodea en acontecimientos triviales y absurdos, como el pelo y la alopecia en los varones.

La parte de la obra inspirada en el relato de Mark Twain es la que mantiene el vibrato, el interés, el ritmo. Gracias a las cualidades del texto de Twain, agudo e incisivo, a la par que sorprendente, nos mantuvimos en la butaca. Twain relata dos supuestos diarios escritos por los mismos Adán y Eva, adoptando una perspectiva nueva, imaginativa, colmada de inteligencia y sentido común. Se trata de una versión más verdadera de lo que habría sido el comienzo de los tiempos si hubiera sido así, como la biblia expresa: una creación de Dios. Fue en este desencuentro entre Eva y Adán en el  que pudimos ver a los actores en todo su esplendor.

Ana Milán adopta, con destreza y audacia, a un personaje vivaz e hilarante, lleno de latigazos sarcásticos hacia su compañero, interpretado por Fernando Guillén Cuervo, el cual, nos dejó estupefactos ante su expresividad facial y corporal. Él representa a un Adán rudo y poco comprensivo con Eva. Milán consiguió que nos congraciáramos con ella, entendiendo sus pesares y frustraciones en su relación con Adán, desencadenando la risa entre los asistentes y atrapándonos con su encanto. Sus diálogos aceleran y dan vida a la obra.

Sin embargo, el desenlace de esta historia, que parece reproducirse sucesivamente en las relaciones entre hombres y mujeres hasta hoy día, no estuvo a la altura de la circunstancias. No estuvo a la altura para complementar el ingenio de Mark Twain, ni de lo que éste le aporta a su personaje, Eva. La obra, que es una buena sátira, culmina con un discurso final decepcionante sobre tópicos machistas que nada tiene que ver con lo que le antecede. En suma, pudimos disfrutar de dos buenas actuaciones en una obra en la que, si bien hubo momentos cómicos y creativos, éstos no fueron la tónica preponderante de la pieza.

RMM/FEB

3 Comments

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