Lo opuesto a la belleza no es…

“Two Girls Dressing a Kitten by Candlelight” (c.1770), Joseph Wright

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CARLOS EDUARDO MALDONADO |

La belleza nace en algún lugar antes que el ser humano, pero éste, en afán de complacerse, la toma para sí mismo. Y le otorga el espacio del arte y el nombre de la estética, y la rodea de gárgolas celosas como la filosofía, la propia ciencia y varias disciplinas próximas y lejanas. La belleza parece tener forma humana y expresarse, desde la antigüedad —en realidad, esta antigüedad que es el mundo occidental—, de patrones, normas, números y reglas fijas: el número áureo, por ejemplo, que es irracional: 1,6180339, una serie que nunca, por definición, culmina.

La proporción áurea es un número de unidad, una cifra relacional que muy pronto estuvo rodeada de mística. Lo áureo de la belleza, en efecto, jamás estuvo totalmente alejado de los valores de trascendencia. La belleza es una experiencia trascendente sin por ello asimilarla, en absoluto, a ningún credo particular ni a alguna iglesia. Y aquí hay una buena clave para pensar su opuesto.

Dicen quienes saben —aquí la literatura y el imaginario colectivo son prolíficos— que cuando uno se encuentra con un ángel se experimenta cierta sensación de luz, una intensa pero profunda alegría, tranquilidad y sosiego; en fin, en una palabra, la belleza acompaña la experiencia del encuentro. Y se dicen también, entonces, por vía de contraste, que cuando aparece un demonio se sufre desasosiego, se percibe una experiencia extraña, sensación de vértigo; atracción-rechazo ambientada de cierto saber, de curiosidad (malsano), es lo que acompaña e implica a uno de esos enviados del Maligno. Vaya uno a saber si las cosas, en efecto, son tan simples.

La belleza, como se colige, se contrapone a ese anclaje en lo cotidiano que es lo vulgar y lo ordinario. Que son dos expresiones de la normalidad. La belleza no se opaca por la fealdad, sino por lo ordinario y lo crudo.

Los matemáticos han enseñado hace tiempo que uno de los criterios de verdad de una ecuación o de una demostración es su belleza. Cuando más cerca estemos de la belleza, más seguros estaremos que la verdad está cerca. En este sentido, contra la belleza está lo artificioso, y de él, su más horrorosa expresión: la cosmética.

En efecto, la estética y la belleza, en el mundo feo de hoy (atención: no en el sentido de que el mundo sea feo, sino, mejor aún, de lo feo que es hoy el mundo), se asimilan para la consciencia vulgar, para la experiencia lapidaria, a la cosmética. Y entonces, conducidos por tres de los cuatro jinetes del apocalipsis, aparecen exaltados por la propaganda, la publicidad y el diseño; notable aunque no exclusivamente, el diseño industrial. Tonos pastel, cuerpos falsos, imposturas ingenieradas, filtros de diverso tipo para generar falsas atmósferas en los estudios o en los exteriores, sonrisas y cuerpos fabricados, deseos de deseos, como bien observaran Deleuze y Guattari. El imperio de la esquizofrenia.

Esa cotidianidad aplastante, esa sensación de cruda realidad, esa experiencia del peso de la gravitación universal. Eso es lo que evita a la belleza. Son numerosos, numerosísimos los enviados de lo no-bello. La fenomenología se hace aquí casi infinita. Los cobros bancarios, los lenguajes (¡todos!) de la burocracia y todos los procedimientos jurídicos —y siempre aquí Kafka proyecta una larga, muy larga sombra (El castillo; El proceso; La Condena; El nuevo abogado…); la metamorfosis del señor K. es el resultado de todo ese mundo que afea la existencia: el derecho, la política, la burocracia, la gravidez de la vida cotidiana—. Los registros policivos, las demandas de las aduanas, los lenguajes, estructuras y movimientos militares, las telenovelas, los noticieros en general, las imposturas, las apariencias, las presunciones y los (des)creimientos…

En efecto: lo contrario a la belleza es lo ordinario, lo normativo, lo vulgar, lo rígido y lo común —que son todos afines—. La normalidad es lo opuesto a la belleza, hay entonces que tomar la normalidad con toda la seriedad y extensión del caso.

