El espíritu del blanco y negro

“Place de l’Europe, Gare Saint-Lazare, 1932”, Henri Cartier-Bresson

CARLOS EDUARDO MALDONADO |

El blanco y negro, universo que es la simiente del cromatismo. No son dos, blanco y negro, ni tampoco muchos si contamos los grises. Son uno solo, el juego de la luz y de la sombra, el juego de los matices. Aunque sí: grises, muchos grises. Habría que inventar tantos nombres para los tonos de grises como los esquimales tienen nombres para el blanco de la nieve. Pero esa exigencia se funda en la cultura, y por tanto en la necesidad de la existencia. Las palabras son función de los procesos evolutivos. Semitonos y contrastes contrastados.

No se trata de que en el origen los primeros daguerrotipos vieran el mundo blanquinegro. Esta es una historia que con respecto a la fotografía encuentra sus antecedentes más directos en los grabados xilográficos japoneses. Pero se incuba, incluye, atraviesa, esos momentos tan preciados y hoy olvidados por el gran público, tales como las placas heliográficas, el propio daguerrotipo, los calotipos, los ambrotipos y los cianotipos, las diversas pruebas sobre papel salado unas veces, y otras albuminado.

Sales de hierro, nitrato de plata, ácido gálico, placa de cristal, colodión húmedo, yoduro de plata, cloruro y nitrato de plata… tiempo de espera, vapores de yodo, proceso de revelación, laboratorio, cámara oscura… En verdad que no nos encontramos demasiado lejos de ese vocabulario arcano, casi todo él poético, de la alquimia. De la búsqueda del oro y la piedra filosofal asistimos, sí, a la búsqueda y encuentro del instante perfecto, de la luz más prístina, de la oscuridad mejor develada. La vida es irónica: de la ciencia (oscura) de la alquimia pasamos —a través de algunos puentes, algunos de cuyos nombres son Robert Hooke o Antoine-Laurent de Lavoisier—, al arte y la estética, a través de la química, por donde menos se esperaba. Definitivamente la vida es sorpresa.

La fotografía, la hija (¡legítima!) del matrimonio entre la óptica y la química, en un rincón de París, como padrinos Daguerre y Lumière, y muchos invitados. El blanco y negro es la fotografía química, argéntica. Grafía experimental (y entonces salta a la memoria Noir Limite, ese experimento radical de cerca de una década). Calidad de luz y granulado. Todo, a contrario sensu a la “bendita” fotografía digital. La emulsión que abre las compuertas de la tonalidad de la imagen.

En el blanco y negro no existen las sombras. Las sombras, en verdad, son defectos de la ausencia de los colores. Las sombras propiamente no existen. Aparecen cuando los colores se van de vacaciones. Son cuerpos que se gasean por las superficies. Y se prolongan tanto como se les antoja. Más allá de los colores primarios, en la génesis, están las virtuosidades de un mundo de energía y luz, que enceguece y alumbra.

La fotografía en blanco y negro es la expresión de que el tiempo no existe, y que la gente por lo general confunde el tiempo con el movimiento. El blanquinegro remite a una dimensión en la que la palabra aún no llega a la boca, y en la que la idea no encaja en el cerebro del todo. Allí donde la emoción palpita y donde se hace visible lo invisible. El tiempo de exposición se condensa en el cuadro estático de la foto. Como nos lo enseña la física, el tiempo real es cada vez más el tiempo microscópico o la superaceleración que muestra la instantánea. ¿Las escalas? Mili, micro, nano, pico, femto, atto. Es donde en realidad suceden el universo y la vida; no en las escalas, lentas, del minuto, la hora, el día, el mes, el año o el siglo. Para decirlo en escala humana. Existe una palabra para ello: es el tiempo extrudido.

Fotografía en negro y blanco. Sistema de zonas de Ansel Adams, pero con el cual se encuentran tantos, tantos nombres, que resulta injusto no nombrarlos. Nombres como Ballard, Pattinson, Aceves, Furmanovsky, Salgado, Weston, Cartier Bresson, Doisneau, y sí, siempre Mappelthorne, entre tantos, tantos otros (toda lista es por definición incompleta). A la postre, muchos de ellos se han organizado en festejos como el Black and White Spider Awards, que ha llegado a ser uno de los templos señeros para la fotografía en blanco y negro y el arte mono.

