Los niños y las truculentas “normas” en las películas de Tim Burton.

Adriana Hernández Segura|

De las películas de Tim Burton se ha dicho que los personajes son “inadaptados”, “enigmáticos”, “no normales”,  que son películas con “realidades torcidas”. Incluso se ha llegado a suponer que Tim Burton fue un niño marginado. Aparentemente nadie se da cuenta que, la niñez particularmente revelada en sus películas, destapa a la vista de todos, el mensaje de que ningún niño encaja en la sociedad porque la infancia supone conocer a través de experiencia auténtica, salvaje, desordenada y espontánea, la experiencia como aporía (sin camino), es decir, no científica, no experimento.

De esta forma, los “adultos”, frenados en nuestra capacidad de experimentar, empotramos violentamente la concepción del otro (del niño), en un estado de rareza, misticismo, oscuridad, incomprensión, incoherencia y confusión sobre el funcionamiento del mundo. Vemos en la niñez, la falta de algo para que puedan ser “normales”, es decir, los concebimos como potencialmente “normales”.  Lydia Deetz, la niña de la película Bettlejuice no se asume a sí misma como diferente (a pesar de ser gótica), en realidad ella sostiene que son los “vivos” (adultos) los que rechazan todo lo que es “raro” e “inusual”, y luego dice: “Yo misma, soy extraña e inusual”, es decir, ella no es el estándar que esperan que sea y por tanto, sus padres no la consideran, la niegan, niegan su diferencia, esa negación se nota porque no la ven, no la pueden ver ni a ella ni a los muertos, es como si ella también estuviera muerta para ambos padres.

Igual sucede en la película El joven manos de tijera cuando, después de que la policía detiene a Edward, toda la familia está en la mesa y el padre quiere enseñarle ética a Edward preguntándole qué haría si encontrara un maletín lleno de dinero y le da varias opciones para responder, a) quedarse con el dinero, b) comprar obsequios a los seres queridos, c) donarlo a los pobres, o d) entregarlo a la policía y Edward responde que lo daría a los seres queridos y le dicen que esa no es “la respuesta correcta”, pero no le explican las razones, solo le dicen que lo correcto es entregarlo a la policía. En esa conversación no hay un intercambio de argumentos, no se acepta el razonamiento de Edward, se le censura e impone una sola respuesta: “lo correcto” sobre “lo incorrecto”.  Hay una sólida tendencia a creer que la condición del adulto trae en sí mismo “verdades” que desconocen los niños y por lo tanto, al niño se le considera como el que “no sabe”. En esa tendencia estamos negando al otro, porque la infancia no sólo supone al otro como persona, sino al otro como significación, temporalidad y espacio. La infancia es una otredad en cuanto a que tiene impresa su propia originalidad y reconocerla implica entrar en contradicción porque entre yo y el otro no existen semejanzas, sino diferencias, lo que nos hermana no es una conexión, sino un despeñadero.

En consonancia con las películas de Burton, en el libro Infancia e Historia de Giorgio Agamben, leemos, entre otras cosas, las razones por las que se ha desplazado e incluso calumniado a la experiencia y se ha levantado sobre ella a la ciencia y al experimento. Las sociedades contemporáneas nos despojaron de tener experiencias, imperan, en su lugar, los experimentos tales como estrategias de guerra o estrategias económicas, predomina la trivialidad, la existencia dominada por el mundo y no el mundo dominado por la existencia, las personas anónimas que se pierden en la banalidad cotidiana de levantarse, bañarse, salir a trabajar, leer un libro, una revista, un periódico, comer, comprar, manejar, regresar a casa y prender la televisión hasta quedar dormidos. Esta banalidad cotidiana de la que Heidegger habla en “Ser y Tiempo” supone una existencia inauténtica, una existencia trazada, dirigida por las respuestas dadas, por los cálculos ya hechos, por quienes han pensado en cómo quieren que funcione el mundo, un mundo totalmente científico que desconfió del lado humanista, un mundo capitalista que mata la existencia auténtica.

