Por qué debes leer a Eduardo Antonio Parra: Sombras detrás de la ventana

 

Para conocer un poco más acerca de la literatura mexicana actual, en este caso cuentística, considero este libro imprescindible —Sombras detrás de la ventana de Eduardo Antonio Parra, publicado por Era en el 2009— por dos razones en especial: una, que es un libro de cuentos reunidos perfecto para ese primer contacto con el autor; la otra, que es una magnífica muestra literaria de la realidad mexicana que conjunta por un lado una tradición de temas entre los cuáles destaca la violencia, los problemas fronterizos, la pobreza, la prostitución, las drogas, etc; y por otro, un estilo de escritura que oscila entre lo coloquial y lo culto. Lo anterior da como resultado una literatura refrescante con ciertos aires de Rulfo, de Revueltas y de Fuentes.

Guanajuatense de nacimiento, Eduardo Antonio Parra (1965) se posiciona como un digno exponente de la narrativa nacional, con más de una decena de libros en los que se incluye cuento, novela y ensayo, algunos traducidos al alemán, italiano, inglés y francés. La mayoría de sus cuentos fueron reunidos en la ya mencionada Sombras… que ganó el Premio Antonin Artaud en el 2010, el cual otorga un apoyo financiero para que la obra sea publicada en Francia.

Dicha obra está compuesta por cuatros volúmenes que definen la trayectoria literaria de Parra. Así, la recopilación inicia con Los límites de la noche (1996), su primera colección de cuentos, donde un joven Parra se adentra al norte del país —zona a la que recurrirá constantemente a lo largo de su obra— para mostrarnos una serie de estampas, sobre todo de la ciudad de Monterrey, donde los asesinatos, las violaciones, las drogas y el alcohol están a la orden del día. En contradicción con el imaginario común que asocia el norte de México con un lugar soleado, caluroso y desértico, en esta serie de relatos predomina un paisaje nocturno, oscuro, de antros cerrados, de lluvias atemporales, de ese filo impreciso entre la noche y el día, como bien marca el título de la obra.

Y quizás es así, porque es en las sombras —la ausencia de luz— donde se pueden llevar a cabo los crímenes más atroces, las confusiones más inverosímiles, donde se puede dar rienda suelta a las pasiones más culposas porque nada es como parece, como bien dice el dicho: de noche todos los gatos son pardos. Con este escenario de fondo, Parra pinta ciudades del norte con falta de calor como en “La noche más oscura”, que describe lo que ocurre en una ciudad como Monterrey cuando un apagón masivo ataca la urbe. Este relato, probablemente basado en el gran apagón de Nueva York de 1977 como lo insinúa uno de los personajes de la historia, sigue cuatro líneas narrativas que se entrelazan de maneras violentas aprovechando la protección de la oscuridad: borrachera, robo, pánico, violación y mala suerte.

Aunque no del sol, sí hay otro tipo de calor en “Como una diosa” y “El placer de morir”: el del sexo salvaje. En el primero, una joven prostituta se aventura en las noches a vender su cuerpo al mejor postor; sospechosamente nunca ha realizado un servicio a ningún cliente. Aquí el oficio de prostitución es crudamente retratado cuando se describen todas las mujeres, travestis y demás que se ofrecen por unos cuantos pesos y los tratos que reciben por ello. En el segundo, un hombre que ha gastado toda su fortuna en vicios y mujeres intenta saciar su hedonismo hasta la última consecuencia; un monólogo desde un motel donde reflexiona por qué a pesar de haberlo probado todo, aún no se siente satisfecho.

De igual manera, el calor de la venganza resalta textos como “El pozo”, donde las traiciones se heredan y los inocentes pagan por crímenes familiares, y “El cazador”, un cuento más extenso que breve donde se descubre desde el punto de vista del detective por qué se persigue a un muchacho y cómo los celos pueden llevar a cometer graves errores. Las historias anteriores están emparentadas con el siguiente libro de esta edición, Tierra de nadie (1999), que se sitúa ahora un poco más al norte: en la frontera entre Estados Unidos de América y el problema de migración mexicana. Así, en “El escaparate de los sueños”, un hombre sueña con cruzar a El Paso y quedarse a vivir el sueño americano que en su pueblo resulta algo inimaginable. Estados Unidos se convierte en el paraíso prometido, en una realidad fuera del alcance que destruye familias, que incita a adentrarse en las traicioneras aguas del Río Bravo arriesgando la vida y la de los seres queridos, como sucede en otro cuento, “El juramento”, perteneciente al libro anterior.

También, “Traveler hotel” escenifica una historia de terror cuando dos mexicanos que han llegado de ilegales a San Antonio se encuentran en una entrada sin salida que les carcome el alma y la carne, que expone la realidad que sufren los mexicanos desde “el otro lado” muy ajena a las invenciones glamourosas y felices de la creencia popular. La tierra de nadie es ese cacho de suelo entre un país y otro, tan vigilado y cuestionado, tan ansiado y traicionero que Parra exhibe con un lenguaje justo, preciso, coloquial —al punto que se marca ortográficamente— pero a la vez maestro, que recrea con precisión las atmósferas oscuras, violentas y desoladas del paisaje externo y del mismo paisaje tormentoso de los protagonistas.

