Los pasos ancestrales de la danza

"Paisaje istmeño" / *

“Paisaje istmeño” / *

RACIEL RIVAS |

“…Cuando se llegue el suspirado día

en que con dedo compasivo y yerto

cierre por fin mis ojos la agonía,

la zandunga tocad, y si no despierto

al quejoso rumor de la armonía,

¡dejadme descansar, que estaré muerto!

Rodulfo Figueroa

 

No todos los años la vida nos frecuenta. Y estar conscientes de ello es un sello distintivo de la cultura zapoteca. Desde tiempos ancestrales, mucho antes de la incursión española en tierras oaxaqueñas, los indígenas se saciaban de placer al saber que la tierra era, de nuevo, besada por los ardientes labios del sol.

La celebración del año nuevo iniciaba, de tal modo, en el momento en que el planeta inclinaba, como hasta hoy en día, su hemisferio norte, para entrar en la ruta más larga de su elíptica. La calidez constituye, desde entonces, el elemento necesario para sentir el abrazo de la vida.

Según el calendario zapoteca (conformado por 18 meses de 20 días) el año comenzaba el 12 de marzo con cinco días previos indefinidos: días aciagos, fuente de angustia y temor por no saber si llegaría la nueva anualidad. Por ello, una vez superada la angustia, celebrar era una necesidad, un punto de fuga para todo el suspenso contenido.

En el Istmo de Tehuantepec incursionamos, a inicios de febrero, cinco nómadas curiosos para corroborar el continuum de nuestra existencia, y saciarnos de fiesta zapoteca.

"Vendedora tehuana" / *

“Vendedora tehuana” / *

Viernes Zaa

Nos despertaron las primeras hordas de calor. Doce horas seguidas de viaje por tierra, desde la Ciudad de México, tuvieron que ser necesarias para que nuestros ojos fueran pincelados con el verde fresco del paisaje istmeño. El sudor es el primero en dar la bienvenida; estábamos ya en Tehuantepec.

Al bajar del autobús, en seguida, lo primero que uno ve es el vaivén de las tehuanas por doquier. Tehuanas a pie; tehuanas cargando un bebé; tehuanas en acalorada plática; tehuanas refrescándose con hojas de árbol; bajo palmeras, niñas tehuanas corriendo, joviales, jugueteando a las miradas con chavales; tehuanas ancianas mecidas por un viento suave; y, sobre todo, tehuanas comerciantes, aún hoy en día, con un garbo mítico, siempre con un xicalpextle sobre la cabeza para guardar la variedad de frutas, especias, totopos, quesos o aguas frescas. Las tehuanas son buenas en el comercio, administran la economía de la región. Los hombres llevan a cabo el trabajo rudo que a su vez es bien remunerado con el trato desvivido de sus mujeres: “paaaapi” ―con elocuencia―, “papá, ¿qué va querer de comer papá?”; el trabajo del hombre tiene su recompensa en el apapacho erótico de la tehuana.

Tehuantepec, además de sus mujeres, es la ciudad más antigua y emblemática de la región istmeña en el estado de Oaxaca, pues fue aquí donde, hace más de quinientos años, tuvo lugar la valiente resistencia de los zapotecas, al mando del rey Cosijoesa, frente a la pretendida invasión de los aztecas por la invaluable riqueza de estas rutas comerciales. Y el cerro de Guiengola fue, en aquella ocasión, la trinchera perfecta para propiciar la derrota del ejército azteca, ya que el  amplio panorama que ofrecía fue fundamental para predecir cualquier ataque.

Pero esta vez el peligro no consistía en una invasión guerrera, quedaba claro, sino en la incertidumbre de no saber si llegaría el año nuevo zapoteca.

Nos dirigimos a la plaza central. Necesitábamos toda información respecto a los horarios y lugares específicos dónde se llevaría gran parte del ritual. La fiesta inaugural, conocida aquí como Viernes Zaa, es decir “viernes de música” o “viernes de fiesta” ―la palabra zaa en zapoteco tiene varias acepciones pero entre las más comunes es música y fiesta― daría inicio por la noche en el barrio de Santa María. Había que prepararlo todo para no perder ningún detalle. Raúl y Hugo se afianzaron al cuello sus cámaras fotográficas; Enoc, adicto al dibujo, afiló sus carboncillos; y Emilia trazó conmigo la estrategia de ruta.

