Los ojos y la mirada de Durero

“Estudio de cabeza de un anciano” (1521), Alberto Durero

CARLOS EDUARDO MALDONADO |

La belleza puede no haber sido la guía del mundo en gran escala en la historia de Occidente. Pero sí ha sido, con seguridad, la guía de numerosas personas. Que es cuando los valores del mundo no coinciden necesariamente con los valores de las gentes. Occidente se ha guiado por cosas como “verdad”, “conocimiento”, “fe” y otros muchos. Y al lado, o debajo, o cruzados, el arte y la estética.

Y uno de esos momentos: el Renacimiento, o los Renacimientos. Y uno muy importante, no tan conocido como el italiano: el renacimiento alemán. Y en el renacimiento alemán quizás el artista más destacado de todos: Albrecht Dürer (1471-1528), españolizado como Alberto Durero. (Los españoles, tradicionalmente de baja capacidad para los idiomas extranjeros. Sigamos, pues, el juego).

Quisiera aquí destacar el que es quizás el mayor impacto de todos en la obra de Durero.

La belleza ha sido idealmente asimilada a las matemáticas. Incluso con fundamentos biológicos. La belleza, se ha dicho numerosas veces, se funda en la simetría. Un ideal; un hermoso ideal, sin duda. Pues raras veces el mundo se aparece simétrico. El mundo real, y la naturaleza. Los griegos formalizaron el tema alrededor de la regla de oro y la proporción áurea. Y luego, todos los estudios antropométricos. Desde Vitrubio hasta los propios de Durero, y más allá.

Con una salvedad: en los estudios de Durero, la antropometría apunta al esfuerzo por desarrollar, por sí mismo, una teoría de las proporciones del ser humano. Esas elaboraciones con fecha 1513; de frente o perfil. Durero no sigue reglas o normas: las crea; o por lo menos busca crearlas; las explora; eso sí, hasta el fondo, no únicamente a título tentativo. Y el resultado son Cuatro libros de la proporción humana (1528).

Pero el mundo real, ese de allá afuera, y que a veces se cuela por las ventanas o los resquicios de las puertas, no exhibe simetría. Y ciertamente no simetría perfecta. Aunque lo quisiéramos. Y aunque el mundo light lo quiera presentar, construido entre cirugías, efectos de luces y mucho photoshop; notoriamente.

Durero observa el mundo de manera cuidosa, paciente, sistemática. Gracias a sus viajes, y gracias también a esa cultura empírica del Renacimiento. Y exulta como ninguno en su sensibilidad hacia la mirada de los otros. Esa mirada plural, que es la suya propia, e incluso la de su madre. La de Durero es una pintura, dibujo, serigrafía, grabado y estudios, llenos de sabiduría de mundo, de sabiduría de la vida. Basta con mirar, desprevenidamente, pero con atención, los ojos y las miradas en su obra.

Con un patrón identificable. Ojos siempre llenos de vitalidad y experiencia, ojos llenos de alegría e inocencia, ojos y miradas colmados de todo lo bueno y mejor que ofrece siempre la vida. Sin desatender, jamás, a ese cuadro singular que quisiera ser otro –o superación- de la Mona Lisa, que es su Autorretrato con pelliza (1500), que quiere, como la Gioconda, seguir nuestra mirada desde cualquier ángulo; pero que al cabo tiene su foco propio. Es el propio artista que todo lo observa, con avidez, sensibilidad y sabiduría; como queriendo seguir incluso nuestra propia mirada, a través del tiempo. Ojos color miel, con pliegues no-perfectos.

Qué diferencia, con respecto a sus propios ojos y su mirada, con la experiencia de cinco años más tarde. El Autorretrato desnudo (1500-1505), en pluma y pincel, con una mirada que, ¡qué duda cabe! es idéntica a la de su madre. Por lo menos cuando se observa con cuidado el carboncillo Bárbara Holper. Madre de Durero (1514). Una mirada con mirada asimétrica, una mirada que haría retroceder a cualquiera en un día anónimo de éstos. O el contraste también con el Autorretrato de 1493, que nos muestra la verdad de unos ojos que nada tienen que ver cuando se los mira de frente como en el autorretrato de 1500. Es una especie de mirada que viene de muy desde el fondo, más allá de la superficie de los ojos.

Es como si Durero supiera ya desde temprana edad que su mirada no era la del mundo mismo, pues estaba destinada a arrojar nueva luces sobre el mundo. Al fin y al cabo, la luz del mundo procede siempre, por lo menos en parte, de los ojos mismos. Y sólo excepcionalmente procede de las cosas. Para una muestra: el Autorretrato a los trece años del artista (1484). Una mirada destinada a cruzar bastante más allá de las superficies y los límites. Una extraña asimetría de una mirada que definitivamente no es la normal en cualquier ser humano.

