Tendencias autodestructivas I / Inmanencias

“Rosatro en barro”, Daniel López Pozo

“Rosatro en barro”, Daniel López Pozo

RAFAEL MUÑIZ |

La primera gran enseñanza de la doxa contemporánea es desconfiar de Grecia: odiarás a Platón con todas tus fuerzas, leerás cada una de sus palabras con la altivez de quien se siente superior por no hacer menos a nadie —o al menos se repite esas palabras para calmar sus sueños—; atribuirás todos los males contemporáneos al pensador ateniense al punto que podrás vincularlo con algún genocidio en el centro del continente africano sin que ello implique una aberración o un recurso ilegítimo. El pensamiento no se materializa si no es para mal y sobre todo cuando se considera que la gran tragedia de la civilización se fraguó en la mente del gran tirano del que proceden todas las mentiras, el odio y la muerte. Pero ni siquiera en ese caso dejarás de leer el texto, ahora le mostrarás tu venganza, tu ironía y la mirada condescendiente de quien observa el mayor de los provincialismos en la República, la más infame colección de absurdos en el Timeo o una serie de buenas bromas en el Teeteto.

La rebelión sin ira: todos se sienten avezados discípulos de Diógenes y, quizá, de modo totalmente fársico, sea ése el mayor ejercicio auto-satisfactorio en el ágora de la hiper-sincronía posthistórica. Mas nos engañamos si creemos que el originario de Sínope prevalece por encima del ateniense al haberse ganado los corazones actuales. Nadie está ya dispuesto a lanzar una buena broma y una risa sinceramente irónica. Todo es cómicamente serio y la tragedia no asusta pero no puede ser completamente convertida en comedia. Las risas se reproducen, los ecos sobreabundan, por todas partes se oye la perturbación interminable de una comedia que no produce satisfacción alguna, la mácula del tedio es demasiado persistente para ser erradicada de un solo golpe.

Y de ahí la risotada contra el estoico se torna un gesto de perversión fallida, el clímax de realización sexual-transgresora (sic) son apenas caricaturas del fracaso de Sade por mostrarse absolutamente ateo. Todo quiere horrorizar, todos pretenden dar el paso por el punk de lo auténticamente inauténtico, el nuevo credo es el no-credo, el compromiso con lo que no es sino inconstancia; pero la nada como finalidad del mundo sigue ahí, nuevos cinismos fracasados que recurren a formas sofisticadas de nihilismo, la enternecedora postura de quien se afirma desencantado y en su intento de andar sin muletas termina gateando y a ciegas.

Desde esa niebla impenetrable se trazan contornos difusos, impresionismo de lo fácil. Las microfísicas de lo cotidiano proveen de nuevos amos, minúsculos y risibles, pero que sirven de instancias posibilitadoras de la transgresión. Cuando la nada avanza lo hace colonizando el algo, destruyéndolo si es preciso o creándolo cuando ya ha dejado de existir. El desgarramiento cósmico y ético sigue siendo motivo de ensoñaciones pero los nuevos mantras no logran tranquilizar a nadie porque persiste un compromiso con lo inaudito: nada existe, todo está prohibido/todo está permitido, usted elija y transforme el compromiso en sorna para tranquilizar su beatitud.

Entonces volvemos al cuerpo, afirmamos el placer, das Wohl. Lo bueno, lo sano, o lo decadente, lo destructivo. No hay oposición es una sola dimensión de la misma farsa, lo sacro en el exceso o en la justa medida. Atribuimos un odio a la materia a esa Grecia asquerosa y vomitiva, negación del cuerpo medieval. La culpa es del cristianismo, ese mesianismo que tanto mal ha hecho, los cuerpos que se amontonan unos sobre otros por culpa de las disputas por el lugar, forma o contenido de la revelación. Tal parece que todo se acabó con la Genealogía de la moral, las variaciones sobre el mismo tema pueden ser infinitas tanto en el número con que se escriben como en el tedio que pueden producir. A veces se ponen el disfraz de orgullosos vencedores del prejuicio a veces de radicales transgresores. De cualquiera de las dos maneras (o de cualquier otra que puedan inventar) persisten en su compromiso con la nada para sustituir al algo, vuelven a engendrar para devorar, se alimentan de su propia ilusión. Cuando el yo no existe como unidad se amontonan granitos de yo para formar una montaña de falsas multiplicidades: se es lo mismo, se pierde lo mismo…

| RM | Tendencias autodestructivas | Inmanencias | @pathosytelos |

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208 Comments

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