El 17 de marzo de este año, murió Derek Walcott. Poeta, pintor y dramaturgo, Walcott nació en la ciudad de Castries, Santa Lucía, en 1930. Publicó su primer libro, 25 poems, en Trinidad y Tobago a los dieciocho años, cuando las imprentas en el Caribe eran escasas. Su poesía y sus obras de teatro exploran y hacen dialogar los conflictos entre la civilización, la Historia, los orígenes étnicos, la negritud, el imperialismo, las costumbres y creencias caribeñas, los motivos bíblicos y grecolatinos, el amor, la vejez y la muerte. Omeros (1990), su obra maestra, es el traslado personal de la Ilíada a las aguas del Caribe: la épica del Nuevo Mundo. En 1992, Walcott recibió el Premio Nobel de Literatura, y fue el segundo caribeño y el segundo escritor negro en recibir dicho galardón. Aunque Harold Bloom lo tachaba de buen prosista, el poeta ruso Joseph Brodsky lo consideraba “el mejor poeta vivo de la lengua inglesa”. Estas traducciones intentan ofrecer un homenaje al Homero del Caribe.

 

ISLAS

Para Margaret

El hecho de nombrarlas es la prosa

Del cronista, crearte un nombre

Para los lectores que alaban cual viajeros

Sus camas y las playas por igual;

Pero las islas sólo existen

Si hemos amado en ellas. Busco,

Como el clima busca su estilo, escribir

Versos crujientes como arena, claros como luz,

Fríos como la ola rizada, ordinarios

Como un vaso de agua isleña;

Incluso, cual cronista, es entonces cuando

Saboreo sus cuartos rondados por la sal

(Tu cuerpo meneando los pliegues del mar

De las sábanas rugosas), cuyos espejos pierden

Nuestras imágenes acurrucadas, dormidas,

Como palabras que el amor había deseado utilizar

Borradas con las páginas de la espuma.

 

Entonces, como un cronista en la arena,

Señalo la paz con la que embelleciste

Determinadas islas, descendiendo

Una angosta escalera para alumbrar las lámparas

Contra los ruidos de la espuma nocturna, cubriendo

Un manto inquieto con la mano,

O escamando simplemente el pescado de la cena,

Cebollas, pan, jureles, huachinango;

Y en cada beso el áspero sabor a mar,

Y cómo a la luz de la luna fuiste hecha

Para estudiar sobre todo la implacable paciencia

De la espuma aunque parezca una pérdida de tiempo.

 

 

EL MAR ES HISTORIA

 

¿Dónde están sus batallas, mártires, sus monumentos?

¿Dónde su memorial tribal? Señores,

en aquella bóveda. El mar. El mar

los ha encerrado. El mar es historia.

 

Primero, el aceite derramado,

pesado como el caos;

entonces, una bandera al final del túnel,

 

la linterna de una carabela,

y ese fue el Génesis.

Entonces, los gritos empacados,

la mierda, los lamentos.

 

Éxodo.

Hueso soldado a hueso por corales,

Mosaicos

cubiertos por la bendición de la sombra del tiburón,

 

esa fue el Arca de la Alianza.

Entonces vinieron de los alambres arrancados

de sol en el suelo marino

 

las arpas plañideras del cautiverio babilonio,

como los blancos cauris agrupados como esposas

en las mujeres ahogadas,

 

y aquellos fueron brazaletes de marfil

del Cantar de los Cantares,

pero el océano siguió pasando las blancas páginas

 

buscando la Historia.

Entonces vinieron hombres con ojos pesados como anclas

que se hundieron sin tumbas,

 

forajidos que asaron los ganados,

dejando sus costillares chamuscados como hojas de palmera en la bahía,

entonces la espuma, fauces rabiosas

 

del oleaje engullendo Port Royal,

y ése era Jonás,

¿pero dónde está el Renacimiento?

 

Señor, está encerrado en las sirtes

afuera, más allá del estante de arrecifes inquietos,

donde los hombres de guerra se hundieron;

 

ponte los goggles, te guiaré yo mismo.

Todo es sutil y submarino,

a través de colonias de coral,

 

más allá de las ventanas góticas de las gorgonias

donde la cherna crujiente, con ojos de ónix,

parpadea, calibrada por sus joyas, como una reina calva;

 

y esas cavernas con escolleras y percebes

raspadas como piedra

son nuestras catedrales,

 

y el horno antes de los huracanes:

Gomorra. Huesos enterrados por molinos

vueltos marga y harina de maíz,

 

y eso fue las Lamentaciones—

sólo fueron Lamentaciones,

pero no fue la Historia;

 

entonces vino, como limo en el labio seco del río,

los juncos marrones de las villas

cubriéndose y cuajándose en ciudades,

 

y por la tarde, el coro de mosquitos

y sobre ellos, las agujas

sajando el costado de Dios

 

como su hijo fue mandado, y ese fue el Nuevo Testamento.

