Si te vieras con mis ojos de Carlos Franz, galardonada en 2016 con el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa, es una novela de perspectivas, de encuentros y desencuentros. Los distintos temas que confluyen en la obra están sometidos a constantes juegos de perspectiva que los transforman y los renuevan. En este sentido, decir que el amor es el tema fundamental y el hilo conductor de la novela es caer en un reduccionismo terrible; no porque el amor no juegue un papel medular, como lo hacen también el arte o la búsqueda de la identidad, sino porque su tratamiento cambia y muta según las disertaciones que hacen los personajes.

La novela comparte este rasgo con la pintura, en la que la obra adquiere diversas dimensiones según el lugar que ocupe el espectador; según los ojos de quien mire. Cada observador evocará una pintura distinta, del mismo modo que cada uno de nosotros evoca y configura la realidad de manera personal. Así, la novela traza una poética del quehacer artístico y de su capacidad de representación. En términos teóricos, de la mímesis.

Estructuralmente llama la atención la voz narrativa. Se trata de una segunda persona que, en un primer momento, parece interpelarse a sí misma; una suerte de flujo de conciencia, como cuando nos hablamos a nosotros mismos desde otro tiempo. Esta trampa perduró, al menos en mi lectura, durante una cantidad importante de capítulos, pues esa segunda persona le habla al pintor Johann Moritz Rugendas con una intimidad y una transparencia que parecen propias de una remembranza hecha por el propio protagonista, y no la evocación de su memoria por un tercero. Este narrador se inmiscuye en las nervaduras más profundas del pintor y es cómplice de sus enojos, arrebatos y pasiones. Tiene, hasta cierto punto, omnisciencia.

A lo largo de la narración empiezan a aparecer pequeños apuntes que hacen preguntas, inquieren, precisan, ironizan y se burlan de lo relatado. Como si alguien, ante un texto terminado, diera unas tenues pinceladas para dotar a la obra de sus últimos matices. En la primera de estas intervenciones se menciona cierta carta que el autor de esos apuntes recibió del protagonista en un tiempo incierto. Conforme avanza la novela, estas notas se vuelven más esclarecedoras, y el lector advierte que no es otra sino Carmen la autora del presunto manuscrito epistolar que sostenemos en nuestras manos. Carmen demuestra ser una habilísima narradora, pues no sólo logra crear una voz en segunda persona que parece una primera persona reflexiva, sino que se desprende completamente de sí misma al narrar; indaga en su propio sentir o pensamiento únicamente en función de lo que siente Rugendas. Se da un tratamiento de personaje y no permite que se cuele su propia individualidad casi en ningún momento. Por ello los apuntes en itálicas, hasta cierto punto extradiegéticos, son su válvula de escape; un respiro para que su yo hable. El relato de Carmen es un intento por verse a sí misma en los ojos de su Moro, y lo logra con extraordinaria desenvoltura.

Este relato se enfoca en contar la llegada de un joven Johann Moritz Rugendas, pintor viajero, al Valparaíso del siglo XIX. Su viaje se debe en parte a un intento por escapar de la constricción que ha sufrido su arte al supeditarlo a la ciencia; huye específicamente de su labor como pintor de grabados naturalistas para el barón von Humboldt. Rugendas está inmerso en el problema de su identidad, en la ambivalencia entre ser pintor de la realidad y pintor de la sensibilidad. En este debate valdría la pena preguntarse si realmente puede hacerse una distinción tan determinante; ¿la pintura, y por extensión el arte, puede acercarse tanto a lo real como para hacer una reproducción enteramente fiel? ¿La representación de la realidad no implica ya una asimilación subjetiva de la misma, aunque se apunte hacia una precisión en la que no quepa ningún matiz individual? La novela ahonda en estas cuestiones constantemente sin buscar una respuesta definitiva. Franz deja que sus personajes se pregunten e indaguen a tientas; su proceso analítico es titubeante, sobre todo el de Rugendas, puesto que no están seguros ni de sus propias convicciones.

Los supuestos polos de esta disertación entre la sensibilidad y la realidad están encarnados en los rivales Rugendas y Darwin. En un primer momento, uno es la antítesis del otro. Darwin es para el pintor una extensión del mismo mal que representa el barón Von Humboldt para su arte, pertenecen a la misma calaña. La ciencia es enemiga del arte puesto que su afán explicativo aniquila su belleza: De pronto, Moro supersticioso, supiste lo que la figura oblonga del pequeño barco negro te había sugerido, (…) un ataúd. Un barco ataúd que iba por el mundo desencantándolo, privándolo de sus misterios, explicando sus bellezas hasta matarlas.[1]

Darwin por su parte admira aquella faceta que el pintor odia profundamente de sí mismo y que admite como una derrota difícil de franquear. La personalidad provocativa de Rugendas incomoda al recatado naturalista inglés, pero no por ello cede a defender, al principio con timidez, la supremacía de sus convicciones.

