“Los náufragos”, la locura en el Teatro Orientación

 

Poner en cuestión el tema de la locura, cómo se constituyó el término, a quiénes se les ha aplicado a lo largo del tiempo, cuál es su injerencia social tanto en su tratamiento vulgar como en la cínica, es el móvil de la obra de teatro Los náufragos, oratorio escénico sobre la locura, que se está presentando en el Centro Cultural del Bosque hasta el 23 de octubre.

Llama la atención, desde un primer momento, mirar el póster publicitario y no encontrarse con las palabras “autor” o “dirección”. La obra es una “creación del Colectivo TeatroSinParedes”, y con ello ya nos dice mucho sobre el modo en que fue pensada y producida: creación conjunta, sin primacía de ideas o concepto que delate una figura jerárquica y cuasi omnipotente del autor-director, sino que responde a una presentación colectiva que resalta que el trabajo es y fue de todos y que a todos hay que reconocérseles.

Otro detalle que sorprende, es que se declare la total inspiración en autores como Michel Foucault, Gilles Deleuze, Félix Guatarri, Patrick Declerck y Sébastien Lange. ¿Qué puede esperarse ante una declaración de este tipo? ¿Asistimos a un montaje teatral que estará repleto de citas, de terminología academizada? ¿Acaso es el triunfo de la academia, y de su cómodo hogar la universidad, que se manifiesta en la apropiación de los espacios más flexibles como los del arte? ¿O será, de otro modo lo mismo, un evento indescifrable debido a la destilación de las teorías de los mentados autores, donde todo tipo de lenguaje —desde el escénico hasta el hablado— es incomunicable? Cruzando la puerta, la mirada tranquiliza la avalancha de cuestiones.

El montaje escénico no es una propuesta inverosímil, más bien está más apegado a la sobriedad: una estructura al fondo donde sus flancos sirven de biombos, que hace imaginar una extraña sala de consultas pues el centro de la misma es muy alto y multicolor; seis sillas distribuidas en forma circular con sus respectivos ocupantes, uno de ellos al centro medio del escenario que con su bata médica nos notifica quien lleva a cabo la consulta.

Y cuando la enunciación comienza, se delata que lo sobrio sólo queda en la decoración. Un personaje femenino que declama —cual letanía— todo un discurso postestructuralista y de liberación que atiende a las singularidades y no a las ideas de masa y de partido tradicionales. Otro personaje que defiende al discurso de la revolución proletaria con todas sus cargas organizacionales y de revolución cismática. Ambos, caricaturizaciones de dos polos de disidencia política:  la primera, el olvido de toda geografía partidista, y la izquierda partidista este último. Los otros compañeros de consulta, tres que faltan, son una mujer incapaz de articulación, otra anciana con canasta que no escandaliza a nadie, a menos que la calma sea motivo de escándalo, y un pelón saltarín que le gusta corretear y repetir lo que los otros dicen al ritmo de su carrera. Todos, una personificación conjunta de locura.

Tal primer cuadro nos hace un guiño sobre lo que llegamos a considerar como locura, a saber, exageraciones que exacerban ciertos detalles como la palabra, la posición política de uno, su carácter gruñón, el habla acelerada, la inquietud, el imaginar escenarios distintos y raros. En este punto podría imaginarse que la obra se ceñirá a la comicidad de dichos caracteres exacerbados, que la discusión política de la locura se enfriará, si no es que se congelará, en la risa despechada por el arrebato ridículo.

Pero es justamente en su desarrollo cuando se percibe que la caricaturización no es el barco sino el móvil a renegar. Y el barco es esencial. Cada caso, cada testimonio que los doctores investigan evidencian la singularidad y excepcionalidad de cada uno. Para todos ellos existen ya hojas estadísticas que enmarcan síntomas y actitudes en grupos de enfermedades. La enfermedad en cuestión, el padecimiento, tiene su tratamiento y hay que recetárselo. Ante esta dinámica de padecimiento-receta inmediata, cada paciente tiene su momento de exposición e incluso una defensa, es decir, un doctor que preferiría no hacerlo, que opta por otro modo de tratamiento.

De la caricaturización genérica del principio pasamos a la singularización específica de cada personaje, que ya no paciente. Sus palabras tocan fibras sensibles que nos impiden aceptar el modo en que a los enfermos se les trata como a datos. Y es un gran pie para saltar, aún dentro de la obra, a una cápsula informativa —con ayuda del profesor Foucault— sobre el concepto de la locura que ya nos guía hacia el sentido del oratorio escénico sobre la locura que es este montaje. Cito su sinopsis: “¿son ellos los locos o los locos son los demás? ¿Locos los que el sistema considera como locos por no seguir las normas establecidas, o locos nosotros por no cuestionar las reglas del sistema?”

La locura como disidencia, como contrariedad de costumbres, de saberes, de locuciones, de pensamientos comunes. Aquellos que se avientan al margen a degustar sensibilidades precarias. O que no se avientan, que son aventados o por el régimen instaurado o por cuestión biológica, es decir, aquellos a quienes su organismo les explota, les exacerba, les potencia funcionamientos psíquicos distintos al grueso de los demás. Vindicación de la locura a partir de su exploración: loco fue el sarnoso, la histérica, el enfermo, el distinto. Loco es lo que no se debe ser, aquello que no se deja asir al cuerpo social homogéneo, aquel que lo cuestiona, que toma la palabra.

Si en un principio se caricaturizó al loco disidente y al loco biológico, fue para delatar que en una cotidianeidad tan arraigada sólo la exageración llama la atención, la exageración cómica que logra acercarse al espectador sin agredirlo, sino simpatizando. Sin embargo, bajar el tono cómico es lo consecuente para poder desarrollar la cuestión de la locura, una vez conseguida la atención del espectador o del interlocutor que atiende afablemente.

Los náufragos es un viaje en barco muy ameno que no se relaja en la anécdota a posteriori. Una vez subidos todos a la nave de los locos, sólo el naufragio —actualmente en forma de caer en cuenta de algo— nos brinda la posibilidad de tocar tierra otra vez, pero ya con otros pies, con otra sensación bajo las plantas de los pies, que quizá sea la de haber tenido el mar debajo. Con Los Náufragos podríamos entender a Novecento cuando nunca quiso tocar tierra, habiendo él nacido en alta mar y viviendo toda la vida en las mareas. Todos le tildaban de loco. Y razón tenían. Ellos te contaban la anécdota de Novecento regresados a tierra, él tocaba música. Los náufragos nos invitan una bella música que termina con la palabra “compartir”: el chocolate, la compañía del de al lado, del actor y del espectador, que se difuminan y nada importa ya, sólo que quisiera que el barco nunca naufragara.

Los náufragos se presenta en el Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque, los días jueves, viernes a las 20:00 hrs., sábados a las 19:00 hrs. y domingos a las 18:00 hrs. Las localidades están a $150, con jueves de teatro a $30. Lamentablemente se presentarán hasta el día 23 de octubre. ¡Corran!

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