Panta Rei I: Ciencia, poesía e idioteces

Henri Matisse, La danse (second version), 1910.

Henri Matisse, La danse (second version), 1910.

TAMARA ANDREA SALAMANOVITZ RIVADEO  |

No sé por qué siento esta inclinación idiota, casi terca, de conocer con el corazón y nunca con la cabeza. Si me lo han dicho a diario: la ciencia es la ciencia y un millón de corazonadas no suplen el proceso lógico por el que deben pasar tus ideas.

¡Pero es que la ciencia es pasión y pura pasión!  Intuiciones, amores y finalmente, saber que no es posible terminar de pensar en nada. Trazar con sangre los bosquejos de castillos en el cielo, productos directos del alma de un sujeto que es parte de algo que nunca podrá comprender. Aproximaciones que se vuelven más ingenuas conforme se piensan más sabias.

Oscilo entre la tristeza y la vorágine que me produce saberme obcecada en el encuentro de una fruta mítica y seca. La vorágine de la aventura, las pistas y el eterno correteo de cola que se vuelve más atractivo mientras sea más negado. Tal vez el problema es que quiero hacer poesía que parezca ciencia, porque estoy convencida de que la ciencia es una especie de poesía.

Poesía viene del griego poiesis que quiere decir crear, convertir el pensamiento en materia. ¿Qué es la ciencia sino la constante poiesis del conocimiento? La originalidad, la idea dada vuelta, el desarrollo de un inexplicable afán humano por conocerlo todo y hablar de ello. El juicio sintético del que hablaba Kant es el resultado de todo el pensamiento científico: la creación. La creación es pura y revitalizante poiesis.

Ya Platón hablaba de un discurso de ideas, un razonamiento retórico directo del mundo de las ideas. Esto era la filosofía. ¿Y qué acaso la poesía no es una retórica?  Aristóteles, el creador del método inductivo, hablaba de arte y ciencia indistintamente: la unificación de una serie de experiencias que pueden convertirse en una ley general. La poesía encadena palabras para liberar corazones.

John Locke escribió en 1690 El ensayo sobre el entendimiento humano.  Aquí plantea el tránsito que hacemos de la sensación a las ideas complejas; es decir, al conocimiento acumulado, a la ciencia. Una sensación se produce por mi contacto con las cosas: una puesta de sol, un beso, un orgasmo. Esta sensación genera una reflexión: el sentido interno que le otorgamos a esa sensación. Esto genera una idea simple.  Al unir muchas ideas simples, llegamos a la idea compleja. Esa es la metodología del poema.

Hombres tercos que no comprenden lo maravilloso que hacen cada día: su pensamiento es preso del verdugo infranqueable. La ciencia se ha vuelto moralina y rehúye de su principal ingrediente: las emociones humanas. A estas alturas se sabe que la objetividad no existe.  Sin embargo, no es como la utopía. La utopía funciona como motor, cada vez que uno se le acerca, ésta se aleja tres pasos.  Sin embargo, contiene en ella un destino manifiesto, un deber casi religioso, misión imposible de los mortales.

La humanidad debe tender a la utopía, pero me rehúso a pensar que la ciencia debe tender a la objetividad en su sentido ontológico. ¿Por qué queremos desterrar al sujeto de su propio mundo? La ciencia no debe tender a la objetividad sino que debe atender al científico. Al contrario de lo que se piensa, la ciencia no es una producción altruista, generosa, beata y filantrópica. El camino del pensar es fruto de quien lo recorre. Si puede beneficiar a los congéneres eso se cuenta aparte.  ¡La ciencia es pasión de un sólo hombre a la vez! Ahí reside el único y verdadero amor exclusivo: el del científico por su proyecto.

Y es que en verdad no comprendo esta pretensión con la que tenemos que cargar. A la hora de hacer investigación, si uno pone atención, se da cuenta de la gran cantidad de arbitrariedades por las que uno pasa: desde elegir el tema, las herramientas, el idioma de la investigación, el tiempo, y muchas otras consideraciones que derrumban esta falsa idea de rigor.  Todo es tan arbitrario en la investigación que lo único que queda es jugar y aventurarse. Hipotetizar el amor, sistematizar las heridas, definir el objetivo particular de una hipérbole y concretar el texto como algo nuevo que ofrendamos al mundo y a nosotros mismos. Pensar y escribir para reafirmar nuestra doliente, feliz e idiota existencia.  En una de sus acepciones, el ilota en la Grecia clásica era el aislado. El que abandonaba los asuntos públicos y se dedicaba a lo propio. Quizás abandonarnos a lo propio sea la única manera de volver a ser parte de algo, de creer en el método, de confiar en un experimento. Quizás el único capaz de vivir sea el verdadero idiota.

Por eso, tanto la ciencia como la poesía, tendrán que empezar a aceptarse como eso: un hacer de los idiotas. La reivindicación necesaria del placer por la vida que aunque el idiota no lo piense o quiera, terminará por derramar sus mieles en el resto de la humanidad. Porque cuando se actúa con verdadera pasión, se consiguen resultados insospechados que quedan para el resto de la humanidad. Finalmente, el ilota es un ser sincero, capaz de reflejar a su otro, a su igual. El único camino a una certeza, al mundo del sujeto, será la honestidad.  Arrobarse por completo a la poesía y a la ciencia. A los trazos inciertos de un devenir imaginado en grupo. Arroparse en las palabras y retarse a uno mismo.  Hacerse preguntas sobre la vida, la muerte y la próxima comida. Dejar latir la tinta en el corazón.

RMM|TASR|

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