“(Montajes) Entre filosofía y cine” de Sonia T. Ornelas

Editorial Torres Asociados, México, 2012

El cine es ese mundo luminoso que se proyecta ante nuestros ojos y en el que aparecen árboles y montañas, palacios imperiales y cerezos en flor, en el que cabalgan animales fantásticos y en el que una mujer hermosa muestra sus senos —a colores o en blanco y negro— en medio del desierto.

Sonoro o no, el cine es un universo con sus propias reglas, que estremece al espectador, lo enternece o horroriza; en resumen, lo hace sentir… Pero, ¿quiénes, qué son esos seres del cine?, ¿cuál es —para decirlo ya en términos filosóficos— su estatuto ontológico?

Esta es una de las preguntas que la filosofía se ha hecho pocas veces ante el cine, pues la vía preferida para pensar el llamado “séptimo arte” ha sido la estética, o bien, la teoría de la recepción. Sin embargo, como observa Sonia Torres, en el cine nos aparece —tal vez porque su naturaleza técnica recuerda forzosamente a la caverna que Platón describía en la República— aquella vieja pregunta que ya movía la reflexión de la filosofía clásica: ¿Qué realidad tiene la obra de arte?

La pregunta se extiende más allá del arte mimético. Hay un peligro en la obra de arte que Platón observó bien, y que denunció. No solamente porque la obra de arte puede mentir, y hacer que los ciudadanos confundan lo verdadero y lo falso, sino que a nivel ontológico no es fácil explicar cuál el ser de la imagen, de lo representado. Platón recuerda en varias ocasiones que la imagen —refiriéndose principalmente a la mimética— está a tres lugares del ser, es casi un espejismo.

A siglos de Platón, sigue siendo una paradoja que este “espejismo” logre que los espectadores lloren, bostecen o encuentren placer como si fuera el mundo real lo que observan. Pero, ¿qué es lo real?

(Montajes) Entre filosofía y cine de Sonia Torres Ornelas, lejos de retomar la discusión del cine en los términos clásicos de verdad-ficción, ser-apariencia, toma las categorías que las filosofías de los últimos siglos (Bergson, Deleuze, incluso Spinoza y Bruno) crearon para pensar la realidad. La tesis de Torres Ornelas es que estas mismas categorías deben aplicarse al cine, pues es la propia realidad la que se juega en el cine con toda su densidad.

 

(Montajes)

Su exposición comienza con el análisis del concepto de “imagen”, especialmente el de la “imagen cinematográfica”, puesto que en este concepto se pone en cuestión la identidad, y el ser de las cosas. De forma clásica se ha hecho una división entre objeto e imagen, pero ¿acaso las cosas del mundo no están en constante devenir como las imágenes? Así como los objetos, las imágenes del cine juegan entre el movimiento y el reposo, escapan —en algunos cines más que en otros— a la asignación de identidades fijas y eternas.

La lucha de lo real, ser y devenir está presente en los seres luminosos del cine, y en este encuentro se revalora —advierte la autora siguiendo a Deleuze y a Bergson— el estatuto de las imágenes cuando ya son pensadas desde la inmanencia: no existen seres trascendentes, objetos eternos e inmutables, como pensó Platón.

En la inmanencia las imágenes no deben pensarse en términos de verdadero y falso sino en términos de simulación y simulacro. En el cine se nos presentan las potencias de lo falso lejos de la discusión epistemedoxa.

Dice la autora: el cine es el lugar “donde se hace fracasar la distinción epistemológica del sujeto y el objeto”. En el cine observamos, recurrimos a imágenes sin concepto, una expresión que crea espacios, colores, mezclas… y no simplemente los representa. “Las imágenes son seres en sí y para sí; la imagen es lo que aparece, es el ser del aparecer sin original y por ello libre del paradigma de la réplica”.

A lo largo del texto Sonia Torres no escatima esfuerzos para dejar claro por qué el cine resulta un tema fundamentalmente ontológico, y uno de los asuntos más importantes de la ontología contemporánea, pues en el cine se establece un nuevo modelo de representación que no requiere la fidelidad a un modelo trascendente y permite pensar la realidad desde sí misma, desde la inmanencia.

