Tendencias autodestructivas III / Inmanencias

“Oro” (2012), Daniel López Pozo

“Oro” (2012), Daniel López Pozo

RAFAEL MUÑIZ |

Comencemos con el hecho claro de que todo tiende hacia su consumación, o al menos, decirlo sirve para tranquilizarnos. Nada existe sin que sea posible imaginar su estallido final, sin que el derrumbe de su presencia sea una posibilidad y una latencia. Así se compra algo para su consumo, no sólo para que llegue a nuestras manos y sea utilizado, realice su función y permanezca al interior del sistema de objetos que construimos, sino para que sea eliminado, borrado, consumido. El ardor del tiempo no basta, hay que añadir el combustible de la ruptura y la destrucción por propia mano. Cuando algo se consume, según la idea del mundo como camino hacia la aniquilación se hace para que su existencia cese y se complete el círculo; contrario a la experiencia máxima de fundición con el fondo del ser (el/la consumo/consumación del santo en la llama mística e inextinguible de la divinidad) este consumo llama hacia un silencio post lux, la penumbra de lo ya-no de lo muerto.

El clamor de lo ya-no es eso que llama y compele, como una invitación hacia el propio fin en lo que rodea. La experiencia de la finitud se externaliza hacia todo aquello que forma parte de un cierto ahí. La atribución de sentido se hace toda vez que se completa el proceso de producción-destrucción. La categoría fundamental que parece ordenarlo todo es el ser-hacia-la-destrucción, hacia el hallarle fin a lo que rodea y hacia lo que se produce. La conservación del propio cuerpo es simplemente la persistencia del mecanismo cuya finalidad es la aniquilación. Todo esfuerzo de tecnificación de la vida es la sistematización de la muerte y el ordenamiento de las etapas que han de sucederse para que ello suceda.

Ya sea que con Deleuze y Guattari se mire las maquinarias de guerra cuya construcción y estructura sirven para reproducir formas extremas de la confrontación, formas de diversificación de la actividad en que los ejércitos son a su vez mecanismos de financiamiento de conflictos infinitos y no-teleológicos. El fin no es la muerte, sino que la muerte es el medio para la perpetuidad de la muerte. Es la fuerza de una negación que impide a la revelación revelarse: ya no hay apocalipsis puesto que la sola idea de ello trae consigo la problemática del Reino y el paraíso que le sucede al conflicto terrenal. Los mártires son insumos para la producción de destrucción, la muerte deja de pertenecerle a cada uno para ser medio para seguir matando: un hombre se empuña como arma (extremidades, torso, cabeza, arsenal psíquico-subjetivo) y su cuerpo es el exoesqueleto de una bomba, el contenido explosivo no es la doctrina que lo inflama sino la fe de la que carece al momento mismo del estallido en que todo deja de acontecer para él.

Incident, collateral damage, friendly fire, material damage. La masacre acontece a las afueras de un cine en el Bible belt americano a manos de un estudiante de neurociencias, o en algún lugar del África subsahariana. Las muertes no son equiparables aunque el armamento sea el mismo. Los cortes claros entre una violencia productiva y otra improductiva no son fácilmente trazables (aun cuando exista un abismo que medie entre ambas, pues no es lo mismo revolución que conservación, ni crimen que emancipación). Una cabeza cercenada al norte del territorio mexicano intenta ser sólo un mensaje, pero la semiosis se torna infinita tan pronto como el pedazo de carne persiste a la destrucción de la vida. Mientras la antropología filosófica no recomience el camino aceptando lo obsoleto de su materia (a saber el hombre con H y con h) y reconfigurando el escenario desde su extremo más borroso, no será posible dar cuenta de la situación presente; pues los espíritus de las épocas son los fantasmas presentes, los espectros que distorsionan la luminosidad del hoy.

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