De igual manera, también retoma el tema de la prostitución de los travestis y los abusos de poder en “Nomás no me quiten lo poquito que traigo”, donde se es testigo de un robo y maltrato cruel, como muchos de los finales de estos textos: aquí no existe la tan ansiada justicia poética, sino una realidad escalofriante, una cachetada de crudeza que deja a sus personajes angustiados, moribundos, tirados en el suelo aún más miserables de lo que iniciaron (porque siempre se puede empeorar más). Y, a mi parecer, es este uno los mayores aciertos de Parra, pues logra conquistar al lector con frustraciones que no llegan a romper el pacto de ficción, sino que lo alimentan más con anécdotas adictivas, sin fines moralistas ni directamente críticos, pero sí con cierta belleza y placer grotescos.

En este mundo del servicio sexual se ubica un cuento largo publicado de manera independiente y el tercero en esta recopilación, Nadie los vio salir (2001), en el cual una vieja prostituta compara sus tiempos de juventud en su trabajo, en su cuerpo y en su propio placer con los años que ahora carga encima. Parra nos ubica en un bar de mala muerte fronterizo que sirve como un gran sepelio para velar la paradójica buena muerte de una sus servidoras, con ayuda de una pareja de belleza inhumana y parecido idéntico. Un incesto sin aclarar, una lascivia que se extiende sobre todos los presentes, un regreso al goce del cuerpo deja entrever una despiadada realidad que está más cerca de lo que muchos creen: la muerte.

Es esta muerte, un tema universal inherente a la condición humana, a los seres vivos, la que se instala en Parábolas del silencio (2006), cuarto y último libro que compone Sombras…, el cual se menciona como la más perfecta de sus obras en la contraportada de esta edición y me aventuraría a garantizar esta idea. En este libro los relatos son lingüísticamente más maduros, mejor trabajados en escenarios, en tramas, en personajes, cada elemento compone una estructura, un solo ente que atrapa al lector y mantiene la tensión hasta la última de las líneas. Aquí el tono es más irónico, más fuerte, cotidiano y existencialista.

En “La habitación del fondo” se retrata un asilo de ancianos donde incluso la muerte se ha olvidado de ellos. La reclusión los lleva a imaginar historias infinitas que los ayudan a retrasar la última hora: la definitiva. El juego es que la vida es lo que uno se imagina de ella, y se es joven si así se cree o no. De igual manera, en “Lo que dura una canción”, una mujer maltratada ve a su marido morir en su sala sin decidirse en pasarle la medicina o no. Un monólogo interior nos lleva a conocer las razones por las cuales la muerte es su salvación, y porque aún así quiere levantarse a salvarlo.

Muertes más salvajes, asesinatos por despecho aparecen en “Al acecho” y “El laberinto”. En el primero, la historia transcurre mediante los recuerdos y reflexiones que un hijo, que se ve obligado a vengar la memoria de su hermano y de su padre, tiene cuando espera —con pistola en mano— que llegue su objetivo a casa. En el segundo, el alcohol y los chismes le juegan una mala pasada a un hombre que decide asesinar a su mujer y a su presunto amante, su amigo.

En ambos cuentos, el final resulta un tanto irónico como desconcertante para los protagonistas, que no alteran nada en hechos concretos y, sin embargo, su mundo cotidiano cambia por completo. Las resoluciones son claras y tajantes, pero esto no ocurre así en todos los cuentos de Parra. Hay relatos un tanto crípticos que no parecen llegar a una conclusión como en “Que no sea un perfume”, donde un hombre visita a su exmujer y a sus hijos en Navidad para comprobar por qué se ha separado de ella, y en “Plegarias silenciosas”, ubicado de nuevo en un pueblo norteño, un muchacho y su madre se encomiendan a Malverde para que los ayuden en sus ventas de droga, una realidad netamente mexicana donde la única esperanza para conseguir dinero se convierte en uno de los trabajos más peligrosos y el único apoyo es una malformada figura de cerámica.

Ni un relato ni el otro consiguen o llegan a una “solución” en sí, sino que funcionan como una especie de retrato que inmortaliza una situación peculiar y, a la vez, bastante común. Esos retratos sirven como puertas a la mente de los protagonistas, donde el fluir de la consciencia, los deseos, las angustias personales ganan el peso narrativo y apelan no sólo al ser mexicano, sino a una mente y sentir universal, puramente humano.

Dicho todo lo anterior, resulta notable por qué Parra ya se menciona como un clásico seguro en la literatura mexicana, pues sus habilidades como narrador le permiten, con un ojo experto y detallista, adentrarse en las profundidades de la insegura noche mexicana, a esa alma de mariachi, tequila, violencia, drogas y mujeres, para traernos una serie de cuentos que reflejan y nutren un imaginario colectivo palpitante y luminoso que traspasa las fronteras aun en medio de la oscuridad que nos rodea.

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Melissa Campos (Los Mochis, Sinaloa 1994) es estudiante de Letras Hispánicas de la UNAM. Diseñadora digital en la editorial canadiense Exile Editions. Ha colaborado en la revista MilMesetas. Entre sus intereses está la narrativa, creación literaria y la moda.

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