Palabras sin reposo: Alí Chumacero, a un año de distancia

ali_chumacero_01Hace un año exacto, estando en Guanajuato, recibí por teléfono la noticia de que Alí Chumacero acababa de morir en la Ciudad de México. Me lo comunicaba Ismael Martínez, editor y colaborador de MilMesetas. Caminé ese día por Guanajuato, a cada paso más consciente de la deuda que, como escritores y editores, Ismael, yo mismo y tantos otros acabábamos de contraer con su legado. A él debo la invitación a publicar, en conmemoración, este siempre insuficiente homenaje.

“Moriré cuando tenga 200 años. No por enfermedad, vejez ni por la picadura de un mosquito, sino apuñalado por un joven marido celoso”, dijo Alí Chumacero a los 90 años de edad, sin asomo de sonrisa, convencido. Alguna vez tendría que haberse equivocado. Hace un año exacto que se marchó, como él solía decir, con su música a otra parte.

Don Alí había cumplido 58 años de entrar cada mañana caminando, en punto del mediodía, a su oficina del Fondo de Cultura Económica, camino del Ajusco, al sur de la ciudad. Un día ya no entró. Ni falta hizo: se había quedado ahí para siempre. Discreto, sosegado y caballero, había salido en silencio por la puerta de servicio de la literatura mexicana; “con permiso”, dijo.

Pequeño, delgado, con no poca gallardía, dueño consumado del gesto más adusto y la sonrisa más aguda, Alí había nacido en 1918 en Acaponeta, Nayarit, como último retoño de una familia de ascendencia tlaxcalteca, y en junio de 1937 emprendió el viaje de vuelta al ombligo, al centro del país, a la urbe que desde lejos se anunciaba como la Atenas de la nueva patria cardenista: (…) la capital. Ese mito brumoso.

Llegó enamorado de las pulsaciones condensadas del mundo, más que de los intentos de explicarlo: “Más que saber ciencia, física, por ejemplo, prefiero (…) una palabra en su lugar, un acento bien puesto en un verso”, diría muchos años después, aunque lo sentía ya desde entonces. No fue largo el camino (apenas tres años) que lo llevó a fundar la revista Tierra Nueva en 1940, al lado de Jorge González Durán, Leopoldo Zea y José Luis Martínez.

Se había familiarizado ya con los versos de la Generación del 27, con Lorca, con Alberti. No fue ríspido el contacto con el español de la otra orilla, el del exilio intelectual que la Guerra Civil ya comenzaba a arrojar en las costas mexicanas y que daría un giro completo a la cultura del país. En tiempos del joven Alí, que eran los tiempos de Reyes, Villaurrutia y Gorostiza, México recogía los frutos de haberse convertido, que ironía, en una nueva Nueva España.

Habitante de cuartos de azotea y paseante infatigable de Lagunilla y Tepito, Alí trabó amistad con estudiantes de Letras en la UNAM de Mario de la Cueva, quien dio luz verde a la Imprenta Universitaria para editar aquella aventura de nombre inmejorable: Tierra Nueva fue, en más de un sentido, precisamente lo que su nombre indicaba.

Ya en el primer número aparecía publicado el Poema de Amorosa Raíz, seguramente sin que el joven Alí sospechara la infinidad de variaciones y citas, desde doctas hasta cursis y desde académicas hasta adolescentes, a la que sería sometido aquel famoso “(…) ya éramos tú y yo.” Ahí comenzaba la confección de una obra destilada con la misma lentitud con la que se desgastan las piedras: Tres poemarios en 70 años. Tres libros perfectos. Y punto.

Lector, editor, impresor…

Pero la gran obra de Alí Chumacero, la otra mitad de su legado, no está escrita ni firmada por él. Corrector, redactor y finalmente editor de suplementos y revistas entre las que se cuentan El hijo pródigo, La Cultura en México o México en la cultura, el nayarita emprendió a paso firme una lección magistral y casi anónima: convertir a la edición, a la corrección tipográfica y de estilo, en la última de las bellas artes.

Eje rector de la formación del Fondo de Cultura Económica como casa matriz de la literatura mexicana, Chumacero tomó en sus manos los manuscritos de Pedro Páramo, El llano en llamas, Balún Canán, Confabulario, La región más transparente y labró, con la paciencia de un orfebre, el giro maestro que cambió de fondo la literatura en México: La generación de Medio Siglo.

Hasta hoy llega la leyenda de que Chumacero, como editor, hizo cambios sustanciales en los dos mitos de Juan Rulfo, mejorando notablemente varios pasajes, sonoridades, significados, remates, párrafos enteros. Siempre lo negó. “Ya estaban admirablemente escritas. Yo sugerí el cambio en dos palabras, Rulfo me aceptó una”, solía decir.

Suyo –y de Rulfo, precisamente– es el misterio del que un día decide que lo dicho ya está bien dicho, y sin más, deja de escribir o cuando menos, de publicar. Antes de cumplir 40, Alí Chumacero supo o decidió que su obra ya estaba escrita y el camino estaba en labrar a pulso la obra de otros. Acaso sea esa la muestra más estremecedora de humildad y sensatez en las letras mexicanas. Aún cuando los ejemplos no abunden. “Tengo poemas inéditos, pero son inéditos y ese es su único valor”, dijo alguna vez, distraído, la cara vuelta a la ventana, como hablando con el aire o el vidrio.

Hombre de libros

¿Dónde está la alquimia indescifrable de Alí Chumacero como editor, corrector, redactor de solapas, de cuartas de forros, tipógrafo, lector imparable de manuscritos, obrero de la página? Si me preguntan, está en su silencio y en el semi-anonimato desde donde gozó sin reservas, revolcándose en jardines de palabras. Está en su elegante rechazo a lo que él mismo llamaba, sin reparos, “el literato mamón, apretado (…) que cree que se merece el mundo (…) y que sólo sabe hablar de literatura con todo mundo.”

Alí Chumacero, diré yo, representa la espina dorsal de la literatura del XX en México a un grado que aún no sospechamos. Su radical trascendencia se esconde en los rincones de anécdotas, de momentos íntimos, confesiones a amigos, bajo la máscara de su insólita modestia, que además es tan alérgica a la solemnidad.

Una vez, en el desaparecido Café Paris de la Ciudad de México, se reunió a comer y a discutir con Octavio Paz, quien acababa de publicar en Letras de México una serie de sonetos bajo la supervisión editorial y tipográfica del propio Alí. Paz detectó una errata: en un verso, una coma había cambiado de lugar, alterando el sentido original de la idea. Una letra, además, había cambiado por otra, dándole otra sonoridad. “Es una errata afortunada. Mejora mucho a esa línea. Deberías estar contento, hay que confesar que el azar es poeta a veces”, dijo. Paz tuvo que darle la razón pero además, seguramente, tuvo que vivir y morir con la punzante sospecha de que si en verdad hubo azar en aquello, el azar tuvo que nacer en Acaponeta, Nayarit.

“Alí Chumacero y Leda”, noviembre del 2002 / Foto: Alejandro Zenker

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