La transformación de Martin Burney – O. Henry

A propósito de la planta calmante de Sir Walter, echemos un vistazo al caso de Martin Burney:

Se hacía la construcción de la carretera a lo largo del borde oeste del río Harlem. El bote de Dennis Corrigan, subcontratista, permanecía amarrado a un árbol en la orilla. Veintidós hombres de a la pequeña isla verde trabajaban en la construcción de sol a sol. Uno que se encargaba de la cocina del bote pertenecía a la estirpe de los Godos. Sobre todos ellos estaba el exorbitante Corrigan, hostigándolos como el capitán de una tripulación de galera. Les pagaba tan poco que la mayoría del grupo, trabajando como podían, apenas ganaban lo suficiente para un poco de comida y tabaco. Muchos tenían deudas con él. Corrigan hacía que todos abordaran la nave y los alimentaba bien, pues pronto se lo pagarían con creces.

Martin Burney estaba muy por detrás de todos ellos: era un hombre pequeño, todo músculos, pies y manos, con una crespa barba de un rojo opaco. No era suficientemente fuerte para el trabajo, que hubiera excedido la capacidad de una excavadora.

La faena era ardua. Además, las orillas del río estaban repletas de mosquitos. Los trabajadores veían el sol que anunciaba la hora del día que les era menos amarga como el niño que fija su mirada en la luz mortecina y reconfortante de una ventana en una habitación a oscuras. Después de la cena, se amontonaban a orillas del río a ahuyentar a los mosquitos, aturdidos y quejumbrosos, de las malignas humaredas de veintitrés pipas. Así, unidos grupalmente contra el enemigo, le arrancaban a la hora unas cuantas y bien fumadas gotas de la taza de la felicidad.

Cada semana, la deuda de Burney crecía más y más. Corrigan tenía algunos bienes en el bote que vendía a precios nada desfavorables para él. Burney era un buen cliente del mostrador de tabaco. Un saco cuando iba a trabajar y uno más cuando volvía por la noche, así era como su cuenta incrementaba a diario. Burney era un pedazo de fumador, aun así no era verdad que hacia sus comidas con la pipa en la boca como se rumoraba. El pequeño hombre no estaba del todo descontento: tenía suficiente para comer, abundante tabaco y un tirano al que maldecir. ¿Cómo no iba estar satisfecho un irlandés como él?

Una mañana, mientras se disponía a iniciar la jornada con los demás, se detuvo en el mostrador de pino por su usual saquito de tabaco.

–No hay más para ti –le dijo Corrigan–. Tu cuenta está cerrada. Estás generando pérdidas. No, ni siquiera tabaco, hijo mío. No más tabaco a cuenta. Si quieres trabajar y seguir comiendo, adelante, pero ese humo tuyo se ha disipado ya. Mi consejo es que busques un nuevo trabajo.

–No tengo tabaco en mi pipa para fumar hoy, señor Corrigan –dijo Burney, sin entender que algo así pudiera sucederle.

–Gánatelo –dijo Corrigan–. Y después cómpralo.

Burney se quedó. No sabía de ningún otro trabajo. Al principio no se dio cuenta de que el tabaco había llegado a ser su padre y su madre, su confesor y su amor, su mujer e hijo.

Por tres días logró rellenar su pipa a expensas de otros, pero después ninguno lo permitió más. Le dijeron, con rudeza aunque amistosamente, que de todas las cosas en el mundo el tabaco debe ser la que más rápido se provea a un semejante que la desee, pero que más allá de la inmediata necesidad, una petición a expensas de la reserva de un camarada representa un gran peligro para la amistad.

Entonces la oscuridad del abismo surgió y colmó el corazón de Burney. Chupando el cadáver de su difunta pipa, se tambaleaba en sus labores con la carretilla llena de piedras y mugre, sintiendo que por primera vez la maldición de Adán se había cernido sobre él. Otros hombres despojados de ese placer hubieran recurrido a otros deleites, pero Burney tenía únicamente dos gustos en la vida: uno era su pipa y el otro era una estática esperanza de que no hubiera carreteras por construir al otro lado del Jordan.

A la hora de la comida dejaba que los demás entraran al bote, y arrastrándose ferozmente en el lugar donde habían estado, intentaba encontrar algunas migajas extraviadas de tabaco. Alguna vez se escabulló a la ribera y llenó su pipa con hojas muertas de sauce. A la primera bocanada de humo escupió en dirección al bote y lanzó la peor maldición que sabía contra Corrigan; una que comenzaba con los primeros Corrigans nacidos en la tierra, y terminaba con los Corrigans que escucharían soplar la trompeta de Gabriel. Empezó a odiar a Corrgian con toda su alma. Incluso la idea del asesinato se le presentaba vagamente. Pasó cinco días sin el sabor del tabaco, él que fumaba todo el día y que pensaba que la noche era un desperdicio si no despertaba para un pipazo o dos bajo las sábanas.

Un día un hombre se detuvo junto al bote y dijo que había trabajo en el Bronx Park, donde se requería una gran cantidad de empleados para realizar algunas remodelaciones.

Después de la cena, Burney anduvo unas treinta millas río abajo, lejos del enloquecedor aroma de las pipas. Se sentó en una piedra. Pensaba que quizá se largaría al Bronx. Al menos ahí podría conseguir tabaco. ¿Y qué si los registros decían que le debía a Corrigan? Cualquier trabajo valía la pena. Pero odiaría irse sin quedar a mano con el desalmado carcelero que había extinguido su pipa. ¿Habría alguna forma de hacerlo?

