Cristina Pacheco, una vida…

Cristina Pacheco y Eduardo Antonio Parra en Minería / ©Foto: Ulises Velázquez

Por Irene Castro Nava

Guanajuato, estado invitado en esta XXXIII edición de la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (FILPM), compartió con el público no una conferencia, sino una charla, un diálogo entre dos escritores originarios del estado: Cristina Pacheco (San Felipe, 1941) y Eduardo Antonio Parra (León, 1965). En su sazón de entrevista, Pacheco compartió su historia de vida.

El rancho

La historia comienza en el rancho de San Felipe, el recuerdo más alegre de la infancia de Cristina, la menor de los 18 hijos que mamá y papá tuvieron. “Ver que se levantaran las puertas de trancas, ver a los perros que ya conocía, el eucalipto; desde luego llegar a la casa, una casa muy elemental que mi padre, como agricultor, levantó” son palabras que destellan de la memoria de Cristina Pacheco, escritora y periodista mexicana.

“En la casa de mi abuelo en San Felipe, cuando llovía y se hacían charcos en un patio de ladrillos rojos, yo tenía un tío loco que ocupaba el último cuarto de la casa. Estaba tan especialmente loco que en las noches se levantaba cuando llovía y estrellaba sus pies en los charcos y cantaba. Yo no sé qué habrá cantado, no importa, no sé si le entendía o no, pero ver al hombre silbando por la casa haciendo esa extraña ceremonia me llenaba absolutamente de ilusión. […] Adoro enormemente su locura que, en cierta forma, a mí también me acompaña”.

La familia

“Mi historia de familia es como la de tantas otras, de migrantes. Uno ama la tierra pero la arroja. Uno no puede vivir siempre en esas condiciones. Mi padre nunca pudo recuperarse de esa pérdida y terminó siendo vendedor de plumas de a peso en la calle. Era un gran vendedor. Y era un gran comerciante porque tuvo un privilegio: contar con la presencia de mi madre. Se amaban entrañablemente. Vivieron conversando —nunca supe de qué—, pero todo el tiempo estaban platicando. Él salía con ella a vender por todas las calles y se detenían en algunos cafés viejos de la ciudad a seguir platicándose su vida. Cuando ella murió, él murió también, como a los 15 días. Nunca se enfermó, nunca le pasó nada, ‘la verdad yo no sé para qué vivo sin la conversación de la señora —nos dijo—, no tiene caso’. Mi madre era una encantadora mujer contando historias.

”Ahora entiendo cuán grande era el asunto. Era una historia de amor, por eso me gusta. Algún día quiero escribirla, lo he intentado, pero me cuesta mucho trabajo. Quise mucho a mi padre. Lo veo el día que enterramos a mi mamá. Como él amaba tanto la tierra se agachó, tomó un terrón y me dijo: ‘Esta tierra es buena. Ella debe estar contenta porque esta tierra es para cultivar’. Y están contentos juntos. Yo prefiero no visitarlos en su tumba, supongo, trato de imaginarme, que me los voy a encontrar alguna vez caminando, conversando, fumando una estela de humo por todas partes y haciendo su vida. A lo mejor me los encuentro en el Centro. En algún lugar los he de ver”.

La imprenta

Emigraron a San Luis Potosí con el fin de estar lo más cerca posible de Guanajuato. El fin, que su padre pudiera adentrarse en el comercio de semillas o introducir ganado. “Vivíamos en una casa cerca de una imprenta. La imprenta era formidable. Había cucarachas por todos lados pero a mí me encantaba ir a ver cómo salían de la máquina los papeles de volantes y anuncios. Yo siempre le estaré agradecida a papá, él me enseñó a leer y escribir”.

La escalera

“Mi casa ahí tenía dos pisos; era muy modesta, fea y salitrosa. Nunca había visto una casa de dos pisos. Nunca había visto una escalera, por lo que nos dedicábamos a subir y bajar, subir y bajar hasta que me caí y tuve un accidente desagradable”. El médico, sin poder hacer nada les sugirió irse a la ciudad de México, donde tal vez los podrían ayudar. “De boca en boca nos dijeron que había un doctor Franco por San Cosme. Él dijo que teníamos que quedarnos un tiempo más y mi mamá aprovechó para decir: ‘No volvemos al rancho’, ella, la que nunca dio una orden contra mi padre, lo hizo, y nos quedamos. ‘Estos niños tienen que seguir estudiando y en el rancho no se va a poder’”.