Durero posee toda una psicología. Pero se trata, siempre, de una psicología nutrida de sus viajes, y claro, en la cultura renacentista en que se enmarca. Observar, observar, y dejar que las cosas hablen; y escucharlas. Y luego permear en la mano, a través del lápiz y el pincel, lo que la observación ha plasmado. De los ojos al lienzo y el papel, y desde aquí, nuevamente al espíritu.

La mirada de La cabeza de Jesús (1506), enmarcada en un entrecejo suave, ligeramente plegado, que es tanto meditación y conocimiento profundo, como dolor y hasta un cierto coraje teñido de empeño. Un Jesús joven, un Jesús que presiente su destino y el del mundo. O esos ojos semicerrados de la Madonna en La sagrada familia de la libélula (circa 1495). Mirando al niño, nada más distrae la atención de la madre, y en sus ojos se presiente todo el amor materno.

Sin ambages, en El caballero la muerte y el diablo (1513), todo el fondo del cuadro está centrado en las miradas. La del diablo, de ojos grandes, abiertos y negros, la del perro que deja entrever que la aparición de la muerte y del diablo –ese diablo que le muestra al caballero el reloj que dice que el tiempo se le acaba-, no es ficticia, sino todo lo real que se puede y quiere. La mirada al frente, del caballero, enmarcada en una sonrisa de porfía, como afrontando el límite pero superándolo. Y el carnero de la muerte, en la espalda del caballero y detrás del caballo, una mirada de espera, pero como de quien sabe que los hilos no dependen del propio carnero. Frente a estos ejes, todo lo demás es subsidiario. El castillo, alto a lo lejos. Las montañas y las rocas, la armadura o las armas, por ejemplo. Todo, absolutamente todo lo demás, está en función de los ojos y las miradas.

Y siempre, siempre, esa mirada de Melancolía (Melencolia I) (1514), que tantos estudios ha producido en la historia del arte y de la estética. El más famoso de todos los cuadros de Durero. En la comprensión de la cultura. Y lo humano. Y ese hermoso libro sobre el tema, Malinconia de J. Clair (1999). La Melencolia, malinconia, de donde habremos todos de aprender lo que verdaderamente es un temperamento melancólico.

Y ese cuadro, paradójicamente, lleno de alegría en medio del dolor que es La adoración de la Trinidad (1511). Un cuadro en el que lo que resalta es el color y la alegría, por encima de la composición y la simbología. Pero en él también todos los detalles y la sutileza, el refinamiento y a sensibilidad, la mezcla de tiempo y destino, en fin, la inteligencia misma aparecen, no cabe duda, en las miradas. Desde aquella mirada de dios, por encima de su hijo con la inscripción de “Inri”, hasta la de todos y cada uno: miradas singulares, ojos particulares, historias múltiples. Cada mirada, una subjetividad distinta. (Es inevitable no pensar en los guerreros de terracota en la China de la Dinastía Qin, cada uno con un rostro propio.) En fin, Durero, el de las miradas y los ojos.

Si Rubens descubrirá el cuerpo, será Durero quien descubra, antes, la importancia de la mirada y los ojos. Mucho, mucho antes que esos otros trabajos en torno al rostro humano, por parte de Lévinas, y todos los estudios fenomenológicos sobre la empatía (Einfühlung). Mucho antes que ese otro judío Buber, con el diálogo de yo y el tú.

Y en los estudios sobre la anatomía y el desnudo humanos, siempre, a pesar incluso del propio artista, serán los ojos y sus luces y fuerza, su candor y pureza los que resaltan, más allá de los cuerpos. Si no, baste con echar una mirada a la Venus a lomos de un delfín (1503). Esa Venus gira la cabeza directamente hacia cada uno de nosotros, y se siente su mirada, aquí en el pecho. O los ojos y miradas de Adán (1507) o de Eva (1507). Aún en su inocencia, según el mito, la mirada de cada uno anticipa una historia entera, y el paso siguiente. Es la vida que habla a través de la mirada.

O los ojos fieros de Lucrecia (1508). Con seguridad Durero capta ese instante en el que ha decidido llevar a cabo el suicidio después de la afrenta. Esa mirada hacia lo alto, pero con los ojos bien abiertos; ya nada le sorprende este mundo, ya nada espera del mismo. Se trata, a todas luces, de una mirada que se sale de su cuerpo. Una mirada que se mantiene en el tiempo y termina por cumplirse hasta ese cuadro que es La muerte de Lucrecia (1518), la misma dirección, la misma fuerza, la misma decisión y conocimiento.

