Letra y música de las visiones

Hildegard von Bingen

CARLOS EDUARDO MALDONADO |

Todo aquel que escribe, compone, pinta o esculpe, por ejemplo, sabe que la creación surge de algo así como una intuición —para algunos incluso de una voz interior—, una visión totalizante que luego hay que ir componiendo analítica, gradual, procesalmente, sin dejar de lado una suerte de improvisación en el camino que va emergiendo sencillamente. Independientemente de nosotros. La creación va siendo guiada por esa intuición, a la que todo lo demás le es subsidiario. El formalismo, necesario siempre, es un parásito de la intuición. Necesario como la E. coli (Escherichia coli) que vive en nuestros intestinos y sin la cual no viviríamos.

Hay casos conspicuos, pocos, pero documentados, de visionarios que fueron, como sucede en el caso de la creación de Hildegard von Bingen, objeto mismo de la fuerza o el poder creador. Porque la inteligencia es exactamente eso: una fuerza, y como toda fuerza, brutal, ciega, indómita. (Como el sexo, también, por ejemplo). Hay quienes son dominados por la inteligencia, y entonces terminan, brillantes, en algún socavón social o cultural. Y hay quienes, por alguna razón, logran dominar a esa fuerza que es la inteligencia, y logran, supuestas muchas otras eventualidades, realizar una obra notable de impacto.

La fuerza de la inteligencia, esa fuerza que puede conducir hasta la locura, y más allá de ella, en ocasiones contadas, hasta la genialidad. Como una emergencia, como un acontecimiento.

Karl Jaspers ha estudiado a esos locos genios maravillosos que son Strindberg, Van Gogh, Swedenborg y Hölderlin. Más allá del ideal romántico de “genio y locura”. Y ha mostrado cómo la locura ha sido un nutriente en la creación. Para no hacer referencia a ese breve estudio hermoso de Aristóteles mismo sobre la melancolía. O como ese otro caso, ya bastante popular, que es John Forbes Nash, de quien su decano dijera en una ocasión: “Si le hubiera hecho caso al hecho de que John estaba loco, nos hubiéramos perdido un premio Nobel”. Y tantos otros casos semejantes.

En fin, nadie que no sea normal, se dice, no puede crear. Pues la creación es una experiencia que sucede lejos del equilibrio.

La antropología misma, en un momento dado, se ha asumido como esa ciencia que busca lo extraño y ajeno, también, en ocasiones, a través de experiencias límites (productos psicotrópicos, naturales y artificiales). Artaud y los trabajos sobre Carlos Castaneda, el Maestro Don Juan, y esa obra monumental de Frazer que es La rama dorada. Y los trabajos, numerosos y profundos, de Mircea Eliade exactamente ahí: en el filo del caos. Y en otro espacio, esas experiencias igualmente místicas y visionarias de Avicena y de Suhrawardi, el filósofo persa contemporáneo de la abadesa alemana Hildegard von Bingen.

En efecto, Hildegard von Bingen merece un lugar propio en este espacio. Nacida en 1098, es hija directa del período gótico —ese que nace y ancla en l’Ile de France (París) —; el gótico, el descubrimiento de la luz en el medioevo (mucho antes de Newton, y de la electricidad). Después del románico, ese arte de moles y masas.

Hija de un hogar próspero, es internada en un convento a los ocho años para convertirse más tarde en monja. Monja y abadesa, y al cabo, santa. Pero (relativamente) mucho tiempo antes, a los tres años, ya tenía las primeras visiones. “Una luz tal, que mi alma tembló, pero debido a mi niñez —habría de confesar mucho tiempo después, siendo ya adulta—, nada pude proferir acerca de esto”.

Pero habrá de ser a los cuarenta y dos años —en el medioevo las expectativas de vida llegaban a los treinta cinco años, de acuerdo con estudios de la demografía—, cuando tiene la verdadera visión de luz, aquella que le ordena escribir cuanto ve, a la que se rehúsa Hildegard, y por lo cual habrá de sufrir enfermedades y padecimientos hasta que consiente en acatar las ordenanzas de la luz. Y así escribe una obra eximia: Scivias, y Liber Divinorum Opera (“El libro de las obras divinas”), el Liber Vitae Meritorum (“Libro de los méritos de la vida”), Lingua Ignota y esas joyas musicales, que son las Armonías celestiales. Responsorios y Antífonas —en realidad, compuestas por antífonas, responsorios, himnos y secuencias— hoy disponibles en discos de varias versiones. Para no mencionar la correspondencia, rica, variada y profunda. Hildegard, la igual (inter pares) con monstruos como Bernard de Clairvaux y Hugo de San Víctor, antecesora en mucho de Pedro Abelardo, corresponsal de poderosos (emperadores y papas), entre otros.

