Morir como pretexto

Ricardo Rivas H.|

Alcé la vista para ver el  reloj de la columna que estaba junto a mi mesa, las manecillas cochambrosas de aquel artilugio que parecía tener más de cien años marcaban las 10:15 de la noche. Apenas eran quince minutos pasada la hora acordada, tal vez algún imprevisto o un retraso característico de ella, tal vez cualquier chingadera; sólo eran quince minutos.Mientras miraba el reloj se acercó un mesero.

–¿Qué le vamos a traer, jefe?

Pedí una cerveza de barril, oscura, para recordar los buenos viejos tiempos.

Elegí aquel lugar debido a que había sido nuestro refugio, el escenario de nuestra historia clandestina. Sin embargo, como esa vieja historia, el viejo lugar había cambiado. Aunque el mobiliario y la música eran los mismos, el ambiente ya no, poco le faltaba para cabaret. Me pregunté qué impresión le causaría esa nueva atmósfera. Seguro encontraría los argumentos necesarios para culparme de eso también.

Llegó mi tarro de cerveza;al mismo tiempo, en el sonido localcomenzó a sonar Perfume de gardenias con la Santanera. La pista de baile se abarrotó y pude confirmar mis sospechas: efectivamente había ficheras. Volteé discretamente para ver de nuevo la hora: 10:30. Le di un largo trago a mi cerveza, bebí casi la mitad de un solo golpe; posiblemente me la hubiera terminado de no haberme distraído con lo que ocurría en la mesa contigua.

Un par de mujeres, una de unos cuarenta y la otra de vientitantos, ambas  exuberantes: 130-70-120 a ojo de buen cubero; traían un muy buen desmadre con un hombre ya entrado en edad, pasado de los cincuenta, vestido con un traje barato y estrujado por la borrachera que traía.El catrín cantaleteaba sus proezas, les contaba de cuando le rompió su madre a un policía porque lo quería remitir al ministerio por andar meando en vía pública, de cuando era el rey del baile en los carnavales de la Merced y de Tepito, y de las decenas de viejas que tenía.

–Es que eres un chingón, papi. Yo quiero un hombre como tú, mi rey—le contestaba la damisela mayor, mientras ordenaban otra botella de ron.

Todo cambió cuando el mesero le dijo al buen don que por cambio de turno tenía que pagar la cuenta. La verdad era que había estado chupando como artista y ya comenzaban a dudar de su solvencia.

Para ese entonces, después de otros dos tarros, yo había cambiado la cerveza por el mezcal y ya había corrido aproximadamente a tres mujeres que se me acercaban. Seguro estoy, desinteresadamente, pero quería estar solo. Con mi sobriedad se habían ido también las esperanzas de que llegara, el viejo reloj ya marcaba las 11:40. No sé qué me angustió: si haber escuchado por más de una hora las pendejadas del viejo de al lado o que esa mujer, mi mujer, no llegaba.

No sabía por qué demonios la había citado, ni siquiera por qué había vuelto a desearla de esa manera insana. La chispa que lo detonó todo fue habérmela encontrado en el pinche metro. Ahí, en mediodel calor humano y la mezcla de humores que conlleva. Sólo la saludé, sólo bastó un instante para que sus feromonas provocaran esa explosión de endorfinas en mi cerebro, esa cruel artimaña de la que se vale el instinto de supervivencia de la especie, igual que cuando la conocí.

Fueron los seis meses más intensos de mi vida: las noches transcurrían entre risas, poesía, rolas de Joaquín Sabina, sexo y todo tipo de excesos. Todo comenzaba siempre en ese lugar que ahora me parecía una pintura negra de Francisco de Goya y terminaba en cualquier hotel con la promesa de que dejaríamos a nuestras respectivas parejas y las vidas que ya teníamos hechas para comenzar una nueva. Lo que no sabíamos era que ninguna vida está hecha, las vidas se van haciendo. Y de pronto, un día me dijo que teníamos que dejar de vernos, que ya todo había acabado, que todo era mi culpa. Al pedir una explicación sólo recibí un tajante: “la gente cambia”.

