Ambigüedad

“La parábola de los ciegos” (1568), Pieter Brueghel el Viejo

La vida consiste en un juego ambiguo entre realidad y fantasía. Es lo que hacemos todo el tiempo. La mayoría sucumbe ante el peso de los hechos y lo dado. Sólo el genio se mueve con soltura entre ambas y dirige su mirada, su obra y su existencia hacia el universo de lo posible, y lo probable. La genialidad del vivir consiste en moverse con soltura, como en un juego, entre la fantasía y la realidad. He aquí, con seguridad, una clave de la creatividad.

La vida, en verdad, es un asunto de malabarear impulsos contradictorios. Pues bien, la ambigüedad es esta clase de práctica. La gente sostiene durante su vida, y en el día a día, todas las creencias que puede sin importar que sean contradictorias en el sentido de que tal vez todas sirvan para tomar decisiones. Malabarear, bandearse.

La realidad es mocha, contrahecha, y siempre alicaída y de mirada mortecina. No se mueve, renquea. Sólo sabe de valencia. O lo que es equivalente, dado el carácter binario de Occidente: bivalencia. Y cuando se vuelve creativa, se torna, a lo sumo, en ambivalente. La realidad es fea, y por eso ansiamos lo posible. Transformarla, decirla de otro modo, vivirla como otra época. La realidad es plana y monocromática, pero muy alejada de la sutiliza de la obra de un Mark Rohtko. Por su parte, el arte es inteligencia elevada a metáfora, ambigüedad juguetona que disloca, y frente a la realidad sugiere otra(s). La labor del genio consiste en mezclar realidad con fantasía permanentemente para dibujar nuevas dimensiones. Todo ello, frente a las ciencias y disciplinas que se erigen como obispos de lo real, lo concreto y lo pragmático, lo útil y lo rentable. La ciencia normal. (No toda ciencia lo es).

La realidad: sustantiva, única: valencia (pre-determinada), definitivamente bivalencia, y cuando más, ambivalencia. Y en el punto ciego de la mirada del hombre normal, por así decirlo, la otra cara de la luna: ambigüedad. La realidad exige y provee significados precisos, y nada ambiguos. A lo sumo su forma de jugueteo es la ambivalencia. Los tiempos en los que dominan el comercio y las finanzas, el control y la gestión son los tiempos de baja o nula ambigüedad y mucha (¡mucha!) ambivalencia.

La realidad sólo se quiere y se sabe a sí misma. Es el mundo de la censura, y la auto-censura. La génesis del nihilismo. Ese del cual, sostenía Nietzsche, no consiste en la existencia de una pluralidad de valores sino en la indiferencia de los mismos. Un valor da lo mismo que otro. Justamente: ambivalencia.

Frente a los valles de la realidad se encuentran, a un lado, las aguas tranquilas-turbulentas de lo probable, y del otro, las cordilleras de lo posible. La combinación de, y la habitación en, todas las geografías son resultado del genio. O de la necesidad. La gente normal siempre preferirá los ámbitos y modos de lo seguro.

El problema del arte y de la vida es el de relación entre fantasía y realidad, entre lo que es y lo que puede ser, incluido lo imposible. La realidad —como el Ser— no admite alternativas. Frente a ella nada se puede. Excepto, claro, la fuerza de la imaginación. Poesía.

Sostiene Platón (El Banquete) que en el origen de la filosofía se encuentran poros y penía (necesidad y pobreza). En otras palabras, son ellas las que yacen en la base de las preguntas, cuestionamientos, razonamientos. Pensamos-reflexionamos ante la necesidad de la vida, y ante la pobreza de otras mejores explicaciones. En contraste, entre los varios comienzos de la poesía hallamos, sin dificultad, la riqueza de la ambigüedad —metáfora elevada al podio— y los giros drásticos de la existencia.

El pensamiento clásico se expresa en la lógica clásica: significados precisos, semántica composicional, ausencia de contradicciones, rechazo de los vacíos. Es, como se aprecia, lógica que no ríe. Por ello, para decirlo en términos clásicos, existe una eterna contraposición entre la lógica y la retórica, y entre ambas y la poética. A ello se refiere el famoso libro segundo de la Poética de Aristóteles, perdido, en la ficción de Umberto Eco: El nombre de la rosa. Matar y morir no solamente por un texto, sino un texto sobre la risa. La broma es una forma como la contradicción se resuelve.