La obra más interesante desde el punto de vista que aquí nos interesa es el Scivias —la forma abreviada de Scito vias Domini, esto es, “Conoce los caminos del Señor”—. Este se compone de 26 visiones, acompañadas por 35 ilustraciones. Cada visión es presentada primeramente, y luego la autora del libro presenta la interpretación de cada una de ellas. Notablemente, llama a sus visiones “luz”, “llama”, incluso “Sabiduría” y “Claridad”. Pero las interpreta como “Dios”.

Consistente, en verdad: ver el misterio, atribularse con la visión, pero llamarla… bueno, con el nombre de su cultura. En cualquier caso, saber que la visión es la fuente de la inspiración y el motivo mismo de la obra. Literalmente, saberse a sí misma como el medio para la expresión de la visión misma como obra: poética y musical, argumentativa y alegórica.

Por su parte, las Sinfonías se componen de 57 canciones, las que la abadesa misma compuso y compiló, aunque después de su muerte se compilan en total 75 canciones y poemas. La antífona se cantaba antes o después de los salmos. Los responsorios, el canto más antiguo en la iglesia cristiana, es una salmodia que se canta después de las lecturas en el oficio religioso. En cualquier caso, la unión de música y palabra se corresponde por completo, en la estética medieval, con la unión de cuerpo y alma: la música expresa al espíritu, y la palabra al cuerpo.

Sin embargo, hay que decir que la visión, mejor: en plural, las visiones de Hildegard hubieron de componerse en un trabajo denodado y difícil, disciplinado y apasionado a la vez, un trabajo, en el caso suyo, con la ayuda de varios escribientes y ayudantes y ayudantas. El trabajo mismo de la escritura y de la composición musical. Si bien las visiones son gratuitas e inmediatas, la escritura exige de proceso, cuidado y filigrana. En esta difícil combinación radica el genio mismo, sin lugar a dudas.

Hildegard nos cuenta cómo y cuándo fue su experiencia visionaria: “A la edad de cuarenta y dos años y siete meses, vino del cielo abierto una luz ígnea que se derramó como una llama en todo mi cerebro, en todo mi corazón y en todo mi pecho. No ardía, sólo era caliente, del mismo modo que calienta el sol todo aquello sobre lo que pone sus rayos. Y de pronto comprendí…”.

De hecho, Margarethe von Trotta hizo en 2009 una película fantástica —como todo lo de Von Trotta—: Vision sobre esa santa, destacando el papel que como mujer cumplió, anodinamente, en una época en la que no solamente la mujer no existía aún —la mujer será inventada o descubierta por el siglo XX, propiamente dicha—, y en la que el individuo mismo tampoco ha sido inventado o descubierto en la historia de Occidente —para lo cual, en rigor, habrá que esperar al Renacimiento—.

En fin, Hildegard von Bingen, la heredera inmediata de Aspasia, Perictione e Hipatia. Y la primera de todas ellas, en esa memoria que se hunde hasta “la noche de los tiempos” (Thomas Mann), Merit Ptah, en el antiguo Egipto.

“En esta visión comprendí los escritos de los profetas, de los Evangelios y de otros santos y filósofos sin ninguna enseñanza humana y algo de esto expuse, cuando apenas tenía conocimiento de las letras, tal y como me enseñó la mujer iletrada. Pero también compuse cantos y melodías en alabanza a Dios y a los santos sin enseñanza de ningún hombre, y los cantaba, sin haber estudiado ni neumas ni canto”, dice la visionaria. Una mujer formada en las Escrituras y sus tradiciones, logra acceso a la cultura humana, para bien de los hombres, de su época.

“Soy un ser indocto que no ha recibido enseñanza alguna de temas exteriores. He sido instruida en el interior de mi alma”, confiesa en una carta a Bernardo de Claraval.