Ya muy mala copa le pedí otro mezcal y mással de gusano al mesero. Sonaba Bésame mucho, y en la pista las parejas la bailaban de a cartón de cerveza.En otras circunstancias me hubiera parecido una escena absurda; en ese instante me pareció poética.Caí en cuenta de que sí sabía por qué la había citado: la amaba. Cada trago de mezcal deslizándose por mi garganta era una alegoría de mi lengua recorriendo su espalda, cada canción cabaretera era una evocación de nuestros cuerpos fundidos, cada grano de sal de gusano empapado en jugo de naranja eran nuestros fluidos mezclados,cada minuto que pasaba era una metáfora de nuestras miradas encontradas. Todo ahí era nosotros, sólo faltaba ella.

En ese momento llegó un mensaje a mi teléfono celular: era ella anunciando su llegada, estaba a quince minutos del ahora tugurio.Me arrepentí de haberme embriagado tan rápido. Volví a ver el reloj, las 12:16.

En la mesa aledaña se había armado un alboroto. El viejo catrín acababa de pagar una cuenta de cinco mil pesos y se le ocurrió proponerle a sus despampanantes acompañantes que ellas pagaran las siguientes rondas. Sólo alcancé a escuchar:

–¿Túestás pendejo o qué chingados? Órale, pinche viejo, a chingar a su madre;y nos dejas otra botella si no quieres que a la salida te rompan tu madre.

El viejo prefirió no meterse en broncas: ya no era el cabrón que madreó al policía ni el rey del barrio. Se fue cabizbajo, no sin pagar otra botella de ron para las señoritas. Lo último que escuché fue una frase fruto de la experiencia de la mujer mayor hacia su joven pupila:

–¿Ya ves hija? así se trata a estos pinches viejos pendejos.

Ya veía borroso. Sudaba mezcal. Prácticamente estaba tirado sobre la mesa. Las personas me miraban de esa manera en la que se mira a quien se considera un pobre diablo, como si ellos no lo fueran. Hice un intento para levantar la cabeza y ver el reloj al que ya odiaba. Alcancé a vislumbrar que  pasaba de la una de la madrugada. Tres horas la esperé, me embriagué y nunca llegó.

No sé por qué me extrañaba. En el fondo siempre supe que no iría, que había elegido la comodidad sobre la clandestinidad y que yo estaba condenado a seguir con mi miserable vida. Pedí la cuenta y un taxi al que llegué trastabillando.

La avenida estaba hasta el tope de autos, un tráfico inusual para ser la una de la madrugada. Sin pedirla, recibí la explicación del taxista.

–Es por el difuntito. Hace como una hora hubo un atropello y la Cruz Roja no se quiso llevar al occiso porque ya estaba muerto.

Me reí, a pesar de la borrachera alcancé a detectar el pleonasmo.

Cuando al fin pasamos por el lugar, entre las estrambóticas luces de las patrullas, los uniformes azules y las batas blancasyacía un cuerpo completamente cubierto con una sábana blanca. Un fotógrafo, seguramente de algún periódico de nota roja, descubrió el rostro del atropellado para tener una mejor toma. En una fracción de segundo alcancé a ver una larga cabellera teñida de rojo por la sangre. Cerré los ojos y me convencí a mí mismo de que era ella: finalmente, morir es un buen pretexto para no llegar a una cita.

Al día siguiente pensé que tal vez debí bajarme del taxi en ese momento y asegurarme, o al menos llamarla para averiguar si seguía con vida,y de paso mentarle la madre. Preferí beberme una cerveza para ver si aminoraban los efectos de la cruda, no sé, supongo que la gente cambia.

***

Ricardo Rivas nació en la Ciudad de México y estudió Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Gusta de la cerveza y de la clandestinidad. Ha jurado que escribirá su obra maestra sobre el cuerpo desnudo de la utópica mengana.

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