La sátira, la ironía, el buen humor, el sarcasmo fino. En el trasfondo resuenan, entre otros, Sócrates, Quintiliano, Quevedo, Lope de Vega, Luis Góngora, Shakespeare, Bossuet, Voltaire. La crítica y el humor conforman una sola unión. Se trata, en todos los casos, de la ridiculización de ese mundo normal, ya ridículo. A la mano tenemos el ingenio y la imaginación, el juego y hasta el desparpajo; ante el formalismo y la seriedad, el espíritu de pesantez y el desasosiego, el hombre mediocre y el banal perfecto (Eichmann — “que no sólo cumple con su deber sino que también obedece a la ley” —, el de H. Arendt). De un lado. Y de otro, la ausencia de lugar para la poesía de espíritu serio. En cualquier caso, contra la frivolidad de lo banal y lo real quedan el pensamiento fino, elegante y contundente, y la ironía.

En la historia del pensamiento, el existencialismo podría presumir —aunque no lo ha hecho— de ser la única filosofía de la ambigüedad. Precisamente, porque es de la existencia. Todas las demás, particularmente hoy, son filosofías de principios, estrategias (“acciones comunicativas”) y valores. Simone de Beauvoir, cuando aún no existía el libro sobre la moral existencialista, escribe Para una moral de la ambigüedad. Con el tiempo habrá de llegar el libro esperado escrito por Sartre: los Cahiers pour une morale, y que en realidad elabora conceptualmente las tesis que ya se encuentran en el Saint Genet. Comédien et martyr. “Procuremos asumir nuestra ambigüedad fundamental”. Esto es, asumir lo que ya somos. El tema verdadero es el trabajo con, y el espacio para, la ambigüedad —uno de esos términos que no tienen mucha familia, a diferencia de la mayoría de palabras—. Una palabra solitaria, autónoma, y en su singularidad libre y plural a la vez.

Una filosofía de la existencia es, en verdad, una filosofía de la ambigüedad. Fue así como se opuso Kierkegaard a Hegel. Una filosofía semejante tiene algo así como un lenguaje técnico: el ser humano: ese ser cuyo ser no es. Mejor aún: “El hombre se hace carencia de ser a fin de que tenga ser”. Es decir, vivimos inventándonos a nosotros mismos, de tantas maneras como cabe imaginar. Y cuando ya no nos inventamos más acaece la muerte.

Inventarse a sí mismo(a), es saberse a sí como a/en un sueño. Nos inventamos a través de los trabajos, los proyectos, los compromisos, las pasiones y los bocetos. Nos inventamos en la imaginación, el sueño, el delirio y la risa. Nos inventamos contra la realidad que aplasta, y nos embriagamos de fantasía. Escándalo: nos inventamos, incluso en la mentira. Sólo que como en el mundo de los niños, la mentira y la falsedad no existen: son realidades vividas. Sólo con el adulto emerge la conciencia de la mentira, que es la advertencia de la realidad insumisa. Somos subjetividad, esto es, interioridad, que sólo se realza como presencia en el mundo. Es decir, actuando, expresándose. Libertad (pero) comprometida. Ser para-sí que es inmediatamente por el otro. Y la conclusión de Sartre: la pasión del hombre es inútil. “Así, sobre la faz de la tierra, una vida que no se hunde en sí misma será pura contingencia”.

Vivimos los tiempos del lenguaje, actitudes y posturas ambivalentes. Frente al lenguaje de la publicidad y propaganda (“mercadeo”), frente al discurso acomodaticio del político de turno, frente al sermón y la homilía que definen por todos cómo pensar, hablar y vivir, existen varias alternativas. Una, es la ambigüedad. Ambigüedad que no en última instancia, que es, por ejemplo, sarcasmo e ironía frente al discurso mendaz del político (de turno), el sermón moralista y vertical de los policías del alma, la sonrisa fingida como vestido de la noticia en los noticieros: todo: indiferencia, utilitarismo, egoísmo y vanidades.

Unos de los H. Maturanas (hay por lo menos cuatro) (autopoiesis, lenguajear, emocionar y matríztica) llama, en un momento dado, la atención sobre el lenguajear. La gente dice, pero no comunica nada. Esto es menos, mucho menos que el contacto con el canal de que habla la lingüística. La TV y Hollywood entretienen, pero no comunican nada. Es el pasar-puro-de-la-existencia. Pues bien, contra el mundo plano y lineal, vertical y normativo, ese mundo de indicadores y consignas, cabe, si se me permite, la ambigüedad que es oscuridad que ilumina.

