“Los habitantes de la cueva”, de Joseph Mitchell

El invierno de 1933 fue particularmente lastimoso. Pareciera que fue hace ciento treinta y tres años; sin embargo lo recuerdo con claridad. Aquel invierno, el quinto invierno de la depresión y el invierno de la revocación de la prohibición, yo era reportero en un periódico cuyos editores creían que no había nada que luciera más en una primera plana como una historia de sufrimiento humano. “La gente de a pie está tan alicaída estos días”, solía decir uno de los editores, “que una historia acerca de los infortunios de alguien más, la anima”. Durante las tres semanas anteriores a navidad hubo, por supuesto, una abundancia de esa clase de historias y, por una razón u otra, yo fui el encargado de elaborar muchas de ellas. Una mañana invertí treinta agobiantes minutos en la antesala de un juzgado de paz hablando con una mujer de cara pétrea que había apuñalado a muerte a su esposo, pues este tomó un dólar con ochenta centavos que ella había ahorrado para los regalos de navidad de sus hijos y los fue a gastar en una de esas nuevas tabernas que la revocación había traído. “Sí que le he dado su merecido”, dijo. Luego comenzó a sollozar. Esa tarde me mandaron a la gran Hoover Village en la calle 74, por el Hudson, para preguntar a la gente que vivía ahí acerca de sus planes de navidad. Los cadavéricos ocupantes se levantaron y me vieron con una mirada que probablemente no olvidaré jamás. No los hubiera culpado si en ese momento se hubieran lanzado hacia mí y me hubieran tirado al río.

Día tras día me mandaban a las filas de comida, a las oficinas de asistencia social, a desahucios; cada mañana visitaba a personas miserables y repelentes que se sentaban y me miraban mientras yo los atizaba con preguntas. Mis editores creían sinceramente que dichas entrevistas animarían a las personas a donar a los diversos fondos navideños, cosa que sin duda sucedió; sin embargo, eso no me ayudó a sentirme con el derecho de ir a tocar puertas e interrogar a hombres y mujeres que eran interesantes sólo por ser especialmente miserables. Además, la actitud de la gente a la que entrevistaba era descorazonadora. Estaban absolutamente apocados. Estoy seguro de que algunos de ellos querían que sus historias salieran en el periódico; sin embargo, muchos respondían a mis preguntas sólo por miedo a que les cortaran la asistencia, pues casi todos pensaban que yo estaba conectado de algún modo con la oficina de asistencia social. Así, sentí que estaba huroneando a los infortunados. Mi fé en la dignidad humana estaba casi agotada cuando sucedió algo que la restauró.

Muy temprano, una triste mañana muy cercana a navidad, un señor llamó al periódico y dijo que en la tarde del día anterior, mientras paseaba a su perro por Central Park, se encontró con un hombre y una mujer que le dijeron que tenían viviendo casi un año en una cueva del parque. El señor dijo que que los había descubierto dentro de la cueva junto a una pequeña fogata y se preocupó de fueran a morir congelados en la noche, por lo que los convenció de que se fueran del parque y los instaló en un cuarto amueblado.

“Quisiera que su periódico escribiera una historia sobre ellos”, dijo el señor al teléfono. “Los ayudaría a conseguir trabajo”.

Fui a ver al hombre y a la mujer. Estaban viviendo en una unidad de casas de piedra parda a dos cuadras de Central Park. Era un cuarto piso. En la noche había caído pulgada y media de nieve y en el alféizar de su cuarto amueblado se había formado una pequeña montaña. El hombre dijo que se llamaba James Hollinan y que era un carpintero desempleado. Era bajo, enjuto y de cabello cano. La mujer era su esposa. Se llamaba Elizabeth y era una mucama desempleada. Cuando llegué, el señor Hollinan estaba por salir. Tenía un sombrero y estaba poniéndose su chaqueta. Me presenté.

—Me gustaría hacerle unas preguntas —le dije.

—Hable con mi esposa —dijo—. Ella es la que habla.

Se volteó hacia su esposa.

—Voy por algo para desayunar —dijo.

—Trae sandwiches de huevo y café —dijo ella mientras sacaba monedas de su bolso y las ponía una a una en la mano de su esposo—. Y así nos quedan siete centavos.

