Fernell Franco, Series Pacifico, 1987

La exposición Fernell Franco: Cali Claroscuro, tiene lugar en el Centro de la Imagen, Plaza de la Ciudadela 2, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y se presentará hasta el día 6 de noviembre del corriente. Allí se presenta un buen grupo de piezas de Fernell, fotógrafo colombiano, que abarcan casi por entero su trabajo fotográfico, desde los años sesenta hasta anteriores a la fecha de su muerte. Fernell Franco forma parte de una generación de artistas colombianos que cuestionó y dinamizó la producción artística de su país, llegando a influenciar y alimentar toda una corriente de arte con miramientos sociales en el continente americano desde los años setenta.

A continuación presento un esbozo contextual desde donde parte el trabajo de Fernell Franco, presente desde el 27 de julio en la Ciudad de México.

Dentro de los procesos de urbanización latinoamericanos de mitades del siglo pasado, la característica principal que guiaba al movimiento migratorio —del campo a la ciudad— era la búsqueda de mejores oportunidades salariales. Pero en la Cali de los cincuenta esa esperanza se matizaba con una mayor aspiración: encontrar las condiciones mínimas de seguridad y de vivienda.

Es en este marco nómada y de instauración de grandes ciudades donde aparece el nombre de Fernell Franco (1942-2006), quien acompañó, en los años cincuenta, a su familia en la mudanza desde Versalles, en el Valle del Cauca, hacia Cali, ciudad colombiana que veinte años más tarde sería el ojo de un huracán artístico-social que renovó la creación en el país.

Fernell llegó a Cali siendo niño, pero su situación específica le impidió recibir la instrucción educativa que le era menester, empujándole más bien a conseguir empleos apuradamente, siendo el de mensajero la constante. Uno de esos empleos –el de encargado de limpieza en un laboratorio fotográfico— marcaría de manera definitiva un sendero del cual no se desprendería por el resto de su vida.

La Cali setentera era la evidencia en forma escultural de un proceso metropolitano que obtura el habitar y propicia la mera expectación, pues si un proyecto de ciudad se mira invadido por “extraños” o por no contemplados, este se contamina y se adapta a las necesidades extranjeras pero sin perder su primacía, dando sitio a un binomio de cohabitación donde la forma dada (el trazo urbano, de comunicación y de vivienda) limita al huésped hasta la anestesia. Y en el arte, en específico la música y el cine, se expresaba esto de manera perfecta. La música que se consumía –como bien delata Andrés Caicedo en su novela ¡Que viva la música!— provenía enteramente de Estados Unidos (Rolling Stones, The Beatles, etc.); la producción musical era marginal y marginada gracias a ese canon colonial.

En el cine sucedía algo similar: los espacios de cine albergaban cintas de todas latitudes, desde el neorrealismo italiano hasta el Tercer Cine argentino, pero nada de producto nacional; a estos cines Fernell acudía sobradamente y sin costo alguno gracias a astucias pueriles. Y si se abría un sitio para proyectar cine colombiano, se hallaba totalmente habitado por películas que retrataban la miseria y carencias sociales del país desde una perspectiva comercial: la miseria vende y vendía tan bien que los directores de dichas cintas triunfaban en festivales extranjeros pero no intercedían en la realidad del país, ni siquiera se pasaban por allí donde recogieron material fílmico una vez realizada su idea.

Un grupo de jóvenes se instaló en este contexto y propuso una crítica además de un rescate de producciones nacionales. Se trata del grupo llamado Caliwood, o El grupo de Cali, fundado, entre otros, por Luis Ospina, Carlos Mayolo y Andrés Caicedo. Entre los tres crearon el Cine Club Cali, y Andrés creó la revista Ojo al cine, donde todo el grupo escribía reseñas expresando sus propias ideas sobre el cine.

Agarrando pueblo, obra de Luis y Carlos, puede verse como un manifiesto de su posición en cuanto a la creación artística. En ella se juega con la idea de falso documental, pues presenta un documental sobre cómo se hacen los documentales colombianos, es decir, llevando cámara y equipo de filmación a los sitios marginales para explotar las dinámicas que allí se dan y crear una imagen de ellas que servirá para el guión narrativo del filme final; el documental sobre el documental tiene a ambos autores como camarógrafo y director satirizando aquel primer modo de producción, y nos presentan una imagen crítica interesante. Que aparezca el rostro de los filmadores y su relación fuera de cuadro con las cosas propone una crítica de la producción y, al mismo tiempo, delata la propia. Juego con la imagen donde ella misma nos informa cómo fue hecha y que se aleja de la idea de imagen bella cuasi-independiente de la mano y experiencia humanas.

Así, la denuncia social adquiere un tono distinto, pues lejos de estetizar las dolencias sociales del ser humano, las relata y delata en planos que potencian el pensamiento y la crítica hacia los sucesos representados. Un manejo de la imagen que la vuelve dinámica aun dentro de la dinámica intrínseca a la imagen audiovisual. Dinamismo del pensamiento dentro de la imagen y no a partir de la misma, como Brecht ansiaba en el escenario.

Y en este escenario es donde Fernell Franco hace acto de aparición. Contratado como fotógrafo de un diario local, aun sin experiencia con la cámara, su empleo le llevó por los sitios caleños más al margen y extraños para la lente acomodada de la buena nota. Como él provenía de una relación a ras de piel con la violencia, su trato de la imagen social se exigía distinto de los sensacionalismos o de la esteticidad del cine. Y es el mismo cine, al que accedió gratuitamente, quien le dio las armas para elaborarse una propia poética de la fotografía social que le era menester mostrar. Sus encuadres dan noticia del drama que logra plasmar pero de una forma que parece un llamado de alerta. La sensibilidad de Fernell, que difería de la normalmente asociada a la nota roja, llamó la atención en los círculos de agencias que le contrataron, y así se propició el encuentro del gran grupo de creadores caleños con Fernell, quienes compartían problemáticas afines al desarrollo de la ciudad y sus problemas intrínsecos.

Fernell comprendió que la denuncia y la crítica social a partir de la imagen no caminaban por un solo sendero, y que además no se peleaban con la construcción de una poética propia. Así, con su lente experimentó con distintas técnicas que le permitieron matizar de algo más que la simple exposición de las cosas o dinámicas a las fotografías que capturó, a saber, la prostitución caleña, los barrios repletos de delincuencia, las demoliciones encaminadas a la evolución urbana, etc.

Con Fernell nos hallamos en compañía de un gran fotógrafo que quiso relatar la realidad latinoamericana de forma singular y sin necesidad de mostrar banderas o partidos. Acompañamos a una tradición de crítica de la imagen que quiere interceder en la realidad y no sólo contemplarla o relatarla con el distanciamiento de los sucesos que confiere la cámara.

Fernell se mantiene en el oscuro de sus fotografías claroscuras, herencia clara de los filmes de cine negro, pero espera por un día ser hallado por algún curioso, algún disidente del canon. Y para la curiosidad siempre hay recompensas. Una de ellas, en este caso, es su exposición en tierra mexicana, donde pueden contrastar mi lectura de su producción y, en el mejor de los casos, crear la propia tanto de Fernell como de todo el grupo de Cali que reanimó el arte colombiano y latinoamericano.

La exposición comenzó el 27 de julio del corriente, pero se mantiene por un mes más, hasta el 6 de noviembre.

Imagen: Fernell Franco ®.