En llamas

Jennifer Lawrence y Josh Hutcherson

JEREMY OCELOT |

Hace poco más de un año, se estrenó The Hunger Games (2012), primera adaptación cinematográfica de la trilogía literaria escrita por Suzanne Collins.

La que se pensaba como una saga más dentro del reciente boom de adaptaciones literarias; sorprendió presentando un más bien futurista y distópico universo, con tintes fascistas, que se antojaba harto interesante para haberse convertido en un bestseller y más aún, popular entre las lectoras. Bien es cierto, la cinta hizo poco por despejar las dudas sobre qué tan profundo o maduro sería el tratamiento de los temas políticos y sociales, pues si bien no eran ignorados, se sacrificaba su exploración en pos del desarrollo del romance y la supervivencia de la pareja protagónica.

En llamas no sorprende, únicamente por mejorar la atmósfera opresiva en la que se desenvuelven sus personajes, mediante una fotografía que elige una paleta casi monocromática durante la primera media hora, en los episodios que ocurren en los otrora sometidos distritos. Sino por la elección de Francis Lawrence, el experimentado director/videoclipero para orquestar esta segunda entrega, una decisión bastante acertada, en cuyas manos la cámara se erige a su vez más segura, pues las escenas de acción que presenta la cinta, se sienten mucho más dinámicas que en su predecesora, debido al efectivo uso de la edición.

Amén de un evidente aumento en el presupuesto de la cinta, el cual se agradece sobre todo cuando se observa la calidad en el trabajo de los decorados y en general todo el diseño de producción, que acentúan la abismal diferencia en el entorno de quiénes viven en el capitolio y aquellos de los distritos. Y sobre todo en los efectos especiales, que dejaban mucho que desear en la primera entrega, al tratarse de un blockbuster prototipo.

Al haber pasado ya la introducción de los personajes principales en el episodio pasado, la nueva entrega puede desarrollar la psique de los mismos que tan escuetamente se había presentado; y no es necesariamente mediante diálogos que se presentan las inquietudes de los personajes, pues, contextualizados en el ambiente neofascista en que se encuentran, hablar puede resultar peligroso. Todo esto apoyado en el trabajo actoral protagónico de Jennifer Lawrence como Katniss Everdeen y Josh Hutcherson (quién en su papel de Peeta, no queda reducido ya a su rol de muchacho guapo y vulnerable), a quienes se les exige evocar la madurez a la cual han transitado sus respectivos personajes.

Donde también encontramos gratas sorpresas en un ahora bastante aprovechado Donald Sutherland como el maquiavélico —acaso temeroso— presidente Snow, y en especial, en el trabajo de Jenna Malone como Johana Mason, quien, en un pleno acto de rebeldía, se apodera de cada escena como un cínico y enojado personaje que no teme mostrarse tal cual es.

La segunda entrega de esta trilogía no sólo resulta mucho más inquietante, porque al contrario de la morbosamente perturbadora violencia y matanza entre menores de edad que presentaba la primera, ahora se hunde por completo en disertaciones de un mundo neofascista no tan alejado del actual orbe. Donde el paralelismo entre los países desarrollados y tercermundistas con el capitolio y los distritos resulta terriblemente inquietante. Donde se exploran los efectos de la guerra en quiénes la han vivido, como la acelerada madurez, proceso de crecimiento y trastornos psicológicos a los cuáles se ven sometidos sus partícipes como consecuencia de la misma, despojándolos de ese construido heroísmo vendido por los medios.

Si bien la violencia escala, también la libertad es permitida. Y ésta se hace más explícita debido a un inteligente giro de tuerca en la novela original, en donde quiénes participan en la cacería son ahora son mayores de edad. Pues las leyes de lo políticamente correcto dictan que no es lo mismo ver a un niño morir por efecto de una arma punzocortante que a un adulto. A su vez, como sucede en estas franquicias, los fans van creciendo con las mismas. Independientemente de esto, la violencia se vuelve mucho más psicológica en este episodio, no sólo por las promesas o amenazas de distintos personajes, que por ser evocadas, y no explícitas, resultan más aterradoras, sino por un gobierno que trata de mantener el statu quo utilizando pequeñas demostraciones públicas de violencia, como lecciones de lo que podría pasar a quiénes se subleven. Algo así como cuando los cárteles de la droga asesinan gente para perpetuar el silencio entre los mexicanos.

Pero el punto álgido en todo el discurso, sin embargo, se encuentra justamente en la apabullante crítica a los medios y su complicidad con los más altos mandos para mantenerse en una situación privilegiada, no importando el costo. El espectáculo de la violencia como distractor mediático recuerda a los antiguos espectáculos en el coliseo Romano, no siendo coincidencia que Panem porte ese nombre, como haciendo referencia a la viaje frase: al pueblo, pan y circo…; y donde el planeado espectáculo romántico, es reminiscente del circo mediático de la pareja presidencial en México: Peña Nieto y su Gaviota. Cuando la táctica falla, se recurre a cualquier tipo de explotación de la población, donde la degradación del otro deviene en entretenimiento, siempre y cuando se mantenga al pueblo ignorante.

En este sentido la adaptación de la obra de Suzanne Collins se revela muchísimo más compleja que sus contrapartes hechiceras o vampirescas. Justamente porque a la inversa de éstas, no dota a lo fantasioso de un toque de realidad, sino que exagera la realidad actual al grado de poder comercializarla como ficción.

Así, el presente capítulo se sirve de acción y romance para ofrecer una fuerte crítica social. Una que está enfocada al público joven, y aunque éste podría con facilidad perder el mensaje, abrumada por las peripecias de jóvenes heroicas y dulces amantes (pues su mayor virtud y riesgo está en ser justamente un fenómeno mediático), la franquicia literaria de Collins bien resulta una muy inteligente arma de doble filo.

| RMM | JO | @JeremyBelmondo |

401 Comments

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