O la mirada abierta y pura, con esa luz que sale de los ojos, no una luz que llega a ellos, de la Cabeza de apóstol mirando hacia arriba (1508). El blanco de los ojos trasmite la luz, la paz, y el conocimiento que solo conocen ojos tranquilos e impasibles; de mirada cálida a todas luces. Incluso, independientemente de cualquier referencia al título de la pintura, se anticipa en los ojos del apóstol una mezcla perfecta de esperanza, sabiduría y paz. Pero no nos llamemos a engaños: todo ello proviene de Durero.

Ahora bien, los ojos hablan, incluso aunque no estén abiertos. Si no, veamos los ojos y la mirada que expelen aunque los párpados estén bajos, en Cabeza de apóstol con gorro (1508). Unos ojos cerrados, pero, en medio de la vejez, tranquilos. Una mirada que mira hacia adentro, posiblemente. Unos ojos que hablan por todo el rostro, a pesar de que no los veamos. Esa es la magia de Durero.

Pero hay también en Durero ojos que aunque estén abiertos no están viendo. Están orientados hacia esas dimensiones en las que las ideas y los sentimientos son uno solo, en los que el futuro y el sueño son la verdad misma. Y es lo que se aprecia, sin dificultad alguna en San Jerónimo (1521), ese santo que llegó a serlo gracias fundamentalmente al trabajo de traducción del Libro de los Libros. La mano derecha sostiene la cabeza, mientras la izquierda indica con el dedo índice la calavera. Luengas barbas hermosas, y ese rojo-Durero (el mismo de la Trinidad y de varios otros cuadros). La mirada de Jerónimo nos mira pero no nos ve. Unos ojos claros, jóvenes a pesar de los tejidos y los pliegues del rostro; jóvenes a pesar de las canas en el pelo y en las barbas, esos ojos cautivan por largos instantes la existencia.

Y hablando de miradas y de psicología, qué profundidad la del artista, cuando fijamos la mirada en su El emperador Maximiliano I, (1519). Un hombre de poder, conocedor de las aventuras humanas que lo rodean y lo tejen, el hombre de la mirada semiabierta, mirada de recato, mirada de análisis y cálculo, por sobre todas las cosas. A pesar de las arrugas de la expresión y alegría –esos placeres pasajeros que traen los años y los deleites transitorios del poder-, los ojos de Maximiliano no ocultan la verdad de esa combinación difícil entre edad y el control de los secretos.

Pero si hay un cuadro en el que la belleza adopte otro camino perfectamente distinto de la simetría es el Busto del capitán imperial Félix Hungersperg (1520). Hombre de batallas y guerras, hombre leal se presume, este capitán ha sobrevivido a numerosos enfrentamientos. El ojo izquierdo del militar ha sido víctima de los embates, y permanece en el rostro pero inservible, imperfecto. Es un ojo petrificado que mira hacia arriba, mientras el ojo derecho muestra, sorprendentemente, serenidad y jovialidad, tranquilidad y esa juventud que no sabe del tiempo. Qué hermosura la mirada de los ojos, una belleza que está totalmente alejada de la simetría en sentido clásico.

O también, el Estudio de la cabeza de un africano (1508). Un joven de unos veintitantos años, muy sobriamente vestido, pero en el que nuevamente son los ojos y la mirada lo que salta al primer plano. Ojos no simétricos, mirada sincera. Acompañada de un frío distanciamiento que se entrevé en la mirada del ojo izquierdo. Una mirada que  cualquier ser sensible e inteligente interpela.

Pero no es solamente de la mirada humana de lo que se trata en Durero. El artista ve los ojos y las miradas como quien descubro lo más vital, lo más esencial de un ser vivo. Y eso se aprecia inmediatamente en las miradas de los perros en ese cuadro que es San Eustaquio (1501). Los perros, y el caballo. Incluso, contra todas las apariencias, no es el santo el que descuella en el cuadro. Sino las miradas de los animales, cada una única, cada una singular y propia. (Y ese perro en el extremo inferior derecho, que nos mira fijamente: nos mira).

Y esa Liebre de (1502). Sentada, acostada, con las orejas siempre pendientes del menor ruido, las manos juntas que traducen un estado de tranquilidad. Pero por encima de todo, esos ojos, ojos-de-liebre, exactamente como las que conocemos si nos hemos fijado bien, en una casa, una huerta, una finca o un zoológico. Ojos con mirada de liebre, ojos únicos.

