Mundus est resistentia

“Saturno devorando a un hijo” (c.1819), Francisco de Goya

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«La tierra nos enseña más sobren nuestra propia naturaleza que todos los libros, porque se nos resiste.»

Antoine de Saint-Exupéry / Tierra de hombres

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«¡Aquella montaña de allí! ¡Aquella nube de allá! ¿Qué hay en ellas de “real”? ¡Descontad de ellas lo que es producto de la fantasía y todo el ingrediente humano, vosotros los sobrios!»

Nietzsche / Gaya ciencia

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GONZALO TRINIDAD VALTIERRA |

Una roca venida del negro insondable del espacio, apenas un guijarro extraviado, atraviesa la atmósfera como un alfiler haría con la cornea de mi ojo. Golpea la costra de la tierra. Es un golpe que no aniquila, un golpe vivificante, un manojo más de átomos. El mundo sigue su propio curso.

Al mismo tiempo una horda de monos desata la guerra contra otra horda de su misma especie en una selva sin nombre.

En la sabana azotada por el sol, un león de rojinegra melena devora las crías que apestan a otro macho, copula con todas las hembras, y a partir de ese momento los genes se encargarán, en su carrera egoísta, de duplicar al león tantas veces sea necesario. Es el mismo león de miles de años.

Del fango primordial, hace millones de años, apenas algo parecido a un renacuajo da sus primeros pasos fuera, hacia las sólidas rocas, sin saber que éstas, como él, están hechas para el instante, el parpadeo del sol y el viaje de las lunas se imponen sobre ellas, y al final el sol y todas las lunas no son sino salamandras un tanto más duraderas.

Todo esto ocurre intempestivamente, en un instante. Y en medio del caos, tú, animal fantástico, quieres saber qué es real.

Encuentra en la más oscura de las noches la punta de tus dedos, escucha el estremecimiento de tu centro vital, el crujir de tus intestinos digiriendo el mundo. Esta es la única realidad inmediata: el cuerpo, el primer dato real para saber que estás sobre la tierra. Es ambiguo y engañoso, como la comezón en algún lugar del cuerpo que parece evadir tus uñas al rascar. No es un cuerpo flotante ni ausente, no es una cavernosidad que se haga a un lado ante la desgarradura de la conciencia, sino un balbuciente, quebradizo, volátil, voluble, punzante, desconocido pedazo del universo.

El cuerpo es nuestra única verdad.

Tenemos, como cualquier otro animal, una estructura definida, por razones que hasta hoy nos resultan precarias. Y en la cima de las soberbias montañas, provistos, quizá por error, de conciencia, nos hemos percatado de nuestra indefensión. De nuestra imposibilidad para igualar al tigre o la gacela. De la falta de enormes alas para liberarnos de la contingencia de la tierra, de lo terrabundo. Pero también hemos sido soberbios, ¿imitadores de la naturaleza? No, hemos sido naturales en algún tiempo. Y hemos optado por flotar de otra manera: soñando.

La tierra es el soporte de nuestra existencia, no su columna vertebral, sólo una delgada costra que nos sustenta. Habría que pensar el mundo como resistencia: mundus est resistentia, como una voluntad que nos resiste. Y enfrentados a ella, escindidos de ella por la enfermedad de la conciencia, nos hemos descubierto como algo más, como un mundo dentro del mundo. Sin embargo, aún sentimos nostalgia de la tierra.

Pensemos que entre el cuerpo y lo terrabundo hay invisibles tensiones. La tierra que nos reclama de vuelta, que nos obliga a volver a ser la piedra calcinada bajo el sol, también es la primera verdad por desentrañar. Antes que las verdades del universo y las estrellas, de los vagabundos planetas y los cometas, hay que desenterrar algo de la tierra, alguna verdad universal, equivalente a todas las que nos rodean desde la azotea del universo.

El cuerpo es un exceso.

Que la materia se individualice es comprensible, una roca es necesaria, un mar inmenso abriéndose paso, ola tras ola, un volcán en crecimiento. Pero, cuando la materia orgánica deviene en aletas, garras, pieles, manos, pies, ojos y dientes eso es un exceso. Un exceso en busca de placer —el más antiguo bien—. Un exceso que se reproduce, devora, escarba, escala, roe, anda. ¿Para qué tener garras si no es para despedazar a otro viviente?

Y entre todos los animales, surge el animal fantástico. El animal que fabula. El hombre, “el animal que ha perdido el sano sentido común de los animales: lo contemplan como el animal loco, el animal que ríe, el animal que llora, el animal infeliz”, en palabras de Nietzsche.