Carmen es el eje conciliador entre estas dos fuerzas. La conmueve profundamente el arte de su Moro, reconoce en sus pinturas, y en su misma relación con él, la posibilidad de otra realidad, más apasionada, más cercana a lo que ella hubiera deseado. No obstante, también tiene un vivo interés por la ciencia y el acercamiento al mundo que ésta conlleva. No asume como definitiva ninguna de las dos visiones, sino que se regocija en su diferencia y le entusiasma el apasionamiento vital que surge del choque entre estas dos fuerzas.

Es en el amor, o más precisamente, en el entendimiento del amor, donde la discrepancia alcanza el punto más efervescente; pero es el amor mismo un catalizador que a la larga difuminará las fronteras entre ambos personajes, aún en contra de su voluntad. Es interesante el episodio en el que los protagonistas debaten sobre la naturaleza del amor en una especie de cofradía conspiratoria convocada por Carmen. El amor como paroxismo de la pasión, donde lo humano se desembaraza de toda constricción para fundirse con el otro y alcanzar una plenitud insospechada, de la que el arte puede libar y transmutar en la obra se contrapone al amor entendido como un mecanismo de la naturaleza cuyo fin último es la perpetuación de la especie. No se llega aquí tampoco a algo definitivo, pero el conflicto constante dota a la novela de una fuerza y una intensidad para que avance y se salve del estanco en el que, por momentos, parece caer. Renovar este conflicto es una manera de dar nuevos bríos a la narración.

Para Carmen, ambos mundos ofrecen ventajas. Con Darwin puede irrumpir en los misterios del mundo y explicarlos mediante una observación ordenada, clasificatoria y asequible en un entendimiento analítico. En esto Darwin ve un arte y una belleza también.

Con Rugendas se abren otras posibilidades: en el capítulo donde confiesa que jamás ha podido contemplar su cuerpo completo, al menos no con la intimidad que necesita, es interesante que el primer retrato, el de la Carmen de la sensibilidad, ofrezca la posibilidad del conocimiento de sí misma. La mímesis suple una imposibilidad del mundo real, y por un momento se eleva a su altura, ambos tienen la misma densidad. Aquí surge un doble juego, porque si bien ella podría reconocerse en la pintura, no dejaría de ser la Carmen de Rugendas, la de sus ojos. Cuando Carmen, en un arranque de celos, desviste a las mujeres típicas y borra su retrato secreto, consuma un auto de fe en el que la destrucción de su representación conlleva a su propia aniquilación; no de su cuerpo, pero sí de sus pasiones y de la tentativa de otra realidad más deseable.

Johan, quien creía que por fin se había librado de esa otra que lo habita y que le mata los amores, está nuevamente a la deriva sin el amor de Carmen. Sin embargo, esta suerte de orfandad renueva su arte. Ante la imposibilidad de retratar a la amada teniéndola como modelo, Rugendas la evoca en su memoria para pintar desde ahí. La exactitud y el detalle se desplazan para dar lugar a otras formas en las que se intuye algo esencial y primitivo que enriquece la pintura. Además, lo considera un trabajo conjunto, pues Carmen dejó una tormentosa borrasca tras su arrebato, que sirve como fondo para esa furia mítica que emerge de la desesperación. Aquí Rugendas tiene una revelación fundamental: el arte que quiere aspirar a lo verdadero sufre una degradación, se queda a medio camino en su debate entre ser autónomo o ser vestigio de la realidad. Sin embargo, gana una riqueza inusitada cuando acepta la imposibilidad de esa aspiración y asume su carácter mimético, de representación. El arte debe buscar la esencia y no la presencia.

La tercera parte del libro es la más inusual. En ella tiene lugar la fantástica peripecia de los dos rivales en el Aconcagua. Rugendas busca a Darwin con la intención de asesinarlo, pero, personaje lleno de contradicciones hasta el final, termina por salvarlo de una avalancha. El pintor se dice en una misión de búsqueda, pero, al igual que su adversario, está huyendo. En su largo encierro en las cumbres de la montaña, ambos personajes ceden un poco en su cerrazón. Por ímpetu de sobrevivencia empiezan a aceptar la existencia de un otro con su propio entendimiento del mundo. Se dan cuenta de lo parecidos que eran en su contradicción, y de la similitud de sus limitaciones. Mientras Darwin estudia la naturaleza habitándola periféricamente, Rugendas, a pesar de su vivir vertiginoso y apasionado, no encuentra asidero en ningún sitio. Ambos recorren distintos caminos que conducen a la misma soledad profunda.