Las visiones de Von Bingen están llenas de cromatismos, incluyen olores, unos agradables y otros nauseabundos, y también voces, cantos y lamentos, según el caso. En sentido estricto, una visión solo le habla a su época —epocalmente hablando; no necesariamente en sentido histórico—, y a su vez, la época está contenida en la visión. Es un ejemplo típico de autorreflexividad total, referencia de sí misma a sí misma, finalmente, identidad y tautología. Es irremisiblemente lo sí mismo, nunca lo otro. En verdad, se trata de la totalidad que es plenitud, que se sabe y se quiere a sí misma.

Y sin embargo, la visión se define por el misterio. El cual, por definición no puede ser resuelto. Resuelto ni traducido. De lo contrario, simple y llanamente ya no sería misterio. Y por esencia todo misterio es polisémico. El misterio, aquello que aún no ha sido dicho, aquello que no ha sido resuelto, en fin, aquello mismo que no ha sido visto, por definición, por los más. Sólo por unos pocos; y ocasionalmente, por alguno.

Una cosa es fundamental aquí. En las visiones la abadesa “jamás sufrió la ausencia de éxtasis”. Y sus visiones no son cosa de un instante fugaz: “Veo estas cosas despierta, tanto de día como de noche. Y con frecuencia estoy atada por enfermedades y atenazada por fuertes dolores, hasta tal punto que amenazan con llevarme a la muerte. Pero hasta ahora Dios me ha sustentado”. Y agrega: “La luz que veo no pertenece a un lugar. Es mucho más resplandeciente que la nube que lleva el sol…”. “De ningún modo soy capaz de conocer la forma de esta luz”.

Hildegard se forma al interior de los conventos. Disibodenberg y Rupertsberg. Jamás recorrerá el mundo, si no es para mudarse de lugar, o acaso también para predicar en algunas ocasiones. El espacio pivota en torno a Mainz, aunque pueda extenderse, como fue efectivamente el caso, hacia el norte, a Colonia, y hacia el sur hacia lo que hoy es Frankfurt del Meno. Toda su cultura es la cultura misma de la iglesia de su época, pero su cultura, la de la Von Bingen, no es poca. Y sin embargo, el motor de su obra y pensamiento no se funda en su cultura, si bien la supone. Sino, en la experiencia misma de las visiones, pensamiento imaginativo, si cabe. Experiencia límite, definitivamente.

Las visiones no son, jamás, actos buscados; no existe propedéutica ni metodología alguna para o hacia las mismas. Son, sencillamente, experiencias que acaecen. Como acaecen las cosas grandes y las inflexiones importantes en la vida. La visión permite visualizar un espacio que no está en el espacio (mundano, euclidiano), y es fundamentalmente una experiencia no espacial. Eso: una vivencia. (Ninguna vivencia es espacial si bien acontece en el mundo). Y el tiempo de los alumbramientos del alma o el espíritu a sí mismo tampoco pertenece al tiempo del mundo. Es, si se quiere, el nunc stans.

¿El nunc stans? El presente es esencialmente un estado cuántico. Presente puro, y en el presente todas las posibilidades se cumplen al mismo tiempo. Sólo que en la visión, las posibilidades acaecen al visionario de un modo que sobrepasa la voluntad o el entendimiento. Plenitud, cumplimiento. Definitivamente, un acto de liberación, de realización.

En contraste con las alucinaciones, las visiones dejan huellas; en los ojos y en el rostro, en el cuerpo y, más importante que todo, en el mundo mismo. Aquí está la maravilla de una visión —contra una alucinación—: la visión transforma al sujeto como al mundo mismo, e implica un comienzo desde cero de la existencia misma. Nadie es el mismo (o la misma) antes que después de la visión. ¿Las alucinaciones? Se puede volver a ser la misma persona después, como es efectivamente el caso. En las alucinaciones, las rupturas suceden gradualmente, al cabo, en tanto que en las visiones la transformación es instantánea.

Pero veamos la imagen que acompaña a este texto. Esta, como varias otras, fue elaborada por indicación de la beata, y siguiendo siempre sus instrucciones. Pero no deja ser hermosa, como de hecho, toda la pintura medieval, la ingenuidad (naïveté) de la escena.