—O.K.— dijo y se fue.

Le pedí a la señora Hollinan que me contara acerca de su vida en la cueva. Mientras contestaba mis preguntas tendió la cama, actividad de la que parecía obtener mucho gozo. Lo entendí bien: era la primera cama que hacía en mucho tiempo.

—Bueno, pues le cuento —dijo mientras sacudía la almohada contra la cabecera de hierro—. Nos desahuciaron de nuestro departamento de Washington Heights a mediados de diciembre, hace un año. Cuando fuimos a la oficina de asistencia nos trataron de separar. Querían mandar a mi esposo a un lugar y a mí a otro. De modo que dije: “mejor nos morimos de hambre juntos”. Esa noche terminamos en Central Park. Encontramos una cueva y nos escondimos en ella. Por la noche encendimos una fogata. Hemos hecho eso cada noche casi por un año.

Alisó la colcha hasta no quedar ni una arruga en ella y se sentó sobre la cama medio a desgana. Había sólo una silla en el cuarto.

—Por supuesto, algunas noches son heladas y chubasquea. Entonces íbamos a una iglesia que dejan abierta en la noche. Dormíamos sentados en un banco. Casi todas las mañanas salíamos a buscar trabajo. Era más duro para él; muy difícilmente encontraba algo. Él es mayor que yo. Un par de veces por semana yo conseguía trabajo de limpieza, lo que representaba unos cuantos dólares que usábamos para comer. Llevábamos agua a la cueva y hacíamos estofados.

Le pregunté cómo dormían en la cueva.

—Nos turnábamos una cama que hicimos con cajas de cartón apiladas y dejábamos la fogata encendida. Era una fogata pequeña, para que los policías no nos corrieran. Los policías del parque sabían que estábamos ahí, pero nos dejaban en paz siempre y cuando no prendiéramos una fogata grande que atrajera a las personas. Durante el verano la cueva era mejor que una casa. Pero últimamente, con las lluvias, nos daba reumatismo y era espantoso.

El vestido de la señora Hollinan estaba casi deshecho pero limpio y arreglado. Me pregunté cómo es que lo tenía tan limpio viviendo en una cueva. Supongo que adivinó mi inquietud, pues agregó:

—Íbamos a unos baños públicos dos veces por semana y yo solía poner mis vestidos y sus camisas en una vieja olla y hervirlos.

Hablamos por unos quince minutos y su esposo regresó. Trajo café y dos sándwiches en una bolsa de papel. Sabía que no me querían ahí mientras comían su desayuno, de modo que me despedí.

—Espero que esta vez sí nos den ayuda —dijo la señora Hollinan mientras cruzaba la puerta; y de esa manera me dí cuenta que pensaba que yo era un agente de la oficina de asistencia. No tuve las agallas para desmentirla.

No estaba especialmente interesado en los Hollinan; vivían holgadamente comparados con algunas de las personas a las que había visitado ese invierno.

El día después de que saliera la historia tenía el día libre, pero en la tarde pasé a la oficina a recoger el correo. Mi buzón estaba lleno de cartas de gente que había leído la historia sobre el señor y la señora Hollinan y en algunas de las cartas había billetes y cheques a su nombre. El cheque de mayor monto, de veinticinco dólares, era de Robert Nathan. Su novela One More Spring, que era sobre unos vagabundos que vivían durante el invierno en una barraca de Central Park, se había publicado a principios de ese mismo año. En total habían ochenta y cinco dólares y dos telegramas de ofertas de trabajo.

Tenía pactada una cita para ayudar a una chica con sus compras navideñas. Le hablé por teléfono para decirle que no la podría ver pues tenía que entregarle ochenta y cinco dólares a un hombre y una mujer que había vivido en una cueva durante un año. La chica quiso acompañarme. Pasé por ella al Columbus Circle y caminamos hacia el edificio. Las calles estaban llenas de vendedores navideños y los escaparates adornados con acebo, oropel y campanas. Los alegres vendedores me deprimieron. “Cómo puede la gente estar tan feliz”, pensé, “cuando a lo largo de toda la ciudad hay tantos muertos de hambre”.

La casera del edificio nos recibió en la puerta. Parecía estar enojada. Le dije que era un reportero y que el día anterior había venido a ver a los Hollinan. Ella me dijo que desde el alba los habían estado visitando y trayendo dinero y comida.

