El nombre níspero casi siempre nos remite al pequeño fruto, dulce y ácido, del árbol Eriobotrya japonica. Sin embargo, bajo el mismo nombre también se esconde otro fruto más misterioso y de más vasto interés no sólo en el ámbito de la botánica, sino sobretodo en la cultura escrita y en el imaginario literario de los siglos pasados. A este níspero, para distinguirlo del primero, se le conoce comúnmente como níspero europeo y es fruto del árbol Mespilus germanica. El níspero europeo es imposible de encontrar en mercados modernos y se podría decir que el común de los habitantes de este siglo jamás tendrá la oportunidad de probarlo o siquiera de saber de su existencia. Se trata de una fruta que pertenece al Antiguo Régimen, un producto que el mundo moderno no comprende y que no puede asimilarse ni al comercio ni a la imaginación actuales.

El rasgo que lo define es la rareza de su maduración: el níspero europeo madura casi al mismo tiempo que se pudre, circunstancia que lo hace inadaptable a las dinámicas de comercio de los mercados y supermercados. En su punto de maduración la pulpa del níspero deviene marrón y pastosa, con un aroma y sabor que algunos describen como una mezcla de puré de manzana y vino barato. No es el níspero, pues, una fruta con potencial para ser tan popular como la manzana o la pera (ambas, igual que el níspero, de la familia de las Rosáceas), frutas de gusto casi universal y de fácil consumo. Se podría decir que la manzana es a nuestra época lo que el níspero es a la Edad Media, tanto en lo simbólico como en lo real.

El níspero es una fruta fuertemente arraigada a la imaginación medieval y del Renacimiento, tanto en el ámbito popular como en el culto. Se trata de una fruta que aparece una y otra vez en la literatura de la época: se encuentra en cuatro dramas de Shakespeare, en Chaucer, en Rabelais, en Cervantes, etcétera. Además, en el capítulo 70 del manuscrito llamado Capitulare de villis vel curtis imperii, Carlomagno selecciona al árbol de nísperos como una de las plantas a cultivar en los jardines imperiales.

En el siglo X, Aelfrico de Eynsham (también conocido como Aelfrico el Gramático) escribió una lista de plantas con su nombre en latín y en inglés antiguo. Al mespilus (nombre latino del níspero) lo tradujo como openærs (=open-arse, culo-abierto), por la abertura estrellada tan notoria que muestra en la parte de abajo, de modo que ese se convirtió en su nombre común, por lo menos en inglés, dotando al fruto de un potencial simbólico y satírico que tendría eco tanto en la vida cotidiana como en la cultura literaria. Con un nombre tan atinado, resulta obvio cuál fue el uso medicinal de dicho fruto: según los manuales médicos ingleses de los siglos posteriores, el níspero era un potente laxante y diurético.

En Romeo y Julieta, Shakespeare usa al níspero (medlar) en el sentido de su símil anatómico: en un diálogo entre Mercucio y Benvolio, el primero asegura al segundo que Romeo desearía que Rosalinda fuera un medlar, un culo abierto:

Now will he sit under a medlar tree

And wish his mistress were that kind of fruit

As maids call medlars when they laugh alone.—

O Romeo, that she were! Oh, that she were

An open arse, and thou a poperin pear.

(“Entonces [Romeo] se sentará bajo un níspero y deseará que su amante sea la fruta a la que las doncellas llaman níspero cuando ríen a solas. ¡Oh Romeo, que ella fuera un culo abierto y tú una pera poperin!”).

 En los Cuentos de Canterbury también aparece la figura del níspero, sin embargo Chaucer no acude la semejanza genital del fruto, sino que utiliza el potencial simbólico que emana de su particular modo de maduración, equiparando la vejez en el hombre con el añejamiento de la fruta. Esto sucede en el llamado “Cuento del Mayordomo”:

This white top writeth myne olde yeris;

Myn herte is also mowled as myne heris,

But if I fare as dooth an open-ers –

That ilke fruyt is ever lenger the wers,

Til it be roten in mullok or in stree.

We olde men, I drede, so fare we:

Til we be roten, kan we nat be rype.

(“Mi blanca cabeza revela mi vejez; mi corazón está igual de mohoso que mis cabellos. No sería así si yo fuera como el níspero, que es una fruta insoportable hasta que se pone a añejar entre basura o paja. Me temo que así somos lo viejos: no maduramos sino hasta que estamos podridos”).

