Tomas Tranströmer nació en Suecia en 1931. Estudió psicología en la Universidad de Estocolmo y se aficionó desde temprana edad a la entomología, aunque dedicó su vida a la música y a la literatura. Su poesía completa, escrita a lo largo de cincuenta años, apenas rebasa las 200 páginas. No obstante, la fuerza, la precisión y la delicadeza de sus palabras lo han llevado a ser considerado el poeta escandinavo más importante de la posguerra. Sus poemas son como una epifanía: estremecedores y plenamente humanos, sin que por eso se destruya el entorno frágil y silencioso que construyen. En 1990, sufrió una apoplejía que lo confinó a una silla de ruedas, con la mitad derecha del cuerpo paralizada, y a la pérdida del habla. Recibió numerosos premios entre los cuales destacan el Premio Internacional Neustadt de Literatura (1990), el Premio Nobel de Literatura (2011) y su aceptación como miembro honorario de la Real Academia Sueca de Música. En 2002 grabó Klangen sager att friheten finns (El sonido es una declaración de libertad), un disco con lecturas de poesía e interpretaciones suyas de piezas para piano compuestas para la mano izquierda. Murió en la capital sueca, su ciudad natal, en 2015. Además de trece poemarios, escribió un libro de memorias (Los recuerdos me miran, 1993), que contiene el siguiente texto, titulado “Latín”.

LATÍN

(Traducción del sueco al inglés por Robin Fulton y del inglés al español por Fabián Espejel)

En el otoño de 1946, entré a la división de latín en el bachillerato. Esto significaba nuevos maestros: en lugar de Målle, Satan, Slöman (slö = aburrido) y compañía, vinieron personajes como Fjalar, Fido, Lillan (el pequeñín), Moster (la tía) y Bocken (el catrín). Este último fue el más importante, porque fue mi maestro y ejerció en mí mayor influencia de la que hubiera reconocido en aquel entonces, ya que nuestras personalidades chocaban.

Unos años antes de que fuera mi maestro, tuvimos un momento de acercamiento dramático. Yo iba retrasado cierto día e iba corriendo a lo largo de un pasillo de la escuela. Otro muchacho venía a toda prisa hacia mí en la dirección contraria. Se trataba de G., quien pertenecía a una clase paralela y era bien conocido por ser un bravucón. Entre gritos, nos detuvimos, frente a frente, sin casi tratar de evitar la colisión. Nos encontrábamos solos en el pasillo y este frenado repentino generó muchas agresiones. G. aprovechó la oportunidad –su puño derecho se estampó en mi diafragma. Mi vista se ennegreció y caí al piso, gimiendo como mademoiselle de novela decimonónica. G se esfumó.

Al despejarse la oscuridad, me di cuenta de que miraba a una figura que se agachaba sobre mí. Una lánguida voz, chillona y cantarina, repetía desesperada, “¿Qué pasa?”, ¿Qué pasa?” Vi una cara rosada con una barba cuidadosamente recortada, blanca como gis. La expresión del rostro era de preocupación.

Esa voz, esa cara, pertenecían al maestro de griego y latín Per Venström, alias Pelle Vänster (vänster = izquierda), alias Bocken. Afortunadamente se contuvo de preguntar por qué estaba en el piso, y pareció satisfecho cuando vio que podía caminar sin ayuda. Por haber mostrado preocupación y haberse visto de alguna manera dispuesto a ayudar, me hice la idea de que Bocken era en el fondo una persona bienintencionada. Un poco de esa impresión también persistió más tarde, aun cuando tuvimos problemas.

La apariencia de Bocken era elegante, bastante teatral a decir verdad. Solía acompañar su barba blanca con un sombrero oscuro de ala ancha y una capa corta. Lo mínimo de ropa invernal. Un toque evidente de Drácula. De lejos, parecía superior y decorativo; de cerca, su rostro se mostraba a menudo como el de un indefenso.

La entonación medio cantada que lo caracterizaba era una elaboración personal del dialecto de Gotland.

Bocken padecía de artritis crónica y rengueaba notoriamente, aunque se las ingeniaba para moverse con rapidez. Siempre hacía una entrada dramática al salón, arrojando su portafolios en el escritorio; entonces, después de algunos segundos, sin duda sabíamos si su humor era favorable o violento. El estado del tiempo evidentemente afectaba sus ánimos. En los días fríos sus clases podían ser plenamente alegres. Cuando la baja presión y los cielos nublados venían, sus clases se arrastraban en una atmósfera laxa y aburrida acentuada por esos inevitables arranques de ira.

