El cine al servicio del dinero

Dijo que lo explotaban. Que sólo servía para incrementar las ventas de la dulcería, siempre ofreciendo los productos más caros. Que la película es lo de menos, que lo que más dinero genera son las palomitas y el refresco. Que la gente pagaba y pagaba sin importarle los costos excesivos; total, siempre terminaban desembolsando más de trescientos pesos. Él los convencía, pero nada ganaba. La empresa era quien se enriquecía a costa de los usuarios y del trabajo de los adolescentes.

Melesio comenzó a laborar en Cinépolis desde febrero del 2008. Entre sus actividades se encontraban la limpieza de las salas, el acomodo de las charolas botaneras, mantener los mostradores sin basura y supervisar –escoba en mano– que las alfombras no tuvieran palomitas. Sus horarios oscilaban entre las 5 y las 8 horas, con un salario de $15.50 pesos cada una.

Once meses después, abandonó la escuela por falta de tiempo. Para compensarlo, le ofrecieron doblar turnos. “Le dije a mi supervisora que ya tenía más horas para echarle la mano, que incluso podía fletarme turnos dobles. Desde luego que aceptó, encantada. Y así trabajaba desde las diez de la mañana hasta la 1 de la madrugada. A los tres meses, me subió de puesto.”

Lo que permitió que Melesio consiguiera un puesto superior no fue sólo su actitud servicial, ni su sonrisa larga y pronunciada como de anuncio publicitario. Tampoco fue la limpieza minuciosa a la que Cinépolis lo sometía, ni el uniforme entallado y sin bolsas para evitar los robos. Fue su capacidad retórica para convencer a la gente de que el servicio ofrecido era más que adecuado, porque siempre sus quejas serían escuchadas, aunque pocas veces resueltas.

Ignorancia desde la proyección

Del otro lado de la taquilla, o sentados en las butacas, los clientes aparentan tranquilidad y diversión. Pocos son capaces de advertir problemas técnicos, pero esenciales. Este es el caso de Leonardo García Tsao, crítico de cine y ex director de la Cineteca Nacional. Recuerda una disputa con trabajadores del complejo Cinemex Altavista por varios errores en la proyección de la cinta Rango. La causa: el uso inapropiado de formatos y máscaras.

“El formato depende de la película. Cada película viene en un formato específico, puede ser 1:33 o 1:85. Es decir, cada tipo de película merece una mascarilla diferente. Uno ajusta el cuadro según la proporción que necesita. Y esto en México muchas veces no se toma en cuenta. Por eso las películas pasan cortadas, distorsionadas, desenfocadas, etcétera. Es uno de los tanto problemas que existen en los cines nacionales”, comentó en entrevista para MilMesetas.

Óscar “El Duende” trabajó dos años como proyeccionista en Cinépolis. Estudia psicología en la Universidad Pedagógica Nacional y su más grande afición son los videojuegos y la música electrónica. No es fanático del cine, aunque confiesa que algunas veces se divertía con las películas románticas. “Entré a trabajar a Cinépolis porque me corrieron de mi antiguo trabajo, en Six Flags. Tenía muchas deudas y lo primero que me cayó de chamba fue en el cine. Empecé en la dulcería, me rolaron después a las taquillas y de ahí a la proyección. Todo en menos de año y medio.”

Para Óscar la capacitación fue sencilla, “duró menos de un mes. Son cursos básicos que le dan a uno para utilizar tanto las cintas de 35 milímetros como los cañones para versiones digitalizadas. Te indican qué cinta va a exhibirse en tal sala y los tiempos que debes ir manejando. Cada película te indica la proporción que necesita y la tienes que respetar. No es complicado si a uno le gustan esas cuestiones técnicas. Lo malo es que somos pocos los que nos apasionábamos con el trabajo. Por lo general, todos buscan ganar sin trabajar.”

No obstante su pasión por su empleo, lo cierto es que Óscar no cuenta con estudios cinematográficos. Antes de entrar a Cinépolis ni siquiera era cliente constante de los cines. Iba cinco veces al año, dice, y casi siempre para “ahorrarse el hotel”. Como “El duende”, muchos otros empleados no tienen la noción del lenguaje fílmico, ni tampoco conocen las necesidades de una proyección adecuada. “O te aplicas a lo que dicen los manuales, o de plano lo haces al tanteo. Así es la cosa, para qué te voy a mentir.”

García Tsao coincide en que la industria de complejos cinematográficos carece de profesionales a cargo. “Si uno se asoma a ver a los proyeccionistas de estas cadenas, se da uno cuenta que son jovencitos. Obviamente no están bien entrenados, obviamente están mal pagados y ni siquiera saben lo que están manejando, les vale gorro. Ser proyeccionista implica mucho esfuerzo, no es una chamba fácil.”

Como se pudo demostrar en una visita al tercer piso de Cinépolis Perisur, desde donde se proyectan veinte películas simultáneamente, por un mal entrenamiento se descuidan cuestiones elementales como la calibración del color y la iluminación. Incluso, por querer ahorrar energía y para evitar el rápido desgaste del equipo, las empresas prohíben encender todos los focos del proyector y, entonces, la imagen llega demasiado tenue a la pantalla.

