Inmanencias / Vivir la intemperie

El modelo ptolemaico del mundo consistía en una serie de esferas que eran contenidos-contenedores de otras. Las implicaciones poéticas del cielo estrellado en semejante imagen del mundo no se dejan esperar, cualquiera que piense un poco en la estética detrás de la idea de las estrellas como decoración de la superficie interna de la pelota que nos contiene no puede sino sentirse maravillado. El carácter traslúcido de los bordes —o, quizá de un modo más preciso, su facultad de aparecer como inexistentes a la percepción terrena— hacía del universo una trasparencia-opacidad fascinante, y atemorizante.

Tanto el hombre griego como el medieval —y en general todos hasta el advenimiento del giro copernicano— se encontraban en un interior absoluto. La posibilidad misma de una salida consistía en el último sacrilegio. Sin embargo, era posible observar la bóveda celeste —que en ese momento en verdad era una bóveda: un contorno esférico— con la fascinación absoluta de quien sabe que, a través de distancias incomprensibles para la finitud y particularidad del individuo, la mecanica universalis se dejaba adivinar. El rostro divino se mostraba sutil en el concierto de la materia.

Un mundo lleno de sí, paradójicamente atrapado en su carácter de no-exterior. Los tropos y las metáforas obedecían a una plenitud y contención sólo concebible desde la ausencia del afuera. Todo estaba contenido por una superficie, un recubrimiento.

El destino trágico consistía justo en saberse atrapado en el adentro destinal inexorable, en no acceder nunca al exterior del mundo porque éste simplemente era impensable. Edipo se vio atrapado porque recorrió el interior del domo y volvió a su punto de origen. ¿Podría pensarse en su culpa y/o redención? La escatología estaba cancelada, las imágenes del paraíso no eran sino repeticiones del mundo-aquí en un nivel cualitativamente superior.

La separación radical entre poesía, filosofía, teología y ciencia sólo es posible en un mundo en que se habita la intemperie cósmica y no hay más remedio que una terapéutica del existir. El viento gélido del tiempo y su consustancial melancolía, lo mismo que el calor abrazador de la cercanía insoportable de los otros llegan a su verdad y expresión cuando se sabe que no hay más hábitat que el exterior. El interior del sí mismo es un exteriorizable, enunciable, nominable. Nada nos recubre, nada nos conforta, sin embargo el tiempo es apertura y la vida es creación. Justo ahí, donde todo es una catástrofe irremediable surge la esperanza de redención verdadera, pues la succión hacia la nada puede ser invertida en plenitud, carnaval y éxtasis del todo nuevos.

La transformación de los mundos consiste en una nueva poética, nuevo nacimiento que ya no es simplemente el de ser arrojado al domo contenido por otros domos. Una realidad reconfortante en que todo acontece en un interior absoluto, sin posibilidad de romper las barreras. El blanco en tonalidad “background” o el negro “telón de fondo” eran los acompañantes de la inauguración del exterior: todo lo que ves puede romperse. Hay, sin embargo, una última frontera que no puede ser traspasada. El mundo se ha hecho transparente y no sólo como iteración sino como campo nuevo. La novedad de lo novísimo, la subjetividad de lo propio que no es réplica itinerante sino modalidad finita infinitamente afectada. De la circularidad a la trayectoria, de Euclides a Descartes.

El todo de la cobertura es la identidad cobertura-fondo. No existe forma de escapar a la imaginación de una última chora, un espacio sobre el cual se proyecta todo cuanto existe. Pero éste no es cobertura, sino la superficie sobre la que se proyecta el exterior. La urdimbre el mundo es un afuera.

De la preeminencia del afuera está hecha la soledad y el no-ser pleno de los entes. Quizá fue Pierre Bayle quien logro penetrar en esta idea con mayor profundidad, a partir de su reflexión sobre el origen del mal ético. Para el pensador francés no había manera de pensar la omnipotencia y benevolencia de Dios junto con la idea del mal y su innegable existencia. El cortocircuito era evidente: si esta cadena de argumentos configuraba una superficie-cobertura vivible, la fractura en mitad del domo existencial se ubicaba por el lado del mal como sobreabundante y nos arrojaba de vuelta al cadalso del mundo.

Ante ese terror inefable no hay sino que retroceder o recurrir a la aberración del maniqueísmo. Duplicar las sustancias para sucumbir al atestiguamiento y la debilidad de las razones. Las soluciones de la fe y de la razón piden en vano ser retornos, repliegues, pasos hacia atrás: no es posible retroceder cuando lo avanzado es corte y la mirada, retroactiva, sólo puede significar contemplación de ruinas.

RM / Inmanencias / @pathosytelos

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