La ciudad

“Venir a la ciudad fue muy difícil para todos, pero a mí me encantó”. Llegaron con un papelito que tenía la dirección de una de sus tías que vivía en la colonia Tacuba. Viajaron en tren, el cual Cristina calificó de glorioso. “Pero más maravilloso fue ver saliendo de estación Buenavista, por primera vez en mi vida, un anuncio de luz neón. Era un anuncio de Coca-Cola. Éste es el hilo que me ató para siempre a esta ciudad. No la dejaría por nada del mundo”.

La escuela

“La gente que llega a la ciudad de México es conquistadora pero también perdedora. La ciudad es terrible, ya lo era entonces. Te cierra puertas y te manda al diablo porque estás muy mal vestido y no conoces las calles, pero, a cambio de esa experiencia, bendigo y bendeciré la escuela pública en el país. Quien tiene escuela tiene una llave mágica, maravillosa”. No fue fácil que la dejaran entrar a la escuela por no tener papeles y aparentar ser más pequeña que una niña de seis años. Al final la aceptaron en una. “Era la mansión más extraordinaria que ustedes se puedan imaginar”.

 

“Se corrió la voz de que era un poco traviesa, rebelde, con muchos amigos. En el cuarto año, la maestra Eva me dijo: ‘Sé que eres terrible, pero me han dicho que te da por escribir cositas’. ‘No, no maestra’. ‘¿Tú quieres ser una escritora?’, ‘sí, sí’. ‘¿Quieres disciplinarte? Yo te voy a educar porque se ve que en tu casa no lo saben hacer’. Me enseñó gramática, me vigiló en mis horarios y que hiciera la tarea; me apoyó de todas las maneras posibles —incluso si no había comido— y me inscribió en un concurso de oratoria nacional”.

El concurso

“En mi vecindad de barrio, en mi vecindad de boxeadores y prostitutas, la gente me decía: ‘Órale chaparrita, tienes que ganar —como si fuera boxeador—, éntrele, estúdiele’. Y llegué hasta la final”. Ese día, sin agua y sin desayunar, Cristina llegó en las peores condiciones: insegura y sin bañarse. “Nuestros sinodales eran unos señores políticos que venían del Departamento Central, sacaban los papeles y se ponían a rayarlos mientras decían: ‘Ay, estos niños que ya se callen, qué lata’. En realidad estábamos concursando solos”. Su tema: la necesidad de que hubiera desayunos escolares y les tocaran a todos, y, la necesidad de que los luchadores se preparen para pelear, como en cualquier otra cosa. “La niña güera, de caramelo, se levantó y habló acerca de que era el día del niño, de que era abril y que abril era azul… y le aplaudieron muchísimo. Eso era lo que debía decir una muchachita linda. Quedé en tercer lugar. ¿Con qué cara iba a volver al barrio si había perdido? […] Saben, me gustaría que ella me contara su versión de aquel día y, desde luego, la del ganador”.

La secundaria

“Mi padre, que se oponía a que las mujeres estudiaran, me dejó hacerlo. Cuando acabé la primaria me dijo: ‘¿Y ahora qué vas a hacer?’. ‘Voy a seguir estudiando’, le contesté. ‘Bueno —me dijo— ¿tú quieres seguir estudiando? Aquí te doy tu libertad, tienes 12 años. ¿Quieres realmente estudiar?’. ‘Sí’. ‘Hasta donde yo pueda te lo doy y ésa es una escuela pública que no cuesta nada’. En el tercer año encontré una maestra de literatura magnífica, doña María Serrato de Pérez y Soto. Ella y doña Eva me dieron todo lo que necesitaba para llegar algún día a ser un escritor. No he hecho otra cosa pero todavía no soy la escritora que quiero ser”.

