Réquiem por un campesino español, de Ramón Sender, es una novela concisa y de anécdota simple, pero con muchas implicaciones morales, simbólicas y sociales. La complejidad de la obra no radica únicamente en la construcción del relato o la técnica literaria, sino en la manera sucinta, crítica y profunda de poner sobre la mesa temas de alta relevancia política.

La narración del Réquiem (titulado originalmente Mosén Millán) se desplaza constantemente en el tiempo. En estas elipsis existen tres momentos predominantes: el tiempo presente, en el que el mosén prepara el réquiem para Paco el del Molino, que contiene los otros dos tiempos: la rememoración de la vida de Paco desde su nacimiento hasta su adultez temprana, y la recapitulación de los sucesos trágicos de un año atrás.

Gracias a la alternancia entre estos tiempos diegéticos, el relato abarca un espectro amplio de la vida del pueblo en breves y condensadas páginas. Se crea un retrato en el tiempo de la aldea a partir de la vida y obra de Paco, y tanto él como los diversos personajes que la habitan sufren una transformación paulatina que se resuelve y se completa satisfactoriamente a pesar de la brevedad de la novela.

A dichos planos del tiempo, podríamos agregar un cuarto si consideramos que hay un narrador omnisciente que impera en el relato y cuya voz narrativa está en pretérito. Así, el supuesto “tiempo presente” del que hablamos, es en realidad ya pasado con respecto al narrador. Esta complejidad de secuencias ha suscitado diversos estudios en el que se analiza la narración mediante diagramas que ayudan a organizar la alternancia temporal e intuir una estructura más o menos constante.

Esta disparidad de los tiempos crea una referencialidad que permite situar la narración en un segmento histórico más o menos preciso. Uno de los eventos donde se reconoce el tiempo es la caída de la monarquía; otro, el establecimiento incipiente de la república simbolizada en la bandera tricolor. Siguiendo las fechas de dichos eventos, podemos establecer que la muerte de Paco es en el año de 1936.

A pesar de que la novela tiene esta gran cantidad de saltos de tiempo, el principio y el final enmarcan y redondean la variada disparidad de los acontecimientos. Se inicia la narración con los preparativos para el Réquiem de Paco, y se finaliza con las palabras de mosén Millán a propósito de la ceremonia. La estructura, sin embargo, no es circular sino lineal a través de una analepsis completiva.

El hecho de que el tiempo no se enuncie directamente contribuye a la creación de un espacio arrabalero. Los sucesos explotan en los lugares céntricos del país y sus consecuencias se van diseminando a lo largo de los territorios hasta llegar a los pueblos recónditos, como éste del Réquiem, en el que las noticias tardan en llegar, pero el operar de sus derivaciones se va haciendo cada vez más evidente.

Los cuadros de costumbres son otro aspecto importante en la caracterización del pueblo, que se manifiestan en distintos rubros de la sociedad: la iglesia con su parafernalia específica, sus ritos, ceremonias y códigos; el carasol donde se dan junta los corros de mujeres para hablar de los escándalos recientes, los oficios de los ciudadanos (zapatero, agricultor, pastor, etc.) y su jerga; los espacios hogareños con sus platillos, los curiosos personajes pueblerinos como la Jerónima o el mismo Paco el del Molino, etc. Todos estos elementos se conjuntan para dar vida al pueblo anónimo y permitir su reconocimiento y afinidad con cualquier otro pueblo español. Lo que ahí acontece es fácilmente transferible a lo que puede suceder en otros lugares con condiciones similares. Esta universalidad del relato le otorga vigencia y multiplica el efecto que tiene la dimensión simbólica que está detrás de la anécdota.

Existe también otra característica estructural relevante: desde el inicio se enuncia el destino trágico de Paco. Sender no pretende crear intriga con respecto al desenlace, que ya desde el título se anuncia, sino ahondar en las causas y los mecanismos que llevan a los personajes a su transformación. La anticipación del final no es patente únicamente en el título o el marco del réquiem que engloba el relato, sino en el romance que aparece esporádicamente a lo largo de la novela. Éste se manifiesta generalmente en boca del monaguillo que lo canta con inocencia y desconocimiento, pero tiene una dimensión simbólica profunda. Los romances, por lo regular, se alimentan de la materia noticiosa de los pueblos y su carácter de pregón los vuelve textos vigentes y vitales en el imaginario colectivo. Al ser anónimos se insertan de lleno en la tradición de los pueblos, y lo que prevalece es su contenido y el registro del acontecimiento. El romance le pertenece a todo el pueblo, y por ende, aunque el monaguillo lo cante desde la inocencia, engloba la voz de los habitantes de la aldea que están ausentes en la ceremonia, pero están presentes en el espíritu colectivo que impera en toda actividad de toda comunidad operante bajo los mecanismos de la tradición.

