CIUDADES / Sexta Jornada

Foto: ©Mireille Del Valle

Foto: ©Mireille Del Valle

GONZALO TRINIDAD VALTIERRA |

Se debe soñar distinto en las ciudades marinas.

I

Hay ciudades-faro

ciudades-ultramar

ciudades-caravana

ciudades-trirreme y nao

clavadas en las costas y montañas,

con calles encorvadas

como playas que la ciudad quiso imitar.

 

Son leyendas

doblemente amuralladas

que se hacen y deshacen al tiempo

que se mueren y se viven,

¿es que son tan sólo un sueño?

 

Sueños que se sueñan a sí mismos

bajo el negro sol del ponto

habitadas de grandiosos peces alcatraces

que recorren las primeras arquitecturas marinas

y los largos silencios de coral.

II

Pasando las montañas, me dijeron, se encuentra el mar. Ya desde que uno dice mar se puede sentir su aliento salitroso y húmedo. Blancas, infranqueables sobre lo rastrero del mundo, las gigantes cordilleras se niegan a entregar su blanco tesoro.

Sobrepasando la primera fila de montañas, el agua se convierte en hielo.

Llegando a la cima ―más lejos imposible―, se asoma el acantilado, el descenso, el fin y el principio de un mundo hecho de síncopes geológicos. Descendiendo la cresta de esas olas de piedra, continuo mi viaje, pues me han dicho que pasando las montañas se encuentra el mar. Pero no hallo puertos, ni un sólo recodo de las playas prometidas: las promesas incumplidas me recordarán al mar, siempre.

Después de caminar sobre las mareas geológicas, se percibe una ciudad, como un barco deshaciéndose en la nada, o en una playa. En la ciudad encuentro un anciano que lleva un niño de la mano, como se lleva el recuerdo de la infancia. Le pregunto por el mar, ¿ha retrocedido? Sólo veo indicios de un mar extinto, ¿he caminado épocas sin darme cuenta?

Ahora linda un desierto vasto como el mar alguna vez lo fuera. El anciano dijo que, para volver al mar, el camino más corto es volver sobre mis pasos.

III

Baudilio Matute siempre tuvo problemas para diferenciar el sueño de la vigilia. Digamos que nunca dejó de ser un niño. Por eso eligió ser detective. Podía de esta forma ganarse la vida buscándole tres pies al gato, inquiriendo y deduciendo, imaginando asesinatos y negras conjuras para que el día menos esperado supiese dónde y cómo resolver el caso. Vivía en su despacho, que en realidad no era un despacho sino una covacha en Puerto Madero. Como el trabajo escaseaba se planteaba los casos a manera de cuentos que escribía en las hojas que el taller de serigrafía del primer piso tiraba a la basura. En sus cuadernos tejidos a mano con estambre azul, resolvió el asesinato múltiple cometido por un pescador, diez años antes de que este ocurriera. En su cuento, muy bien resuelto, el pescador sufría una especie de delirio transatlántico, inexplicable para la ciencia. Este caso, el único que resolvió (tan ocupado estaba fabulando en su despacho), lo lanzó a la fama.

IV

Es bien sabido que en algunas ciudades ―son pocas por cierto―, las mujeres cuando duermen sienten peculiar atracción por los animales marinos. Una especie de torsión que va del cogote a los pequeños dedos del pie, como una marea dominada por la luna efervescente. En sus sueños los tentáculos, los tornasoles escamados, las patas del cangrejo, los erizos y demás estructuras anteriores a las humanas, se convierten en violencias fantásticas.

Este era el caso de la esposa de un pescador del siglo XIX. Largas ausencias no compensadas por escapismos nocturnos con otros hombres; nostalgias ―como el mar, como la noche―, ausencias que ocasionaban en la mujer delirios, fiebres y mareas de pesimismo.