Ambigüedad consiste en comprender que en un solo acto de aprehensión hay diversidad, pluralidad, espacio abierto. In extremis, pero cierto: superposición cuántica. Sólo que no está entre dos estados, como el pobre gato de Schrödinger, sino en muchos: à la limite en todos los estados (posibles).

Una filosofía y una estética de la ambigüedad emergen, por así decirlo, en la otra orilla que en la que se encuentra el hombre formal. Éste, leemos, “se desembaraza de su libertad en la pretensión de subordinarla a valores que estarían incondicionados; imagina que el acceso a esos valores lo valoriza de una manera permanente: albardeado de ‘derechos’, se realiza como un ser que huye del desgarramiento de su existencia”.  En todo caso, es esencial no confundir ambigüedad con absurdidad. La vida no es absurda, se aparece ambigua.

En cualquier caso, no es cierto que la filosofía y la ciencia se funden o consistan en juicios, conceptos, categorías, antinomias o ideas. Además y fundamentalmente consiste en tropos: metáforas, hipérboles, símiles, metonimias, sinécdoques, epífrasis, oximorones, lítotes, paralipsis, alegorías, ironía, entre otras. No únicamente hacemos cosas con palabras. Algunos viven/vivimos (a través d)el lenguaje. Pensar es bastante más complicado: pensamos con palabras, con ideas, pero también con sentencias no propositivas, con el cuerpo y con la mente, pensamos con vacíos y decidimos con la suerte. Y vivimos análogamente.

Y sí, desde luego: la poesía no consiste en escribir poemas.

Cabe pensar legítimamente en potenciación de la poesía frente al discurso cotidiano, que empobrece la realidad y al ser humano. Tropos sobre categorías y juicios, canto frente a discurso, publicidad y propaganda; en fin, algo más de sabiduría, y ciertamente no más sermones u homilía, que dicta qué entender de un texto —escrito o hablado—, y cómo se debe interpretarlo. Una palabra poética es un objeto concebido en sí mismo y abarca todos sus significados; una palabra prosaica es plana y útil, y pudo emplearse de otra manera.

En un texto singular, William Empson distingue varios usos de la ambigüedad, así por ejemplo: el uso lógico, el psicológico, según el estado de ánimo, la ambigüedad como movimiento, como contradicción y como juego de complejidades, y las clases fructíferas de desorden.

El mundo presenta, en numerosas ocasiones, vacíos (lógicos). Y en las lógicas polivalentes, una de ellas, primaria, es la lógica trivalente, cuyos valores son: verdad, falsedad, incertidumbre. Hay cosas que son verdaderas y no sabemos bien por qué. Se ocupó de ello y lo demostró Gödel. Y hay cosas que poseen, a veces, más de una verdad. En fin, hay cosas que no son ni verdaderas ni falsas. En cualquiera de estos casos, estamos en ambigüedad.

Hay en la vida como en el mundo alguna situación difícil de comprender frente a la que emergen diversos sentidos, diversos análisis gramaticales posibles. Conocemos la polisemia. La equivocidad —vicisitud interpretativa— y de forma de vida. El triunfo de la gramática es la victoria de las reglas sobre la retórica —los juegos del lenguaje—, pero todo en desmedro de la poética —creación y vivencia jalonadas por juegos imaginativos—.

Cabe abrir los ojos y aprender la riqueza del mundo y de la vida. Riqueza precisamente porque no existe un significado principal en una como en el otro. ¿El significado principal? No lo hay, a veces (¡muchas veces!). La complejidad no es, simple y llanamente, otra cosa que el reconocimiento de que hay cosas que suceden sin razones, o sin una razón mejor que otra. A decir verdad, no existen causas inmaculadas. La dificultad estriba en que la gente necesita razones y causas: es su dificultad —cognitiva y psicológica, emocional y lingüística— con la aleatoriedad. Atávicamente, la gente necesita razones, y una mejor que otra.

Es fundamental, por tanto, no explicarlo todo. Pero tampoco sucumbir ante el misterio. Cabe, cabe siempre (una) interpretación de los símbolos. Existe ambigüedad cuando se habla de varias cosas al mismo tiempo, y cuando se habla de una y se implican varias cosas.

En la literatura existe un capítulo hermoso que remite a la palabra precisa, a la oración correcta, pero nunca aísla el significado de la atmósfera. Se trata de la literatura fantástica. Los volúmenes sobre Los secretos del inmortal Nicholas Flamel (de Michael Scott) son un ejemplo conspicuo, todo pivotando en torno a la figura de Nicholas Flamel, su esposa y los mellizos.