Pisando suavemente los terrones se acercó Tony, el del linaje de los godos que trabajaba en la cocina. Le sonrió a Burney, y ese hombre infeliz, lleno de una animosidad racial y despreciando los modales, gruñó:

–¿Qué quieres, tú… Dago?

Tony tenía una queja… y un complot. Él también odiaba a Corrigan y estaría encantado de ver ese odio en otros.

–¿Qué piensas del señor Corrigan? –preguntó–. ¿Te parece agradable?

–Al diablo con él –respondió Burney–. Que su hígado se convierta en agua, y sus huesos se quiebren con el frío de su corazón. Que hinojo de perro crezca en las tumbas de sus ancestros, y que los nietos de sus hijos nazcan sin ojos. Que el whiskey se haga leche en su boca, y cada vez que estornude, que le broten ampollas en los pies. Que el humo de su pipa lo haga llorar, y que las gotas caigan en el pasto donde comen sus vacas y envenenen la mantequilla que unta en su pan.

A pesar de que Tony permanecía ajeno a la belleza de estas imágenes, extrajo de ellas la convicción de que Burney era suficientemente anti-Corrigan para sus propósitos. Así, con la confidencia de un conspirador aliado, se sentó junto a Burney y relató su plan.

Era de diseño simple. Cada día después de la cena, Corrigan solía dormir un rato en su litera. A esa hora era el deber del cocinero y su ayudante, Tony, salir del barco para que ningún ruido molestara al autócrata. El cocinero siempre aprovechaba ese momento para ejercitarse en caminata. El plan de Tony era el siguiente: Después de que Corrigan se durmiera, él y Burney cortarían las amarras que mantenían el bote en la orilla. Tony no se atrevía a hacerlo solo. Después, el barco oscilaría hacia la abrupta corriente y seguramente se voltearía contra las rocas que había debajo.

–Hagámoslo de una vez –dijo Burney–. Si te duele la espalda por los azotes que te dio como me duele a mí el estómago por el deseo de un poco de humo, no podemos cortar las cuerdas rápidamente.

–Está bien –dijo Tony –. Aunque será mejor que esperemos unos diez minutos más. Démosle a Corrigan suficiente tiempo para que se quede dormido.

Aguardaron sentados en la piedra. El resto de los hombres trabajaba lejos en una cuesta del camino. Todo habría salido bien con Corrigan si Tony no hubiera querido decorar la intriga con su convencional acompañamiento. Era de un carácter dramático, y quizás adivinó instintivamente el apéndice de las maquinaciones villanescas como lo prescribe la puesta en escena. Extrajo de su pecho un largo, hermoso, negro, venenoso cigarro y se lo ofreció a Burney.

–¿Quieres fumar un poco mientras esperamos? –preguntó.

Burney lo tomó y arrancó la punta como un terrier que muerde a una rata. Lo colocó en sus labios como un amor perdido hace largo tiempo. Cuando comenzó a inhalar el humo, dio un largo y profundo suspiro, y las cerdas de su rojo bigote se encresparon en el cigarrillo como las garras de un águila. Lentamente, el enrojecimiento se desvaneció de sus ojos. Fijó la mirada ensoñadamente en las cordilleras al otro lado del río. Los minutos iban y venían.

–Es hora de irnos –dijo Tony–. Ese maldito Corrigan estará en el río muy pronto.

Burney salió de su trance con un gruñido. Se volvió y miró con una sorpresiva y dolorosa severidad a su cómplice. Alejó parcialmente el cigarro de su boca, pero volvió a chuparlo inmediatamente, lo mordió cariñosamente un par de veces, y habló, entre virulentas bocanadas, desde las comisuras de la boca:

–¿Qué pasa, gritón? ¿Jugarías tretas en contra de las razas ilustradas de la tierra, tú, instigador del crimen? ¿Buscas persuadir a Martin Burney para que caiga en los trucos de un indecente Dago? ¿Quieres asesinar a tu benefactor, el buen hombre que te da comida y trabajo? ¡Toma esto, asesino piel de calabaza!

El torrente de indignación de Burney condujo a la agresión física. De un puntapié tumbó al futuro cortador de cuerdas de su asiento.

Tony se incorporó y huyó. Relegó su venganza una vez más al archivo de cosas que pudieron haber sido. Corrió más allá del bote, y aún más y más lejos; tenía miedo de quedarse.

Burney, con el pecho inflamado, vio cómo desaparecía su antiguo conspirador. Después él también partió, dirigiendo sus pasos hacia el Bronx.

En su tránsito dejaba un rancio y pernicioso rastro de humo fétido que trajo paz a su espíritu y condujo a los pájaros de la carretera hacia la más profunda espesura.

O. Henry

Traducción de Charuan Aguilera Bezrokov

Texto original en: O. Henry, 100 selected stories. Hertfordshire: Wordsworth, 2012, pp. 499-504.

Imagen: http://images.fineartamerica.com/images-medium-large-5/old-man-with-pipe-emerico-imre-toth.jpg

Charuan Aguilera Bezrokov (Ciudad de México, 1994) es estudiante de letras hispánicas, le gusta la prosa de Stevenson y la tipografía del siglo XVII… poco más.

Comments are closed.