El gitano de fuego

Django Reinhardt

“Prohibid el jazz y habréis matado de cuajo todos los gérmenes de la rebelión social que, a las primeras de cambio, causarán, tarde o temprano, la guerra atómica

Boris Vian / Escritos de jazz

GONZALO TRINIDAD VALTIERRA |

Todo comienza en la fina, casi invisible, aguja que se desliza sobre un disco de acetato. Se escucha un agradable crujir, casi comestible.

Sí.

El sonido es dulce y nostálgico, de otro tiempo, pero comestible.

Entonces lo imagino

tocando como el fuego las cuerdas de su guitarra, con sólo tres dedos. El disco sigue girando, girando hasta el infinito, sobre sí mismo como un planeta hecho de sonidos, y se escucha

ahora sólo una guitarra, parece estar hecho de mar el silencio entre cada acorde. Ah, si pudiésemos verlo, veríamos su mano izquierda beatificada por las llamas, haciendo vibrar los clubes de jazz del París perdido después de la guerra.

Años después de tocar en los cafés y clubes parisinos,

Django Reinhardt, de apenas 24 años, fue invitado por los promotores del Hot Club du France a formar un quinteto de cuerdas que, luego de organizar una serie de jam sessions junto al violinista Stéphane Grapelli, sería conocido como Quintette du Hot Club de France, en 1934. Es en este club donde conoce a Duke Ellington, Louis Armstrong y Bill Coleman, sus ídolos negros. Es este quinteto el que cambiará el jazz con el antes y después.

Vivió en su caravana

en las afueras de París, desde pequeño

creció, en las calles de París, con los oídos llenos del waltz mussete y las antiguas fortificaciones como testigos mudos de su infancia y su amor por la música. A los doce años le regalan un banjo, y más tarde estará firmando como Jiango Renard en sus primeras grabaciones, y viajando con músicos que reconocían su talento y lo invitaban a acompañarlos.

Primero las calles

descubrieron a Grapelli y Django cercanos a la música, cada uno a su manera, allí se conocieron; más tarde el primero acompañaría las películas mudas del cinematógrafo, y el segundo viajaría como el invitado de músicos que reconocieron su talento, acercándose rápidamente a la fama a pesar de ser un compositor sin escritura

maravilloso improvisando

fuerza de la naturaleza en la guitarra.

Nunca aprendió a leer y escribir música, simplemente la tenía en las venas. Analfabeto hasta que Grapelli le enseñara a leer y escribir siendo adulto. Su paso por los Estados Unidos será recordado por sus cartas escritas con letra infantil.

De vuelta del club La Java, 1928

Los ratones han seguido la caravana del joven Jean Baptiste Reinhardt —apodado Django desde su infancia—, siempre lo han hecho, también en caravana. Por la noche se escuchan sus pequeños pasos contrapunteando el silencio. A sus 18 años, Django es un relámpago en las cuerdas de su banjo.

La casa-caravana está llena de flores de celuloide, imagine esos pétalos petrificados del mismo material con que estaban hechas la película cinematográfica y las famosas muñecas de sololoy. Vuelve del club un joven Django al lugar donde vive, viaja, come, sueña… Está pensando en la siguiente noche, noche de música. Las flores están ahí porque su esposa espera venderlas el día siguiente.

De nuevo el traquetear de los pasos de un ratón. Se acerca Django, iluminado por la luz de una vela que lleva en la mano. Los pequeños pasos se apagan en una esquina, y se escuchan luego en otro extremo de la casa andante, y cuando se acerca la luz al ratón este sale disparado sin saber a dónde. Pronto estará fuera de la casa el roedor, no es la primera vez que uno se aferra a quedarse. La cera gotea el piso, gotea sobre la mesa, gotea sobre las flores.

Se incendian al instante.

La casa, convertida en un pequeño horno, escupe fuego por todos lados. Su esposa, encinta, logra escapar, pero Django sigue dentro. El peculiar aroma del celuloide calcinado jamás será olvidado por el joven gitano.

Es la una de la mañana

cuando envuelto en llamas, abrazado por el fuego, apenas logra salir con ayuda de sus compañeros gitanos, tiene parte del cuerpo quemado, no lo sabe aún pero su pierna está en peligro de ser amputada y la mano, lamida por lenguas rojas, quedará inutilizada, por un tiempo.

Dallas Blues, 1930

Viaje al sur, hacia Toulon.