De día, de noche, en todas las circunstancias y momentos, retumba la voz de Van Gogh gritándole, suplicándole a su hermano, en medio de la su propia locura, cuando ya había cortado una oreja propia y la muerte le coqueteaba entre lienzos y pinceles: “Theo, querido hermano: trata de encontrar todo lo bello que puedas. ¡Ya nadie ve hoy día nada bello!”. He aquí uno de los pocos-muchos triunfos de la vida sobre la muerte: la belleza. ¡Sólo es bella la muerte para quien sabe que no muere!

La fealdad tiene su belleza, como a su manera lo ha expresado en su “historia” Umberto Eco. De hecho la etimología de lo feo no aparece en algunos de los más importantes idiomas indoeuropeos antes del siglo XII. En español se rastrea desde el latín foedus; en inglés de uglike; en francés, laiz, laie; y en alemán su etimología no es del todo clara. Todo ello enmarcado con los varios nombres para designar lo bello. Manifiestamente, la historia de la belleza precede, en centurias, a la de lo feo. De suerte que no: ni etimológica, ni histórica, ni conceptualmente lo feo se contrapone a lo bello. Hay que mirar en otra dirección.

La cosmética y la alienación del propio cuerpo, con sus imperfecciones que no son impuras. La cirugía estética: ese engendro demoníaco de la guerra, el narcotráfico con sus estéticas. La estética de la cosmética, la estética como cosmética. Modelaje, belleza fabricada que no es bella ni es nada, sino la producción de un objeto deseado, de un deseo deseado. “Capitalismo y esquizofrenia” es el subtítulo de un libro conspicuo de Deleuze y Guattari. Vivimos un mundo normalizado, ordinario, que se alimenta de, y genera, esquizofrenia. Querer el cuerpo que no se tiene, disociarse de sí mismo y desear cualquier otra cosa, ignorar el tiempo y el espacio y ante todo cualquier sentido de trascendencia, no necesaria ni exclusivamente religiosa. El capitalismo no merece, a propósito de alguna expresión de Gabriel García Márquez, una segunda oportunidad sobre la tierra.

La belleza es alegre, aun cuando las grandes alegrías no siempre arranquen aplausos: Y por su parte lo feo también tiene sentido del humor. ¿Cómo olvidar el humor negro? Todo un género en cine, en literatura, en la cultura. En contraste, el mundo de la seriedad es adusto. Occidente no ha podido inventarse jamás un Dios que ría; a lo sumo, un dios amoroso, uno justiciero, un dios contador y contabilista. Ese Dios adusto —“espíritu de pesadez, de seriedad”, al decir de Nietzsche— se encarna en otros de sus enviados: los hombres de gris que van atacando a Fantasia contra quien Bastian con fiereza combate, en el libro de Michael Ende. “Hombres de gris”: así se denominan en la Europa en crisis a los enviados del Banco Central Europeo y a sus extensiones.

La belleza como la fealdad, son gratuitas. En contraste, la cosmética y la normalidad son fabricadas: diseñadas, alteradas; nos alejan de la naturaleza. Naturaleza que más que hermosa o fea permanece abierta como un enigma que no termina de resolverse. Naturaleza que es, que enseña, la armonía.

El mundo feo, la realidad fea son el resultado de eso que, en un clásico del pensamiento latinoamericano, José Ingenieros (1877-1925) ha estudiado lúcidamente como la mediocridad, y que constituye al “hombre mediocre”. Se trata de una referencia a Ingenieros, ese autor desplazado, quizás, por la industria de la cultura, cuyos títulos se hacen cada vez más necesarios: Hacia una moral sin dogmas; La simulación en la lucha por la vida; su cimero El hombre mediocre.

En términos de las mujeres, frecuentemente se trata de la referencia a aquellas que son “fantasía”. La expresión anglosajona para lo mismo es en general la cultura “light”; aquella de comedias con risas prefabricadas para decirle a los televidentes cuándo y de qué reír, por ejemplo. Fast food, malnutrición, manipulación del alma y del cuerpo por una música hipertrofiada de ritmos de toda índole. La dificultad estriba en que, dado que la mayoría estamos inmersos en ella, no vemos cuán feo todo ello es. Es el imperio de la ordinariez, lo chabacano, lo vulgar, lo normal y normalizado. El mundo del empleo —del empleo enajenado—. (También cabe aquí, aunque sea de manera provisoria recordar ese humorístico y ácido texto, a la vez, de Paul Lafargue: El derecho a la pereza, entre otras referencias posibles).

La fealdad —esa que espanta, no la que es amiga de la belleza— se exhibe a través del culto a lo evidente, la acriticidad frente a lo inmediatamente dado. La ausencia de cultura y de espíritu, la ausencia de fineza y humor espontáneo, el exceso de moralismo y moralización.