Además el cine permite introducir el devenir en el ser de las cosas, y por eso, en un nuevo orden ontológico, podemos decir que no hay diferencia entre las imágenes, las cosas y el movimiento. En este orden ontológico comprendido desde el movimiento no se observan fisuras entre el interior y el exterior, entre la conciencia y el mundo, entre la imagen y el movimiento. Esto responde a que ni las imágenes del cine, ni las que observamos en la naturaleza corresponden a un modelo previo, no requieren de un creador poderoso que las construya, es el propio mundo el que aparece, el que deviene. Sonia Torres nos dice: “El universo no termina de hacerse porque las imágenes se afectan unas a otras: las tormentas de arena liman la montaña, el hielo agrieta y fragmenta los guijarros, las cortezas de los árboles se tallan con el viento”. Todo ello sin modelo previo.

 

Deleuze / Bergson / Deleuze

Con el cine —expone la autora— se crea una nueva percepción de la conciencia de la que Deleuze y Bergson ya habían hablado, en la que puedo comprender mi vida, mi existencia, como una película. Esa película de mi vida es una realidad metafísica emparentada estrechamente con el cine, en donde el movimiento es un elemento esencial de la realidad y no mera transición entre dos puntos. Por eso el cine es bergsoniano, nos presenta al universo como un tejido de figuras de luz, nos muestra acciones pero también nos afecta. Universo, cuerpo y afecto, en síntesis.

Para Deleuze, el cine tiene la finalidad de emocionar, y no importa si lo que sucede en el cine es real. Según la acepción clásica, las sensaciones son “seres en sí” que gozan de una existencia autónoma. “Y aún cuando el tiempo solamente sea representado, el cine emociona, da alegría, terror, esperanza, angustia…”.El cine nos hace soñar.

Arte de cuerpos es la cinematografía, pues, junto con la imagen, la cinta está acompañada de otros seres corpóreos como los sonidos y la música: resoplidos, rechinidos, gritos, melodías, susurros… cuerpos invisibles que afectan a otros cuerpos del filme.

Si tenemos suerte, en algún momento las imágenes del cine dejan de relacionarse, de estar limitadas por los signos del lenguaje. Entonces en la pantalla tenemos signos no codificados, verdaderos mundos nuevos, que nos hacen pensar en el nuestro sin orígenes ni fines. “Detrás de las imágenes ningún enigma” dice la autora.

Del realismo al impresionismo, de Casablanca a las locomotoras filmadas sin audio, Sonia Torres Ornelas explora de qué manera las diferentes corrientes cinematográficas han aprehendido la realidad, hay intuiciones poderosas en ellas que nos llevan a Spinoza, a Husserl o a Heidegger, el cine se revela, florece, como un terreno propiamente filosófico en el que lo que está en cuestión no es una historia o una imagen sino la realidad en sí misma.

¿Qué es la realidad, pregunta el cine? ¿Cómo siento cuando cierro los ojos? ¿Qué canción, qué grito puede acompañar un incendio? El cine pregunta en sus diferentes cuerpos, pero al mismo tiempo nos afecta, es un arte que va directamente al sistema nervioso, decía Deleuze. Es fuego, dice Sonia Torres Ornelas, porque está hecho de luz, y la luz siempre será fuego aunque esté atrapada al interior de una bombilla.

Probablemente lo que resulta fundamental en el cine es justamente esa capacidad que posee para presentar el propio mundo y establecer sobre él una cartografía fabulosa en el que hay mapas con agujeros, y la imagen estática y el movimiento no se oponen.

El cine como ningún otro arte ha respondido a las intuiciones de la filosofía en las que no se busca ya una certeza completa y atemporal, ya no habla respecto a un yo, sino a un “hay” que se siente, del que somos afectados, como en un campo de fuerzas inquietantes de las que hablaba Nietzsche. Entonces, nos dice la autora, la cinematografía nos recuerda una cosa fundamental y maravillosa que nos pasa continuamente desapercibida: hay un mundo.

RMM / RL / @RogelioLaguna

4.602 Comments

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