|Neil Mauricio Andrade

 Paisaje, Desnudo, Retrato, Surrealismo, Luz y Color, Línea, Espacio y Abstracción son los núcleos temáticos que organizan las ciento cuarenta y dos obras provenientes de colecciones francesas y mexicanas —las del Museé des Beaux-Arts, el Museo de Arte Moderno (MAM), el Centre National d’Art et de Culture Georges Pompidou, o el Museo Rufino Tamayo, entre otras— para la exposición más reciente del Museo Nacional (MUNAL), Los modernos.

 Sucinto pero dramático, el título nos habla de agentes y comportamientos antes que de objetos o épocas. Modernos no son los años ni los cuadros, sino ciertos procesos cognitivos y sensuales que, si bien desembocan en hitos técnicos, ensayamos como sociedad. Pienso en el cuestionamiento siempre inacabado de la representación naturalista y las peripecias de la especulación humana, por ejemplo, nuestra relación con lo monstruoso, más tarde alienación o locura, o bien con lo primitivo, el deseo, y al fin, con el silencio y la desaparición. La llamada democratización del arte facilitada por la fotografía, el cine y las telecomunicaciones sólo radicalizó estos procesos, los integró en la vida cotidiana. Hoy somos modernos espontáneos, y en países como México, ni la sangre tiene anatomía o proporción. Si Picasso fuera un dios y quisiera retratar al hombre contemporáneo, bastaría con que fusionara todas las selfies del mundo.

 Excepto el surrealismo, las categorías propuestas por la curaduría —a cargo de Agustín Artega, Sylvie Ramond, Paulina Bravo y Ariadna Patiño— son más estéticas que cronológicas, lo que permite exploraciones independientes de escuelas y “contextos históricos” que pocos leen. En lugar de “vidas ilustres” hallamos fichas de obras comparativas, breves estudios que, a partir de una forma o un tema, ponen en sintonía a dos artistas, un mexicano y un europeo. Una ventaja de esta lectura es que autores talentosos de escasa fortuna crítica y sin importar nacionalidad se benefician del renombre de otros. Alfonso Michel favorece a Jean Puy en los desnudos, y Léger dialoga con Carlos Mérida, por mencionar un par. Otra ventaja es que el valor de obras consideradas menores se redistribuye según la aportación en el rubro. Así, se aprehende la originalidad de cada impresionista o muralista sin el “ismo”, por ejemplo, y se logran equilibrios que sorprenden, como el conjunto de composiciones de Lola Cueto y colegas franceses.

 Por otra parte, aunque la museografía lo sugiere, no se explota suficientemente la figura del migrante. Una revisión menos nacionalista daría pie a un relato de mestizaje en el que la formación de Wolfgang Paalen o Remedios Varo dejarían de parecer exóticas. Hasta qué punto los museos nacionales pueden dar cuenta de los viejos y nuevos nomadismos culturales está por verse. Por último, al omitir la función del mercado estadounidense en la institución del gusto a partir de los años cincuenta, se deja en estado de incógnita la presencia de Bacon, un excelente pintor de la carne, entre los más abstractos.

 La muestra concluye el 3 de abril para después montarse en el Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara. La entrada todavía es gratuita para estudiantes y docentes con credencial vigente.

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Neil Mauricio Andrade (1990) Filósofo veracruzano. Actualmente cursa un posgrado en Historia del arte en la UNAM. Ha publicado artículos en revistas digitales. Durante el verano pasado impartió el seminario “Distopía y resistencia: introducción a la necropolítica” en el Instituto de Estudios Críticos 17.