Las sociedades adultas buscamos certezas, como la ciencia, queremos asegurarnos que se está construyendo una generación mejor. Esos niños serán el modelo a seguir, pero primero deben ser “normales” y para serlo hay que normalizarlos. La normalización supone el uso de “normas”, de reglas en el juego, de respuestas dadas, de métodos ya probados en los que se busca el desarrollo específico de ciertas capacidades de los niños, que se concentren más, que no tengan miedo a los fantasmas, que “sepan la verdad”. Esa búsqueda de certeza en el futuro ahoga en ellos la ocasión de conocer por experiencia auténtica, de imaginar y visualizar un mundo a través de la fantasía o del fantasma, de la unión entre deseo y necesidad que plantea Nietzsche, Sade o Cavalcanti. Cuando nos privamos del conocimiento por experiencia auténtica, nos despojamos del carácter fantasmático de la experiencia, es decir, del deseo de apropiarnos del conocimiento y satisfacernos de él para después seguir deseando conocimiento. La producción de normas es el arma de la ciencia en el campo del derecho, es la cristalización de “verdades”, la forma en que quienes dominan el discurso legal, tienen certezas del comportamiento de la sociedad.

En la película El joven manos de tijera mientras el inventor lee a Edward un manual de comportamiento en la mesa, se van moviendo las hojas de un cuaderno con los diseños de la evolución del “experimento científico” que es la creación de Edward, el hijo del inventor, desde que su cuerpo es simple metal, pasando por el diseño cada vez más elaborado de extremidades y cabeza, órganos, para finalmente ser un “ser humano” alienado, porque además el diseño del “hombre” tiene traje. Un ser humano creado, educado y dirigido en su crecimiento. Esa parte de la película impacta, evidencia la forma en que se normaliza a una persona, desde su aspecto físico hasta su comportamiento en situaciones tan absurdas como el momento en que se deben tomar los cubiertos al comer.

La ciencia organiza el conocimiento empírico convirtiéndolo en experimento, teme aquello que aparece espontánea y desordenadamente a la persona, teme las aporías y lo hace porque busca certezas que la experiencia no puede dar. Pero, el conocimiento a través de la experiencia auténtica, y a diferencia del experimento científico, no se agota en el objeto que se trata de conocer. La experiencia auténtica no ve a los objetos como cosas donde acaba el conocimiento, más bien se interesa en la esencia del conocimiento a través de dicha experiencia y por tanto no termina, no es constante y no es calculada ni ordenada, es conocimiento infinito, integral, no organizado, no dirigido, no racionalizado. La experiencia auténtica supone además vivir en un mundo de significantes, es decir, entrar en el campo de la interpretación y por tanto en el mundo del arte. Para los niños todo es significante a sus ojos, mientras no puedan hablar interpretan lo que ven y usan las pocas palabras que conocen, de forma poética, es decir, sin querer decir el significado real de la palabra que dicen. Esto es relevante porque muestra el verdadero sentido de la existencia humana, una existencia que interpreta dialécticamente y que no está gobernada por las palabras que en sí mismas guardan un significado preciso. Hablar, es también una limitante para el ser humano en su expresión de existencia, por esta razón, en muchas ocasiones los poetas desprecian el lenguaje, porque los somete, los pintores odian que se quiera definir una obra, los músicos detestan que se les encierre en una composición y que se busque precisar el motivo de sus piezas. El infrarrealismo jurídico propone esto, liberar, a través del humanismo que representa el arte, la visión del derecho y las normas.

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Adriana Hernández Segura. Licenciada en Derecho por la UNAM, Maestría en Derecho por la UNAM y por la Università degli Studi di Roma Tor Vergata. Le interesan los temas relacionados con filosofía, el capitalismo, el derecho, la economía y movimientos antisistémicos.

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