Lo que no se puede decir no es lo inefable

“Eleven A.M.” (1926), E. Hopper

“Eleven A.M.” (1926), E. Hopper

CARLOS EDUARDO MALDONADO |

Hay cosas que no se pueden decir. Y lo que no se puede decir puede hacer referencia a nosotros mismos o al otro (otros) a quienes iría referido el mensaje.

La psicología ha trabajado en el asunto y lo considera, habitualmente, como un problema. “Verbalizar”, lo llama; “expresarse”, incluso “desahogarse” (horribile dictu). La educación hace lo suyo con ejercicios, hoy desde la temprana infancia, de exposiciones, presentaciones en grupo y otras prácticas semejantes. Y surgen numerosas técnicas, cursos, terapias y escenarios con nombres tan rimbombantes como “liderazgo”, “desarrollo personal”, etcétera. Y nada. A veces, muchas veces, simplemente no podemos decir lo que quisiéramos…

Lo que no se puede decir depende en la mayoría de las ocasiones de la cosa misma, del contenido de lo que se quiere comunicar. Raya con lo inefable, pero no hay que confundirlo. El momento, la oportunidad, la ocasión y el lugar pueden jugar lo suyo, pero sólo facilitan o dificultan a la cosa misma, según el caso.

No podemos decir, por ejemplo, lo que son nuestros recuerdos — algunos, muy personales— o nuestros temores o mayores ilusiones. No se valorarían lo suficiente como los sentimos nosotros. Hablar de lo que nosotros mismos, en ocasiones, no tenemos claro: ¿cómo decirlo, si decirlo muchas veces no ayuda a clarificarlo? No hay palabras adecuadas.

Ana Karenina es una personalidad sensible en este aspecto. En la obra de Tolstoi podríamos pensar también en María Alexándrovna de Felicidad Conyugal; pero, al fin y al cabo, el propio Tolstoi (ya al final de su vida) se rebela contra lo que no puede decirse escribiendo ese magnífico ensayo No puedo callarme (1908; dos años antes de su muerte). Elevar la voz contra la barbarie, la violencia y la injusticia.

Es más, como lo enseña la experiencia, es prudente ciertamente esperar a que la ocasión propicia se presente para decir algo, y esta ocasión puede ser construida, creada. Y sin embargo, lo a-decir no queda siempre, necesariamente, dicho. Se trunca, se atrofia, se aborta, se encalla.

Decires

Hay tres ámbitos de la cultura y la vida que tienen como primera misión decir las cosas, cada una a su manera. Estas son la ciencia, el arte y la filosofía. En contraste, hay otras dimensiones que se ocupan por recibir y callar las cosas, no decirlas. Ejemplos conspicuos son los religiosos —padres, sacerdotes, imanes, pastores, rabinos o swamis, entre otros—, los terapistas o terapeutas y varias éticas deontológicas entre las que descuella el periodismo, con respecto a la reserva de las fuentes de una noticia. Pero no hay que ser cautos, pues si fuera cierto que los sacerdotes escuchan y callan, no habrían existido tantos Torquemadas, Savonarolas, Belarminos, que hicieron lo suyo y lo siguen haciendo con otros ropajes y argumentos.

En verdad, el arte, la ciencia y la filosofía se definen, frontalmente, como la capacidad de decir el mundo, decir la naturaleza, decir la vida. Ver lo invisible, descifrar lo enigmático, explicar lo anodino e inaudito. Olvidando, como recordaba Heráclito, el Oscuro de Éfeso, que a la naturaleza le gusta ocultarse. La sabiduría, al fin y al cabo, consiste en el reconocimiento de este ocultamiento, de este juego de la naturaleza misma. ¿No era Heidegger quien hablaba del ocultamiento y des-ocultamiento de la verdad (Verborgen/Unverborgenheit)? Detrás de Heidegger resuena el final de la República (Politeia) de Platón, en el juego de a-lhqeia, con el río lhqe, que es el olvido, y “verdad” como el rescate o el abandono del olvido. De hecho el debate entre Trasímaco y Sócrates acerca de qué es justo y qué es justicia termina en la alegoría del río del olvido (lethe) en donde, finalmente, todo termina indiferenciado.