Cuando un pescador salía, todos salían detrás de él, incluido su esposo. La mujer pronto descubrió el escapismo maravilloso de los sueños, profundos océanos sin rostro. Apenada, no decía nada. En cambio, ahora esperaba la partida del marido, alentándolo a ir mar adentro para obtener mejores peces.

Las aldeas llenas de mujeres en silencio eran tan aburridas hasta que la esposa decidió revelar sus secretos.

Los hombres partían cada vez más lejos.

Muchas veces no volvían.

V

Trabajando un tiempo en un hostal escuché algunas de las historias que los pescadores y marineros exageraban después de unas copas de ron…

—¿Supiste cómo fue encontrado el esposo de Martinica?

—Supe algo…

—Cuántas cosas increíbles pasan todos los días en esta isla.

—Lo sé; pero no todos los días se sabe de niños que juegan con docenas de cangrejos hambrientos.

—Yo supe que había sido un accidente. No un juego de niños.

—¿Recuerdas al hijo del cuidador del faro? Vivía sólo en la última torre de este mundo. Qué puede esperarse de un niño que sólo hablaba con cangrejos, estrellas y erizos venenosos.

—Lo sé, lo sé… pero, era sólo un niño.

—Los niños son crueles. Este lo era más. No se puede vivir todo el tiempo frente al mar, se mete en tu cabeza, te trastorna, ¿sabes? Las olas golpeando la tierra, mordiendo las orillas, echando espuma por todos lados como un animal rabioso.

—Tienes razón. Debía tener algo mal en su pequeña cabeza.

—La madre, Martinica, era amiga de mi esposa. A veces iba al faro a visitarla. Esa tarde, cuando llegó, me contó que la encontró en mal estado. Sus ojos, su mirada…

—¿Entonces es cierto lo que dicen?

—No lo sé. Mi esposa me contó que lo único que vio fue al niño hablando con los cangrejos, docenas de ellos, nunca vio tantos en un mismo lugar, me dijo.

—¿Y el padre?

—Según mi esposa, cuando se acercó al niño para alejarlo de los cangrejos, escuchó al pequeño cantar una vieja canción de marineros:

Baila, baila cangrejito

No te escapes ni me pinches

Esta noche cenaremos

Alumbrados por la luna

Dos docenas de cangrejos

Dos vihuelas tarareando…

—¿Y luego…?

—Pues luego vio cómo los cangrejos salían de una boca; pensó que estarían devorando algún animal muerto, pero calló en cuenta de los labios humanos, de los huecos negros del rostro, de las piernas, del vientre reventado por donde se asomaban cientos de ojos…

—…

—Luego salió corriendo. Ni niño, ni madre, ni nada. Ahora tengo una esposa que cada vez que salgo a pescar sueña que un cangrejo gigantesco la persigue.

VI

Los alcatraces dormían sobre la concavidad de sus nidos, las playas y el mundo. Vistos desde su ventana no eran más que pajarracos hambrientos y chillones que practicaban una suerte de esgrima. La calle invadida por un aliento salado, las palmeras jorobadas por el viento, la arena que se metía en todos lados y las carrocerías carcomidas por el sol y el agua completarían el paisaje.

Un alcatraz que coronaba el morro donde vivían una centena de estas aves se despertó, echó un vistazo y abrió las alas. Leandro, en su cuarto, hizo lo mismo. También extendió sus alas de tela y echó un vistazo por la ventana. Vio volar al alcatraz. Un chillido llegó hasta sus oídos. Por alguna razón recordó una lección escolar sobre los alcatraces, pero no le dio importancia.

―Diablos con alas, no pueden estar callados un minuto ―dijo Leandro.

Se acercó a la ventana para refrescarse. Se quedó viendo en dirección al morro que parecía un castillo medieval rodeado de agua, habitado por espectros blancos con picos dorados. El sol ascendía pesadamente.

―Ojalá esos pájaros se fueran al diablo con sus chillidos ―pensó.

