La lectura y sus fetiches

"Dizziness" (1998), Iman Maleki

“Dizziness” (1998), Iman Maleki

RAÚL BRAVO ADUNA |

 

Leer sabe a lugar común y fetiche. Parece tolvanera de símbolos e íconos casi siempre predecibles y fácilmente reconocibles: la taza de té y lluvia que acompañan un libro en medio de una mañana melancólica, la página 371 de aquella edición viejita de los poemas completos de Sandburg que huele a cigarro y café de hace casi cien años, la novela que cambió nuestra vida a eso de cuarto de preparatoria y que nadie más puede guardar una relación similar con ella, los tres versos bien guardados que te recordarán para siempre aquel corazón rotísimo que dejaste en la mesa de un café que mejor has preferido mantener en el olvido, la mirada intelectual (e intelectualoide) al vacío para reflexionar sobre aquella oración última que lleva en potencia la capacidad de reconstruir u obliterar tu mundo, aquel libro desgastado que apenas puede sostenerse porque lo sigues leyendo y releyendo, subrayando y anotando sin importar la intimidad con la que lo conoces, además de un longuísimo etcétera que puede encabalgarse a la lista. Leer sabe, reitero, a lugar común y fetiche.

Y junto con los fetiches asociados a la lectura, vienen los estereotipos imputados sobre quienes leen. Tipos ociosos, por supuesto, que no saben “vivir la vida” (como si leer fuera excluyente de la experiencia) y se dedican a malgastar horas y dioptrías en empresas inútiles.

El mismo Quevedo decía, sin darse cuenta de lo alarmante de sus propias palabras, que leer es platicar con los muertos; es decir, un acto sin vida, sin vigor, sin placer más allá del intelectual. Como bien dice la señorita Pratt a Humbert Humbert, cuando busca inscribir a Lolita en la Beardsley School en la novela de Nabokov: “… with due respect to Shakespeare and others, we want our girls to communicate freely with the live world around them rather than plunge into musty old books”. ¿Pero acaso hay forma más libre de comunicarse con el mundo que mediante la lectura?

Pasar los ojos por meras palabras lleva, consecuentemente, a pasar los ojos por el mundo entero, aunque no nos demos cuenta. La experiencia sensorial del libro, aunque sea electrónico, nos obliga a escuchar, oler y sentir las palabras, no sólo mediante construcciones imaginarias, sino, también, mediante conexiones azarosas que se van haciendo mientras leemos.

En busca del tiempo perdido, por ejemplo, no me sabe ni huele a madalenas empapadas en té, sino a comida hindú y helado de pistache, que sirvieron de preludio a la última vez que intenté leer el mamotretísimo proustiano, hace ya más años de los que me gustaría aceptar. Igualmente, y por desgracia, algunos de mis poemas favoritos de Borges huelen y saben a chilaquiles culeros de la cafetería del ITAM. Cada que escucho a Gotye y su canción insufrible regreso inevitablemente a una esquina en San Francisco que huele a palabras de Hitchens.

La lectura entreteje relaciones entre lector, su alrededor y las palabras que se acarician al leer. Y quizá es por ello que haya tanto fetiche alrededor de la lectura: es una actividad que deja huella, escoriaciones de cuerpo completo, casi imposibles de borrar. Los libros se quedan impresos en el lector no solamente por sus palabras o ideas, ni tampoco, únicamente, por las emociones y sentimientos que generan; leer obliga a establecer interlocuciones con momentos, objetos y eventos.

Leer, no me queda duda, es conversar con el mundo.

| RMM | RBA | @rbaduna |

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Raúl Bravo Aduna es ensayista y editor.

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