Decir lo que no se puede decir aunque no haya que decirlo, e incluso aunque no se pueda —por razones morales u otras— decir. En ciencia, arte y filosofía es la labor del genio, del creador, del revolucionario. El título que se le ha venido a dar a estos modos de radicalización es el de revolución científica, en un caso, y de vanguardia artística, en otro.

La ciencia ha hecho propio el tema de las explicaciones, mientras que la filosofía se da a la tarea, entre otras, de distinguir una buena explicación de la que no lo es. El arte por su parte, más diverso y rico, se caracteriza como la no-claudicación ante lo que no puede decirse. Es justamente esto lo que define a las vanguardias artísticas y estéticas. Sólo que —en contraste con la ciencia y la filosofía— los lenguajes del arte son más amplios: de la música a la arquitectura, de la poesía a la literatura, de la danza a la pintura y el dibujo.

Sin embargo, hay otra instancia que se obliga a decir la verdad: el periodismo. Si no, que Reporteros sin fronteras eleve la mano y gustosos tendrán la palabra. Decir lo que no se puede decir, muchas veces en ello nos va la vida. Ya sea en la forma del empleo, en la de las relaciones o los favores, las deudas o las conveniencias, por ejemplo.

El filósofo checo Jan Patočka ya lo decía a su manera (él que supo de las persecuciones del apparatchik y que terminaron matándolo en el último interrogatorio): “El valor (courage) consiste en saber a qué temer”. Sí, a veces no podemos decir las cosas porque tememos a las reacciones (¿propias y/o ajenas?). La ética, en numerosos países del mundo de hoy, no es un asunto de acuerdos lingüísticos, de valores y actitudes, de principios o normas, jurídicas. Más radicalmente: en numerosos lugares del mundo, la ética es una cuestión agónica.

No decir lo que no podemos, incluso decir lo que no queremos, es lo que sucede en condiciones de oprobio, de rebelión, de resistencia o de indignación. Hay quienes se esfuerzan por decir lo que no pueden; y en ello les va la vida.

Entonces surge una pregunta: ¿debemos decirlo todo?, ¿es (absolutamente) necesario que digamos, siempre, todo?

¿Es siempre deseable decir lo que pensamos, lo que sentimos, y decir lo que podemos y queremos decir? Nada parece forzarnos a responder afirmativamente. Al fin y al cabo, la sociabilidad —esa que Kant, que sabía bastante del asunto (usualmente solitario, sin vida familiar ni social, pietista consumado, cuya mejor compañía, por acatamiento, era su sirviente), llamaba insociable sociabilidad— no se funda en la pura, llana y escueta verdad. Si siempre fuéramos sinceros y dijéramos lo que pensamos y sentimos el mundo sería sencillamente inviable. La paz del mundo se funda, al fin y al cabo, en la capacidad de mentir, de disimular, de hacer concesiones. Apariencia, diplomacia, buena cultura. Pues si imperase la verdad, cuántos enojos y malos ratos, cuántas peleas y guerras se armarían. El mundo no se funda en la pura verdad, en la total transparencia, en la autenticidad sin más. Por el contrario, el mundo se funda en la apariencia, el disimulo, la no-confrontación, el acomodamiento. (Y sí, por lo general quien termina muerto es el mensajero, o la ira ante el diagnóstico recae en un primer momento sobre el médico). Así se funda el mundo, y sin embargo no todos quieren conservar el mundo; hay quienes se empeñan, como pueden, en cambiarlo.

Ahora bien, decir lo que se debe, o no decir todo lo que se tiene (en mente), no es un rasgo occidental exclusivamente. La cultura japonesa lo sabe desde hace cientos, miles de años. Al fin y al cabo, uno es el empleo del idioma mismo entre los hombres y otro entre mujeres, uno hacia el extranjero y otro entre géneros. “Nunca creas enteramente lo que te dice un japonés, pues piensa una cosa y dice otra”. Otros ejemplos culturales pueden argumentarse sin dificultad, la antropología puede contribuir casi sin límites en este sentido.

