La compañía celebrará su XX Aniversario los días 12, 13 y 14 de julio en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris

Ciudad de México.- Corría el año de 1992 cuando los bailarines y coreógrafos mexicanos Claudia Lavista y Victor Manuel Ruiz, incipientes estrellas del mundo dancístico, fundaron su propia compañía como reacción a la falta de creatividad y al estancamiento propositivo de otras agrupaciones. Para sorpresa del público, nacional y extranjero, la compañía de jóvenes aprendices resultó ser una propuesta que resignificaba la expresividad corporal en los escenarios, que proponía una nueva poética del movimiento, lo que les valió recibir el Premio Nacional de Danza ese mismo año.

Tras presentarse con éxito en Estados Unidos, Canadá, Brasil, Perú, Colombia, Italia, Francia, Corea, Singapur y hasta Sudáfrica, la Compañía Delfos de danza contemporánea cumple 20 años en las tarimas. Como parte de sus festejos comenzaron una breve temporada con el espectáculo De la luz y de la sombra, a presentarse en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris y culminarán con un programa en el Palacio de Bellas Artes.

Para sorpresa de muchos, el primero de los espectáculos, realizado la noche del jueves, inició con más del 70 por ciento de las butacas vacías. La falta de difusión del evento —quizás— fue el primer tropezón que provocó la ausencia de público, aun cuando Delfos se caracteriza por ser una de las compañías más taquilleras sobre los escenarios mexicanos.

La presentación se valió de proyecciones audiovisuales en el fondo del escenario, un atractivo nada novedoso pero que fue utilizado con la limpieza que el show requería. Los bailarines, con ejecuciones amaestradas y cuerpos flexibles a fuerza de jalones, se deslizaron por aire y suelo con casi impecable maestría. Pero la falta de expresividad corporal y la pobreza de gesticulaciones mermaron la fuerza del espectáculo.

Bien por economía de luz, bien por falta de profesionales operando en el recinto, el Teatro de la Ciudad truncó también los efectos de la compañía, cuyos bailarines permanecieron más de la mitad del evento en una penumbra sinsentido. Víctor Manuel Ruiz, coreógrafo de la compañía y uno de los iluminadores más premiados en el país, parece no estar al tanto de la mala iluminación del Esperanza Iris, donde es recurrente la mala colocación de los reflectores.

Quizás por el poco cuidado puesto por los productores en detalles aparentemente mínimos, los ánimos no lograron levantarse entre la poca audiencia, pese a que los cuatro números fueron presentados con proyecciones de fondo y efectos sonoros enrarecidos, que retumbaban entre los palcos de madera y las paredes blanco marfil del recinto. Siquiera los jirones de cuerpos en posiciones eróticas, sugerentes, superaron la planicie del montaje.

Así lo expresó el público al término de la función. El desánimo fue casi general, o al menos hubo trazos de insatisfacción en las caras salientes del recinto. Seguro muchos ven ahora una compañía que ya no toma los riesgos de antaño a los que nos tenía acostumbrados, que ya no atrapa las miradas con aquel misticismo, a una compañía que se entrega con disciplina pero no con el alma. Lo dijo el público: faltó la magia seductora en el movimiento, la emoción ilusoria de bailar en el filo de un abismo sin perder el equilibrio.

Quedan todavía dos espectáculos a presentarse en el Teatro de la Ciudad, más el cierre en Bellas Artes que promete ser avasallante, diferente, digno del vigésimo aniversario de Delfos. De no ser así, la que durante dos décadas se ha coronado como una de las mejores compañías de danza en Latinoamérica podría quedar reducida a cuerpos cansados, a falta de creatividad, a directores con poco esmeros, en fin, en una joya que de a poco pierde su brillo.

RMM/AM