—Han leído la historia que escribiste para el periódico —dijo la casera—. No dejan de llegar; pero no dejé subir a nadie desde la tarde. Escribió una sarta de tonterías en el periódico. Esos cavernícolas están arriba celebrando.

—No los culpo —dijo mi chica.

—Yo sí —dijo la casera.

No dejó subir a la chica conmigo.

—Tendrás que esperar aquí abajo, señorita —dijo agriamente.

Subí las escaleras cargando el fajo de cartas. Toqué la puerta; gritaron “¡pase!”. Abrí la puerta. Había un magnífico desorden en el cuarto. En la mesa había dos vaporeras envueltas en celofán con moños rojos en sus mangos. Las vaporeras se veían extrañas en un cuarto tan desaliñado. Había además en la mesa botellas de cerveza, ginebra y ginger ale y unos sándwiches a medio comer. El suelo estaba lleno de papel para envolver, cajas y colillas de cigarro. La señora Hollinan estaba sentada en la cama con un vaso en la mano. Un cigarro salía de la comisura de la boca del señor Hollinan, que se estaba sirviendo ginebra. Sin duda estaban borrachos. El señor Hollinan me miró, pero pareció no reconocerme.

—Acomódese —me dijo llamándome a la cama—, ¿Una bebida, un cigarro?

—Es ese soplón del periódico —dijo la señora Hollinan—. Ve por él, Jim.

El señor Hollinan se paró. No parecía muy estable.

—¿Por qué pusiste eso en el periódico?

—¿Qué le encuentra de malo? —pregunté.

—Dijiste en el periódico que sólo nos quedaban siete centavos, mentiroso.

—Bueno, pues eso es lo que dijo su esposa.

—No es cierto —dijo la señora Hollinan con indignación. Se paró y agitó su vaso, tirando ginebra y ginger ale sobre la cama. —Dije que nos quedaban setenta centavos.

—Cierto —dijo el señor Hollinan—. Qué te pasa, poniendo mentiras en el periódico.

El señor Hollinan tomó una botella de ginebra de la mesa. La agarró del cuello y la agitó en el aire hacia donde yo estaba.

—¡Un momento! —dije—. Les traje dinero.

—No queremos tu dinero. Tenemos dinero.

—Bueno —dije sacando los telegramas—. Creo que aquí tengo un trabajo para usted.

—No quiero tu ayuda —dijo—. Escribiste una mentira sobre nosotros en el periódico.

—Cierto, Jim —dijo la señora Hollinan—. Ve por él.

Cerré la puerta y me apresuré a las escaleras. El señor Hollinan salió del cuarto y se paró al filo de las escaleras, agarrándose del barandal. Apenas llegué al segundo piso, él lanzó la botella de ginebra. Se quebró en la pared encima de mi cabeza y se hizo polvo. Me salpico un poco de ginebra y pedazos de vidrio mojados. Seguí bajando las escaleras y escapé de la ira del señor Hollinan. Todo el camino escaleras abajo escuche a la señora Hollinan gritar desde el cuarto “ve por él, Jim”.

—Por el amor de Dios ¿qué pasó? ¿qué fue ese estruendo? —preguntó la casera.

—Hueles a destilería —dijo mi chica.

Yo me estaba riendo.

—El señor Hollinan me lanzó una botella de ginebra—, dije.

Traducción de Alejandro Guzmán Gómez de “The Cave Dwellers”.

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Joseph Mitchell (1908-1996) fue un afamado periodista norteamericano. Sus relatos periodísticos, originalmente publicados en el New Yorker y posteriormente agrupados en forma de libros, retratan la vida de Nueva York desde la Gran Depresión hasta los comienzos de la década de 1960. Los personajes que aparecen en sus relatos son casi siempre marginados sociales: vagabundos, gitanos, excéntricos, locos, etc. Es conocido el bloqueo creativo que sufrió después de publicar su relato más célebre, El secreto de Joe Gould, en 1965. Desde ese año hasta su muerte, tres décadas después, no volvió a publicar nada.

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Alejandro Guzmán Gómez (Ciudad de México, 1993) es estudiante de historia y diletante en formación.

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