La dimensión simbólica de la novela y de sus personajes particulares no puede obedecer a un orden automático y arbitrario. Es decir, no es suficiente establecer que Paco equivale a todo el pueblo español; mosén Millán, a la iglesia; los tres asistentes al réquiem, las clases privilegiadas y los centuriones, la personificación del nuevo régimen y la guerra civil. En realidad, todos ellos, aunque desempeñan distintas funciones, pertenecen al pueblo. Las consecuencias que conllevan los cambios drásticos los afectan por igual, aunque cada cual, desde su trinchera, sufrirá un cambio distinto al de los demás. A partir de este supuesto, se puede hablar de que Sender construye un microcosmos en la aldea para representar la situación del país a partir de distintos personajes tipo, pero la individualidad de los personajes no se difumina por su carácter alegórico, simplemente se complementa. Así, el sufrimiento y la sed de justicia de Paco son, en efecto, las de todo un pueblo, pero no por ello dejan de pertenecerle a Paco del Molino en tanto individuo. De la misma forma, la encrucijada moral de mosén Millán y su dolor ante la traición que lo obligaron a cometer se puede trasladar a otros contextos, pero el dolor del párroco es íntimo y personal.

Desde mi punto de vista, los únicos personajes que son totalmente alegóricos y no tienen una personalidad en el sentido más amplio de la palabra son el duque y los centuriones que llegan a desequilibrar el entorno medianamente armónico de la aldea. El duque es una fuerza invisible, que está ausente en cuerpo, pero cuyo alcance de poder se manifiesta en diversos sentidos. Tiene un representante en la aldea, que es su voz y su mano a distancia; sus prohibiciones, aunque anunciadas desde la lejanía, tienen efectos inmediatos en la vida de los hombres; su voluntad se cumple en manos de otros, y aunque no se le vea nunca en el relato, está muy presente en los mecanismos que llevan a los personajes a su destino trágico. Este aspecto encierra uno de los problemas fundamentales de la época. La repartición de las tierras y el predominio de los señoríos llega a un quiebre, porque esa política desgastada ya no hace sentido a los campesinos que sí habitan y trabajan la tierra. La reforma agraria representó una esperanza para el pueblo campesino, pero las dificultades que tuvo que enfrentar en el clamoroso tira y afloja de los grupos opositores no permitieron su instauración. Esta crisis es evidente en la novela de Sender, y la maestría está en no tener la necesidad de enunciar directamente las causas políticas, sino en mostrarla a través de las acciones de los personajes, que se debaten tanto internamente como en conjunto.

Los centuriones, por su parte, son una fuerza de desequilibrio que irrumpe violentamente en el pueblo y lo transforma. A diferencia de los demás personajes, éstos no tienen nombre y su caracterización no pasa de algunos rasgos esenciales. Su actuar es automático y definitivo; con ellos no hay posibilidad de diálogo porque escapan a cualquier raciocinio o voluntad comunicativa. Ellos tienen órdenes claras y pertenecen a una entidad desconocida y terrible que está cambiando a todo el país. Representan el terror, el cambio drástico, la inhumanidad, el desgaste de las garantías y los derechos del hombre.

Por ello, la supuesta traición del mosén no puede admitirse sin un análisis previo. Él no es caracterizado como una mala persona pues, aunque el ímpetu de justicia de Paco lo pusiera en una encrucijada con su sistema de creencias y por ende se resistiera al cambio, no por ello era cómplice voluntario de las fuerzas inhumanas que irrumpieron en el pueblo. Tanto él como los otros tres asistentes del réquiem (que son presentados al final como los enemigos de Paco) fueron quebrantados por el miedo y la crisis moral que representan los centuriones. La única diferencia entre mosén Millán y cualquier otro habitante del pueblo es que él tuvo el infortunio de ocupar una posición clave en el transcurso de los acontecimientos. Como líder religioso, el régimen le exige un papel que debe cumplir sí o sí, pues su vida va en ello. En ese sentido, si en lugar de Millán, el mosén fuera el zapatero, el padre de Paco o algún otro aldeano, el resultado sería muy similar. La culpa no recae del todo en el individuo, sino en el puesto y la función que desempeña.

Mucho más se podría decir y se ha dicho del Réquiem por un campesino español. Sus diversas lecturas y su lenguaje exacto y medido la hacen una obra multifacética y compleja. Permite tanto una lectura histórica como una política, económica o eminentemente literaria, y dentro de todas ellas tiene elementos valiosos para el análisis.

© Pintura “El molino” de Vincent Van Gogh.

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Charuan Aguilera Bezrokov (Ciudad de México, 1994) Estudiante, cada vez más cercano a los temidos artículos 22 y 24, de Letras Hispánicas.