Luego, deambulamos por los callejones para aclimatarnos y ubicar los puntos estratégicos de la celebración. La tarde se nos escurrió de los dedos y la noche se nos empezó a cruzar entre los pasos. Había que estar listos, el festejo estaba por comenzar.

Viernes Zaa, día inaugural del festejo por la nueva vida, me dijo don Gerardo,  un anciano orgulloso de haber vivido año tras año ésta celebración.  Pusimos atención a lo que sucedía frente a nuestros ojos: el pueblo se reúne en la llamada “enramada” que se coloca en la explanada central del barrio de Santa María. La “enramada” lleva su nombre por la tradición de colocar en la explanada un techo de hojas de plátano y adornar los postes con ramos de otras plantas. Los hombres se amontonan en las esquinas de la enramada y desde ahí disfrutan el paseo sensual de sus mujeres envueltas en flores; dicho paseo de las mujeres con su traje típico es solo el comienzo.

"Tehuana" / *

“Tehuana” / *

Inicia el baile

Se regalan sonrisas. Saxofones y trompetas entrelazan sus alegres notas. Las damas levantan con delicadeza su colorido enagua y los varones las acechan a pasos sincopados. Poco a poco la plazuela se siente cimbrar, llegan en cada melodía más y más parejas. Los hombres arropados de paliacate y guayabera inundan el lugar en busca de bellezas rebosantes de color; se inclinan cuando la música declina; se yerguen cuando las notas se estremecen. Las tehuanas se ladean con elegancia, dan la espalda a la muestras de deseo, muestran dignas su perfil; ellos van tras ellas, insinuando su cortejo. Erotismo derramado en cada paso que renace de la tierra en forma de una nueva melodía.

Muchos Sones; la polka tehuana no falta, y mucho menos la melodía identitaria, el gran himno: “La inmortal Zandunga”. A la media noche el Son esperado es el “Son xquipi” o “Son del ombligo de la luna”. Metáfora cosmomaternal que recuerda el renacimiento de la tierra. Los fuegos pirotécnicos incendian el velo de la noche. Jolgorio contagiado en cada rostro. Movimiento inalterable de los cuerpos. Melodías inagotables. Este es el mensaje que se deja descifrar en cada baile: “Todos sobreviviremos…”.

Huellas de la danza

El sábado se tejen símbolos.

El día inicia con la Tirada de frutas, tradición que revela la necesidad prehispánica de equilibrar el excedente de cosechas. Se recorre con el pueblo la mayor parte de los barrios.

Niños montados en caballos arrojan el excedente como muestra de regalo; muchas manos agitadas en lo alto para recibir las frutas que cruzan por el aire; la multitud se sabe plena, niñas y niños juegan con barriga repleta.

Luego de recorrer muchas calles y atravesando vericuetos, el descanso se da, por un momento, en la explanada del convento Santa María. En seguida, la música hace su presencia ceremoniosa en la plazuela; la música en el Istmo, no cabe duda, es aire indispensable para la vida; siempre se respira.

Algunos hombres empiezan a ser coronados con heno y se organizan en una mesa para brindar e iniciar un baile tradicional. Se trata del “Son bandaga” (Son de la hoja), y ellos son nada menos que los Shuanas: autoridades morales encargados de llevar a cabo cada año estas Fiestas Titulares. Pero también existen las Shelashuanas, que son las autoridades morales femeninas que se en cargan de organizar junto con ellos todos los detalles previos a las celebración zapoteca. El baile “bandaga” es un entrecruzamiento de hojas guié gubé a manera de saludo; hojas sacras dentadas como el hocico de un pez sierra.