Se podría decir que en general esas son las dos funciones simbólicas que cumple el níspero en la literatura: (1) la que señala el símil genital de la fruta y satiriza o crea situaciones cómicas con ello y (2) la que alude a su maduración/descomposición y encuentra la manera de compararla con el destino de los hombres.

En el Pantagruel, no obstante, el níspero europeo cumple otra función. En el primer capítulo del primer volumen de la obra de Rabelais, en el que se narra el origen y la genealogía de los gigantes se dice lo que sigue:

“Poco después de que Abel fuese asesinado por su hermano Caín, la tierra empapada de la sangre del justo fue cierto año tan extraordinariamente fértil en todo tipo de frutos que produce de su seno, y particularmente en nísperos, que quedó en la memoria de las gentes con el nombre de año de los nísperos gordos, porque tres llenaban un celemín”.

Aquel año de los nísperos gordos (l’année des grosses mesles), según se cuenta en la novela, sucedieron un sinfín de prodigios y aberraciones: se dio una semana con tres jueves, agosto cayó en cuaresma, etcétera. Asimismo, las personas que tuvieron la oportunidad de comer de los nísperos gigantes sufrieron de diversas mutaciones corporales: a algunos les crecieron las piernas, a otros la barriga y a otros la nariz. Sin embargo, la principal monstruosidad que trajeron consigo los nísperos gordos fue el nacimiento de la raza de los gigantes, entre los que se cuentan, además de algunos gigantes célebres como Polifemo, Sísifo y Goliat, Gargantúa y su hijo Pantagruel.

Los nísperos en Rabelais quedan representados entonces como figuras de la desmesura y del caos, como símbolos de la fertilidad y de la exuberancia llevadas al extremo. Para Bajtín, en la descripción arriba citada se cifra un motivo muy recurrente en la obra de Rabelais y en la imaginación popular medieval: el de la muerte que da paso a la abundancia; no fue sino la primera muerte, la de Abel, la que dotó la tierra de la inusual y portentosa fertilidad ya descrita. El níspero es también cifra de ese mismo motivo: sólo cuando muere puede comerse; en su putrefacción se encuentra su verdadera riqueza y fertilidad.

Sólo en un poeta moderno, en D. H. Lawrence, logra esta imagen del níspero, que quizá se prefigura ya en Rabelais, una completa exposición y simbolización. En su poema “Medlars and Sorb-Apples”, que comienza “I love you, rotten/ Delicious rottenness” (Te amo, podrida, deliciosa podredumbre), Lawrence alude una y otra vez a las reminiscencias que existen entre comer un níspero, la experiencia erótica y la muerte.

Sobre el sabor del níspero dice:

What a rare, powerful, reminiscent flavour
Comes out of your falling through the stages of decay:
Stream within stream.

(Qué sabor tan extraño, poderoso y evocativo

nos da tu caída en las etapas de la descomposición:

una corriente dentro de una corriente)

A las descripciones monstruosas y desbordantes de los nísperos (a los que llama “excrementos otoñales” y “pellejos de prieta morbidez”), D.H. Lawrence asocia imágenes que aluden a la muerte y decaimiento del cuerpo:

Going down the strange lanes of hell, more and more intensely alone,

The fibres of the heart parting one after the other

And yet the soul continuing, naked-footed, ever more vividly embodied

(Bajar por los extraños caminos del infierno, cada vez más intensamente solo;

las fibras del corazón separándose una a una

y aún andando el alma, descalza, más vivamente encarnada)

Comer un níspero, en el poema, nos trae un aviso de muerte. En el fruto existe una confusión de vida y ocaso que nos lleva a sentir una pulsión destructiva, que nos obliga a entrever la soledad postrera de la muerte:

Orphic farewell, and farewell, and farewell

And the ego sum of Dionysos

The sono io of perfect drunkenness

Intoxication of final loneliness.

(Un adiós órfico, adiós, adiós

y el ego sum [soy yo] de Dionisos,

el sono io [soy yo] de la perfecta embriaguez,

intoxicación de la soledad final).

La búsqueda de frutas, plantas y flores en la literatura no es tarea ociosa, a través de ella se pueden recorrer caminos que de otro modo jamás tomaríamos. El níspero (open-arse, medlar, mespilus, mesle, nèfle, etcétera) es tan sólo un ejemplo de la intensa simbolización que en las distintas épocas sufren determinados objetos y un recordatorio de la satisfacción que trae la lectura cuidadosa de los textos.

Ilustración de Julie Smits

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Alejandro Guzmán Gómez (Ciudad de México, 1993) es estudiante de historia y diletante en formación.