Al interior de un convento, Hildegard recibe sobre su cabeza la llama de la que habla en su Scivias, y toma nota de lo que la Sabiduría le ordena, como lo escribe. Una “poderosa” llama de cinco leguas, pintada en rojo, se extiende desde las alturas hasta la cabeza de la monja. Su rostro y su mirada se dirigen hacia abajo, hacia la libreta o cuaderno donde deberá escribir sus visiones. Con los tonos de las mismas. A su lado, un sacerdote, verosímilmente su eterno asistente, Volmar, observa con actitud respetuosa. Aunque bien podría ser su segundo secretario, el monje Gottfried. Como siempre en la pintura medieval las proporciones no corresponden a la realidad. Lo que cuenta son los símbolos. Y la trasmisión de los signos.

La visión, toda visión —cuando es propiamente tal— es una comprensión unificadora, visión de síntesis, jamás fragmentada ni fragmentadora. Se trata del todo (¿una totalidad?) que hace su epifanía de manera global, y se capta por vía no-analítica. Es la naturaleza misma de las intuiciones y el pensamiento imaginativo, de las visiones y las iluminaciones (Siddartha Gautama) acceder a una verdad de una vez, y no de manera segmentada. El todo se revela como tal, según cada caso. Ver, oír y saber son simultáneos. Ver, oler y escuchar coexisten al mismo tiempo. Saber y comprender y ver son una sola y misma cosa.

Que es, por ejemplo, lo que sucede con un poema o la belleza, con una armonía o un “sueño”, una obra, en fin. ¿Cómo decirlo? Un proyecto, una entrega, una vida.

Hildegard von Bingen se inscribe en la tradición mística, pero con la advertencia de que nunca alcanzó el rapto del éxtasis. A diferencia de Sor Juana Inés de la Cruz, o de Santa Teresa de Jesús, por mencionar al azar algunos (contra) ejemplos.

Realizó diversos milagros, esto es, curaciones y sanaciones, todos documentados debidamente. Y ya en vida fue considerada una santa. Sin embargo, la burocracia romana y del Vaticano impidieron tal reconocimiento, hasta que Benedicto XVI (alemán también) la declaró, en 2012, Doctora de la Iglesia. Un reconocimiento justo en sus proporciones.

Pues Hildegard, poeta, músico, filósofo, místico, científico (en sentido medieval), predicadora y curadora o sanadadora, llama su obra, integralmente, como “ciencia especulativa” —una expresión que para los empiristas y positivistas de hoy en día, siempre tan indoctos en historia, suena más bien incómodo—.

Al final, Hildegard von Bingen vivió ochenta y un años; falleció en el año de 1179. Una larga vida para su época, un acontecimiento verdaderamente atípico. Como excepcional su experiencia misma de las visiones, en las que lo simbólico y lo alegórico, lo real y lo fantasioso, lo imaginativo y lo epocal confluyen de manera armónica. Sí, armónica pero misteriosa.

Hay experiencias deslumbrantes. He aquí algunas de ellas:

Se cuenta que cuando Kant murió, los últimos instantes de su rostro se iluminaron, y sus últimas palabras, al tener una visión, fueron: “Es ist gut”. Que puede traducirse tanto como: “Es bueno(a)”, “Está bien”, o “Eso es bueno”.

Edmund Husserl, el padre de la fenomenología, dura tres días antes de su muerte totalmente mudo. Pero de repente, en el último momento, en la compañía de su esposa, Malvina, recobró la voz, su rostro se iluminó y exclamó: “Ich habe es gesehen. Aber ich kann es dir nicht sagen. Nein, das kann ich nicht”. Que podría traducirse: “Lo he visto. Pero no te lo puedo decir. No, no puedo hacerlo”. Y luego murió.

Y para no mencionar la visión, en rigor, la intuición intelectual, que tuvo Descartes cuando tuvo la visión de la unificación de toda la ciencia, producto de una luz enceguecedora, Descartes, poseído por un genio misterioso. En agradecimiento promete y cumple una visita a la Virgen de Loreto.

Hay experiencias deslumbrantes. Marcan la cultura y pueden en ocasiones marcar la historia. (Una cosa no necesariamente se corresponde con la otra. Este es un tema para otra ocasión. La cultura funge como el substratum de la historia, y si bien admite inflexiones de orden experiencial, no por ello rupturas o quiebres de carácter histórico). La ciencia, el pensamiento, deben poder tematizarlas y hacerlas comprensibles. Y la primera manera consiste en elaborar relatos sobre las mismas. Que es una forma de vivir esas experiencias singulares.

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Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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