La textura de lo ordinario tiende a volverse ubicua. Es a la vez pastosa y pegajosa, de fórmica y lycra. Tiene diseño depurado (¡una vez más, el diseño!) y se rige por normas de toda índole que se superponen a la acción, a la vida, y finalmente la niegan. “La norma y el valor, los principios y las ideas por encima de la vida misma: ¡una vida sin los mismos no merece ser vivida!”, en el más anti-nietzscheano de todos los himnos. A propósito del filósofo nacido en Röcken, es el imperio de la voluntad de poder —¡en toda la extensión de la palabra!—.

El mundo de lo ordinario y vulgar, de lo normal enferma. ¡Es él el que enferma y produce toda índole de patologías! La belleza, en todas las culturas ha sido expresión de salud y curación. ¿Curación y sanación a través de la palabra? La forma excelsa es el verso. Sanación y curación a través de los colores, del espacio, en la recuperación de lo perdido, que es el propio cuerpo. En encuentro con la divinidad (de cualquier orden) como el rechazo de lo normal y lo vulgar que es la Realpolitik. Nada más viscoso y ordinario que el realismo, el realismo empírico; ese que está inmerso de tareas, (falsos) compromisos, enajenación y alienación (Entäusserung; Entfremdung) sempiternas.

El mundo grotesco de lo ordinario no tiene de ningún modo, automáticamente, una connotación socio-económica, contra lo que se quiere hacer creer del lado de las “buenas conciencias”. También en las élites —aquí y allá— se observa sin dificultad esa clase de comportamientos y estéticas. Y sobre todo ellos, que son, por definición, el mundo de lo pretendido, el reino de la apariencia. Nada más extraño a la belleza.

El mundo de lo vulgar, el mundo feo es un mundo editado, producido y post-producido. Como quien dice: de la leche queda menos que el agua. Es el mundo —horrible— de la reducción de todas las dimensiones a lo inmediato y lo evidente, a lo útil y lo práctico; en fin, a lo conveniente y lo manipulable. ¡Tanta fealdad es verdaderamente asquerosa! Sí, con Van Gogh, más allá de Van Gogh, hay que encontrar todo cuanto se pueda de hermoso. Y si no se lo encuentra; crearlo, soñarlo. Y el camino más expedito, aunque no el único, es el del arte. El arte en general, y todo el sistema de las bellas artes. Sin que haya, en manera alguna, que intelectualizar el concepto. Recordemos aquí por razones de espacio, las artes de sociedad y las artes individuales, de acuerdo con Alain.

El lenguaje de lo ordinario es pobre, y es procaz en su miseria. En contraste, el lenguaje que acompaña y viste a la belleza es variado y rico, y como es sabido, la riqueza del vocabulario es una señal de inteligencia. El hombre mediocre es tosco, porque su ser vulgar rechaza a priori cualquier esfuerzo, pues sólo piensa y vive en términos de administración, esto es: gestión, maximización, eficiencia, eficacia, ganancia y productividad, rentabilidad, costo-beneficio, competitividad y dinero. Es el hombre que piensa en estándares y define el mundo y la realidad en términos de indicadores. Campanas de Gauss, curvas de Bell, matrices, vectores, promedios, justamente eso: distribuciones normales. Con todo y algunas variaciones semi-elegantes, como distribuciones de Poisson, de Bernoulli, de Erlang, binomial y otras semejantes. Pero de elegancia el hombre normal sabe poco: todo en él o ella es impostura: hacerse-ver y hacer-que-hablen-de-uno. Las páginas sociales, ayer y hoy aún físicas, pero también y cada vez más las virtuales. Páginas de nacimientos, aplausos, vitrina, matrimonios y defunciones.

La traducción política del tema consiste en la denuncia, con voz firme, contra todo lo que es del pueblo: feo; porque lo bello es la cosmética de las élites. Una creencia semejante olvida que la música se ha alimentado (además del genio individual, en su momento) de las mejores tradiciones populares. Y que ese ámbito grande y generoso que son las costumbres, es en verdad el caldo de cultivo de principios, ideas y valores.

La belleza es espontánea, sincera, ágil, ligera y sobre todo: no se sabe a sí misma. Pues, para ser sinceros: prácticamente igual sucede con lo que es feo, o con la fealdad. Como se aprecia sin dificultad: lo opuesto, lo que se haya realmente en el otro extremo es el mundo normal, el de lo ordinario y lo normativo.