La estadía en la montaña y la aparición del Sacrificador conforman un rito iniciático que desencadena cambios en los personajes. Es la única parte del libro en que los protagonistas adquieren una dimensión heroica, pues inauguran la travesía mítica que exige su transformación. Deben salir del mundo, despersonalizarse (lo que logran al ingerir la droga) para acceder a ese otro mundo donde habitan los misterios (la selva oscura, el abismo, la montaña). Aquí realizan su propio auto de fe al desprenderse de sus pertenencias más íntimas y significativas, para perder toda atadura con su yo anterior. Uno quema sus preciados pinceles, el otro sus apuntes. Sólo así pueden aprehender un conocimiento profundo sobre sí mismos, que los hará volver transformados al mundo. En suma, recorren el trayecto marcado por el monomito: reconocer que en ellos habita la deidad redentora que restituye la vida[2]. Por ello no es sorprendente que en el Sacrificador, Rugendas reconozca a un mítico Darwin, y que ese árbol de la vida sea en realidad una fusión del entendimiento que ambos albergaban dentro de sí. El viaje del Aconcagua sirve para consolidar el conocimiento de sí mismos a través del reconocimiento de lo propio en el otro y viceversa, pues la dimensión mítica de la existencia es universal para todos los hombres.

La última parte del libro narra el Idilio que viven Rugendas y Carmen después de una dolorosa reconciliación. El tercer amante, Gutiérrez –quien tiene una visión del amor sumamente pasiva con un utilitarismo disfrazado de entrega total– me parece un personaje inverosímil y sumamente conveniente para la trama. Es un personaje contradictorio también, pero a diferencia de los protagonistas, esta contradicción proviene de su papel de comodín para acarrear la trama de manera más o menos consistente a su final, y no de un profundo debate interior.

A pesar de que esas costuras se hacen visibles, la narración avanza con cierta desenvoltura y se va perfilando el final. El Idilio sumamente artificial pronto pierde su encanto, lo que orilla a los personajes a buscar un acto violento que les devuelva los estremecimientos de antaño. Planean su huida.

No obstante, se intuye que ese ensueño no va a realizarse. Rugendas se aferra a esa esperanza y pretende que no la sabe vana, hasta que le llega la realidad de sopetón cuando la criada Rosa le entrega una carta y se va sin darle posibilidad de réplica. El profundo amor entre Carmen y su Moro estaba destinado irremediablemente a la degradación; ya eran parte uno del otro antes de conocerse, en la forma de ese ser supuestamente ajeno y opuesto que les habitaba los ojos. Así, el único recurso para que perdure el amor con su misma intensidad es transformándolo en una dolorosa herida que no sane nunca. Del dolor a la nada prefieren el dolor.

El reencuentro de Darwin y Rugendas cierra lo que había comenzado ya en las alturas del Aconcagua. El reconocimiento del adversario se consolida en la confesión del deseo de vivir cada uno la vida del otro.

La novela tiene intertextos interesantes. Hay constantes alusiones explícitas a la Odisea, y además se pueden inferir otras tantas que están soterradas. Rugendas es una suerte de Odiseo que llega a una Ítaca chilena que no es precisamente la patria, pero que le da la reconfortante luz del regreso. Carmen es esa fuerza opresora que retiene al viajero (ella misma se compara con Circe), pero también es Calipso que seduce y confecciona un Idilio apartado en medio del mar (como ejemplo está el episodio de la isla flotante en la que Darwin pierde la virginidad). Por otro lado, la casa en forma de barco guarda gran similitud con aquella casa de pescadores que inmortalizó Dickens en David Copperfield. El episodio de la montaña tiene correspondencias con otros ascensos como el de La montaña mágica, Zorba el griego (novela en la que también existen dos personajes antitéticos que poco a poco se asimilan mutuamente) o las peregrinaciones de los ortodoxos en el Monte Athos.

Finalmente, me gustaría hacer una reflexión en torno a la dimensión histórica de los personajes. No porque considere ésta como una novela histórica, cosa insostenible a través del análisis, sino justamente por el uso de la materia histórica para crear una ficción rica y verosímil. Es muy esclarecedora en este sentido la distinción que hace Auerbach entre historia y leyenda. Tomando como modelos el Antiguo Testamento y la Odisea, advierte que aunque en ambos textos exista una convivencia de temas históricos y materia legendaria, estructuralmente son muy distintos y cada uno hace prevalecer el carácter que es afín con su intención. De esta forma, aunque hay un Darwin, un Rugendas y una Carmen históricos, lo que prevalece en el texto es su dimensión ficcional y su carácter de personajes. Y de tal manera nos encantan y se captan nuestra voluntad, que compartimos la realidad de su vida, y mientras estamos oyendo o leyendo nos es totalmente indiferente saber que todo ello es tan sólo ficción. El reproche que a menudo se ha hecho a Homero, de ser mentiroso, no rebaja en nada su eficiencia; no tiene necesidad de copiar la verdad histórica, pues su realidad es bastante fuerte para envolvernos y captarnos por completo.[3]

 


[1] Carlos Franz, Si te vieras con mis ojos, Alfaguara, México, 2011. p. 92

[2] Cf. Joseph Campbell, El héroe de las mil caras, FCE, México, 2015. p. 55.

[3] Erich Auerbach, Mímesis, FCE, México, 2014. p. 24.

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Charuan Aguilera Bezrokov (Ciudad de México, 1994) es estudiante de letras hispánicas, vende libros, poco más.