(Traducción del inglés por Alejandro Guzmán Gómez)

Funesto es el destino del hombre que, oteando el mundo en toda su amplitud, pueda decir con verdad: ¡No tengo ningún amigo! ¿Conoces a alguno de estos solitarios? Si es el caso, por caridad mándalo conmigo. Yo le puedo conseguir muchos. Los encontrará buenos y baratos. Yo ya tengo suficientes y hasta para regalar. Es verdad que la compañía es un bálsamo en la vida humana, pero en exceso hasta las más dulces esencias traen el hartazgo. Escucha mi caso, querido variorum y apiádate de mí.

Soy un caballero maduro (no viejo) –una suerte de caballero de la mediana edad y media– . Las horas que componen mi día están enteramente ocupadas por mi trabajo en una oficina, sitio en el que estoy solo desde las nueve hasta las cinco. Durante esas horas otros cuarenta burócratas también trabajan cerca de mí. Y aunque el rostro humano sea algo divino, me parece que tantos rostros humanos vistos en un sólo día no hacen otra cosa que disminuir la estima que presto a esta divinidad.

Sucede con estas reminiscencias divinas lo mismo que con el politeísmo. Multiplica los objetos y no obtendrás sino un inminente decaimiento en la adoración. “¡Qué obra maestra es el hombre!”, “¡Qué infinito en capacidad!”, etcétera. Pero de tratarse de una buena cantidad de hombres juntos, de una candente caterva de creaturas racionales, Hamlet mismo, en mi situación, hubiera moderado en buena medida sus observaciones. Taedet me harum quotidianarum formarum [estoy cansado de estas bellezas comunes]. Llego todos los días a cenar a mi casa famélico y hastiado de los rostros.

En ocasiones tengo la fortuna de llegar sin compañía. En esos casos el alivio es tan restaurador como una siesta; pero más a menudo ¡ay! alguno de mis colegas que vive por mis rumbos (como se dice), tiene la atención de acompañarme; me observa llegar a mi puerta, y ya por fin puedo hacerme a la idea de la comodidad de mi hogar, de una agradable comida y de la bendición de un solo juego de cubiertos.

Me siento en mi solitaria zalea, tan feliz como Adán cuando soltero. Y todavía no puedo siquiera dar un bocado cuando un inesperado timbrazo anuncia la visita de un amigo. ¡Ah, lo que daría por algo que callara de una vez por todas ese atroz instrumento de tortura! Cuando tocan la puerta me pongo nervioso, pero un timbrazo es un aguijón para todas las amargas pasiones de mi naturaleza. ¡Estos abominables amigos o enemigos que me torturan de este modo! Vienen con plena conciencia de que no son bienvenidos; llegan con una suerte de sonrisa burlona que señala su triunfo sobre mi debilidad. Mi alma se asquea por dentro en cuanto entran. Apenas y puedo articular un “¿cómo te va?”. Mi fuerza intestinal decae; y ya me cuesta bastante mantenerla aun cuando estoy solo.

Comer es una actividad solitaria, mas uno debe beber en compañía. De este modo, fatigamos la botella y así mismo mi obstinación pronto se agota junto a ella. El visitante se vuelve agradable. Lo encuentro de buen carácter; me pregunto si debí haber sentido tal aversión en el momento en que entró; comenzamos a platicar; inadvertidamente cae la madrugada y puedo por fin yacer en mi fría cama de soltería (¡ay, el único lugar en el que sufro mi soledad!) pensando en que otro día ha pasado sin poder disfrutar de la solitaria reflexión ni siquiera por un solitario momento. ¡Ah! ¡una cabaña en tierras ignotas, la cueva de los siete durmientes (siempre y cuando los otros seis no estuvieran), una soledad robinsoniana!

Lo que más me molesta es que los que mayormente me importunan son jóvenes. Los jóvenes, piensen lo que piensen, no pueden ser buena compañía para un solo hombre de mi edad. Resultan estupendos cuando interactúan con más personas, sobretodo si hay mujeres. Pero tener solamente para mí la carga de un joven por varias horas consecutivas es una tarea intolerable.

Mi viejo amigo el Capitán Beacham, muerto hace seis años, me legó la amistad de tres fornidos jóvenes, sus hijos, y de siete muchachas, las más altas en estas tierras. Eran unas agradables, excelentes muchachitas a las que podía tolerar bastante. Pero eran muy altas. Y yo soy supersticioso en esos respectos: pienso que para una buena amistad debe de existir una proporción entre estaturas así como entre intelectos. Yo mido poco más de cinco pies. Cada una de estas muchachitas medía se y una un poco más. Sus hermanos son en proporción más altos. En ocasiones pude sobrellevar la altura de dicha amistad. Y, en un modesto cálculo, se podría decir que he tratado con la longitud de un estadio de Beachams. Pero las muchachas ya están casadas y dispersas a lo largo de las provincias. Sólo quedan los varones.

No hay nada más desagradable que estas reliquias y trozos de una antigua amistad: insignificantes huellas de agradables horas idas. Quedan, pues, tres hermanos. Si vinieran los tres juntos, incluso dos, sería aceptable. Pero por un refinamiento del acoso, se las arreglan para venir uno a uno, con lo que tengo tres días de tormento por semana. Nada es más desagradable a la vista que sus largas piernas.

Los hermanos fueron marinos en las naves Indiamen, y uno de ellos en particular tiene una historia de un tiburón que se tragó a un chico en la bahía de Calcuta. ¡Desearía que el tiburón se lo hubiera tragado a él! No hay nada más inútil que sus conversaciones. No tenemos ideas en común (excepto las de comer y beber). La historia del tiburón se ha contado hasta no generar ni un rastro de atención, pero se sigue contando como de costumbre. Cuando trato de hablar de literatura o de temas cotidianos se quedan boquiabiertos. Cuando lleno mi vaso, ellos llenan el suyo: ahí estriba la simpatía. Y en virtud de esta paupérrima correspondencia de tener el don común de tragar y retener la bebida, estoy atado a esta antipática fraternidad, carente de cualquier sentimiento y empatía. Pero no puedo romper el lazo. Son hijos de mi viejo amigo.

_____________________________________________

Alejandro Guzmán Gómez (Ciudad de México, 1993) es estudiante de historia y diletante en formación.