La herencia de Velasco / MUNAL

“Vista de la Alameda desde un globo”, 1855 - José María Velasco / ©Foto: INAH

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Rodeada con círculos de jade perdura la ciudad,

irradiando reflejos verdes cual quetzal está México aquí.

Junto a ella es el regreso de los príncipes:

niebla rosada sobre todos se tiende…

 

Ciudad de México.- Ha sido imperio lacustre en la época de los poetas prehispánicos, centro ceremonial y hasta ombligo de la luna; a sangre y fuego fue tomada por los conquistadores, convirtiéndose en la primer ciudad del continente, centro del poder político de un imperio extinto y la región más transparente del aire. La ciudad ha cambiado, con violencia siempre.

La utopía de un nuevo mundo, la sangre coagulada, los cráneos y las rocas talladas por la mano se mezclaron para formar los cimientos de la más antigua urbe que aún se mantienen en pie ―cojeando de una pata― en el continente. Ciudad convulsa que exhala una necesidad de existir, que persiste flotando sobre un lago moribundo, que se yergue como una afrenta sobre el suelo frágil y blandengue de su valle.

Este punto de piedra y carne ha resistido los golpes de la naturaleza, las inundaciones constantes ―como si del retorno de los viejos dioses se tratara― han anegado la ciudad en varias ocasiones, aun ahora depende esta frágil criatura de un intrincado sistema de arterias pluviales. Los temblores que agitan el suelo hasta licuarlo, estremecen constantemente el cuerpo viejo de los edificios. La propia ciudad expansiva ha llevado al límite su capacidad de supervivencia.

Tanto la arquitectura o las arquitecturas de la ciudad, algunas separadas por cientos de años y de pie hombro con hombro, como los magníficos volcanes ―que ya rara vez podemos ver― son parte del paisaje (físico, imaginario y simbólico) cambiante: máscaras de la ciudad que cubren su rostro marcado por los años y las violencias. Son el espacio en el que la vida transcurre, donde los ciudadanos, habitantes de la polis sobre-viven.

Desde la fundación de México-Tenochtitlan, gran capital del imperio Mexica, hasta su caída en 1521 a manos de los conquistadores, y durante los últimos cinco siglos hasta llegar al presente, la ciudad se ha transformado dramáticamente. Tales cambios no han pasado desapercibidos para sus habitantes quienes nos han legado su testimonio a través de los años, y lo han hecho de muchas formas.

La exposición Transformaciones del paisaje. La herencia de Velasco ―con sede temporal en el Museo Nacional de Arte― hace un recorrido por los paisajes del pintor, un homenaje a su trabajo y a la ciudad proteica cuya esencia siempre es la misma, pues con todo lo monstruosa, terrible y mutable que es, no pierde el título de la muy noble e insigne, muy leal e imperial Ciudad de México.

La exposición se apoya en pinturas que anteceden las de José María Velasco, así como en trabajos de pintores que le suceden: Juan O’Gorman, Dr. Atl, Luis Nishizawa. Se pueden mirar los retratos de la ciudad, su crecimiento con los años como si de un ser viviente se tratara, casi consciente de su devenir caprichoso e indómito.

Pero la pintura no está sola en esta ocasión, pues se incluyen fotografías aéreas, cortesía de la Fundación ICA. Velasco suple su carencia de alas con imaginación, pero ya entrados en la modernidad, los vuelos y las cámaras han permitido mirar las ciudades de otro modo.

Se enfrenta uno a la transformación de la ciudad, a una historia visual de este ser complejo en el que vivimos, que salta de los oleos y las fotografías, que evoca las ciudades ausentes, las ciudades invisibles, el cuerpo de la megalo-polis. El diálogo entre pintura y fotografía, alguna vez enfrentadas por la hegemonía de la visión, potencia la mirada a la ciudad a través de la suma de ambas. Invitación a reflexionar la ciudad, sus formas de apropiación, de construcción o destrucción de la ciudad posible, de las que ha sido y nunca volverá a ser, esta, nuestra ciudad.

Algo visceral

Ver los retratos de la ciudad-quimera: con coraza de piedra, millones de ojos de cristal, extremidades formidablemente fuertes, larguiruchas y chatas, adornadas o lizas, exhalando un humo azulado, padeciendo estertores y espasmos, como si algo terrible―de vez en cuando― la golpeara, me da la impresión de estar parado sobre un dios. Sobre una obra incomprensible, y temo, pues “las vísceras de una ciudad pueden ser ofendidas por el hombre que no siente el mundo como un animal viviente y que, al pisar la Tierra, cree que puede poner el pie en cualquier lugar, ignorando que, al transitarla, podría hacerla temblar y sumergirla”, en palabras de María Zambrano.

La ciudad de México es una ciudad que evade su propio peso, que flota sobre el agua, ciudad-chinampa, con plumas en las escamas duras y ojos de jade. Auténtica ciudad-proteo, como el dios primero, ciudad primera que los hombres de ultramar fundaron con la fuerza de la espada. La tragedia de nuestra ciudad, y de nosotros que la vivimos, es la del constante mutar, transformarse para sobrevivir, para no hundirse bajo el peso de su propia leyenda, de sus muros gruesos como los brazos de un dios frenético, bajo el peso de su propio esqueleto de piedra y acero.

RMM / GT / @Seliztli

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