El hombre se vale de sus fuerzas, de su cuerpo, de su exceso, de sus sentidos afinados pero aún imperfectos para continuar su definición. Para hacerse un lugar en el mundo que es hostil, en un mundo sin sentido. Ha de valerse de su abundancia de vitalidad para “hacer lo que conviene a la conservación de la especie humana”, como lo preciso el filósofo alemán. Ha de recurrir al exceso de naturaleza que hay en él y ser excesivo en su comportamiento. No nos mesuremos.

Cuando se habla del logos, no puedo más que pensar en el exceso del exceso. Resultado de la consciencia: “la última y más tardía evolución de lo orgánico, y […] también, dentro de lo orgánico, lo más sin acabar y lo más carente de fuerza”, apoyándonos nuevamente en ese espíritu libre, Nietzche. La última consecuencia de la materia orgánica, viviente, es el exceso del habla, del que quiere decir algo porque ha cobrado consciencia, de alguna forma. Y quiere decirlo porque sabe que será devorado por la nada, sospecha su muerte, y el terrible sinsentido que ésta orquesta en su mente lo impulsa a decir. El lenguaje es un exceso.

Callemos a todos los embriagados por el exceso.

Ante el desgarro de la conciencia el mundo se convierte en objeto de nuestro cuidado, escindido del sujeto, límite entre el todo, el universo, y una incipiente individualidad que buscará desde ese momento algo. Aunque no sepa qué es eso que busca. Quizá busque volver al vientre del objeto del cual lo ha separado la conciencia, volver a la tierra. La tragedia de verse separado de un mundo que antes lo cobijaba en el fundamento de su desorden. Por eso el hombre inventa un universo de símbolos que termina por sustituir al universo. Nada más nocivo.

La joven, la recién llegada, la insípida y luciferina conciencia se pregunta por el orden. ¿Qué enfermedad padece la mente del hombre para salir en busca del orden? Tan pronto la conciencia surge comienza a oponer, negar, clasificar las cosas con que se encuentra en el mundo. Se halla a sí misma sobrecogida por el desorden. Porque “el carácter total del mundo es el de un caos eterno, caos no en el sentido de la falta de necesidad, sino en el de la falta de orden, estructura, forma, belleza, sabiduría y como quiera que llamemos a nuestras humanidades estéticas”, en palabras del filósofo alemán.

El mundo es hostil. El mundo se nos resiste, pero el hombre se vale de mil recursos para domeñarlo. Es tan joven la conciencia que se desgaja, se desgrana como una montaña bajo el golpe del asteroide colosal. Apenas se entrevé se horroriza al ver la impotencia del hombre ante el universo. Pero la conciencia no está sola, las antiguas pulsiones, los deseos, la voluntad hacen del hombre un mundo que también resiste. La pujanza de la vida alimenta también las venas de nuestros cuerpos como los grandes ríos. Hay que ir hacia la vida. Hay que arrebatarle a la naturaleza sus verdades.

Ese animal fantástico, piensa entonces la muerte. En cambio deberíamos pensar la vida, pues “vivir significa: expeler de sí continuamente algo que quiere morir, vivir significa: ser cruel e inexorable hacia todo lo que en nosotros, y no sólo en nosotros, se hace débil y viejo”.

Como ha precisado Nietzsche.

Mi querido animal, derrotado por tu propia conciencia, admira tu lugar en el universo y pelea a muerte con las murallas de piedra que el mundo ha elevado sobre tu cabeza, escala la roca más alta y altanera que encuentres, no construyas una casa, ni encuentres una acogedora cueva, en cambio salta, sin paracaídas ni enormes alas que sustenten los que seas, porque ni tú mismo sabes qué eres, y cae.

Batiendo las otras alas —sigues cayendo—, las orgullosas e indomables alas de la fantasía, de las potencias creadoras, sobre el fondo negro de tu propia inexistencia. Después de todo no eres más que un sueño que despertó de la naturaleza. Ahora vuelve al largo sueño que eras. Vuelve en medio de los trazos inmortales de tus alas, cantando las odiseas de tus días crepusculares, escuchando la música inmortal de la caída que es ascenso.

Podrás imaginar tu muerte, tus órganos petrificados como un sol negro, carbonizados, tus cabellos hundiéndose como raíces en una masa sin nombre, todo lo que eres en este mundo siendo devorado por la tierra, bebido, digerido. ¿Pero qué es tu muerte sino un sueño o un anhelo retorcido? Nadie sabe de su propia muerte, nadie siente pena por su cuerpo putrefacto, por sus miembros endurecidos como troncos, liados por el hado.

¡He ahí esto! ¡He ahí aquello! Allí no hay nada, les responde el ciego. Cuánta verdad tiene el ciego que no necesita ver para saber que nunca ha habido nada ahí, sino aquello que has querido ver.

| RMM | GT | @Seliztli |

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