La cobija del mártir

“Paisaje con La caída de Ícaro”, c. 1558 / Pieter Brueghel

Sé que no me queda mucho. Sé que en cualquier instante me cortará una sombra el paso y que alguien morirá asfixiado por su propia saliva, al otro lado del alma.

Una tarde sin aparente gloria, realizaré un acto para los libros de historia. Todas las personas que conozco no estarán para saberlo. Y como la historia sabe balancearse sola, algún valiente con suerte  mínima vivirá acribillado o traicionado eternamente por los ojos de los estudiantes que pretenden aprender.

Mañana no cambiará el mundo y, quizás, tampoco yo. Porque sabe a gloria una vida con variaciones leves, aunque llegado el día se caiga en un letargo de arrepentimiento.

¡Bendita juventud y bendita la libertad de tener nada qué perder! De gente sin esperanza de regreso a un hogar bien cimentado está hecha la historia.

Porque el que triunfa siempre cuenta su versión, donde el caído se convierte en el héroe que habrá de vengarse. El vencedor se torna un detalle de utilería, un contexto en el que la perfección es siempre un espacio angosto, por donde apenas pasa a empellones la revolución que vendrá. El victorioso se vuelve un bufón de la historia y escenifica el mismo acto infame una vez y otra.

El vencido se mueve en el reino mágico esperanzador de lo posible. Pero ¿qué grandeza hay en morir en batalla? ¿Qué grandeza en no saber que perdiste todo, aunque nunca tuviste nada?

De gente enterrada y de bustos de bronce está hecha la historia. La de los héroes que recordamos y presentamos a nuestros hijos, con el culpable orgullo de saber que no somos nosotros.

 

__________________________________________________________________________________________

Foto: ©Bruno Martínez

Christopher García Vega / Ciudad de México, 1985

No se tiene plena certeza del día en que nació o de la madre que se desgarró los pulmones durante el parto. Dicen que su padre, en muchos sentidos, fue como Cristo, pero en el más estricto fue como Sócrates, pues cuando las instituciones quisieron crucificarlo, se bebió seis botellas de coñac a modo de cicuta. Si acaso su existencia puede probarse, es más parecida a un heterónimo de Pessoa, aunque Pessoa seguro lo negaría, pues no es portugués ni está tan cuerdo. Su vida transcurre sobre las “calles-peyote” de la Ciudad de México, y a veces se pierde entre las espinas de los espectaculares y la amarga mezcalina que derrama la combustión de los autos. // @beren_n_luthien

Comments are closed.