Algunos se habían montado sobre los postes de luz, otros pescaban las sobras de comida que alguien, sin darse cuenta, iba regando por la calle. Otros más viciosos, se aprestaban sobre las palmeras para esperar a un incauto al cual robarle sus golosinas. Leandro había sufrido toda suerte de rapacerías de parte de las aves.

―Ojalá esos pájaros se fueran al diablo con sus chillidos ―esta vez lo gritó desde su ventana.

Antes de apartarse, lo deslumbró un destello desde el castillo de los alcatraces. No tardó mucho en pensar que podría ser algo de valor. Había escuchado historias sobre los nidos de los alcatraces. Sabía que construían sus nidos con toda suerte de trebejos, las sinvergüenzas.

 

―Carajo, no pensé que sería tan difícil subir hasta el nido más alto.

Leandro refunfuñaba y resoplaba mientras escalaba. A mitad de los muros de la fortaleza de los alcatraces comenzó a dudar y pensó que sería mejor descender. Pero antes de que diera un paso atrás sintió el mismo brillo, esta vez más claro, más metálico y continuó ascendiendo.

―Ya estás aquí Leandro, no regreses, no des vuelta. Es sólo un pedazo de piedra lleno de pájaros ―se repetía a sí mismo para darse ánimos.

Mientras más subía más odiaba a los alcatraces. Los insultaba, los pateaba cuando podía y a algunos les arruinaba el nido mientras escalaba. Las aves chillaban más fuerte y más cerca, y Leandro gritaba más fuerte compitiendo con las aves: ojalá esos pájaros se fueran al diablo con sus chillidos.

 

Leandro volvió a casa. Picoteado, raspado, entumido, casi sordo y lleno de mierda de alcatraz. Tenía en la mano una cadena de oro con hermosas aves hechas de piedras preciosas, piedras añiles y verdosas. Toda la cadena recorrida por aves como la fortaleza de los alcatraces. En el punto más bajo pendía un ojo turquesa. Leandro dejó la hermosa joya sobre su mesa y fue a curarse las heridas, las cuales habían sido infligidas con extrema violencia por ser época de apareamiento.

Tomó su tesoro y se fue a dormir.

 

Esa noche llovió. Leandro tuvo sueños terribles, olas enormes que arrastraban su casa con él dentro. Truenos que partían el vientre negro de las nubes. Chillidos indescriptibles que batían las alas de la noche sobre la playa.

El vidrio de su ventana se rompió de súbito. Leandro despertó teniendo encima un ave como la de sus sueños. Esta dio unos pasos y extendió sus alas. Supo en ese momento, por la mirada y la postura, que era el rey de los alcatraces.

Antes de que pudiese reaccionar, el ave le dio una estocada en la frente.

―Hija de puta… ―balbucía Leandro.

El ave chillaba y picoteaba a Leandro. Este intentaba sujetarla por el pescuezo, pero el ave tenía la ventaja. Por fin asestó un golpe. El ojo de Leandro estaba fuera de su órbita, colgaba como un pequeño huevo de alcatraz sujetado de su cuenca. La sangre escurría.

Finalmente Leandro logró sujetar al ave. La golpeó con el reloj que tenía junto a su cama. Se mezcló la sangre de ambos. El ave batallaba con todas sus fuerzas, Leandro maldecía y juraba que destrozaría al animal. Se dirigió a la cocina. Tomó un cuchillo y puso al ave sobre la mesa. Cuando el filo estaba en la parte más elevada, el alcatraz alcanzó a chillar una última vez.

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Autorretrato

Autorretrato

Gonzalo Trinidad Valtierra / Ciudad de México, 1986

Escribo porque busco. No sé qué. Escribo aunque esto sea imposible: es querer decir antes que las palabras nos evadan. Es evadirme a mí mismo; como toda evasión, la escritura conlleva una persecución —una búsqueda histérica—. No sé qué. Una persecución circular: como un perro que persigue su propia cola que podría estar hecha de palabras. Amo la filosofía. Mi relación con ella es como con todas mis mujeres: disfuncional, interrumpida, voraz, pervertida…

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