Cien años de premiación: el Nobel de Literatura

Poco antes de morir, en el manuscrito de su testamento, el inventor Alfred Nobel había de destinar la mayor parte de su cuantiosa fortuna a la creación de un premio. En 1895, el también químico sueco estipuló que su capital —alrededor de 200 millones de dólares actuales— constituiría un fondo, cuyos intereses se repartirían en cinco partes iguales para dotar el galardón anual que recibirían aquellos que hubieran conferido el mayor beneficio a la humanidad en los campos de física, química, fisiología o medicina, literatura y paz. No fue sino hasta 1901 que los Premios Nobel fueron otorgados por primera vez, y hasta 1968 que el Banco de Suecia instauró el de economía por su tricentenario.

Cuando Nobel era niño, su familia dejó Estocolmo y se trasladó a San Petersburgo. Allí recibió lecciones privadas de física, química, matemáticas, historia, filosofía, idiomas y literatura. Influido fuertemente por las letras inglesas —y, específicamente, por Lord Byron y Percy B. Shelley— escribió a los dieciocho años un poema autobiográfico en perfecto inglés. No obstante, su padre, quien miraba con desprecio su vocación literaria, deseaba que todos sus hijos fueran ingenieros como él y se unieran a su empresa manufacturadora de explosivos, por lo que arregló un viaje para Nobel por Suecia, Alemania, Francia y Estados Unidos. A pesar del rechazo de su padre hacia sus actividades poéticas, Nobel nunca dejó de leer o escribir. Su biblioteca con más de 1500 volúmenes lo demuestra.

En París, conoció a Ascanio Sobrero, cuyo descubrimiento —la nitroglicerina— sería fundamental para su futuro. Al pensar en los beneficios que ésta podría brindar a los trabajos de construcción, Nobel intentó hacer seguro su uso y manejo, pues se trata de un líquido altamente explosivo. En 1867 patentó la dinamita, resultado de estabilizar la reacción de la nitroglicerina con una variedad de diatomita llamada kieselguhr. Cuando murió, en 1896, contaba con 355 patentes. A lo largo de su vida, fundó fábricas y laboratorios en veinte países, lo que hizo de Nobel un viajero constante. De ahí su fortuna y el epíteto que le puso Victor Hugo: “el vagabundo más rico de Europa”.

En el apartado de su testamento donde se menciona la fundación de los premios, concede el de literatura a quien haya producido “la obra más sobresaliente en una dirección ideal”, sin importar nacionalidad. Unas líneas más abajo, establece que el encargado de dictaminar al ganador de éste será la Academia Sueca. De los dieciocho miembros que la componen, se eligen cuatro o cinco, además de los asesores especializados, para conformar durante tres años el Comité Nobel de Literatura. En septiembre, la Academia Sueca envía entre 600 y 700 formas de nominación a miembros de academias, profesores de lingüística y literatura, nobeles anteriores y presidentes de asociaciones de escritores para postular candidatos al premio.

El deadline de las candidaturas es hasta febrero. El Comité registra las nominaciones y envía una lista que la Academia deberá aprobar. En abril, las candidaturas se han reducido a quince o veinte nombres y, en mayo, la Academia somete a una evaluación el perfil de los cinco candidatos finales. De junio a agosto, los dieciocho miembros se dedican a leer la obra de los “finalistas” para discutirla ampliamente en septiembre y nombrar al ganador en octubre, quien debió de haber obtenido más de la mitad de los votos de concesión. Las nominaciones son secretas hasta cincuenta años después de ser efectuadas y, desde 1974, sólo pueden ser candidatos los escritores vivos (en 1931, el poeta sueco Erik Axel Karlfeldt ganó el premio pocos meses después de haber muerto). Aquí puedes consultar los nombres propuestos hasta 1965.

Después de ser anunciado el ganador, un artista plástico (Jens Fänge desde 2014) resume en una ilustración los ambientes y el carácter de la obra del nuevo laureado, y un calígrafo (Annika Rücker desde 1989) redacta sobre un pergamino —en el que se utiliza mucha de la técnica de los miniaturistas medievales— la fecha, el lugar, el nombre del escritor y los motivos que lo hicieron acreedor al galardón. Este diploma es quizá el objeto más bello que recibirá, pues es una pieza única de arte. Para la entrega del premio, se realiza una ceremonia en la Stockholm Konserthus el diez de diciembre —día de la muerte de Alfred Nobel—. El ganador recibe de manos del rey de Suecia el diploma ya mencionado y una medalla, además de un documento que confirma la suma del premio.