No es que la belleza tenga, al igual que la fealdad, un sentido de trascendencia a priori. Es que ambas son por naturaleza un cierto desprendimiento del mundo. Una capacidad de distancia, una dimensión propia. La apuesta, el reto, el desafío por nuevas dimensiones. La normalidad por el contrario, con todo y su sentido de lo práctico, define una mundanidad apegada a las cosas, y son el peso de la gravedad. Gravedad física, seriedad de espíritu, espíritu de desasosiego.

La persona normal conoce, vive de tanto en tanto, el aburrimiento. La belleza, como la fealdad, con una cierta experiencia de independencia, autonomía y, en el límite, un claro perfume de autarquía. Nada debe, nada teme; contrario sensu del hombre del apego y la tarea, el hombre de la norma y lo pragmático. En el mundo de las cosas normales, todos viven la vida de los otros. En el mundo normal, las cosas transcurren, en ocasiones, “suceden” cosas, y más sorpresas, la realidad está tejida de continuidades aburridas. Una cosa después de otra, y entre tanto, excepcionalmente, una discontinuidad para volver a una composición monotónica.

La belleza, en efecto, es lo opuesto a lo reglamentario. O más bien al revés, lo reglamentario es el enemigo de la belleza. Y por eso todo lo maquilla. Lo reglamentario, lo estatutario. El diseño industrial se presta —como cualquier fulana de barrio bajo y violento— a lo que quieran hacer con ella.

Cuando Paul Cézanne pintó los primeros carteles de publicidad, se hallaba en la línea que cruza entre el arte y el mundo de manipulación infame que vendría luego. La publicidad y la propaganda, que determinan contenidos mentales e intelectuales, gustos y preferencias, en fin: formas y estilos de vida. “La publicidad no es mala, a condición que se mantenga como medio”. Suena a consuelo. Cézanne, un Colón que nunca supo la tierra de la tierra que descubrió.

Lo normal no quiere comprender. Sólo sacar provecho. Comprender es para la gente de los promedios un lujo (muy) costoso. Por eso cuando se trata de temas como arte, poesía, cultura, ciencia, filosofía, solidaridad, investigación, paz, por ejemplo, hacen cuentas de cálculo de inversión y beneficio. La belleza es una realidad que a esa gente le queda proscrita. Y como ha enseñado la sabiduría, sólo se salvan quienes conocen y viven una belleza auténtica. Que suele ser sencilla, pero que puede también comportarse como el juego mismo de la vida.

Aquí, a manera de Coda: Una hermosa derivación del tema relativa a las relaciones entre la belleza, la fealdad y la normalidad es la del lugar de lo monstruoso en el arte, y en la vida. Lo monstruoso es simple y llanamente aquello contra lo cual no estamos ni hemos estado acostumbrados. Es uno de los nombres de lo diferente, lo distinto. “Soy un hermoso monstruo”. ¿Algunas referencias? Aleatoriamente, podemos traer a colación El hombre elefante (1980) de David Lynch; la serie de Monsters Inc. de Pixar, iniciada en 2001; El fantasma de la ópera en sus diversas producciones; Los miserables, esa novela hermosa de Víctor Hugo; y El jorobado de Notre Dame, que es sólo un fotograma centrado en Quasimodo a partir de Nuestra Señora de París, una vez más, de Víctor Hugo. ¿Cuántas veces en la literatura, la pintura y el cine, por ejemplo, nos hemos enamorado de monstruos? Entre muchas hay una razón para ello: no son feos, sino, se hallan lejos, muy lejos de lo ordinario, lo vulgar y lo común.

Por última vez: lo ordinario, lo normal, lo reglamentario, lo vulgar y lo común es lo que afea el mundo y la existencia. Ello que tiene todo un dispositivo de refuerzo positivo permanente, de generalización y de repetición. Goebbels resuena, en paráfrasis, en el fondo: una normalidad repetida mil veces termina por parecer bella. ¿Goebbels? Uno de los padres de la estética fascista.

He aquí una conclusión escandalosa que hay que decir con cuidado cuando no haya mucha gente —no preparada— en los alrededores: el fascismo y el nacionalsocialismo (y su vertiente española que tanto se olvida que es el corporativismo o el nacionalcatolicismo de Franco) fueron política y militarmente aplastados. Pero sobreviven como estética. Estética de lo ordinario, de lo llano, de lo uniformado.

| RMM | CEM | @philocomplex |

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Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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