 

Entonces vinieron las hermanas blancas aplaudiendo

el progreso de las olas,

y eso fue la Emancipación—

 

júbilo, oh júbilo

desvaneciéndose levemente

como los encajes del mar secándose al sol,

 

pero eso no era Historia,

sólo fue la fe

y en cada roca se rompió en su propia patria;

 

entonces vino el sínodo de moscas,

entonces vino la garza burócrata,

entonces vino el sapo mugiendo por un voto,

 

luciérnagas con ideas brillantes

y murciélagos como embajadores fugaces

y las mantis, como policías caquis,

 

y las orugas peludas, los jueces

examinando cada caso a fondo,

y entonces las orejas negras de los helechos

 

y en la risa salitrosa de las rocas

con sus albercas de mar, estaba el sonido

como un rumor sin eco

 

de la Historia, verdaderamente comenzando.

 

 

MAPA DEL NUEVO MUNDO

 

I                        Archipiélagos

 

Al final de este verso, lloverá.

Al borde de la lluvia, una vela.

 

La vela poco a poco perderá de vista las islas;

en neblina se volverá en los puertos la creencia

de una raza entera.

 

La guerra de diez años ha acabado.

Una nube gris, el pelo de Helena.

Troya, una fosa blanca de cenizas

cerca del mar lluvioso.

 

La llovizna se tensa como cuerdas de un arpa.

Un hombre con los ojos nublados recoge la lluvia

y puntea el verso primero de la Odisea.

 

II                       La caleta

 

Resuénala, que surja: la leyenda de Isolda.

en las detonaciones lánguidas de tu espuma.

He pasado de contrabando en esta proa desteñida, oxidada, hacia la costa

en blanca arena resguardada por fieras manzanillas,

un secreto

leído por la sombra de un halcón fragata.

 

Es un horno esta ensenada.

Las hojas destellan señales de plata a las olas.

Lejos de la maldición del gobierno por la raza,

volteo estas hojas —la falta sediciosa de este libro—

para sentir su madeja de niebla marina atravesar mi cara,

y atrapar, en la boca del viento, un sabor a sal.

 

III                         Grullas marinas

 

“Sólo en un mundo donde haya grullas y caballos,”

escribió Robert Graves, “puede sobrevivir la poesía”.

O cabras adeptas a peñascos. La épica

sigue el arado, mide el timbre del yunque;

la profecía vaticina la figuración de las cigüeñas, y sobrecoge

el arco del cuello del semental.

 

La llama ha abandonado la mecha chamuscada del ciprés;

la luz atrapará estas islas a su vuelta.

 

Magníficas fragatas inauguran el ocaso

que centellea por las colas raudas de los caballos,

los campos que pacen pedregosos.

Desde el yunque del promontorio

la brisa se fija en las estrellas.

 

Océano generoso, trae al errante

de sus sábanas saladas, al pródigo

traído a los abrevaderos profundos de la oscura marsopa.

 

Arrebata el volante de su corazón y trae su frente aquí.

 

 

SESENTA AÑOS DESPUÉS

 

En mi silla de ruedas en el salón Virgin de Vieuxfort,

vi, sentada en su propia silla, su belleza

encorvada como una flor marchita, aquella que pensé

que como el fuego de mi vida haría su deber

de ser dorada y hermosa y joven para siempre

aunque yo envejeciera. Era vieja, con papada, su sonrisa

devastadora se tejía entre arrugas, pero sentí la fiebre

brevemente regresando mientras estábamos sentados inválidos,

odiando el tiempo y la mentira de los placeres generales.

Pequeñas olas todavía se rompían en el pequeño muelle de piedra

donde un barquero me dejó en la paz naranja

del ocaso, hace medio siglo, quizás más feliz

de estar erguido, ella un ciervo en su timidez, yo acechando

una consumación imposible; aquellos que nos conocieron

sabían que no estaríamos juntos nunca, al menos, no caminando.

Ahora las dagas silenciosas del interfón nos atraviesan.

 

 

ELEGÍA

a Aimé Césaire

En Martinica, maître, te envié

la carta desdoblada de un velero, una carta

más allá de las líneas de las olas deslumbrantemente blancas,

de roquetes cargados de encajes y esquisto congregacional.

Nunca envié ninguna carta, aunque en el viento se agitaba,

tu isla siempre está en la bruma de mi mente

con las aves marinas regadas en el aire

en su castañeteo criollo de vocales, maître entre creadores,

a quien recita el arrecife cuando arde el almendrón cobrizo,

faro del Dakar distante y los terrenos del delfín.


Traducciones del inglés al español por Fabián Espejel.

© Todos los derechos de los poemas pertenecen a Derek Walcott y herederos.

Imagen: acuarela de Derek Walcott. Tomada de: https://repeatingislands.com/2010/01/31/derek-walcott-the-watercolor-artist/

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Fabián Espejel (Ciudad de México,1995) es poeta, traductor y estudiante de Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es editor de Cultura y Humanidades de la revista en línea Paradigmas. Textos suyos han aparecido en Literal. Latin American Voices y Página Salmón.