La medalla, diseñada por el escultor y grabador Erik Lindberg, es de dieciocho quilates de oro reciclado. Su anverso contiene grabado el perfil de Alfred Nobel y las fechas de su nacimiento y deceso; el reverso, un joven sentado bajo un laurel escribiendo la canción que le dicta una musa bajo un verso latino obtenido de la Eneida, dedicado a “quienes ennoblecieron la vida descubriendo las artes”. El nombre del literato premiado se graba en la placa debajo de las figuras. En cuanto al premio en metálico, el ganador de este año recibirá ocho millones de coronas suecas —casi un millón de dólares—, sin tomar en cuenta las ganancias de la venta de publicaciones, reediciones, reimpresiones y traducciones.

Si bien los premios impulsan los booms editoriales y la fama de todo tipo de escritor, la ardua tarea de elegir al receptor del Nobel ha respetado altos estándares de calidad. El problema que enfrenta la lista de laureados no es la sobra de nombres, sino la ausencia de ellos —pues la inmensa mayoría, tomando en cuenta circunstancias ideológicas y estéticas de la época, merecen su medalla y su diploma—: por razones inexplicables no encontramos a Inger Christensen, Paul Valéry, Lev Tolstói, Vasko Popa o Jorge Luis Borges. Esas mismas razones nos llevan a seguir esperando que reconozcan la obra de Fernando del Paso, Bei Dao, Adonis, Nélida Piñón o László Krasznahorkai, por mencionar tan sólo algunos.

Desde su primera entrega hasta 2015, 108 escritores de distintas nacionalidades han recibido el premio más prestigioso de la literatura; sólo en siete ocasiones no ha sido entregado debido a las Guerras Mundiales. Un protagonista del conflicto bélico, Winston Churchill, lo recibió años después, en 1953, por sus escritos histórico-biográficos y su oratoria brillante. Por otro lado, en 1958 y 1964, Boris Pasternak y Jean-Paul Sartre, respectivamente, rechazaron el Nobel: el poeta y novelista ruso lo había aceptado en un inicio, pero la presión de las autoridades soviéticas lo obligó a declinarlo; el filósofo francés había renunciado categóricamente a todo honor oficial.

En cuanto a los idiomas, detrás del inglés, el francés y el alemán, el español es la lengua con más escritores galardonados —once en total—, de los cuales seis son latinoamericanos. La primera fue la poeta chilena Lucila Godoy Alcayaga, a.k.a. Gabriela Mistral (1945), convirtiéndose en la quinta de las escasas catorce mujeres en recibir el premio en la categoría de literatura. Años más tarde, fueron el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1967) y otro chileno, Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, mejor conocido como Pablo Neruda (1971). Colombia (1982), México (1990) y Perú (2010) merecieron el galardón con las plumas de Gabriel García Márquez, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa.

El ganador o ganadora del Premio Nobel de Literatura 2016 se dará a conocer hasta este jueves, debido a un retraso inusual en la Academia Sueca. La casa de apuestas Ladbrokes nominó a setenta posibles ganadores, con Ngugi Wa Thiong’o y Haruki Murakami a la cabeza, ofreciendo 10€ por cada euro apostado si gana el novelista keniano y 5€ por cada euro apostado si es el autor japonés. Figuran en la lista de favoritos John Banville, César Aira, António Lobo Antunes, Adam Zagajewski, Mircea Cărtărescu y Margaret Atwood. Sin embargo, la confidencialidad de los candidatos hace del veredicto un misterio total. Entre todos estos nombres, pues han sido recurrentes desde hace varios años, saltaron los de Patrick Modiano (2014) y Svetlana Aleksiévich (2015).

Más allá de los beneficios de publicidad o difusión que pueda brindar un premio, las obras o los autores de calidad indiscutible no siempre se acoplarán a los requisitos de las preseas. Sin embargo, el Premio Nobel ha sabido identificar a las grandes voces de la literatura moderna, aunque todavía le falta un largo camino por recorrer en cuanto a la equidad respecto al número de ganadoras o al reconocimiento de lenguas no europeas. El premio goza de buena salud y le queda una larga trayectoria por delante. No obstante, el ojo crítico sabrá identificar durante la lectura a los autores que valen la pena ser leídos y releídos con gozo y detenimiento, haciendo caso omiso al prejuicio del laurel, porque las estirpes ganadoras condenadas a desmerecer sus premios no tendrán una segunda oportunidad con los lectores.

De la imagen: Copyright © The Nobel Foundation 2015. Reproducción fotográfica: Lovisa Engblom.

 

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Fabián Espejel (Ciudad de México, 1995) es poeta, traductor y pasante de Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de verano de la Fundación para las Letras Mexicanas/Universidad Veracruzana en 2017. Es colaborador permanente de la revista electrónica Página Salmón. Textos suyos han aparecido en Literal. Latin American Voices, Cuadrivio, Blanco Móvil y Literariedad.

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