Y es que, seguramente vinculado con su propio proceso de envejecimiento, Durero se concentra, con el tiempo, en la edad profunda. Quisiera entonces proponer voltear la mirada hacia el Estudio de cabeza de un anciano (1521). A mi modo de ver, condensa en este estudio toda la sabiduría de su arte.

En pincel, tinta negra y gris, con realces de albayalde, sobre papel preparado gris violeta. De acuerdo con los apuntes de Durero, un hombre de noventa y tres años —edad venerable en cualquier época— originario de Amberes (Bélgica). “Aun se conservaba sano y alegre” escribe el artista al respecto.

Un anciano, y por definición un sabio hombre, de largas barbas y cabello rizado, lleva un sencilla boina en su cabeza. Su mano derecha sostiene su cabeza, hacia las sienes, pero los gestos de esa mano no son tensos. El codo reposa, verosímilmente sobre unos libros, o una mesa con papeles. Algo como un abrigo o una chaqueta gruesa lo abriga. No cabe pensar necesariamente que es una estación fría. Los ancianos se arropan bien por pérdida de calorías.

La  nariz denota que en su juventud debió ser hermosa y espigada, y la boca es hoy de labios delgados. Con el tiempo los labios, otrora quizás carnosos y prestos a los más diversos deleites, se apocan y pierden volumen.

El rostro del viejo es indiscernible del aire mismo, de su atmósfera, de su áurea, si se quiere. Las numerosas arrugas de su frente son la primera expresión de quien ha vivido mucho, y mucho ha conocido las alegrías y el dolor de la vida. El arco izquierdo está ligeramente más elevado que el derecho, lo que es una clara muestra de reflexión y preocupación sedimentadas. Pero lo que atrae, con carisma, además del aire que rodea al anciano es, sin duda, la belleza de la mirada, orientada hacia abajo, los párpados frescos, a pesar del tiempo.

Son unos ojos plenos de vida, ojos de un anciano bueno. Es un premio la edad cuando regala a los humanos con esa serenidad producto de la sabiduría. El anciano ya ha corrido todo lo que ha podido en la vida, y si varias de sus carreras pueden haber resultado fallidas, al cabo ha logrado llegar con seguridad a la meta. Y observa el paisaje desde esa altura que confiere una dignidad que está más allá de los nombres y las palabras.

Ser observado por un anciano como éste es sentir que la mirada atraviesa el alma y revela los secretos más ignotos, los estados y las condiciones que incluso cada quien ignora dentro de sí mismo. Y sin embargo, es como encontrar un espejo que no juzga. Porque estos ancianos, sabedores, ya no juzgan nada. Sirven en la vida como espejos para cada uno: para que cada quien encuentre la verdad que le pertenece.

Y descubrir que, sin importar cualquier otra consideración, la vida es buena. La vida habrá valido siempre la pena vivirla. Esa es la mirada del anciano que Durero pinta.

Vivir sabiendo que muchas de las experiencias de la vida pueden haber sido inventadas, pero que también a través de tantos valles y montañas, se ha sabido que la vida es un juego que se juega a largo plazo. Y es en el largo plazo cuando saltan los fantasmas y las verdades, y se dirimen.

Durero ha pintado este cuadro cuando él mismo tenía 51 años. En el Renacimiento, una edad más que respetable. Y como si presintiera que a él le quedan sólo seis años más de vida, luego de encontrarlo en una de esas calles típicas de Amberes, entre castillos, palacios y puentes, esas calles redondeadas como casi todas las calles que proceden del medioevo, lo ha pintado como ejemplo y con admiración. Como ideal y como encuentro fáctico. Y del anciano, lo que lo hace auténticamente humano y permite traspasar el umbral de lo simplemente mundano, es su aire y su mirada. Él, Durero, que vio los ojos sabios del anciano.

La vida, según parece, es ese proceso en el que, al cabo, sencillamente, podemos mirarnos a nosotros mismos al espejo, o mirar a los demás, de frente, y descubrir si existe una luz —y el color de la misma— en la mirada. Que es la síntesis de un tiempo, y la ventana a una mejor esperanza. La vida, que implica siempre más vida, y algo, algo más de sabiduría.

En una palabra, la vida, que se vive más allá de ficciones como la simetría. Y por eso mismo es siempre bella, y siempre vale la pena. Llegar a ser anciano con esa mirada: un verdadero premio de la vida.

| RMM | CEM | @philocomplex |

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Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh.

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