Ahora bien, del lado de la pluralidad de significados y la gran puerta que la ambigüedad abre, se encuentran, por lo pronto tímidas, las lógicas no-clásicas, que sí saben de inconsistencias, difusividad, paraconsistencia y el sentido creativo de las ambigüedades, entre otras muchas cosas.

La pobre-bien-intencionada lógica clásica concibió la verdad como correspondencia. ¡Olvidándose de la vida, donde tantas veces no hay correspondencia(s)! La vida: esa dimensión espléndida en la que, como dicen los lógicos consumados, tenemos, sin embargo, fórmulas bien formuladas (fbf —fórmulas lógicamente perfectas—). Pero no ya anquilosadas o artríticas.

En fin, que una ambigüedad es un fenómeno de comprensión. Pero no cerrado ni uniforme.

La entropía es el significado sedimentado y que por ello ya no tiene vida. Apunta, con todo, al equilibrio. Es, como se aprecia, significado instrumentalizado, reificado. El significado inmediato es en realidad una orden, o una receta.

Hemos caído, desde hace un tiempo, en la era del sentido y el significado en desmedro de la música. Hubo una época cuando los nombres tenían un universo propio. Ese universo nacía con los nombres de las personas. Después, se les puso los nombres a los niños por el tío, la abuela y el amigo. El nombre era nombre propio. Hasta cuando llegaron, por ejemplo, los gentilicios. Ya casi nadie tiene nombre (propio). Digámoslo de frente: la era del sentido y el significado es, en realidad, el triunfo del encefalocentrismo.

El objeto de la vida, después de todo, según parece, no consiste en comprender las cosas, sino conservar las defensas y equilibrios propios tan bien como sea posible. “No sólo las tías solteronas se contentan con esto”. Sólo que comprender —como, en otro contexto, creer— otorga claras ventajas selectivas.

Vivimos, continuamente, entre una cosa y otra, y entre tanto no hay nada seguro. Aunque lo añoremos y lo pensemos en bocetos y esquemas. Vivimos la ambigüedad como contradicción, como juego de complejidades. La vida misma es un desorden fructífero. Una amalgama que construimos a ritmo de bricolaje.

Somos, hay (ambigüedad que habla de varias cosas al mismo tiempo, y aquella que habla de una cosa e implica varias formas de percibirla y de juzgarla). No existen garantías. Si no lo intentamos nunca sabremos si lo lograremos. Y si lo intentamos, tampoco. Por tanto, más vale intentarlo, arriesgarse, jugarle a la vida. Pensar en el error, en efecto, ya es una forma de equivocarse.

El pensamiento normal dice: hay que tratar de no ser ambiguos. Pero no solamente se trata de algo indefinido y engañoso, sino de un llamado al control y a volvernos previsivos. A que prime el significado sobre la música. En el lenguaje común, para expresar entendimiento y asentimiento a veces se dice: “me suena”.

¿La delicadeza del espíritu no consiste en indicar sin decir, en aconsejar sin dar sermón, en fin, en señalar antes que en ordenar? La ética no se puede ni se debe/se debiera enseñar: la ética —ha sido reconocido por demasiado pocos— es ejemplar. Al fin y al cabo, las grandes cosas las aprendemos con el ejemplo: como a entender y amar a otra persona, a respetar las buenas maneras y la oportunidad, a despertar un cierto buen gusto, y sobre todo el humor y el sentido de la delicadeza. Solo el buitre rapaz se adentra grosero en la carne descompuesta, o se lanza sobre una joven presa indefensa.

Los idiomas contemporáneos se han debilitado. Casi todos los verbos nuevos ya no son fuertes. Dicho en el lenguaje clásico, domina la gramática sobre la retórica y la poética. Y se ha desplazado a lugares secundarios a la dialéctica. La debilidad permea al lenguaje, que es como la vida misma, pero podemos nutrirlo de conceptos nuevos y de ambigüedades que moran en la literatura y la poesía.

La fortaleza del lenguaje, que es conocimiento, como la vida, proviene sin dudas de la poesía y las artes, y la filosofía. Se trata, por antonomasia de los espacios de creación de conceptos y continua re-vivificación de tropos. Aunque la ciencia (la buena ciencia), la verdad, también contribuye con lo suyo.

En cualquier caso, la ambigüedad no decide por nadie: deja a cada quien la invención de los pasos siguientes. La ambigüedad es el umbral y el modo mismo de la libertad, la autonomía y sí: en el límite, en el borde, la autarquía. ¿Ambigüedades?

Es difícil ser autónomos.

| RMM | CEM | @philocomplex |

___________

Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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