San Idelfonso

Cristina terminó en una escuela de mujeres donde no era feliz. Un amigo suyo la ayudó a entrar a San Idelfonso. Un día la llamaron para ir a hacer el examen de admisión. “Nunca he ido tan rápido de Insurgentes a Justo Sierra. El día que entré a la Preparatoria Nacional y vi la imagen del positivismo, dije: ‘De aquí no salgo aunque me maten’.” Luego vino la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM, Ernesto Mejía, Fernández Balbuena y las entrevistas.

La entrevista

“Recuerdo cada una de mis entrevistas. Nunca he hecho una sola entrevista que no me sea interesante, bueno, sólo una que me asignó el director y fundador de la revista Siempre!, José Pagés. Las entrevistas son bonitas por la entrevista misma y por todo lo que hay antes: es divertido, fascinante, riesgoso y uno nunca sabe lo que va a pasar. Es muy complicada la relación humana de una entrevista porque la base es el interés; hay que enamorarse del tema y entregarse a él; y, por supuesto, tener la capacidad de improvisación. En la entrevista hay que buscar que ésta no te rechace, sino que te sea grato. Hay que vivir lo que uno hace”. Mejor si es junto a la familia.

La nueva familia

“A mí me parece muy bonito vivir de lo que uno hace y no me hubiera gustado (ni me gusta) sentir que alguien me mantenía para que yo me hiciera escritora. Desde que empecé a escribir yo cobraba muy poquito (pero cobraba). Ya estaba yo casada. Yo no quería que se cumpliera la maldición que casi todo mundo nos echó cuando nos casamos José Emilio y yo: ‘Uy, se casaron demasiado jóvenes; ella se va a llenar de hijos; ella va a estar de este tamaño de gorda; tú no vas a poder escribir y vas a tener que entrar a trabajar a la notaria; la casa va a oler a pipí’. Yo dije que no, jamás. Y nunca lo hubiera hecho. Conseguí un trabajo donde me pagaban 200 pesos y me parece muy bien que si yo quiero ser escritora me lo pague. Lo invierto en café, buen vino y flores (sí, me gustan mucho las flores). Me gusta pensar que escribir una historia me da pan, café; como una semilla que has sembrado.

Como madre no hago lo que no quiero, me hace perder el tiempo. A cada cosa le doy su espacio. José Emilio sabe que él es el centro de mi vida y lo entiende; lo mismo con mis hijas. Siempre están presentes y tengo que agradecerles que entendieran que yo necesitaba tiempo porque yo también he entendido que él necesita tiempo para hacer sus cosas. Si él se hubiera casado con otro tipo de persona no hubiera sido igual, pero ahí vamos los dos y, desde luego, yo comprendo quién es él; son dos carreras completamente distintas; lo admiro, lo respeto y le agradezco que no ha hecho pequeño mi espacio; al contrario, yo quisiera tener más tiempo para hacer lo que me gusta, pero todo lo que me gusta es escribir y contar la vida como se pueda”.

Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería / ICN

9.309 Comments

  1. I am not very superb with English but I find this very easygoing to translate.

  2. I wish to show my gratitude for your kindness for individuals that require guidance on this one subject matter. Your very own dedication to getting the message all around appears to be really good and has in every case empowered ladies much like me to realize their objectives. Your personal invaluable help and advice indicates much to me and somewhat more to my colleagues. Thanks a lot; from all of us.

  3. Very informative blog article.Really looking forward to read more. Awesome.

  4. You made some decent factors there. I appeared on the internet for the issue and found most people will associate with with your website.

  5. Only wanna tell that this is extremely helpful, Thanks for taking your time to write this.

  6. Only wanna tell that this is extremely helpful, Thanks for taking your time to write this.

  7. I just want to say I am very new to blogs and truly savored you’re web site. More than likely I’m likely to bookmark your website . You amazingly come with superb articles and reviews. Regards for sharing your webpage.

  8. Wow, thatís what I was searching for, what a material! present here at this weblog, thanks admin of this web page.

  9. I really liked your blog.Much thanks again. Much obliged.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*