Los ángeles de Rafael Alberti y Gerardo Diego

All existing Gabriels are really shockingly improbable.

Point Counter Point, Aldous Huxley.

Rafael Alberti y Gerardo Diego son dos poetas fundamentales de la generación del 27.  Ambos tenían una filiación clara a un determinado movimiento poético, así como una idea íntima del concepto de poesía. A pesar de sus diferencias sustanciales, en su obra existe un nexo en torno a la figura del ángel, por lo tanto me gustaría explorar las similitudes y diferencias entre Ángeles de Compostela, de Gerardo Diego, y Sobre los ángeles, de Alberti.

Gerardo Diego quedó fascinado por la poesía de Huidobro: el creacionismo permitía un mundo interno para el poeta en el que las metáforas y las imágenes no necesitaban una justificación para su existencia. Lo que el poeta enuncia, se cumple; lo que imagina, existe. Gerardo Diego se debate entre esta libertad creacionista y la belleza que hay en las formas clásicas de la poesía española. Así, en su estilo converge una exploración, cada vez con menos tiento, hacia una poesía única y un gusto por la musicalidad de formas poéticas como los romances, las canciones y los sonetos.

Si bien el epítome de su experimentación poética se encuentra con mayor fuerza en obras como Imagen o Manual de espumas, esta característica subyace en toda su poesía, incluido Ángeles de Compostela. El constante desplazamiento entre estas formas de hacer poesía obligan a una reformulación del género, por ello en diversas obras de Gerardo Diego se advierte un sincretismo que crea un estilo particular. A diferencia de Huidobro o Juan Larrea, cuyo creacionismo tuvo manifestaciones en otros idiomas, Gerardo Diego no puede abandonar el castellano debido a esta encrucijada. En lugar de explorar la experimentación a través del francés, como los poetas mencionados, prefiere emplear un ars combinatoria de las formas hispánicas para construir su poesía.

Rafael Alberti, por otro lado, también fue profundamente influido por las vanguardias, sobre todo por el surrealismo. Pero es un surrealismo que no proviene de Francia ni de los manifiestos de Bretón, ya que para Alberti el subconsciente, el onirismo y lo ilógico que caracteriza a este movimiento ya existía en España antes de que se consolidaran estos conceptos dentro de una corriente vanguardista. Todo esto habitaba previamente en la tradición popular hispánica: en las coplas, los romances, las rimas. Sin embargo, no puede negarse la profusa exploración de los elementos surrealistas en la poesía de Alberti, también él tiene un ímpetu por ser moderno en su obra.

Aquí nuevamente nos encontramos con una encrucijada: la hispanidad y su tradición encaradas con la vanguardia y lo moderno. Sin embargo, a diferencia de Gerardo Diego, el enfoque es muy distinto. No se trata del sincretismo de lo nuevo con lo viejo, lo conocido con lo distinto, sino que es un rescate de lo hispánico que en su circunstancia histórica coincide casualmente con lo que plantea el surrealismo francés. Aún con esta justificación, es innegable la repercusión de este movimiento en la búsqueda estética de Rafael Alberti.  Los dos llegan a un mismo proyecto cultural (en intención por lo menos, no así en contenidos o procedimientos) desde ángulos distintos.

Ángeles de Compostela

La disposición de los poemas en esta obra tiene un papel fundamental. Está dividida en cinco secciones; la primera sirve como un preludio y nos presenta a los cuatro ángeles que rigen cada una de las siguientes partes. Estos son Maltiel, Uriel, Urján y Razías: los ángeles de Compostela. La referencialidad geográfica de Compostela obliga a remitirse a Santiago, donde en el Pórtico de la Gloria precisamente se encuentran las cuatro estatuas que personifican a dichos ángeles. Estos fueron bautizados por el mismo Gerardo Diego y sus nombres responden a una cuestión simbólica pero también a una musical.

Estos personajes harán su aparición, uno a uno, en las siguientes cuatro partes del libro y serán descritos como si Gerardo Diego los observara, quietos, en el pórtico; sin embargo, lo material es trascendido por el símbolo que se consolida en ellos en el penúltimo poema de cada sección: “Ángel de niebla”, “Ángel de ría”, “Ángel de lluvia” y “Ángel de rocío”. Llama la atención que estos poemas hagan referencia a un estado meteorológico específico, pues están secuenciados como en una especie de transición circular.

Los ángeles de Gerardo Diego están compuestos por una dualidad: ángeles de piedra y ángeles de agua. Lo corpóreo y lo etéreo, haciendo referencia a la dualidad que conforma al hombre mismo: el cuerpo y el alma. La cohesión de la obra se da mediante una serie de poemas titulados “El viaje” que aparecen a la mitad de cada una de las secciones. Es ahí donde se desarrolla la temática central y se realiza la exploración espiritual de la trascendencia y la resurrección de la carne en las que creía el poeta. También remite al peregrinaje que es el camino de Santiago, ligado con el profundo tono religioso que hay en los poemas. El libro mismo constituye una peregrinación hacia Santiago de Compostela.

