El antihéroe como señal de los últimos tiempos

Marco Amaya

Eclipses, tempestades y demás prodigios parecían anunciar la inminente caída de Constantinopla a sus cada día más desanimados defensores. El modelo después fue tomado para narrar la caída de otros sitios históricos: Tenochtitlan, Sebastopol, Budapest, etc. Aunque ese modelo historiográfico-literario por su efectismo demostró ser de gran impacto y utilidad para cautivar al lector, en la práctica es bien difícil de aplicar, pues raramente encontramos fenómenos extraordinarios suspendidos en el cielo. Aun así, existen una serie de termómetros sociales de gran provecho a la hora de hacer lectura de las sociedades en general o de alguna en particular. El análisis de los antihéroes resulta ser no sólo uno de esos instrumentos sino uno de los mercurios más eficaces para diagnosticar qué o cuál estructura ética o moral está siendo insuficiente para dar sentido al individuo dentro de la dinámica social de su tiempo.

Según la definición generalmente aceptada de Hugo Francisco Bauzá (El mito del héroe: Morfología y semántica de la figura heroica) un héroe es el individuo en cuyo ser se reúnen los más altos valores morales apreciados por la cultura de la que es originario. De esta manera, y en perfecto ritmo dialéctico, el antihéroe resultaría en un ser –ficticio o no- que a pesar de lo nobles que puedan ser sus fines se guía por principios desde polémicos hasta explícitamente rechazados por sus semejantes.

Ejemplo clásico del antihéroe lo hallamos en las cartas que Werther escribió a su amigo Guillermo (Las cuitas del joven Werther). En ellas encontramos primero a un joven romántico, entusiasmado con la vida, con el siglo y que se muestra eufórico dentro de  la sencilla vida que durante meses compartirá con los campesinos, durante el desarrollo de sus cartas el entusiasmo va dejando lugar a un sentimiento de desesperanza que culmina en uno de los suicidios más seductores de la historia de la literatura universal. En este personaje se puede leer a un mundo occidental que se mantiene en movimiento con un impulso que comienza por allá del Renacimiento, toma un impulso más con la Primera Revolución Industrial y comienza a desacelerar por tiempos de Goethe (estacionándose por fin en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial). El personaje joven que encuentra la desaparición física no sólo como una salida digna de este mundo atroz sino como la única posible se contrapone directamente con aquellos Robinsones que sabían partir de los restos del naufragio para hacer de su desgracia a toda costa la cuna de su fortuna.

El mundo contemporáneo ha incorporado dentro de sí tal número de culturas que no sorprende la cantidad de tipos de antihéroes que se han difuminado por todos lados. Aunque la gran industria del espectáculo sigue consiguiendo cierto éxito en imponer héroes que apenas disfrazan el culto a lo material (véase Bruce Wayne, Tony Stark, Steve Jobs), el gran público ya no encuentra satisfacción completa en tales modelos por lo que -si bien generalmente sigue haciendo uso de los medios masivos de comunicación- busca opciones alternativas que puedan satisfacer su necesidad de identificación en modelos culturales y manifestaciones artísticas. Tan rica es la variedad de tipos de antihéroes que tenemos que recurrir a una de las taxonomías más clásicas para abordarla en forma breve y eficaz: la de los temperamentos de Hipócrates.

En primer lugar, y siguiendo con la tradición inaugurada por el mencionado Werther, tenemos al antihéroe melancólico. Individuos abnegados, introvertidos, sentimentales, con una poderosa vena artística, y cierta predisposición por el martirio, atributos todos estos que generalmente les llevan hacia la perdición y la autodestrucción; para ellos todo dolor es más tolerable que seguir soportando la triste agonía que suele ser el mundo que sólo les ha brindado rechazo e incomprensión. Ian Curtis y algunos de los miembros del llamado “Club de los 27”, a la manera de Hércules, han superado todos los trabajos impuestos alcanzando el éxito e innovación dentro de su área, el reconocimiento de los críticos y sus semejantes y aun así caen víctimas de su propia sensibilidad.

Los flemáticos aunque suelen no tener finales tan espectaculares como los melancólicos provocan una gran identificación entre el gran público. De carácter reservado, apariencia y actuar más normal, esconden dentro a individuos observadores e inteligentes que –al igual que Odiseo en sus aventuras- suelen salir muy bien librados de situaciones complejas en las que probablemente entraron en contra de su voluntad y por obra de algún caprichoso giro del destino. Éste carácter puede variar desde la desesperante pasividad del protagonista de Un hombre que duerme de Perec, hasta la casi perversa genialidad de Tyrion Lannister, personaje que causa furor en las entregas de premios de la televisión de los últimos años, abarcando a prácticamente todos los protagonistas de las obras de Haruki Murakami.

Los coléricos resultan una riquísima mina de antihéroes. Extrovertidos, agresivos, intolerantes, inconformes con su entorno y con la voluntad necesaria para poner manos a la obra y cambiarlo en la medida de sus posibilidades. Desde personajes interpretados por Vincent Gallo o Vincent Cassel, escapados de algún cómic de Alan Moore, de los guiones escritos por Oliver Stone, de las novelas de Irvine Welsh o Bret Easton Ellis, o de la música de Orties y Nine Inch Nails. Como Teseo recorriendo los caminos y enfrentando criminales maza en mano, los coléricos se hacen rápidamente de un lugar en el mundo y en las preferencias de los jóvenes de principios del siglo XXI.

Excéntricos, impulsivos, volubles, poco afectos a la disciplina, siempre buscando ser un foco de atención, son el tipo de antihéroe que gana las simpatías del público que suele llenar los grandes escenarios de conciertos, convenciones de ánime y cosplay, así como nutrir las multitudinarias marchas zombie walk. A pesar de sus detractores, el cine de Burton y Del Toro suele cosechar grandes ganancias con personajes sanguíneos. Como actuales Narcisos o Ícaros, suelen centrar la experiencia en lo sensorial e inmediato sin importar el porqué y el hacia dónde.

Es de esperar que algunas —o todas— de las posturas adoptadas por estos sujetos parezcan incomprensibles o absurdas a quien las estudie, pero después de todo ese es el papel del antihéroe en la sociedad, el del incomprendido y marginado. De la misma manera que la interpretación de los presagios que anticiparon la caída de Constantinopla se vuelve clara y aparentemente unívoca mirando hacia atrás, el análisis del antihéroe es confuso para atreverse a elaborar una hipótesis de hacia dónde va el mundo con base en ellos. Pero la necesidad y auge de estos es claro síntoma de que el mundo ha cambiado ya hace tiempo y los valores tarde o temprano se tendrán que ajustar a las nuevas necesidades de éste.

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