Deja atrás a su esposa y su primer hijo, igual que su padre lo hiciera con él. La mano se niega a tocar el bajo. Joseph Reinhardt le regala a su hermano una guitarra esperando que se recupere. Dieciocho meses tardaron su mano y su pierna en sanar.

En esa época Émile Savitry vuelve a Toulon después de un viaje por Estados Unidos. Sus maletas están llenas de discos. Pronto el joven Django y Émile se conocerán, una noche de Toulon, en esa ciudad incólume.

Alguien coloca en el fonógrafo un disco de Louis Armstrong, Dallas Blues: fue el llamado de un dios: “El jazz me llamó, porque lo descubrí en la perfección de la forma y la precisión instrumental que admiraba en la música clásica, pero que generalmente carece la música popular”, palabras de Django recordadas por Émile.

Durante esos dieciocho meses Django, el de los ojos realmente negros y la sonrisa picaresca, acentuada por una finita línea de pelo sobre el labio y un cigarrillo que le cuelga siempre humeante, descubrió su verdadero hogar en la casa de los músicos negros.

El jazz y el swing.

Louis Armstrong, Duke Ellington, Eddie Lang, Joe Venuti anunciaron el prodigio del fuego, “verdadero jazz” dijo el gitano, sintiendo la libertad, el riesgo, el consuelo del jazz. Todo este tiempo hizo sus viajes embarcado en el fonógrafo de su amigo Émile, quien creó algunos de los mejores retratos del gitano. Años después, él será pintor también.

Voyage en train

Monta el tren

Django, sobre toneladas que escupen chispas y humo, sólo que estas no son salvajes como las que lo hirieron en su caravana, hace música, toca el jazz manouche (jazz gitano).

Hijo de una bailarina y un músico, está en la naturaleza de Django la aventura, el movimiento, quizá por eso favorece el jazz, la posibilidad de improvisar, de hacer cantar una guitarra que en manos inexpertas estaría muerta: como cualquier caja de madera.

A veces abandona su banda, prefiere escapar para volver a la caravana con los gitanos, su sangre. Ama los viajes en tren. Lo único que prefiere por sobre todo es poder hacer música con sus camaradas: gitanos de su sangre, y en tren…

Qué mejor.

Con el tiempo, su necesidad de escapar para poder vivir sin irrupciones, sin las molestias de la fama, sin la histeria que produce el éxito, ha aumentado hasta el punto en que desaparece, por un tiempo; sólo cuando las deudas de juego lo obligan a tocar de nuevo, a exprimirle frutos el éxito, vuelve a la ciudad, a los clubes a su otra vida.

Son música también.

Tal vez por eso ama los trenes, por los vagones atestados de gitanos sin tierra, los cielos azules y los barcos hechos de nubes que atraviesan el techo del mundo.

The bluest kind of blues

Pienso en Django mientras gira el disco negro, gira siempre igual pero la aguja casi lo ha recorrido por completo, sobre sus anillos de astro extravagante.

Nuages.

Las nubes. Así nombro Django sus composiciones. Las nubes, al parecer siempre levitan como montañas blancas, sobre gigantes armaduras de piedra. Sobre los grandes corazones que descienden como soles, o que nacen como ellos, en el horizonte de una época trágica, siglo XX de tormentas.

Trhee fingers lightning (apodado así por los soldados estadounidenses).

El rey de los gitanos, incluso compuso una Misa para su pueblo, con ayuda de un amigo que sabía escribir música.

Descansa ahora en sus mausoleos de acetato, todavía.

Recuerdo que cuando un gitano muere, se quema su caravana con sus pertenencias. El fuego nunca pudo arrebatarle la música y su guitarra que ahora descansa entre el violín de Paganini y el piano de Chopin.

 

¡Eh! Es bello el jazz.

 

“Django’s hand” (1995), Roger S. Baxter

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Autorretrato

Gonzalo Trinidad Valtierra / Ciudad de México, 1986

Escribo porque busco. No sé qué. Escribo aunque esto sea imposible: es querer decir antes que las palabras nos evadan. Es evadirme a mí mismo; como toda evasión, la escritura conlleva una persecución —una búsqueda histérica—. No sé qué. Una persecución circular: como un perro que persigue su propia cola que podría estar hecha de palabras. Amo la filosofía. Mi relación con ella es como con todas mis mujeres: disfuncional, interrumpida, voraz, pervertida…

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