Acaso recuerde usted a Pereira, el portugués. Y si no, lo recordamos: Pereira era un mediocre, sí, un opaco y deslavado director de la página cultural de un diario lisboeta, uno “católico, apolítico e independiente”, que así se anunciaba a sí mismo, vaya usted a saber si uno puede ser las tres cosas. Era 1938 y la dictadura barría las calles.

Prefería Pereira a los escritores muertos y pulcros para escribir semblanzas; aquellos que no se quejaran de nada y de quien nadie se pudiera quejar. Las necrológicas se limpian de detalles molestos, ocupaciones incómodas, de incorrecciones impublicables. La cosa estaba en paz y en paz debía quedarse. Que el ejército se encargara de quien debiera encargarse.

Llegó entonces Monteiro Rossi, que pedía trabajo, que estudiaba, que escribía una tesis sobre la muerte. Eso le dijo a Pereira. Que militaba y pregonaba contra el tirano, repartía hojas, llamaba a las armas. Eso no.

He aquí, pues, que Monteiro despreciaba a quien pensara como Pereira y que Pereira se reía de quien pensara como el muchacho. Pero hablaban y trabajan, escribían y publicaban, peleaban y discutían. Cuando no hacían nada de eso, sólo eran portugueses y quién lo diría: casi amigos.

Eso sostiene Pereira. Otra versión no tenemos; la tendría sólo Antonio Tabucchi, que escribió su historia, y Don Antonio no está más, se ha muerto, se ha ido ya. Uno se pregunta si hoy existe un Pereira en Italia, Portugal o donde sea: ¿Qué dirá su necrológica a Tabucchi?, ¿cómo se limpia el expediente de alguien que acaso haya sido la oposición más lúcida y frontal al gobierno de Silvio Berlusconi?, ¿cómo se maquilla el desprecio por la banalidad, el compromiso cívico, la pasión crítica, las polémicas constantes?

Llegamos, pues, a una jocosa y agria conclusión: Antonio Tabucchi no aparecería en la página de Pereira.

El portugués que nació en Italia.

¿Y quién era el Sr. Tabucchi, a todo esto? “Un profesor universitario”, decía él. “Un imprescindible”, dicen los que lo leyeron. “Un cabrón”, dicen otros (de quienes él tuvo una opinión similar, aunque mejor escrita). Y algo tuvo, sí, de las tres cosas; pero antes fue un niño que corría en los campos provincianos de Vecchiano, en el norte de Italia.

Venido al mundo en 1943, la tierra con la que jugaba seguía tibia por la lumbre de la guerra; tenía cascajo, vidrio y casquillos de bala. La casa de sus abuelos: granero de anarquistas. Vencidos, como el resto de Italia ¿qué infancia se vive ahí?, bueno, pues las películas de Rossellini se quedarían cortas.

Algo tendría el joven Tabucchi, ya en la universidad, del hambre combativa que rodeó su infancia. De universitario por París tuvo un choque frontal con los versos de Fernando Pessoa, al punto de trasladarse a Portugal a aprender el idioma, conocer a sus poetas y comenzar su traducción al italiano. Lo que encontró en Lisboa fue una dictadura rancia y agria que mucho le recordaba a la Italia fascista de la que tanto hablaban sus abuelos: la del innombrable Duce Mussollini.

De Portugal recogió un idioma, varias pasiones y a la compañera de su vida, lisboeta y traductora con quien comenzó la labor de verter al italiano a Pessoa íntegro, además de ensayos, teatro y autores contemporáneos de la tierra lusa. Su propia obra a partir de entonces fluctuaría entre la tradición narrativa italiana y las estéticas portuguesas, una receta inédita que encontró su germen en Dama de Porto Pim (1983, escrita en italiano) y su culminación tanto en Réquiem (1992, escrita directamente en portugués, ambientada en Lisboa) como en Sostiene Pereira (1994), un repentino éxito de ventas escrito en italiano y ambientado en la dictadura portuguesa de Salazar, aquella con la que Tabucchi se topara en su primer viaje. Y detenemos aquí el sumario, que ya está Wikipedia para hacer el trabajo.

La manera de morir de un elefante

El viejo Tabucchi pasea por playas que siglos atrás fueron consideradas el borde del mundo. Portugal, Finis Terrae, le ha dado una nueva nacionalidad; Italia, la espalda. La andanada mediática, autoritaria y orgiástica de Silvio Berlusconi ha sido el enemigo a vencer por el escritor desde hace varios años, quien ha situado su bastión de lucha en la tierra de su esposa: escribe en los principales diarios de la oposición italiana, es traducido a 40 lenguas, las semblanzas lo presentan como un símbolo de la izquierda europea, de la pasión cosmopolita y narrador definitivo de su época.

Cada mañana camina, piensa y bosteza, a veces en italiano, a veces en portugués. Por dentro maquina un argumento: un viejo activista a punto de morir, veterano de la resistencia en la II Guerra Mundial, llama a un novelista para que escriba sus memorias: la memoria de Italia en casi 70 años. Tabucchi mira hacia la arena, que sigue tibia por los rayos de sol, sin cascajo, vidrios ni casquillos de bala. ¿Y por qué el italiano llamaría a un escritor para recordar?, pregunta.

Entonces recuerda la manera de morir de un elefante: cuando está próxima su hora se hace acompañar por un colega, se alejan de la manada y parten… avanzan y avanzan, kilómetros tal vez, hasta que el moribundo decide que ése es el lugar para morir y da un par de vueltas trazando un círculo. Siente que lleva adentro la muerte pero quiere situarla en el espacio… y entonces le dice al compañero que lo abandone, porque la muerte es un hecho muy privado…”

Por eso Tristano, que así se llama el moribundo, se hace acompañar de un novelista: porque necesita saber dónde morir y para eso necesita, en el camino, contar su historia. Dejarla escrita.

Tabucchi alza la vista y mira al mar. Tristano muere, se dice. Ahora tiene el título. Da la vuelta y se aleja por la arena, siguiendo sus pasos; se va a casa a escribir el libro, a mano, como siempre. Camina firme, seguro de que es un elefante, que es el último camino y que Portugal, Italia, el mundo y la historia lo acompañan a morir.

RMM/SBH