Él pertenecía a la categoría de seres humanos que son casi imposibles de imaginar en otro rol que no sea el de maestro. De hecho, se podría decir que era difícil imaginarlo como cualquiera otra cosa que no fuera un maestro de latín.

En el penúltimo año del bachillerato, mi propio estilo de poesía modernista estaba en camino. Al mismo tiempo, me sumergí en la poesía antigua y cuando nuestras clases de latín pasaron de los textos históricos de guerras, senadores y cónsules a los versos de Catulo y Horacio, fui transportado voluntariamente al mundo poético que estaba a cargo de Bocken.

Ahondar minuciosamente en los versos era educativo. Ocurría algo así. Los alumnos tenían que leer una estrofa, de Horacio quizá:

Aequam memento rebus in arduis

            servare mentem, non secus in bonis

                        ab insolenti temperatam

                                   laetitia, morituri Delli

Bocken gritaría: “¡Traduzca!” y el alumno obedecería:

A la mente ecuánime… ah… Recuerda conservar ecuánime la mente en las cosas… no… en la adversidad… no de otro modo… ah… en la for-… la fortuna… lejos de la alegría arrogante, Delio que morirás.

Era entonces cuando el luminoso texto romano realmente descendía a la tierra. Pero al siguiente momento, en la siguiente estrofa, Horacio regresaba en latín con la milagrosa precisión de su poesía. Esta alternancia entre lo trivial y deteriorado de un lado, y lo resaltante y sublime del otro me enseñó mucho. Tenía que ver con la condición de la poesía y la vida. Que a través de la forma algo podía ascender a otro nivel. Los pies de la oruga ya no estaban, las alas se desplegaron. ¡Uno nunca debe perder la esperanza!

Tristemente, Bocken nunca se dio cuenta de lo cautivado que estaba por aquellas estrofas clásicas. Para él, yo era un estudiante bastante provocativo de quien sus incomprensibles poemas muy de los cuarenta aparecieron en la revista escolar —eso fue en el otoño de 1948—. Cuando vio mis esfuerzos, con evasiones de mayúsculas y signos de puntuación, reaccionó indignado. Pasé a ser identificado como parte de la marea creciente del barbarismo. Definitivamente alguien así debe ser inmune a Horacio.

La imagen que tenía de mí fue, posteriormente, opacándose después de una clase de latín medieval concerniente a la vida del siglo XIII. Era un día nublado; esto afectaba a Bocken y su ira sólo esperaba estallar. De repente, lanzó la pregunta: ¿quién era “Erik el tartamudo”? Erik había sido referido en nuestro texto. Contesté que fue el fundador de Grönköping[1]. Esto fue un acto impulsivo de mi parte, que nació del deseo de aligerar la atmósfera opresiva. Pero Bocken se enojó, no solamente en ese momento sino hasta el final del curso cuando recibí una “advertencia”. Se trataba de un breve mensaje enviado a mi casa, debido a que el alumno se comportó de manera negligente en clase, en este caso latín. Como mis calificaciones en los trabajos escritos eran altas, esta “advertencia” se refería, presumiblemente, a la vida en general más que a mi desempeño en latín.

En mi último año de bachillerato nuestra relación mejoró. Mientras hice mis exámenes, la relación fue bastante cordial.

En ese entonces, dos formas de estrofa horaciana, la sáfica y la alcaica, comenzaron a encontrar su camino en mi propia escritura. En el verano, después de matricularme, escribí dos poemas con estrofas sáficas. Uno era “Oda a Thoreau”, más tarde delimitado a “Cinco estrofas a Thoreau”, habiendo borrado las partes más inmaduras. El otro era “Tormenta”, de la secuencia “Archipiélago autumnal.” Pero no sé si Bocken los llegó a conocer. Métrica clásica —¿cómo fue que la use?—. La idea simplemente llegó. Pues vi a Horacio como un contemporáneo. Era como René Char, Oskar Loerke o Einar Malm. La idea era tan ingenua que se volvió sofisticada.

[1] El pueblito arquetípico. Según la revista satírica semanal Grönköping Veckoblad, el pueblo fue fundado por el rey Erik Eriksson (1216 – 1250), conocido como Erik el tartamudo.


Fotografía de Caj Westerberg.

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Fabián Espejel (Ciudad de México,1995) es poeta, traductor y estudiante de Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es editor de Cultura y Humanidades de la revista en línea Paradigmas. Textos suyos han aparecido en Literal. Latin American Voices y Página Salmón.