Con todo, el lenguaje y la comunicación están también constituidos por silencios, por sobreentendidos, por ambigüedades y ambivalencias. También nos comunicamos con implícitos y con vacíos. Si no, baste con recordar los silencios (constitutivos) de la 5ª Sinfonía de Beethoven, o el largo, muy largo, silencio inicial de la sinfonía Titan de Mahler (la primera sinfonía de Mahler extrapola los silencios beethovenianos hasta el límite), o los largos silencios, totales u ocasionalmente interrumpidos, de cualquiera de los cuadros de E. Hopper.

“Verdad” no puede convertirse, ya más, en un imperativo. “Hay que decir siempre la verdad, a toda costa”. Sólo fuerzas no siempre claras e intereses amañados de antemano han querido convertir a “verdad” en canon e imperativo. Pero la vida, según parece, es bastante más compleja que su imperativo llano y directo. Aquellas fuerzas y poderes desconocen que, por lo demás, hay muchas maneras de decir “verdad”.

En realidad, todo pareciera indicar que quienes exigen que se diga siempre toda la verdad buscan que nos hagamos totalmente transparentes; sin malicia, cabe pensar en sistemas de manipulación y control. Unos hablan y lo dicen todo, y otros escuchan y elaboran series y patrones.

Ciertamente, ya desde la historia y la antropología, Marcel Detienne puso en claro, en un estudio clásico originalmente publicado en 1967 que en la Grecia arcaica no se hablaba de “la” verdad (sustantivada, única). “Verdad” (sin artículo definido) no era un punto de partida, pues en rigor, nadie posee “verdad”, sino, antes bien, era, es, en el mejor de los casos, un punto de encuentro, un punto de llegada. Precisamente por ello la filosofía comienza —en Occidente— en la forma del diálogo, y en él, con la ironía socrática y la mayéutica.

Hay cosas que no podemos decir, seguramente porque no estamos seguros, a veces, de su verdad, o verosimilitud.

Lo que no se puede decir no es lo inefable

Lo que no se puede decir no es lo inefable. Existe lo inefable, efectivamente, pero se expresa, y es objeto de expresión. Lo inefable se expresa en el aura, en el espíritu, en no-sé-cómo-se-llame. Ciertamente no en el lenguaje que los lógicos llaman proposicional, esto es, en el lenguaje “S es P”. Pero frente a este lenguaje han surgido recientemente las lógicas no-clásicas, y de manera radical, el giro de las lógicas monotónicas hacia la no-monotonicidad. Lógicas monotónicas son todas aquellas en las que nueva información no altera, para nada, información ya adquirida. Baja capacidad de aprendizaje, en rigor. Las lógicas no-monotónicas se caracterizan por que nueva información puede invalidar, y de hecho modifica, la información previamente adquirida. Aprendizaje, adaptación, en fin, complejidad.

Lo inefable se expresa, aunque no sea objeto de lenguaje hablado claro y distinto. Lo inefable es justamente eso: expresión, vivencia; y sólo se lo entiende desde adentro (como todas las vivencias, de hecho). Una mirada, un gesto mínimo, un cierto brillo alrededor nuestro, un rictus acaso (movimiento involuntario), pueden “delatarnos” en la expresión de lo inefable. Sólo se aprende a amar amando, sólo se aprende la alegría, la amistad y la solidaridad desde adentro. Más allá de alguna escuela filosófica, en ello consiste la magia de la literatura y la poesía, del cine y la fotografía: aprendemos a vivir y a enamorarnos de personajes leyéndolos, viviéndolos, —como en una cinta, a veces, una y otra vez—.

Lo inefable no es, pues, lo que no puede comunicarse, sino, sencillamente, lo que no puede ser dicho de manera lógica (atendiendo a la lógica formal clásica). Pero lo inefable nos acompaña y nos rodea, y lo expresamos de tantas maneras como podemos, incluso aunque haya quién no lo entienda.

Quienes entienden nuestros gestos mínimos, nuestras miradas, silencios y movimientos más insignificantes son, por lo general, con quienes hemos vivido un tiempo, intensamente. Entienden nuestro inefable-para-los-demás, quienes nos aman, y a quienes amamos.

Lo inefable, en fin, no es, en absoluto una claudicación. Pues la vida misma se expresa de tantas maneras como cabe imaginar, y no termina nunca de expresarse. Incluso de formas más allá de las que conocemos y hemos intentado.

| RMM | CEM | @philocomplex |

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Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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