Siendo técnica, la fotografía en blanco y negro es arte sin reserva. Arte que produce obras, y en las que el control no aparece ni figura. En contraste, por su parte, el color y la pixelación son expresión de una estética del control y las multitudes. Arte de autor contra arte de industria. Esas mismas sobre las que reflexiona en otro contexto Giorgio Agamben. El dominio del color son Hollywood y Disney.

Contra la sofisticación de las imágenes, contra la manipulación de la cultura y de la vida, la fotografía en blanco y negro es difícil, no es fácil: supone un esfuerzo. Un esfuerzo de ver que se asimila a autonomía. A distanciamiento y a algo más recóndito que la perspectiva. Asistimos con ella a un re-descubrimiento de un tiempo de antes de la inocencia, cuando el mundo ni siquiera era virgen.

En blanco y negro sobre papel tenemos tiempo extrudido: es el único tiempo verdadero, porque todo lo demás es la confusión de tiempo con movimiento.

Mientras que el color se corresponde con ese pensamiento del afuera de que habla Foucault —pensamiento a la vez imperialista y temeroso de lo otro—, el blanco y negro es un encuentro del espíritu consigo mismo. La exterioridad remite a un fondo sin fondo. La música del blanco y negro es la del África profunda, o también la de los cantos profundos de budismo tibetano en oraciones. El budismo que no es religión sino experiencia.

Mientras que el color nos empapa de mundo, el blanco y negro nos moja de un contenido que es vacío. Como vacío es el átomo y que no es no-nada. Recogimiento de un mundo hastío, paz de un espíritu sereno.

Frente al blanco y el negro el mundo se apresura a llenarlo de colores, a adornarlo con cromatismos, y si es posible, a desplazarlos hasta el fondo como la base de un cuadro que no quiere ser vista, porque a la vista asalta la línea y el contorno, el color y el contenido.

El color del cero es en blanco y negro, y blanco y negro son el nombre de los infinitos infinitos. Aleph es tan sólo una expresión de su nombre verdadero, nombre como en la Cábala, que no termina de agotarse en un solo nombre. Eso es el blanco y negro.

En un mundo en el que el color es diseñado y orquestado, la fotografía en blanco y negro adquiere, adecuadamente, una voz tronante en el gran formato. Para que se aprecie bien (¡bien!) la verdadera cuna de los colores todos. En verdad, cuando los colores mueren van a reposar al blanco o al negro, que son uno solo. Y allí permanecen hasta cuando el blanco y el negro se sacuden o suspiran y nace entonces un tono nuevo.

Los colores son muchos, el blanco y negro son uno solo. Y en su unidad son la cimiente de lo orgánico y lo vivo. Los colores son opacos, tienen cuerpo, mientras que la transparencia es juego de luz sonoro. Blanco y negro, colores de la tierra y del aire, que son, juntos, progenitores del movimiento. En el blanco y negro no existen las contradicciones, las cuales sólo se construyen en la paleta de los multitonos.

No son del gusto generalizado, y no cautivan público. El suyo es un discreto pero selectivo auditorio. La fotografía en blanco y negro es la puesta en escena del problema: qué clase de relación queremos establecer con el mundo. Una relación, por definición, siempre abierta.

El blanco y negro es el ápeiron de Anaximandro, la materia infinita, indeterminada. No tiene límites ni tampoco definición. Como la vida misma.

Creo que el complemento —como en la teoría de conjuntos— perfecto de la fotografía en blanco y negro son los cuadros de Mark Rothko con el espíritu de cada color como con derecho propio. (En otro momento, otro día, volveremos sobre Rothko).

Es particularmente con el blanco y negro que la fotografía deviene un arte. En el blanco y negro no existe ya ninguna competencia del ser humano con el mundo. Por el contrario, las disputas se han dirimido o bien, no han comenzado. Las disputas como las batallas y las guerras están hechas de colores. El blanco y negro es el sonido profundo de la selva profunda, allí donde anidan todos los misterios. Es la luz del nacimiento o la oscuridad de la calle, pero ante todo es el espacio de los umbrales.

Las cámaras modernas, las que se compran por diversos precios en cualquier esquina ya son cámaras trucadas de colores que no saben —deben aprender— el negro y blanco. Hay que enseñarlas para que recobren la inocencia. ¿Inocencia? hay que vivir mucho, mucho, para volver a encontrarla.

En el negro y blanco, la forma y el fondo son un continuo-vago. Forma y luz, el inicio de un tiempo bueno.

