Cómo pasa el tiempo, José Emilio

©Rogelio Cuéllar

SERGIO HUIDOBRO |

El idioma se siente como el mar, porque uno flota en el centro, pataleando, sin tocar fondo ni tener de dónde agarrarse. Apenas se flota. Sin un compañero de nado, alguien que conozca y respete a las profundidades, alguien que no se hunda, abrumado por la infinitud del horizonte ni el movimiento continuo del agua… sin alguien así, como José Emilio Pacheco, el idioma parece agrandarse, perder forma y escaparse entre los dedos.

A veces, en varias de estas diez noches que ya nos hemos ido a dormir en su ausencia, pienso en su estudio, en las carpetas apiladas de manuscritos y hojas impresas, corregidas a mano una o veintitrés veces, en los libros con separadores, a medio subrayar, en los periódicos y revistas doblados en la página de lo que habría que leer a la mañana siguiente. Todavía no hay mañana siguiente.

Después, mi atención se centra en las carpetas: en los poemas a medio traducir, los poemarios apenas iniciados, los que estaban a punto de entregarse o los que nunca tuvieron ni tendrán forma final. En duermevela busco la carpeta que contiene la versión más reciente de Morirás lejos, tal vez la narración que más me impregna de todas las que escribió, un libro descontinuado hace ya muchos años y que nunca volvió a dar a imprenta porque lo seguía corrigiendo.

Me atreví a preguntárselo una vez, en la Capilla Alfonsina de la colonia Condesa, hace tres años, y su respuesta fue precisamente esa: “no, porque lo estoy corrigiendo”. Así, antes de dormir, cada noche, le pregunto a la obscuridad si la novela que se quedó en su carpeta, al final, se parecía en algo a la que sus lectores recordamos. Nadie contesta.

Ese era José Emilio: le llevaba hora y media escribir un poema, y treinta y cinco años decidir si estaba ya listo, o no. Para él nada estaba acabado, no había obras completas ni libros terminados por la misma razón por la que no hay piedras definitivas: si volvemos a verlas dentro de mil quinientos años, el viento y el agua les habrán dado otra forma. Serán otras piedras, aunque también serán las mismas. Acaso por eso, por un momento, llegamos a pensar que él tampoco iba a acabarse, que iba a estar aquí durante todo el tiempo que necesitara para escribir y reescribir y volver a reescribir.

Para él, como para ningún otro escritor, cada una nueva edición de sus libros era una oportunidad para enmendar, mejorar o arrepentirse. Cuando apareció la edición conmemorativa de Las batallas en el desierto, se permitió un cambio radical, casi en franco desafío a la educación sentimental de sus lectores: en la última página, decidió cambiar “sesenta años” por “ochenta”, llevando la narración veinte años más cerca de nosotros, acentuando la melancolía y alejando, a la vez, a una ciudad inexistente que ya estaba dos décadas más lejos del papel en el que estaba impresa la novela.

Tal vez era esa su defensa ante la desolación o su cura para la nostalgia: el tiempo también podía pasar por el papel, las palabras —incluso las ya escritas, las ya publicadas, las ya leídas— podían reflejar el desgaste igual que las casas, los jardines y las esquinas de su amada Colonia Roma, de cuya decadencia José Emilio nunca pudo ni quiso reponerse. Una vez hubo una ciudad, y esa ciudad se fue con él.

En esa ciudad, José Emilio vuelve a ser el muchacho precoz que había publicado sus primeros poemas y que conoció, en las oficinas de la Dirección de Literatura de Ciudad Universitaria, a una muchacha, Cristina, que ahí trabajaba. Sigue siendo el joven apuesto y firme de gafas obscuras que una tarde, en Bellas Artes, le preguntó si podían irse caminando por Insurgentes hasta su casa, la de ella. El camino no era corto, él lo sabía. Aún hoy siguen caminando hacia allá, eternos, sin que la ciudad envejezca ni su memoria se caiga a pedazos. En esa ciudad, nadie pregunta cómo pasa el tiempo.

| RMM | SH | @sergiohuidobro |

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