Neil Mauricio Andrade

El 22 de agosto del año pasado se inauguró la exposición Jeremy Deller. El ideal infinitamente variable de lo popular que reúne y examina parte de la obra del artista británico. En las salas que para ello dispuso el MUAC vemos objetos recurrentes de la llamada sociedad de consumo pero cuyo protagonismo —intencional en los ready-made desde Duchamp— ha sido trastocado por la memoria de un consumidor tardío, iniciado en el neoliberalismo, que fragmenta y confunde lo que se supone debería ser un patrón, una serie de productos relucientes. El recorrido inicia: en lugar de hallar una camiseta de acid house, afiches y lámparas de serie de televisión ochentera, entramos a la réplica entera de una recámara en la que tales objetos han sido usados por la depresión. A pesar de sus patologías (¿o en virtud de ellas?) el consumidor es un agente. Como se lee en un mural bicolor que al mismo tiempo funge como pared museográfica: I MELANCHOLY (1993).

No hablamos de arte pop, sino de un dejar constancia de los innumerables fracasos de lo pop, cómo se recibe y difumina entre lo popular urbano, en la vida cotidiana de las grandes ciudades. Si el arte de Warhol se oponía al de Rothko era porque existía una pugna entre corrientes, entre modelos de criticidad del espectáculo, así como tecnologías y temas preferentes. Hoy resultaría demagógico, por decir lo menos, semejante afán vanguardista. Ante esto, piensa Deller, sólo cabe insistir en las posibilidades de lo oblicuo que se abren cuando la percepción de masas se ve atravesada por una localidad tan concreta como la raza, el género o el sector laboral.

En 2001 el artista anglosajón organizó la re-actuación (re-enactment) de una huelga minera que aconteció al sur de Inglaterra, en 1986, precisamente cuando Margaret Thatcher decretaba el tránsito de la economía productiva a una “de servicios”. Con ello se pretendía insuflar las imágenes del movimiento minero, en su momento demonizado por los medios, con deseos y reivindicaciones actuales que, por justas que sean, ya no son verosímiles fuera de la pantalla. El acto fue filmado por Mike Figgis y resultó en el documental The Battle of Orgreave (2001). ¿Registro de un proceso de des-industrialización? ¿Comunicación intempestiva, entre generaciones o identidades condenadas al desgaste? Desde luego, la minería no deja de existir, pero la clase minera lucha contra sí misma para aparecer, en este caso bajo la carga histórica de un teatro educativo milenario: en efecto, los romanos ya dramatizaban batallas, y durante el siglo XVII la práctica era aclamada entre los británicos. Además de video, la muestra incluye documentos fotográficos y literarios de la nueva épica (¿o comedia?) contra las políticas de Thatcher y la complicidad de los medios masivos.

Con los lustros, Deller refina su sentido del humor, aunque el escepticismo de clase continúa, como notamos en la pieza So Many Ways To Hurt You (2010), un simple cuan puntual registro de las peripecias de un travesti de origen minero que finalmente decide dedicarse a la lucha libre. Aunque la instalación al aire libre English Magic (2013) no está presente como tal en el MUAC, vemos un cortometraje que transmite la sátira: son iconos de la vida pública inglesa narradas mediante retazos y trivialidades. Un gavilán que se venga de sus cazadores, entre los cuales se halla el príncipe Harry, o un Stonehenge inflable sobre el que saltan niños, son algunas de las situaciones tras los pabellones. Cada caso gira armónicamente en torno a un fetiche, como una danza impersonal. Vemos cómo el artista al fin confronta un concepto que parecía obsesionarlo desde los inicios de su carrera: la nación.

Deller rechaza la categoría de arte político. Se concibe como un agitador, no en sentido propagandístico sino, más literal, como promotor de la desorientación. Al británico le interesa la experiencia nauseabunda del show no menos que las desviaciones que el receptor opera en sí mismo, con un poco de suerte, a su favor. La curaduría nos habla de lo popular urbano como un ideal inconmensurable, casi una utopía posmarxista. A mi juicio, lo que se activa es una esperanza de los enajenados, una esperanza contagiosa y agridulce. Sobre esto teorizan Cuauhtémoc Medina, Dawn Ades, Hal Foster, Ferran Barenblit y el mismo artista en el interesante libro-catálogo de la exposición, disponible para su descarga en el sitio web del MUAC.

El ideal infinitamente variable de lo popular es una coproducción del Centro de Arte Dos de Mayo, CA2M y la Fundación PROA, y estará vigente hasta el 27 de marzo. Los miércoles y los domingos la entrada general cuesta $20.

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Neil Mauricio Andrade (1990). Filósofo veracruzano. Actualmente estudia un posgrado en Historia del arte en la UNAM. El verano pasado impartió el seminario “Distopía y resistencia: introducción a la necropolítica” en el Instituto de Estudios Críticos.