A la pintura el blanco y negro le queda difícil, prácticamente no es lo suyo. Pero en el teatro, como bien lo muestra el nō y el kabuki japonés, el blanco y el negro acompasan el movimiento que no es movimiento pero que existe. Aunque, quien dice nō, dice también kyōgen.

Los materiales que producen el blanquinegro en la fotografía incluyen positivado, luz que se difunde con un filtro montado, fotómetro, medición de la luz, revelado, copiado, traducción de los colores a grises, el juego con las diez zonas de Adams, película de 400 o 125 asa, braquetear la película, luces reflejadas, jugar con la luminancia, los juegos de diafragmas, conversión a su vez de la luz en tonos, exposición de la película, baño de paro, el fijado, el lavado, la escogencia del papel, la lupa de enfoque, en fin, el planchado del papel.

En la fotografía en blanco y negro no existe la objetividad, ese prejuicio del realismo variopinto. En ella, por el contrario, todo es creatividad y provocación, sugerencia y estilo. En la fotografía en blanco y negro nos extrañamos siempre de lo visto, pues nada revela evidencia, y la evidencia sólo existe en el mundo compartido. En blanco y negro, la cosa, el objeto, la experiencia, nosotros mismos: todo es siempre, permanentemente, nuevo. En blanco y negro, el mundo no es como voluntad, ni representación.

En blanco y negro, mediando objetivos, obturadores y medios, no existe la imagen, sino la creación de una singularidad irrepetible que jamás volverá a ser producida por el objeto, la cámara, el fotógrafo, o la luz. Antes que imagen, tenemos una ventana hacia un mundo. Toda imagen, en rigor, es una ilusión. Así lo aprendemos de la pintura, y de la fotografía artística. Las yuxtaposiciones visuales que componen el mundo se resuelven en el arte, pero siempre con la mediación del cuerpo; es decir, del anclaje en cada ahora y punto del espacio. Toda imagen es mental, y afuera no sucede nada. Sólo suceden, sí, los juegos de las luces. Los procesos de interpretación oscilan con ambigüedades, del nivel descriptivo de la imagen a su nivel y modo mental, donde en verdad afuera nada acaece.

Cabe decirlo francamente: la fotografía en general, y en especial la de negro y blanco, es un acto de liberación de la imagen mental meramente descriptiva que tiene la gente día a día. Y que por eso, sin ofender, viven alienados. El artista se desplaza del nivel descriptivo de la realidad y el mundo, y pone el dedo en el tiempo extrudido, que es construcción mental de toda/cualquier imagen, y que precisamente por ello no es imagen. ¿Imágenes? Noticieros, pancartas y afiches, televisión, propaganda y publicidad. Manipulación a través de imágenes. Todo sucede en el cerebro, dice Rodolfo Llinás. Afuera no sucede nada.

¿Modelo mental? Hablamos en rigor de intuiciones, emociones, sensaciones, fantasías y miedos, ilusiones y amores, memorias y recuerdos, deseos y proyecciones, intenciones. No es ya el campo de la psicología o la filosofía, tampoco el de las neurociencias. Es el ámbito del arte en donde beben los análisis y discursos.

En el comienzo fue la luz, y al final será la luz nuevamente. Luz discreta o centelleante, luz opaca o cobriza, luz difuminada o con filtro, luz secreta. Existen numerosos diafragmas en el mundo y en la vida. El diafragma, sí, de los ojos, pero también el diafragma de la mente y los sentimientos; con los cuales captamos luces dirigidas y discretas.

La fotografía se articula en profundidad de campo, enfoque crítico, el encuadre, ángulo de visión. El encuadre le propone límites al mundo que él no conoce, y al resolverlos el mundo se enriquece y se vuelve una obra de arte. La naturaleza, como la sociedad y el mundo, como de hecho la vida misma, no es artística. Alguien las convierte en obras, al cantarlas o pintarlas, al esculpirlas o fotografiarlas, al danzarlas y vivirlas. El costo termodinámico consiste en que hay que introducirle el arte al mundo para recuperarla nuevamente en la vida. Cuando el encuadre sucede de forma pasiva, es el mundo el que acaece, y el artista deja ser al universo. Cuando el encuadre es activo, el mundo se resuelve en el foco.