El lenguaje es simple pero Gerardo Diego urde insólitas imágenes y metáforas con un léxico sencillo: Claro espejo de suicidas/ turbio en hálitos de hiel. Un caballo de nieve los cielos eléctricos cruza. Dulce lluvia de pétalos/ cubre huesos cabales./ ¿Son pétalos de seda,/ tornasoles de carne? Son sólo algunos ejemplos.

En cuanto a la construcción formal, en Ángeles de Compostela encontramos los más diversos metros y formas. En poemas como “El santiaguero” o “El viaje (II)” los versos cortos con remates en cada estrofa dan la impresión de estar construidos para ser cantados. Esto se relaciona con la manera del poeta de entender su religión: Él, en lugar de rezar, cantaba. Veía una música bella en la cadencia del rezo y de ahí se derivan trabajos como Viacrucis, que está destinado para todo aquel romero que quiera emplear sus composiciones en su rezo. Por otro lado, los poemas que cierran cada sección, los de los ángeles del pórtico, son sonetos con el mismo esquema de rimas. En poemas como “Ángel de niebla” o “Ángel de lluvia” está la experimentación por el verso libre, la sucesión fluida de imágenes y la velocidad del ritmo.

El tema del poemario en conjunto es la trascendencia de la carne y el ciclo que hay en la resurrección, ejemplificado en el ciclo del agua. Dicha comparación se desarrolla paulatinamente hasta que en el penúltimo poema “Ángel del rocío”, la etapa final de dicho ciclo, se lee:

En el instante del milagro.

Despertad, dichosos mortales.

El cielo, el cielo, aquí en la tierra.

Un cielo de cielos. Un ángel.

Un ángel pasó, un ángel queda

en gotas y gotas de ángeles.

Ángel de cristal y lágrima,

ángel de temblor y cárcel,

ángel de niebla y lluvia y río,

ángel que se muda de ángel.

 

Aquí se enuncia la consolidación del milagro. El ascenso, la gestación, la precipitación, y finalmente el rastro de la lluvia: son los estados del alma que realiza el mismo viaje que las aguas.

Sobre los ángeles

En esta obra hay una doble crisis. Por un lado está la vulnerabilidad emocional que se advierte en el tono del yo poético, y por otro, la crisis literaria que atraviesa Alberti, en parte por la encrucijada que mencioné al principio, y que se hace patente en los marcados cambios que existen a nivel estilístico a lo largo del poemario.

Los ángeles, aunque evidentemente no se pueden desligar de su carácter católico y profundamente religioso, aquí tienen una interacción sumamente íntima con la voz lírica y se presentan como estados diversos del espíritu.

La sacralidad de los ángeles se pone en tela de juicio. No necesariamente representan una cercanía con lo divino puesto que hay “Ángeles buenos o malos”. Estos ángeles se mueven en una ambigüedad muy notoria. Están ligados a una serie de elementos que no se corresponden con el prototipo de ángel cercano a Dios, sino quizás con la idea de ángel caído. Aunque esto tampoco es necesariamente preciso, porque aquí los ángeles no están en función del planteamiento religioso, sino que son un recurso simbólico en el mundo íntimo que construye Alberti.

A pesar de que el tratamiento de los ángeles tenga una especificidad interna, necesariamente están ligados a una significación en el mundo. Aunque el carácter del poemario no sea de una estricta religiosidad, los ángeles forman parte de la tradición católica. Esta tradición, sin embargo, no es un adversario, sino como un impulsor que permite nuevas formas de poesía que, en su unicidad, reafirman un legado y una pertenencia.

No sorprende, dentro de esta misma línea, la presencia constante de Bécquer. Esta recurrencia también adquiere otro sentido en la inclusión de la frase “Huésped de las tinieblas”. Es un indicio del lugar desde donde el yo lírico evoca su padecer. Está en un lugar vulnerable, nebuloso, donde las formas apenas están insinuadas y la nitidez se presenta esporádicamente.

Los ángeles de Alberti encarnan sentimientos eminentemente humanos: la ira, la venganza, el amor. Son tontos, mudos, sonámbulos, perversos, delicados. Cada ángel es una faceta distinta del alma.

Los recursos estilísticos son de lo más variado. Permea sobre todo la inclusión de unos interlocutores que constantemente son interpelados por la voz poética, sobre todo mediante imperativos. Pensad en aquella hora:/cuando se rebelaron contra un rey en tinieblas/ los ojos invisibles de las alcobas. Yo te arrojé de mi cuerpo, / yo, con un carbón ardiendo./ − Vete.

La ambigüedad de estos interlocutores es otro elemento importante, pues en este debate del espíritu, bien podría tratarse de un monólogo interior en el que todas las voces y las personas gramaticales sean manifestaciones de un mismo yo poético que se desplaza en distintas dimensiones.

Los ángeles de Diego tienen identidad, nombre, una carga simbólica clara, incluso una referencialidad y una corporeidad en el mundo. Los de Alberti son sentimientos y estados que se manifiestan en la forma de los ángeles, son más bien etéreos y personales. No obstante, en ambos poetas se advierte el tono de profunda nostalgia y encrucijada espiritual.

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