De forma similar el audio se distorsiona. Bocinas en mal estado, descompuestas o con ruidos extraños. La mayoría de las veces, los empleados no respetan el volumen que indica cada película ni tampoco se preocupan demasiado por arreglarlo. Alto o bajo, cualquier anomalía en el sonido altera los efectos del filme.

José Antonio Valdés, investigador fílmico y Jefe de información de la Cineteca Nacional, explica en entrevista que cada cinta requiere una mascarilla especial. Por ejemplo, en las cintas del cine clásico se proyecta una imagen casi cuadrada. Los cines comerciales modernos no las exhiben porque requieren proyectores especiales, además de que el nivel de asistencia sería considerablemente más bajo que en la exhibición de El señor de los Anillos, Harry Potter o Batman.

Los filtros débiles de la Segob

A los problemas técnicos –casi imperceptibles para la mayoría del público– se impone otro asunto delicado en el servicio: no existe una correcta supervisión de los filmes que llegan a las salas comerciales, ni tampoco una correcta regulación en la calidad de las historias.

La mayoría de las cintas provienen de Estados Unidos. Menos del 15% son de origen mexicano y un porcentaje menor al 5% son producciones independientes o de otras nacionalidades. Desde la década de los noventas, las legislaciones en materia de cine se descuidaron al grado de que las películas mexicanas y de “arte” cuentan con menos espacios y tiempos.

Ángeles estudia artes visuales. Se considera cinéfila y asiste a los cines por lo menos una vez a la semana, sobre todo a la Cineteca Nacional. Lamenta que en las salas comerciales “sólo se interesen por atraer a un público que no acude con la mentalidad de apreciación; van para matar el tiempo, para divertirse, para equis cosa, sin importar que sus opciones sean Otra tonta película Americana o Ligeramente embarazada.

Las salas de Cinépolis, Cinemex o Cinemark son las que mantienen dominado más del 80% del mercado, según demuestran datos de la Secretaría de Gobernación (Segob). Son esas empresas las que deciden los filmes a exhibir, a conveniencia de las posibles ganancias. La Segob aprueba las historias, aún cuando éstas aborden temáticas carentes de contenido cultural, educativo o sin aporte alguno.

“Son cuestiones meramente comerciales. Cuando entró la política neoliberal, bajó la calidad de las exhibiciones en el país y en el mundo. La programación está fatal y muy mal tecnológicamente, sobre todo Cinemex desde que la compró MM Cinemas”, apunta José Antonio Valdés.

Añade, también, que el cine mexicano se convirtió para estas empresas en un mercado no rentable y adjudica la mala calidad de los filmes a que los productores sólo realizan cintas para los públicos de la clase media-alta. “Historias en las que los chavos van al antro, dicen wey cada cinco segundos, todas sus broncas son románticas o psicológicas. Y claro, no consumirían películas donde el protagonista es un jodido.”

Que la clase media-alta sea quien asiste habitualmente a los cines se debe a los altos costos del boleto. El promedio de una entrada oscila entre 62 y 65 pesos. Pocos espacios como Lumier venden su boleto en 35 pesos, o la Cineteca Nacional a 40, con posibilidad de descuento.

“Que ya le paren”

Tomando en cuenta la situación económica general, José Antonio Valdés concluye que el cine en México es caro. No porque los costos sean exagerados, sino porque la mayoría de los ciudadanos no cuentan con el poder adquisitivo suficiente para consumos culturales. Un día de salario mínimo ni siquiera alcanza para cubrir la totalidad de un boleto; mucho menos para una salida familiar.

Tampoco es cierto que los costos garanticen un buen servicio. Ni para el público ni para los trabajadores. Melesio recordará siempre cómo la presión de sus jefes “lo obligó” a abandonar la escuela, y todo para dedicar los días enteros a incrementar las ventas.

Recordará Óscar cómo, “sin más ni menos, me corrieron del cine. Dijeron que ya había generado bastante antigüedad y que ya era tiempo de que buscara un mejor trabajo, uno donde me pudiera quedar por más años. Y así es esto, te estancas, ya no asciendes en la empresa y al final te acaban botando.”

En un escenario futuro, nada lejano, distintos especialistas en materia de cine aseguran el incremento de la piratería, inminente por la falta de políticas reguladoras. “Los mexicanos prefieren ver una película desenfocada por veinte pesos y en compañía de sus amigos, que verla borrosa o sin subtítulos por hasta cien pesos el boleto”, opina Leonardo García Tsao.

El ex director de la Cineteca Nacional percibe una falta de control en las proyecciones, capacitación del personal, limpieza de las salas y los precios del boleto y las dulcerías. “Esos no son cines. Son dulcerías con cine. Necesitan mejorar su calidad de servicio para volver a atraer al público, de lo contrario, seguiremos a la baja.”

José Antonio Valdés lamenta también la dirección que está tomando la industria en México. “Las consecuencias son graves. Le están quitando la sensación de ir al cine a los que menos dinero tienen. Por su propio bien, esperemos que ya le paren. Pero finalmente hay que entender que son empresarios, y el empresario vive de su éxito, su competitividad y de la lana. Ni modo.”

RMM/AM

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