El artista sugiere cobertura del tema. Puede variar con gran angular, ojo de pez, cámara catadióptrica, que son otras formas de abrir el espacio y crearlo, o de crear también al tiempo. A veces recurre al parasol, o al viñeteo (en forma radial) de la fotografía. Pero siempre asistimos a la aberración monocromática en el juego del banco y negro.

Si le place, el artista nos invita a la distorsión de barrilete. En fin, que la fotografía es una técnica que se asume a sí misma como arte, y que se eleva en el blanco y negro como sube el humo de una hojarasca, o como desciende la neblina en el día nuevo. La fotografía en blanco y negro es una estética propia.

Análogamente a la música en LP en contraste con los CD, el blanco y negro permite apreciar rugosidades e “imperfecciones” que nos acercan más a la naturaleza. Ya sea en fotos de primer plano o en ángulo amplio. Nunca una forma aparece tan pura como en la estética de negro y blanco en fotografía.

En física el juego de la realidad de este universo se define entre la energía y la energía oscura, entre materia y antimateria. Pues bien, ese contrapunteo misterioso hoy para la ciencia, se hace cotidiano con los juegos en fotografía de la luz y la sombra. Esa dimensión que en fotografía es bastante más radical que en la inteligencia y sensibilidad de los claroscuros de Rembrandt y Caravaggio. No hay en fotografía tenebrismo, hay parousia que se hace épica en el cine en blanco y negro.

Jamás se es tan provocativo ni se produce tanto vértigo como en la estética del blanco y negro. Los sentimientos y las emociones, la naturaleza y sus sutilezas, el espacio y el fondo nunca fueron tan diáfanos y misteriosos sino gracias a esta clase de fotografía. El blanco y el negro son, de manera adicional, el color del glamour y la elegancia. Cada línea es el comienzo de un abismo que nunca termina, cada pliegue es la comisura de una dimensión que abre a la indeterminación pura. En fin, el aire y la luz jamás fueron tan orgánicos y misteriosos como después de la invención del daguerrotipo y mucho antes y por fuera de Kodak (y Polaroid).

Todo arcano siempre se viste de blanco y negro y sus matices. Y se deja plasmar o se anuncia al mundo en la instantánea de una fotografía procesada, con cuidado, en el laboratorio. Laboratorio: experimentación y juego, incertidumbre y sorpresa. Que es exactamente lo común a la estética, al arte y a la ciencia en el mundo contemporáneo.

La fotografía como arte no es plana: es la apertura a un universo multidimensional a través de un plano. La aporía planteada por Edwin Abbott en Planilandia (Flatland), se resuelve en la fotografía, y quiero decirlo, en especial en la de blanco y negro. Dos planos contienen tres, y varios más, y ninguna se agota en la bidimensionalidad. Tenemos una imagen monocular fundada en grises y zonas, cuya función consiste en enseñarnos la riqueza y las posibilidades de nuestra mirada estereoscópica. Los peces no saben que están en el agua. Sólo cuando los pescamos lo aprenden, dramáticamente.

Lo incidental se convierte en necesario.

Si el cerebro nos enseñó a ver el mundo en la riqueza de los colores, el blanquinegro llega, furtivamente, para enseñarnos esa riqueza y lograr que nos extrañemos de lo inmediato y lo evidente. Algo parecido al distanciamiento en el teatro de Brecht. Si en un caso se trata de una advertencia contra el sentimentalismo y el mal romanticismo (el malo, no el bueno que se abre con Baudelaire), en otro caso se produce una liberación del enajenamiento y la obviedad del mundo y la experiencia.

En blanco y negro la fotografía tiene un espacio propio en el mundo, y produce y se amplía una estética diferente. Cada fotógrafo de negro y blanco es un estilo visual diferente. Escogencia del ángulo, encuadre, tiempo de exposición, plano de enfoque. Es la encarnación de ese tiempo que desde lo griegos no existía: el tiempo kairológico. En el mundo, después de todo, no existen las iglesias y los Estados, las corporaciones y las instituciones —falsos universales—. En el mundo existen y han existido los individuos, y sus redes.

¿Composición de imágenes, o resolución de las mismas? La fotografía artística, como el arte de vida-tranquila (mal llamado “bodegón”) se define por esta continua tensión. A lo sumo es el curador quien compone, el artista resuelve, y por ello mismo crea.

En fin, que todas las artes de lo visual se fundan en el problema de la forma. Y la forma es una experiencia, la forma es una estética.

| RMM | CEM | @philocomplex |

___________

Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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