Un pez sierra de madera, minutos después, irrumpe agitado en la explanada. Es el “Son bidxia” (Baile del pescado). Los pescadores intentan capturarlo al ritmo resbaladizo de la música; al fin lo capturan. Pero no basta, hay que capturar al pueblo: los pescadores miran hacia al público, silencio… suspenso… de pronto ¡un mar de gritos! Todos salen corriendo de la plaza, las redes se pierden en el cielo negro, en ese momento tu compañero o compañera es capturada, tienes que correr.

El suspenso se dispersa entre los callejones, las personas se reguardan dónde pueden: bajo un coche, tras la puerta de su casa, entre los árboles. Los pescadores siguen atrapando a los desprevenidos, y luego de tanto correr, en el callejón menos esperado ¡aparecen de nuevo! Entonces, es inevitable: has sido capturado y tus gritos de sorpresa quedan impregnados en los muros viejos del adobe rojo.

Junto al juego popular de la pesca humana, existe otro fenómeno festivo de peculiar deleite. En parejas, bellos toros tiran carretas adornadas con flores regionales; niñas tehuanitas las abordan y saludan al pueblo que las mira con júbilo y admiración: estas tehuanitas, tal parece, son la esperanza de un pueblo que anhela ver en ellas y las hijas de ellas la perpetuidad de la festividad. Las carretas desfilan una por una desde la iglesia del barrio para recorrer los callejones y las empinadas calles. Conforme la emoción se contagia el resto de la gente que al principio las miraba, se empeña en abordarlas. La música anima el trote de los tiernos toros, el pueblo aplaude. Y luego de un paseo muy divertido, todos tienen que bajar de un brinco ante la empinada calle que conduce al lugar de origen; los torillos apenas frenan con sus fuertes patas, y al lograr estabilizar el tembloroso carruaje de madera, su dueño no tiene de otra más que gratificarlos con un delicioso puñado de hierba.

La celebración del año nuevo zapoteca prosigue gran parte del día domingo. Muchos pobladores se organizan desde temprano en el atrio de la iglesia para recalentar la comida que han preparado desde el viernes por la noche y ofrecérsela por la mañana al pueblo. A este parte del convivio le denominan “Lavada de olla”. Cuando nos enteramos de tal acontecimiento, acudimos sin pensarlo; nos recibieron, recién pisada la explanada, con vasos de atole blanco y platos repletos de sabrosos guisados.

La tranquilidad impera por un par de horas, mientras los Shuanas, las Shelashuanas, las tehuanas y sus esposos intercambian las anécdotas del día anterior, dejando escuchar una que otra carcajada. Hasta los perros son afortunados el día domingo, deambulan entre las sillas de aluminio para que los consientan con un trozo de carne; otros reposan en el suelo recibiendo el nuevo sol para que una que otra mano benévola les agite su barriga. Por la calma de la que uno se impregna queda más que claro que el año nuevo zapoteca ha sido bienvenido; los días aciagos han quedado atrás.

Las tehuanas, vestidas de flores, vuelven a pasear sonrientes, los sombreros de paja abundan, los perros afilan sus orejas, los músicos afinan. La música en este día es más jocosa: infusión sabrosa de sudor y baile. El calor del nuevo sol hierve la sangre, pero los ríos abundantes de cerveza inundan con frescura todas las áridas gargantas.

"Danza istmeña" / *

“Danza istmeña” / *

"Los pasos" / *

“Los pasos” / *

* Fotografías: Raúl Mota / Hugo Lujano / Luis Villalobos

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Raciel Rivas (Tehuantepec, Oaxaca, 1990)

Estudió Filosofía en la UNAM, ha estado interesado en la relación de los procesos estético-políticos conformados a partir de la literatura, la fotografía y el cine. Actualmente es colaborador en el periódico mensual del Museo Nacional de Arte, en la revista Nomastique y en la Revista Consideraciones de esta misma universidad. Obtuvo la mención honorífica en el “Torneo de Poesía” VersoDestierro, 2011; es miembro del Sistema Nacional de Investigadores en el área de filosofía política latinoamericana, y recientemente ha incursionado en la curaduría de diversas exposiciones fotográficas.

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